La Coctelera

Categoría: Ontologia del Lenguaje

1 Noviembre 2009

La Red, tan vasta en recursos, nos permite ponernos en contacto con tantas realidades y personas como posibilidades existen. En lo personal practico lo que llamo "navegación serendípica": hallazgo casual mientras buscamos otra cosa. En esas navegaciones serendípicas me he encontrado con Eckhart Tolle.

Tolle nació en Alemania, vivió corto tiempo en España, estudió en Inglaterra y actualmente vive en Canadá. A los 29 años tuvo un despertar espiritual, después de un larga depresión. Estudió Filosofía y Letras en Londres y Cambridge. Hoy es conocido en variados círculos por sus libros "El Poder del Ahora" (que reseñamos en un post anterior), "El silencio habla", "Practicando el poder del ahora" y recientemente "Una nueva Tierra" .

Sus planteamientos están muy cerca de Jiddu Krishnamurti y encuentro en él elementos del budismo y de la filosofía del lenguaje que lo hacen muy indicado para estar aquí, por la línea de este blog.

Buscando, encuentro esta conferencia que dio en Barcelona en el año 2007, que está en español, y que muy recientemente fue publicada en You Tube.  Un video para ver con calma, de casi dos horas de duración. Se titula "La nueva conciencia". publico aquí sólo un fragmento de 10 minutos. El video completo se puede ver AQUI

Algunos fragmentos de su visión:

- La mente humana tiene un elemento muy grande de disfunción, casi de locura, basta ver la historia del siglo XX. Pero creo que estamos ante un cambio de conciencia. 

¿Por qué?
- Recibo a diario cientos de cartas y correos de gente de todo el mundo que está experimentando esa transformación. Cuando se alcance un número crítico, veremos un cambio global. 

¿Y en qué consiste ese cambio individual que será global?
- En tomar conciencia de que dentro de la mente hay una voz que constantemente habla: es el diálogo interior. 

Ruido...
- Dicen los psicólogos que el 98% de los pensamientos cotidianos son repeticiones de pensamientos antiguos. La mayoría de la gente se ha identificado con esa voz, cree que ella es la voz. 

¿Y qué somos?
- El sentido de lo que soy, del yo, deriva de los pensamientos, de esa voz que me cuenta mi historia personal y las cosas con las que me identifico. Pero más allá de este yo superficial hay un yo más profundo con el que hemos perdido el contacto. 

¿No somos un conjunto de vivencias y sentimientos?
- Nos identificamos con el pasado y nos proyectamos en el futuro. Nuestra mente busca la realización en el momento próximo: dentro de una hora, un mes o cinco años. Vivimos tratando de llegar al momento siguiente, y eso se ha convertido en un patrón mental que nos hace vivir en un estado perpetuo de insatisfacción, porque no realizamos lo más importante que hay en la vida, que es el momento presente. 

¿Cómo cambiar ese patrón mental?
- El primer paso es tomar conciencia de que hay una voz en mi mente que es en realidad un antiguo pensamiento que se repite. El segundo paso es hacerse más consciente de nuestra relación con el momento presente; es decir, preguntarse muchas veces al día cuál es mi relación con el momento presente: ¿trato ese momento como si fuera mi amigo o mi enemigo?  O estamos en una situación de oposición al momento presente (no me gusta donde estoy, esto no debería pasar, no me gusta lo que haces...), o simplemente lo utilizamos para llegar al momento próximo en el que me gustaría estar. Así la vida se pierde. 

¿Qué hacemos?
- Siendo consciente, tengo el poder de elegir transformar el presente en un amigo. La vida y el momento presente son lo mismo, no aceptarlo es estar contra la vida. 

Pero hay trabajos que terminar, proyectos...
- No estoy hablando de tiempo de reloj sino de- tiempo psicológico. La mente es una herramienta útil: tengo ese proyecto y le dedico un tiempo de reloj con presencia. La disfunción es proyectarse mentalmente en el futuro, pensar que quieres acabar mientras estás en ello, eso es el estrés. Le daré algunos consejos: empiece por sentir la vida dentro de su cuerpo. 

¿Cómo?
- Cierre los ojos y pregúntese cómo puede saber si su mano todavía está ahí; entonces la atención va de la cabeza - donde normalmente reside- a la mano: sentirá una cierta vitalidad en ella. Esa energía, ese calor, puede sentirlo en el resto del cuerpo. Sentir el cuerpo puede ser un ancla para el momento presente. Basta un minuto, pero hay que hacerlo varias veces al día. 

¿Sentir la vida más allá de los pensamientos?
- Exacto, cada vez que lo haces estás presente. Otro consejo es tomar conciencia de las percepciones sensoriales. Si quiere entrar en el momento presente, ancle parte de la atención en el cuerpo y el resto en percibir lo que le rodea. La compulsión de nombrar lo que vemos y enjuiciar desaparece. 

En el hacer nos perdemos. 
- Porque el ruido mental nos controla. Otra práctica es hacer las cosas cotidianas con consciencia, cosas que hasta ahora eran un medio para llegar a un fin. Sienta el agua fría cuando se lava las manos. 

No pensar, percibir.
- Así es, introducir poco a poco presencia en la vida, darle calidad. El momento presente no es lo que sucede sino tu consciencia. Debemos introducir esa dimensión en nuestra vida y durante un tiempo la vieja consciencia vendrá y nos perderemos en ella, pero volveremos a despertarnos. 

¿Y las emociones?
- Son una reacción del cuerpo a los pensamientos. Si la mente me dice que una situación es mala o desagradable, el cuerpo lo acepta como realidad y tengo emociones negativas. Transformamos casi toda nuestra vida en algo problemático. 

El sufrimiento se acumula...
- Los pensamientos crean emociones, emociones que a su vez refuerzan viejos dolores emocionales. Pero si estás presente, el cuerpo dolor, como yo lo llamo, no puede utilizar tus pensamientos. Sabes que sientes frustración o rabia, pero no te identificas con ello. 

¿Cómo romper la distancia con los otros?
- Por medio de los pensamientos yo me interpreto a mí mismo, me nombro mi vida como buena o mala, defino mi existencia por medio de palabras. Yo me lo hago a mí mismo y lo hago con las otras personas, ésa es la separación que cada persona siente: la pantalla mental que surge cuando lo único que tienes son tus pensamientos.

Fuente entrevista: Web Islam.

9 Septiembre 2009

Más allá de lo que sea o no efectivamente el mundo, es posible observar que toda cultura, organización o persona vive a partir de un conjunto de interpretaciones, creencias o paradigmas que constituyen para ella la realidad misma. Los paradigmas o juicios maestros sobre los cuales se sostiene una cultura determinan "lo que somos", el "mundo en que estamos o vivimos" y "lo que es significativo para nuestra comunidad".

La cultura previa a Colón que vivió bajo la certeza de la planitud de laTierra, el mundo medieval que vivió bajo el dato que la Tierra está alcentro del universo, los griegos que vivieron bajo la certeza que el mundo se regía por la voluntad y deseo de los dioses.

Así también el niño que vive con la certeza de la existencia del Viejo Pascuero, la organización que opera bajo el supuesto que nunca se podrá hacer tal cosa o que siempre serán los primeros del mercado. La persona que se relaciona con el mundo a partir de la creencia que se debe desconfiar de todo, no creer en nadie, etc.

Nos interesa subrayar que las creencias o juicios maestros que constituyen el mundo para una cultura no son "ideas" que las personas tengan sobre el mundo; más bien son la realidad misma. El niño no requiere pensar la existencia del Viejo Pascuero, la persona desconfiada simplemente ve como el mundo la quiere agredir o engañar. Desde otra perspectiva podemos señalar: las creencias no las tenemos, ellas nos sostienen a nosotros.

Aceptar que vivimos en mundos interpretativos pone en cuestión el modo cómo hemos pensado tradicionalmente el concepto de verdad. Podemos decir que dentro del espacio infantil es "cierto" que el Viejo Pascuero pasó a dejar los regalos, que para los medievales "es evidente" que el sol gira en torno a la Tierra o que para la cultura indígena la cosecha no prosperó pues los dioses no lo quisieron. Como es posible observar en esta mirada, la "verdad" es la adecuación que guardan nuestras afirmaciones con el conjunto de creencias que constituyen la realidad y no con la realidad misma. En definitiva, no sabemos como las cosas son. Sólo podemos llegar a decir como las observamos o interpretamos.

Todo lo dicho es dicho por alguien

Una de las más notables consecuencias que tiene reconocer que vivimos en mundos interpretativos es que en el tipo de mundo que vivimos se deja ver el tipo de ser que somos. En todo lo que hacemos o decimos se transparenta el tipo de persona en que nos constituimos al momento de decir o hacer lo que hacemos.
Quién ve en el mundo constantes amenazas, malas intenciones y tragedias nos revela su actitud vital de desconfianza. Aquel que en las organizaciones siempre tiene disponible el "nunca lo podremos hacer" revela su actitud resignada ante el futuro. Quién ante un bosque se conecta con la divinidad y la trascendencia nos delata su actitud mística, aquel que ve preguntas sobre el mecanismo de la vida su actitud científica, el que observa "kilos de madera o metro ruma" su ser comercial.

Humberto Maturana ha señalado lo anterior con dos aforismos: "Todo lo que decimos sobre lo observado (el mundo) revela el tipo de observador que somos" y "Todo lo dicho es siempre dicho por alguien".

Fuente: Fragmentos de un apunte titulado "Una nueva mirada" escrito por Carlos Sandoval P. sobre la base de conversariones con Julio Olalla. Con tanta paranoia y discusiones sobre la "verdad" circulando en Internet, este escrito resulta ser un buen antídoto.

18 Julio 2009

El concepto de autopoiesis ha sobrepasado largamente el campo de la biología. Ha sido usado en áreas tan diversas como sociología, psicoterapia, management, antropología, cultura organizacional y muchas otras. Esta circunstancia lo transformó en un instrumento útil e importante para la investigación de la realidad.

Hace algunos años, los científicos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela propusieron la cuestión siguiente: ¿en qué medida la fenomenología social humana puede ser vista como fenomenología biológica? El propósito de este artículo es buscar una respuesta para esta pregunta. Sin embargo, antes de abocarnos a esto, creo que es necesario rever algunos principios fundamentales de los introducidos por estos dos autores.

Autopoiesis

Poiesis es un término griego que significa producción. Autopoiesis significa autoproducción. Esta palabra apareció por primera vez en la literatura internacional en 1974, en un artículo publicado por Varela, Maturana y Uribe, en el cual los seres vivos son vistos como sistemas vivientes que se producen a sí mismos de modo indefinido. Así, puede decirse que un sistema autopoiético es, a la vez, el productor y el producto.

Desde el punto de vista de Maturana, el término expresa lo que él llamó el centro de la dinámica constitutiva de los sistemas vivientes. Para vivir esa dinámica de forma autónoma, los sistemas vivientes necesitan obtener recursos del entorno en el que viven. En otras palabras, son simultáneamente sistemas autónomos y dependientes.

Así, esta condición es claramente una paradoja. Esta condición contradictoria no puede ser adecuadamente comprendida por el pensamiento lineal, según el cual todo debe reducirse al modelo binario si/no, si tal cosa/ tal otra. Cuando se trata con seres vivientes, cosas o eventos el pensamiento lineal comienza por dividirlos. El proceso siguiente es el análisis de las partes por separado. No se intenta observar las relaciones dinámicas que existen entre ellas.

Esta paradoja autonomía-dependencia, que es un rasgo característico de los seres vivientes, es mejor entendida cuando uno usa un estilo de pensamiento que compatibiliza sistemas pensantes (que examinan las relaciones dinámicas entre partes) y pensamiento lineal. Este modelo fue propuesto por el francés Edgar Morin, quien lo llamó pensamiento complejo.

Maturana y Varela propusieron una metáfora instructiva que vale la pena rescatar aquí. Desde su punto de vista, los seres vivos son máquinas autoproductoras. Ninguna otra máquina es capaz de hacer esto: su producción consiste siempre en algo que es diferente de ellos mismos. Siendo que los sistemas autopoiéticos son simultáneamente productores y productos, podría decirse que son sistemas circulares, es decir, funcionan en términos de productividad circular.

Maturana sostiene que mientras no seamos capaces de entender el carácter sistémico de las células vivas, no seremos capaces de entender adecuadamente los organismos vivos. Yo agrego que este entendimiento sólo puede ser provisto por el pensamiento complejo. Aún así, vivimos en una cultura profundamente modelada por el pensamiento lineal. Este hecho condujo a importantes consecuencias, algunas de ellas graves, como veremos más adelante en el texto.

Estructura, organización y determinismo estructural

Como lo afirman Maturana y Varela, los seres vivientes son sistemas estructuralmente determinados. Lo que nos ocurre en un momento particular depende de nuestra estructuración en ese momento. Los autores llaman a esto determinismo estructural.

La estructura de un sistema dado es la forma en que sus componentes se interconectan sin cambios en su organización. Veamos un ejemplo relacionado a un sistema no viviente, una mesa. Puede modificarse cualquiera de sus partes, pero sigue siendo una mesa siempre que estas partes permanezcan articuladas. Sin embargo, si las separamos y desconectamos, el sistema ya no puede ser reconocido como una mesa, porque se perdió su organización. Podríamos decir que el sistema se extinguió.

Del mismo modo, la estructura de un sistema viviente cambia todo el tiempo, lo que demuestra que está adaptándose continuamente a los igualmente constantes cambios de ambiente. Aún así, la pérdida de la organización resultaría en la muerte del sistema.

Entonces, la organización determina la identidad de un sistema, mientras que su estructura determina cómo esas partes son articuladas físicamente. La organización identifica a un sistema y corresponde a su configuración general. La estructura muestra la forma en que las partes se interconectan. El momento en que un sistema pierde su organización corresponde al límite de su tolerancia a cambios estructurales.

El hecho de que los seres vivos están sometidos al determinismo estructural no significa que los mismos sean previsibles. En otras palabras, están determinados, pero esto no significa que estén predeterminados. A decir verdad, considerando que su estructura cambia constantemente (y en congruencia con las modificaciones aleatorias del entorno) es inadecuado hablar de predeterminación. Hablaremos mejor de circularidad. Para evitar cualquier duda al respecto, tendremos en mente este detalle: lo que ocurre a un sistema en un momento dado depende de su estructura en ese momento específico.

El mundo en que vivimos es el mundo que construimos con nuestras percepciones, y es nuestra estructura la que nos habilita para tener esas percepciones. Así que nuestro mundo es el mundo sobre el que poseemos conocimiento. Si la realidad que percibimos depende de nuestra estructura, que es individual, hay tantas realidades como personas perceptoras. Esto explica por qué el, así llamado, conocimiento objetivo es imposible: el observador no es ajeno al fenómeno que observa. Considerando que estamos determinados por la manera en que se interconectan las partes de las que estamos hechos (por nuestra estructura) el entorno sólo puede disparar en nuestros organismos las alteraciones que están determinadas en el mismo.

Un gato sólo puede percibir el mundo e interactuar con él mediante su estructura felina, no mediante una configuración que no posee, como la humana, por ejemplo. En el mismo sentido, nosotros no podemos percibir el mundo de la manera en que lo hacen los gatos.

Así, carecemos de argumentos adecuados para afirmar la realidad de esta objetividad de la que solíamos estar tan orgullosos. Desde el punto de vista de Maturana, cuando alguien dice que es objetivo significa que ese alguien tiene acceso a un punto de vista privilegiado y que, de alguna manera, ese privilegio le permite ejercer una autoridad que toma por asegurada la obediencia de quienes no son objetivos. Esta es una de las bases del llamado razonamiento lógico.

Nuestro condicionamiento nos conduce a ver al mundo como un objeto, por lo que nos pensamos separados de él. Y llegamos más lejos: a través del ego, nos vemos como observadores separados del resto de nuestra psique. Para operar tan objetiva proposición, es necesario establecer una frontera entre el ego y el mundo, del mismo modo en que lo hicimos entre el ego y el resto de nuestra totalidad. Así como estamos divididos, lo mismo ocurrirá con nuestro conocimiento, que también resultará separado y limitado.

Este es el resultado final de nuestra alegada objetividad: una mirada del mundo fragmentada y restringida. Es desde esta posición que pensamos sobre nosotros mismos como autorizados a juzgar a todos aquellos que no acuerdan con nosotros y los condenamos como personas no objetivas o intuitivas. Es decir, partiendo de un punto de vista fragmentado y restringido, pensamos que es posible llegar a la verdad y mostrarla a nuestros pares. Una verdad que imaginamos que es la misma para todos.

Fuente: Humberto Mariotti.

18 Julio 2009

Desde los trabajos sobre la visión en la rana y la percepción de los colores que lo hicieron famoso en los años 60, Humberto Maturana (biólogo, chileno y hoy investigador del MIT) ha recorrido un largo camino de crítica radical a la ciencia pura y dura. La pregunta por la cosa no se puede responder sin incluir a quien la observa, dice.

Humberto Maturana ha recorrido un largo camino de crítica radical al sistema cognoscitivo de la ciencia occidental. Sus aportes se basan en la biología del conocimiento humano, la organización de los seres vivos, la teoría de sistemas y llegan a un punto capital: el cuestionamiento de la objetividad. A partir de este viraje desarrolla otras líneas de argumentación que se imbrican con la evolución de la especie humana - sustentada por la emoción básica del amor como legitimación del otro -, el desarrollo cultural de as tendencias matrística y patriarcal, la ética, la educación, la ecología, en definitiva “el sentido de lo humano”. Invitado a Buenos Aires por el Instituto de Terapia Sistémica y auspiciado también por la Fundación Banco de Crédito Argentino, Maturana departió durante cinco horas acerca de una muy sugerente propuesta: “¿Hay vida inteligente en la Tierra?”, donde además de brindar una versión condensada de sus teorías hizo un “inteligente” alegato ecologista.

- ¿Podría contarnos cómo llegó desde la neurofisiología de la percepción hasta el problema del conocimiento? ¿Cuál fue la pregunta que pudo, o no pudo, contestar en su ámbito específico, que lo obligó a cambiar de perspectiva y a incursionar en la epistemología?

Para poder adentrarse en espacios ajenos al propio campo profesional hay que tener una cierta soltura reflexiva, aunque esto no es fácil de obtener. Yo he sido afortunado porque siempre he tenido intereses múltiples: cuando era estudiante de medicina, por ejemplo, estaba interesado en la antropología y la etnología; y luego, cuando derivé a la biología, mi experiencia como estudiante de medicina me sirvió para permanecer conectado con lo humano y orientarme más todavía hacia los temas antropológicos y culturales. Un científico debe ser capaz de escuchar sobre cualquier tema, saber de qué se habla, aunque no sea dueño del tema. Y - ciertamente- pienso que un biólogo debe ser capaz de moverse en la biología de modo tal que nada le sorprenda, aunque no lo sepa todo. Eso quiere decir que tiene que dominar a la biología como fenómeno y como forma de pensar; pero para que eso pase hay que tener una mirada, un ámbito de interés, mucho más grande. En esas condiciones lo que ocurre es que cuando surge una dificultad para explicar algo, uno tiene un espacio imaginativo que le permite salirse de su especialidad y mirar desde otra perspectiva, para poder contestar las preguntas “reacias”.

Ahora bien, lo corriente es que uno insista, que crea que las dificultades son tecnológicas y no conceptuales, que es necesario ampliar el espacio experimental y por lo tanto uno insiste, insiste, e insiste en lo mismo (cada vez más de lo mismo). Parte de la sabiduría o, mejor aún, de la buena suerte que uno puede tener, consiste en animarse a soltar eso, en abandonar la perspectiva con que se miraba el problema y atreverse a reconocer que lo que está preguntando no tiene respuesta con el ámbito en que se venía trabajando, porque el enfoque es inadecuado. Bueno, esto es lo que me pasó a mí estudiando la percepción y en particular la visión de los colores.

- ¿Puede explicarnos someramente los puntos salientes de su investigación, las dificultades con las que se encontró y cómo logró resolverlas?

- En la década del sesenta, lo que yo tenía que estudiar era cómo uno ve, o cómo un animal ve los colores; y lo hacía dentro de lo que podríamos llamar el “pensamiento epistemológico tradicional” implícito en el quehacer científico, que considera que uno ve un mundo exterior, que el sistema nervioso opera obteniendo información sobre un mundo exterior. Yo era un investigador en el campo de la neurofisiología de la visión d los colores, con absoluta impecabilidad experimental, es decir, haciendo experimentos rigurosos que pensaba que me permitirán mostrar cómo uno ve el color que está allí, afuera de mí, en el mundo exterior, expresado en términos físicos (energías espectrales, longitudes de onda, etc.), de tal manera que pueda ser reconocido por cualquier otro observador.

Trabajé duramente hasta que me di cuenta de que había algo que impedía que lograra mi objetivo. Durante tres años desarrrollé mis investigaciones hasta que en un momento pensé (y allí estaba mi buena fortuna) que tal vez lo que yo estaba haciendo no satisfacía - ni podía satisfacer - mis expectativas en el estudio de la visión, porque los fundamentos desde los cuales estaba trabajando eran equivocados.

En concreto, yo decía “lo que tengo que encontrar es una correlación entre la actividad del sistema nervioso y el color como realidad externa”; pero en un momento determinado se produjo un cambio radical y dije: “Tal vez lo que pasa es que la actividad del sistema nervioso no se correlaciona con el color como yo lo he especificado hasta ahora (es decir, en términos físicos), sino que se correlaciona con el nombre del color”. Cuando planteé esto a mis colegas todos pensaron que estaba loco, pues - por supuesto - ellos sabían que el nombre del color es arbitrario, ya que se puede llamar a esto verde o rojo o cualquier otra cosa (el nombre del color es una convención). Entonces ¿qué estoy diciendo cuando digo que la actividad del sistema nerviosos se correlaciona con el nombre del color? Lo que estoy diciendo es que se correlaciona con la experiencia que yo distingo cuando doy tal nombre, cuando digo que lo que veo es tal color.

“Claro - decían mis interlocutores -, pero esa experiencia depende de lo que tú ves” (no podían decir otra cosa, pues ése es el fundamento de toda la investigación tradicional, según la cual vemos objetos externos a nosotros). Lo que yo estaba planteando era algo muy radical: que nosotros les damos el mismo nombre, quiere decir que las vivimos en nosotros como iguales. Por lo tanto, debería ser posible demostrar cómo se correlaciona la actividad de la retina con el nombre del color. De modo que si damos el mismo nombre a situaciones que desde un punto de vista físico son distintas, quiere decir que desde el punto de vista experiencial, uno las ve iguales. Al hacer esto lo que estamos correlacionando es la actividad del sistema nervioso con… la actividad del sistema nervioso. Entonces lo que estamos afirmando es que el sistema nervioso opera haciendo correlaciones internas y no captando dimensiones del mundo externo: el sistema nervioso opera como una red cerrada. Y, por tanto, ya no tenemos necesidad de hablar de “objetos externos”.

- Usted ha dicho que puesto que el sistema nervioso es cerrado en su operar, no podemos hacer correlaciones entre los estados del sistema nervioso y el mundo externo. Esto implicó que propusiera “poner la objetividad entre paréntesis” ya que no tiene sentido hablar de un mundo independiente del observador.Ahora bien ¿por qué poner la objetividad entre paréntesis y no descartarla lisa y llanamente? En este sentido ¿existe para usted algún criterio para preferir una metafísica realista a una que no lo sea?

- Yo no estoy haciendo una metafísica. Estoy haciendo una explicación científica del observador y del conocer, que es muy distinto. Si alguien me escucha y dice que yo estoy haciendo filosofía es porque no ha querido prestar atención a la explicación científica que estoy dando. “Poner la objetividad entre paréntesis” significa que cuando uno explica, la experiencia que se explica no desaparece. Nosotros vivimos en un mundo que distinguimos como un mundo de objetos , en el que tenemos la experiencia de los objetos; y por tanto, no podemos hacer desaparecer esa experiencia, no podemos simplemente hacer desaparecer los objetos. Por el contrario, lo que tenemos que hacer como científicos es explicar los objetos, es proponer un procedimiento o un mecanismo a partir del cual podamos mostrar cómo surge la experiencia de esos objetos. Entonces, una de las formas de explicar esto es diciendo que el objeto está allí con independencia de lo que yo hago. Esta sería la postura de la objetividad tradicional, sin paréntesis, que asume por un lado la existencia real de los objetos y, por otro, confiere al sujeto la posibilidad de conocer los objetos prescindiendo de su subjetividad.

Nosotros pertenecemos a una historia cultural en la cual estamos acostumbrados a preguntarnos ¿qué es? Y al escuchar esta pregunta hay un tipo de respuesta que deseamos oír: la respuesta que nos dice algo sobre el “ser” de la cosa por la que se preguntó. Se espera una descripción de algo que está allí, con independencia del observador y de lo que el observador hace. Yo sostengo que para responder a esta pregunta se pueden seguir dos caminos: uno, el tradicional, es haciendo referencia a algo independiente de lo que el observador hace; el otro implica transformar la pregunta “¿qué es?” en “¿qué criterio uso yo para afirmar que algo es lo que yo digo que es?”.

- ¿Qué consecuencias tiene esta distinción de la objetividad con y sin paréntesis no sólo dentro del marco de la ciencia, sino para el dominio de las relaciones humanas en general?

- Es fundamental, pues estos dos caminos de la objetividad conducen por su parte a distintos modos de relacionarse no sólo con el explicar sino con las personas. Al analizar las condiciones de posibilidad del conocimiento estamos en el marco de la epistemología; pero al transcurrir ese análisis, al hacerlo, al mirarlo, descubrimos que en verdad lo que estamos haciendo no es otra cosa que un análisis de las relaciones humanas. En este sentido, la epistemología es un modo de relación interpersonal, y entonces tiene razón Gregory Bateson cuando dice que hay distintas epistemologías. Desde el momento en que uno toma el primer camino y se conduce como si tuviera la capacidad de hacer referencia a una realidad independiente, cada vez que se hace una afirmación cognoscitiva, se hace al mismo tiempo una petición de obediencia, se le dice al otro que tiene que hacer lo que uno dice porque uno sabe que la cosa “es” así, no porque uno lo dice. De esta forma, cada vez que nos relacionamos desde el realismo, desde la objetividad sin paréntesis, lo hacemos también a través de exigencias de obediencia. En cambio, al poner la objetividad entre paréntesis y darnos cuenta de que no podemos hacer referencia a algo real independiente de nosotros para validar nuestro explicar, toda afirmación cognoscitiva se transforma en una invitación a participar en un cierto dominio de experiencias.

Las relaciones interpersonales que se ponen en juego son totalmente distintas en uno y en otro caso. Es por esto que digo que el camino explicativo de la objetividad sin paréntesis es el camino de las exigencias de obediencia y de la irresponsabilidad; porque lo que uno hace no se valida desde lo que uno hace, sino desde algo que está fuera de uno mismo. Mientras que el camino de la objetividad entre paréntesis es el camino de las afirmaciones cognoscitivas que nos invitan a participar en un cierto dominio de coherencias experienciales. Y en este camino uno no puede sino ser responsable por lo que hace, pues lo que valida lo que uno dice es lo que uno hace en ese dominio de coherencias experienciales.

- ¿Este segundo camino sería de alguna forma una garantía contra la tendencia hacia la apropiación y el poder que confiere el conocimiento dentro del paradigma de la ciencia actual?

- Ciertamente. Si es que uno lo hace. Pero para hacerlo, de nada vale que alguien nos lo imponga. Debemos ser seducidos por este camino y aceptarlo como nuestro para poder vivirlo. Desde el momento en que uno acepta vivir en el camino explicativo de la objetividad entre paréntesis, uno sabe que no es dueño de la verdad y por lo tanto, sabe que no puede colocarse en el lugar de la exigencia, a menos que se haga cargo de esa exigencia. Uno puede responsablemente exigir al otro que haga lo que uno dice porque uno quiere que el otro haga eso. Este camino conduce a la responsabilidad. Y ya no sirve escudarse en argumentos externos como “quiero que el otro haga esto porque esto es la verdad” o “porque así es la realidad de las cosas”. Esto nos permite asimismo reflexionar sobre el poder. Es interesante cómo desde este camino, al preguntarse por el poder, descubrimos que el poder está en la obediencia. En el momento en que uno sale del espacio de la exigencia y se coloca en el espacio de la invitación, toda la dinámica del poder desaparece o adquiere un carácter completamente distinto. Las relaciones de poder pasan a ser circunstanciales y ligadas a acuerdos, pero en tanto son acuerdos ya no son relaciones de poder porque no hay obediencia, y aparece la colaboración.

Fuente: Denise Najmanovich y Ana María Llamazares, entrevista en Página 12, Argentina, 1992.

 

3 Julio 2009

Julio Olalla, junto con Fernando Flores y Rafael Echeverría, es uno de los tres chilenos que fundaron la línea del coaching ontológico. Los tres actualmente están en diferentes caminos y matices, pero comparten un origen común. No existe mucho material disponible en la Red de Julio Olalla. De hecho, en post anteriores he publicado algunas de sus notas y entrevistas. A través de Carlos, un gran amigo, me entero de este reciente video-entrevista que le ha hecho Jaime Pereira en España y que deseo compartir con ustedes, con el fin de difundir sus prácticas y reflexiones sobre el ser humano. Se da la hermosa sincronía que justamente hoy día que publico esta entrada estará en La Serena Humberto Maturana. Maturana, junto a Francisco Varela cuyas cenizas fueron esparcidas en el río Elqui de mi región, son dos científicos chilenos que sentaron parte de las bases teóricas que sirvieron para formular la visión ontológica del lenguaje y la práctica posterior conocida como coaching ontológico que desde sus inicios impregnan el sentido de este blog.

Julio Olalla es Abogado titulado por la Universidad de Chile y con estudios en Teoría del Lenguaje y Educación. Desde 1980 dicta cursos en el área de las competencias comunicativas, desarrollo personal, liderazgo organizacional y desarrollo de Programa de Transformación Cultural en organizaciones en Argentina, Brasil, Chile, México, Venezuela, Australia, Canadá, España y Estados Unidos. Durante los últimos 10 años ha dictado programas de formación de coaches.  Como presidente de The Newfield Network es reconocido como uno de los fundadores y maestro en la práctica del coaching por la Federación Internacional de Coaching (ICF). Ha trabajado en forma directa con más de 50.000 personas en nueve países diferentes durante los últimos 20 años. Desde su experiencia sostiene, que no es posible un real cambio en la cultura de las organizaciones si no se abordan simultáneamente la transformación personal de sus miembros, el estilo de coordinación de acciones enfocado al logro de los resultados y los valores que fundan la convivencia al interior de las empresas. Es fundador de The Newfield Network, una empresa consultora, con presencia en Estados Unidos y América Latina, orientada a la formación de Coaches Ontológicos y al desarrollo y aprendizaje organizacional, especialmente de equipos ejecutivos.

Otros videos en la red

Para todos los buscadores que se interesan en el tema, les ofrezco a continuación cinco videos captados en sus  jornadas de formación en los cuales Julio Olalla aborda diferentes temas y reflexiones

Introducción acerca de la(s) crisis

La modernidad está colapsando y algo nuevo está siendo parido..

Discursos históricos: desde que nacemos cargamos con una manera de ver el mundo.

El discurso histórico una deriva que afecta a los chilenos

El racionalismo, el metadiscurso de la modernidad

17 Junio 2009

"La afirmación de que el mundo «se ha vuelto loco», el eslogan pintado en las paredes de que «la realidad es una muleta», el interés por las drogas alucinógenas, el entusiasmo por la astrología y el ocultismo, la busca de la verdad en la sensación, el éxtasis y la «experiencia cumbre», la desviación hacia un subjetivismo extremado, los ataques contra la ciencia, la progresiva creencia de que al hombre le ha fallado la razón, reflejan la experiencia cotidiana de masas de personas corrientes que descubren que no pueden enfrentarse racionalmente con el cambio". Fragmentos de "El Shock del Futuro", obra clásica de Alvin Toffler que hace casi 4 décadas planteó que el cambio acelerado tiene una influencia tal en las personas que puede provocar aberraciones, alteraciones, percepciones, conductas y creencias como las que somos testigos en estos años. Dentro de las muchas interpretaciones para entender el trastornado mundo social de hoy es ésta, a mi juicio, una perspectiva que no puede ser ignorada. Un mundo real que tiene su correlato en Internet con una cantidad tal de información contradictoria que nos lleva a la parálisis a la hora de elegir la opción que deseamos tomar.

LA DIMENSION PSICOLÓGICA

Si el «shock» del futuro no fuese más que una dolencia física, sería fácil prevenirlo y curarlo. Pero el «shock» del futuro ataca también a la psique. Así como el cuerpo cruje bajo la tensión de un estímulo excesivo del medio, así la «mente» y sus procesos de decisión se comportan de un modo errático cuando están sobrecargados. Al acelerar desaforadamente los motores del cambio, nos exponemos a lesionar no sólo la salud de los menos dotados para el cambio, sino también su capacidad para actuar racionalmente en su propio beneficio, Las impresionantes señales de desquiciamiento que vemos a nuestro alrededor — creciente uso de drogas, auge del misticismo, repetidas explosiones de vandalismo y de caprichosa violencia, políticas de nihilismo y de nostalgia, apatía morbosa de millones de personas— podrán ser mejor comprendidas si observamos su relación con el «shock» del futuro. Estas formas de irracionalidad social pueden ser reflejo, en condiciones de un exceso de estímulos en el medio, del deterioro de la capacidad individual de tomar decisiones.

Los psicofisiólogos, al estudiar el impacto del cambio en diferentes organismos, demostraron que una buena adaptación sólo puede producirse cuando el nivel del estímulo —cantidad de cambio y novedad del medio— no es demasiado alto ni demasiado bajo. «El sistema nervioso central (1) del animal superior —dice el profesor D. E. Berlyne, de la Universidad de Toronto— está concebido para enfrentarse con el medio que produce cierto grado de... estímulo... Es natural que no actúe de la mejor manera en un medio que le produzca una tensión o una carga excesiva.» Lo propio dice acerca de los medios poco estimulantes. En efecto: los experimentos realizados con venados, perros, ratones y hombres señalan todos ellos, de modo inequívoco, la existencia de lo que podríamos llamar un «nivel de adaptación», por debajo y por encima del cual falla, simplemente, la capacidad de adaptación del individuo.

El «shock» del futuro es la respuesta a un estímulo excesivo. Se produce cuando el individuo se ve obligado a actuar por encima de su nivel de adaptación. Se ha dedicado considerable esfuerzo al estudio del impacto del cambio y de la novedad inadecuados sobre la actuación humana. Exámenes de hombres aislados en puestos de la Antártida, experimentos sobre privación sensorial, investigaciones sobre actuaciones laborales en las fábricas, ponen de manifiesto una disminución de las facultades mentales y físicas como respuesta a un estímulo deficiente. Poseemos menos datos directos sobre el impacto del superestímulo, pero las pruebas que tenemos de él son dramáticas e inquietantes.

EL INDIVIDUO SUPERESTIMULADO

Los soldados en guerra se encuentran, a menudo, atrapados en medios rápidamente cambiantes, desconocidos e imprevisibles. El soldado se ve zarandeado de un lado a otro. Las granadas estallan en todas partes. Las balas silban en todas direcciones. Mil destellos iluminan el cielo. Gritos, gemidos y explosiones llenan sus oídos. Las circunstancias cambian de un momento a otro.

Para sobrevivir en este medio superestimulante, el soldado se ve obligado a operar en los más altos niveles de su campo de adaptación. A veces, es empujado más allá de sus límites. Durante la Segunda Guerra Mundial, un barbudo soldado chindit (2), que luchaba, en Birmania, con las fuerzas del general Wingate detrás de las líneas japonesas, se quedó dormido bajo un diluvio de balas de ametralladora. Una investigación ulterior reveló que aquel soldado no había reaccionado simplemente a la fatiga y la falta de sueño, sino que había cedido a una tremenda apatía.

El deterioro mental solía empezar con una sensación de fatiga, seguida de confusión e irritabilidad nerviosa. El hombre se volvía hipersensible al menor estímulo del medio. Se arrojaba al suelo a la menor provocación. Daba señales de pasmo. Parecía incapaz de distinguir el ruido del fuego enemigo de otros ruidos menos amenazadores. Se volvía tenso, ansioso y terriblemente irascible. Sus camaradas nunca sabían si se pondría furioso, o incluso violento, como reacción a la menor contrariedad.

Después, entraba en la última fase: la de agotamiento emocional. El soldado parecía perder todo deseo de vivir. Renunciaba a luchar para salvarse, a conducirse de un modo racional en el combate. Se volvía, según dijo R. L. Swank (4), que dirigió la investigación inglesa, «torpe y descuidado..., mental y físicamente retrasado, preocupado». Incluso su rostro se tornaba inexpresivo y apático. La lucha por adaptarse había terminado en derrota. Había llegado a la fase de retirada total.

El hecho de que, cuando se halla en condiciones de novedad y grandes cambios, el hombre se comporta irracionalmente, actuando contra su propio y evidente interés ha sido también confirmado por los estudios sobre el comportamiento humano en los incendios, inundaciones, terremotos y otras crisis semejantes. Incluso las personas más estables y «normales», físicamente ilesas, pueden verse sumidas en estados de antiadaptación. Reducidas muchas veces a una confusión y a una inconsciencia totales, parecen incapaces de tomar las decisiones más elementales.

Así, en un estudio sobre las reacciones a los tornados en Texas, H. E. Moore escribe que «la primera reacción... puede ser de pasmado asombro; a veces, de incredulidad, o, al menos, de negativa a aceptar el hecho. Ésta nos parece ser la principal explicación del comportamiento de ciertas personas y grupos en Waco (5), cuando fue devastada en 1953... A nivel personal, explica por qué una muchacha entró en una tienda de música, a través de un escaparete roto, compró un disco y volvió a salir, aunque el cristal de la fachada del edificio había saltado hecho añicos y los artículos volaban por el aire en el interior del establecimiento».

Un estudio sobre un tornado que azotó Udall (6), Kansas, reproduce las palabras de un ama de casa: «Cuando todo hubo terminado, mi marido y yo nos levantamos, saltamos por la ventana y echamos a correr. No sé adonde nos dirigíamos... Me daba igual. Sólo quería correr.» Una clásica fotografía de catástrofe muestra a una madre, inexpresivo e impasible el rostro, como incapaz de comprender la realidad, sosteniendo en brazos al hijo herido o muerto. Otras veces, la madre aparece sentada en la puerta de su casa, meciendo cariñosamente una muñeca, en vez del hijo.

En las catástrofes, lo mismo que en ciertas situaciones de guerra, los individuos pueden verse psicológicamente abrumados. Y, una vez más, hay que buscar la causa en el alto nivel de los estímulos del medio circundante. La víctima de la catástrofe se encuentra atrapada de pronto en una situación en la que se transforman los objetos y las relaciones conocidas. Donde antes estaba la casa, puede no haber más que un montón humeante de escombros. Acaso vea una choza flotando en las aguas desbordadas, o un bote de remos volando por los aires. El medio está lleno de cambios y de novedades. Y, una vez más, la respuesta se caracteriza por la confusión, la ansiedad, la irritabilidad y una retirada hacia la apatía.

El «shock» cultural (7), la profunda desorientación sufrida por el viajero que, sin la debida preparación, se ha sumergido en una cultura extraña, nos ofrece un tercer ejemplo de fracaso en la adaptación. Aquí, no encontramos ninguno de los ostensibles elementos de la guerra o de la catástrofe. El escenario puede ser absolutamente tranquilo y carente de riesgos. Sin embargo, la situación requiere una adaptación continua a las nuevas condiciones. El «shock» cultural, según el psicólogo Sven Lundstedt, es una «forma de desquiciamiento de la personalidad, como reacción al temporalmente fracasado intento de ajustarse a los nuevos medios y personas».

La persona que sufre el «shock» cultural se ve obligada, como el soldado y como la víctima de la catástrofe, a luchar con sucesos, relaciones y objetos desconocidos e imprevisibles. Su manera habitual de hacer las cosas —incluso cosas tan sencillas como llamar por teléfono— no es ya la adecuada. Tal vez la sociedad extraña esté cambiando con gran lentitud; pero, para él, todo resulta nuevo. Signos, ruidos y otras claves psicológicas pasan corriendo por delante de él sin darle tiempo a captar su significado. Toda la experiencia adquiere un aire surrealista. Cada palabra, cada acción, están llenas de incertidumbre.

En estas condiciones, la fatiga se produce más rápidamente que de costumbre. Además de ésta, el viajero que sufre el «shock» cultural experimenta la que Lundstedt describe como «un sentimiento subjetivo de pérdida, y una sensación de aislamiento y de soledad».

Lo imprevisible de los hechos, fruto de la novedad, socava su sentido de la realidad. Por esto añora, según dice el profesor Lundstedt, «un medio en que la satisfacción de importantes necesidades psicológicas y físicas es previsible y menos incierta». Se vuelve «ansioso, confuso, y, con frecuencia, parece apático». En realidad, concluye Lundstedt, «el "shock" cultural puede ser considerado como una respuesta a la tensión en forma de retirada emocional e intelectual».

Es imposible leer estos informes (y otros muchos) sobre colapsos del comportamiento bajo diversas tensiones sin advertir inmediatamente sus similitudes. Aunque, naturalmente, existen grandes diferencias entre un soldado en combate, una víctima de una catástrofe y un viajero culturalmente dislocado, los tres se enfrentan con un rápido cambio, con una gran novedad, o con ambas cosas a la vez. Los tres tendrían que adaptarse rápida y repetidamente a unos estímulos imprevistos. Y existe un chocante paralelismo en la manera en que cada uno de los tres responde al estímulo excesivo.

Primero: encontramos las mismas pruebas de confusión, desorientación o distorsión de la realidad. Segundo: existen los mismos síntomas de fatiga, angustia, tensión o irritabilidad extremada. Tercero: en todos los casos parece haber un punto del que no se puede volver, un punto en el que triunfan la apatía y la retirada emocional.

En suma: las pruebas de que disponemos sugieren que el estímulo excesivo puede conducir a comportamientos extraños y contrarios a la adaptación.

EL BOMBARDEO DE LOS SENTIDOS

Todavía ignoramos demasiadas cosas sobre este fenómeno para explicar, con fundamento de causa, por qué el estímulo excesivo parece provocar un comportamiento contrario a la adaptación. Sin embargo, podemos recoger importantes claves si comprendemos que aquel estímulo excesivo puede producirse, al menos, en tres niveles diferentes: el sensorial, el cognoscitivo y el  decisorio (7 bis).

El nivel sensorial (8) es el más fácil de comprender. Ciertos experimentos sobre privación sensorial, durante los cuales alguien se presta voluntariamente a la interrupción de los estímulos normales de sus sentidos, han demostrado que la falta de nuevos estímulos sensoriales puede conducir a un estado de pasmo y de defectuoso funcionamiento mental. De la misma manera, el flujo de demasiados estímulos sensoriales desorganizados, caprichosos y caóticos, puede producir efectos similares. Por esta razón, los que practican el lavado de cerebro político o religioso se valen no sólo de la privación sensorial (por ejemplo, reclusión en la soledad), sino también del bombardeo de los sentidos a base de destellos de luz, dibujos de colores rápidamente cambiantes y caóticos efectos de sonido: todo el arsenal, en fin, del calidoscopio psicodélico.

El fervor religioso y el extraño comportamiento de ciertos adeptos hippies puede ser debido no sólo al abuso de las drogas, sino también a experimentos de grupo, a base tanto de privación como de bombardeo sensorial. Los monótonos canturreos, los intentos de centrar la atención del individuo en sensaciones corporales internas, con exclusión de estímulos exteriores, son otros tantos esfuerzos por provocar los fantásticos y a veces alucinantes efectos de la falta de estímulo.

En el otro extremo de la escala, advertimos las miradas turbias y pasmadas, las caras inexpresivas de los jóvenes danzantes en las grandes salas de música «rock», donde los cambios de luz, las proyecciones en varias pantallas, los agudos chillidos, los gritos y gemidos, los grotescos trajes y los cuerpos ondulantes y pintados, crean un medio sensorial que se caracteriza por la abundancia de estímulos y por unas extraordinarias sorpresa y novedad.

La capacidad del organismo para hacer frente a los estímulos sensoriales depende de su estructura fisiológica. La naturaleza de sus órganos sensoriales y la rapidez con que los impulsos fluyen por su sistema nervioso levantan barreras biológicas a la cantidad de datos sensoriales que puede admitir. Si examinamos la velocidad con que se transmiten las señales en diversos organismos, veremos que cuanto más bajo es el nivel de evolución más lento es el movimiento. Así, por ejemplo, en un erizo de mar, que carece de sistema nervioso como tal, una señal corre a lo largo de una membrana a una velocidad aproximada de un centímetro por hora.

Es natural que a esta velocidad el organismo puede responder solamente a una parte muy limitada de su medio. Si subimos unos peldaños hasta la medusa, que tiene ya un sistema nervioso rudimentario, las señales viajan 36.000 veces más de prisa: a diez centímetros por segundo. En un gusano, la velocidad aumenta hasta 100 centímetros por segundo. En los insectos y crustáceos, las vibraciones nerviosas se propagan a 1.000 centímetros por segundo; y, entre los antropoides, esta velocidad sube hasta 10.000 centímetros por segundo. Aunque estas cifras son muy aproximadas, contribuyen a explicar por qué el hombre figura, indiscutiblemente, entre las criaturas más adaptables.

Sin embargo, incluso en el hombre, con su velocidad de transmisión nerviosa de unos 30.000 centímetros por segundo (9), las limitaciones del sistema son imponentes. (En una computadora, las señales eléctricas viajan cientos de miles de veces más de prisa.) Las limitaciones de los órganos de los sentidos y del sistema nervioso significan que muchos sucesos del medio se producen a demasiada velocidad para que podamos seguirlos, por lo que, en el mejor de los casos, nuestra experiencia es parcial. Cuando las señales que llegan hasta nosotros son regulares y retiradas, podemos conseguir una representación mental de la realidad bastante buena. Pero cuando están desorganizadas, cuando son nuevas e imprevistas, la exactitud de la imagen mengua necesariamente. Nuestra imagen de la realidad está deformada. Esto puede explicar por qué, cuando experimentamos un estímulo sensorial excesivo, nos sentimos confusos, se borra la línea divisoria entre la ilusión y la realidad (10).

SOBRECARGA DE INFORMACIÓN

Si el exceso de estímulo a nivel sensorial aumenta la deformación con que percibimos la realidad, el exceso de estímulo cognoscitivo perturba nuestra facultad de «pensar». Así como algunas reacciones humanas a la novedad son involuntarias, otras van precedidas de un pensamiento consciente, lo cual depende de nuestra capacidad de absorber, manipular, valorar y retener información (11)

El comportamiento racional, en particular, depende de un incesante suministro de datos procedentes del medio. Depende de la facultad que tenga el individuo de predecir, al menos con algún acierto, el resultado de sus propias acciones. Para ello, debe ser capaz de prever cómo responderá el medio a sus actos. Y así, la sensatez gira en torno a la capacidad del hombre para, partiendo de la información que le suministra el medio, predecir su inmediato futuro personal.

Pero cuando el individuo se halla en una situación que cambia rápida e irregularmente, o en un contexto cargado de novedad, falla la exactitud de sus predicciones. Ya no puede sentar los criterios razonablemente correctos de los que depende su comportamiento racional.

Para compensar esto, para elevar su exactitud al nivel normal, ha de buscar una mayor cantidad de información. Y tiene que hacerlo rápidamente. En resumen: cuanto más cambiante y nuevo sea el medio, mayor información necesita el individuo para tomar decisiones efectivas y racionales.

Sin embargo, así como existen límites en la cantidad de impresiones sensoriales que podemos aceptar, también es limitada nuestra capacidad de manejar la información. Según dice el psicólogo George A. Miller, de la Universidad Rockefeller, existen «severas limitaciones en la cantidad de información que somos capaces de recibir, elaborar y recordar». Clasificando la información, abstrayéndola y «codificándola» de diversas maneras, conseguimos ampliar aquellos límites; sin embargo, numerosas pruebas demuestran que nuestra capacidad es finita.

Para descubrir estos límites exteriores, los psicólogos y los teóricos de la comunicación han empezado a hacer pruebas sobre lo que llaman «capacidad de canal» del organismo humano. A los fines de estos experimentos, consideran al hombre como un «canal». La información entra desde el exterior. Es elaborada.

Existe en forma de acciones fundadas en decisiones. La velocidad y la exactitud del proceso humano de elaboración de la información puede medirse comparando la velocidad de entrada de la información con la velocidad y precisión de su salida.

La información ha sido definida técnicamente y medida a base de unas unidades llamadas «bits» (11 bis). Hasta ahora, los experimentos han establecido grados para el proceso requerido por tareas muy diversas, desde leer, escribir a máquina y tocar el piano, hasta manipular discos graduados o hacer cálculos mentales. Y, aunque los investigadores discrepan sobre las cifras exactas, están plenamente de acuerdo en dos principios básicos: primero, que el hombre tiene una capacidad limitada; segundo, que la sobrecarga del sistema perjudica gravemente la eficacia.

Imaginemos, por ejemplo, un obrero que trabaja en cadena en una fábrica de libretas para niños. Su tarea consiste en apretar un botón cada vez que una libreta, arrastrada por la cinta sin fin, pasa por delante de él. Mientras la correa se mueva a velocidad razonable, el hombre tendrá pocas dificultades. Su eficacia se aproximará al 100 por ciento. Pero sabemos que, si el ritmo es demasiado lento, se distraerá, y su eficacia será menor. Y sabemos también que, si la correa va demasiado aprisa, el hombre se equivocará, se confundirá y actuará desordenadamente. Es probable que se vuelva inquieto e irritable. Tal vez, a impulsos de un movimiento de frustración, le dará una patada a la máquina. En definitiva, renunciará al trabajo para recobrar la paz.

En este caso, las exigencias de información son simples; pero imaginemos una tarea más compleja. Las libretas transportadas por la cinta son de colores diferentes. El hombre tiene que apretar el botón sólo cuando se produzca cierta secuencia de colores: por ejemplo, una libreta amarilla, seguida de dos rojas y una verde. En esta labor tendrá que absorber y elaborar mucha más información, antes de decidir si tiene que apretar o no el botón. Como todo lo demás permanece igual, si la cinta se acelera le será más difícil mantener el ritmo.

En otras tareas aún más complejas no sólo ordenamos al obrero manejar una serie de datos antes de decidir si tiene que apretar el botón, sino que le obligamos a decidir cuál de varios botones tiene que apretar. Y también podemos variar el número de veces que tiene que oprimir cada botón. Sus instrucciones podrían ser las siguientes: Para la serie de colores amarillo-rojo-rojo-verde, pulse una vez el botón número dos; para la serie verde-azul-amarillo-verde, apriete tres veces el botón número seis, y así sucesivamente. Estas tareas exigen que el obrero maneje una gran cantidad de datos para realizar su cometido. En este caso, la aceleración de la cinta perjudicaría su eficacia aún con mayor rapidez.

Se han realizado experimentos de este tipo hasta un grado vertiginoso de complejidad. Los tests comprendían destellos de luces, sonsonetes musicales, letras, símbolos, palabras habladas y una larga serie de otros estímulos. Y los sujetos, obligados a tamborilear con las puntas de los dedos, a pronunciar frases, a resolver acertijos y a realizar muchas más cosas diversas, quedaban reducidos a una absoluta inepcia.

Los resultados muestran, sin lugar a dudas, que, sea cual fuere la tarea, existe una velocidad por encima de la cual aquélla no puede realizarse, y no simplemente por falta de destreza muscular (12). La velocidad tope es muchas veces impuesta por limitaciones mentales, más que musculares. Estos experimentos revelan también que cuanto mayor es el número de alternativas de opción presentadas al sujeto, más tarda éste en tomar una decisión y llevarla a la práctica.

Estos descubrimientos pueden, sin duda, ayudarnos a comprender ciertas formas de trastornos psicológicos. Los managers acosados por la necesidad de tomar decisiones rápidas, incesantes y complejas; los alumnos abrumados por un alud de datos y sometidos a repetidas pruebas; las amas de casa que tienen que aguantar el llanto de los pequeños, el timbre del teléfono, la lavadora que se estropea, el estruendo del rock and roll en el cuarto de los hijos mayores y el parloteo de la televisión en el cuarto de estar; todos ellos pueden darse cuenta de que su capacidad de actuar y pensar con claridad se ve superada por las olas de información que baten sus sentidos. Es más que posible que algunos de los síntomas observados en los soldados con psicosis de guerra, en las víctimas de las catástrofes y en los viajeros atacados por el «shock» cultural, tengan algo que ver con esta sobrecarga de información.

Uno de los pioneros en el estudio de la información, el doctor James G. Miller, director del «Mental Health Research Institute», de la Universidad de Michigan, declara, lisa y llanamente, que «saturar a una persona con más información de la que es capaz de digerir, puede... originar trastornos». En realidad, opina que la sobrecarga de información puede estar relacionada con varias formas de enfermedad mental (13).

Por ejemplo, una de las facetas más curiosas de la esquizofrenia es «una respuesta asociativa incorrecta». Ideas y palabras que deberían estar enlazadas en la mente del sujeto, no lo están, y viceversa. El esquizofrénico tiende a pensar estableciendo categorías arbitrarias o sumamente personalizadas. Si se presenta una serie de figuras diferentes —triángulos, cubos, conos, etc.— a una persona normal, lo más probable es que ésta las clasifique según sus formas geométricas. Si se pide al esquizofrénico que las clasifique, probablemente dirá: «Todos son soldados», o bien, «Me hacen sentirme triste».

En el libro Disorders of Communication, Miller describe experimentos en los que se utilizaron las asociaciones de palabras para comparar a los normales y los esquizofrénicos. Los sujetos normales eran divididos en dos grupos, y se les pedía que asociasen diversas palabras con otras palabras o ideas. Uno de los grupos trabajaba a ritmo corriente. El otro lo hacía con mayor rapidez, es decir, en condiciones de rápida entrada de información. Los sujetos apremiados por el tiempo emitían respuestas más parecidas a las de los esquizofrénicos que a las de los normales que trabajaban a ritmo más pausado.

Otros experimentos parecidos, realizados por los psicólogos G. Usdansky y L. J. Chapman, permitieron un análisis más completo de los tipos de errores cometidos por sujetos que trabajaban a un ritmo forzado, bajo un mayor caudal de información. También se llegó a la conclusión de que el aumento de velocidad en las respuestas provocaban, en los normales, una serie de errores característicos de los esquizofrénicos (14).

«Podríamos deducir —declara Miller— ... que la esquizofrenia (por algún proceso aún desconocido, tal vez un defecto metabólico que aumenta el "ruido" nervioso) reduce la capacidad de los canales que intervienen en el proceso de la información cognoscitiva. Por consiguiente, al recibir información a ritmo normal, los esquizofrénicos experimentan las mismas dificultades con que tropiezan las personas normales que la reciben a ritmo acelerado. Como consecuencia de ello, los esquizofrénicos cometen, a un ritmo corriente, los mismos errores que los normales sometidos a un ritmo rápido y forzado de información.»

En suma, Miller sostiene que la defectuosa actuación del hombre bajo una carga excesiva de información puede mantener una relación con la psicopatología, que todavía no hemos empezado a estudiar. Sin embargo, aun desconociendo su impacto potencial, aceleramos el ritmo general de cambio en la sociedad. Obligamos a las personas a adaptarse a un nuevo ritmo vital, a enfrentarse con nuevas situaciones y dominarlas en intervalos de tiempo cada vez más breves. Las obligamos a escoger entre opciones que se multiplican rápidamente. Dicho de otro modo las obligamos a manejar la información a un ritmo mucho más veloz que el que se necesitaba en las sociedades de lenta evolución. Es indudable que sometemos al menos a algunas de ellas a un excesivo estímulo cognoscitivo. Las consecuencias que esto puede tener en la salud mental de las sociedades tecnológicas es algo que está aún por determinar.

TENSIÓN DE DECISIÓN

Tanto si sometemos a grandes masas de hombres a una sobrecarga de información, como si no lo hacemos, lo cierto es que influimos negativamente en su comportamiento al imponerles una tercera forma de estímulo excesivo: la tensión decisoria. Muchos individuos, atrapados en un medio monótono o que cambia lentamente, ansian desempeñar nuevos papeles o funciones que les obliguen a tomar decisiones más rápidas y complejas. Pero entre los hombres del futuro el problema se invierte. «Decisiones, decisiones...», murmuran, mientras pasan vertiginosamente de una tarea a otra. La razón de que se sientan acosados y trastornados es que la transitoriedad, la novedad y la diversidad plantean exigencias contradictorias, y por esto los colocan ante penosísimos dilemas.

El impulso acelerador y su acompañante psicológico, la transitoriedad, obligan a acelerar el tempo de la toma de decisiones públicas y privadas. Nuevas necesidades, nuevas urgencias y crisis exigen rápidas respuestas. Pero la propia novedad de las circunstancias provoca un cambio revolucionario en la naturaleza de las decisiones que el hombre debe tomar. La rápida introducción de novedad en el medio trastorna el delicado equilibrio de las decisiones «programadas» y «no programadas» en nuestras organizaciones y en nuestras vidas privadas.

La decisión programada es rutinaria, reiterativa y fácil de tomar. El viajero abonado espera en el andén la llegada del tren de las 8'05. Sube al vagón, como lo viene haciendo diariamente desde hace meses o años. Como, hace mucho tiempo, resolvió que el tren de las 8'05 era el que más le convenía, su decisión actual de tomar este tren está ya programada. Más que una decisión parece un reflejo. Los criterios inmediatos en que se funda la decisión son relativamente sencillos y claros, y como todas las circunstancias le son conocidas apenas si tiene que realizar el menor esfuerzo mental. No tiene que manejar gran información. En este sentido, las decisiones programadas cuestan un precio psíquico muy bajo.

Esto contrasta con la clase de decisiones que el propio viajero abonado revuelve en su cabeza durante el trayecto a la ciudad. ¿Le conviene aceptar el nuevo empleo que acaba de ofrecerle la empresa X? ¿Debe comprar una nueva casa? ¿Debe correr una aventura con su secretaria? ¿Cómo conseguir que el Consejo de Dirección acepte su propuesta sobre la nueva campaña de publicidad? Estas preguntas exigen respuestas no rutinarias. Le obligan a tomar decisiones únicas u originales, que establecerán nuevos hábitos y normas de conducta. Tiene que sopesar y estudiar muchos factores. Tiene que manipular un gran caudal de información. Estas decisiones no están programadas. Exigen un elevado precio psíquico.

Para cada uno de nosotros la vida es una mezcla de ambas clases de decisiones. Si la proporción de decisiones programadas es excesiva, nada nos apremia; encontramos la vida aburrida y monótona. Incluso inconscientemente, buscamos la manera de introducir novedad en nuestras vidas, alterando de este modo la «mezcla» decisoria. Pero si en esta mezcla predominan excesivamente las decisiones no programadas, si nos enfrentamos con tantas situaciones nuevas que la programación resulta imposible, entonces la vida se vuelve dolorosamente desorganizada, agotadora y llena de angustia. Esta situación, llevada a su extremo límite, termina en la psicosis.

«El comportamiento racional —escribe el teórico de organización Bertram M. Gross (15)— ...incluye siempre una intrincada combinación de rutina y creatividad. La rutina es esencial porque libera energías creadoras para luchar con la entorpecedora serie de nuevos problemas para los que la rutina sería una solución irracional.»

Cuando somos incapaces de programar una gran parte de nuestras vidas, sufrimos por ello. «No hay persona más desgraciada —escribió William James— que aquella que... antes de encender cada cigarro, antes de beber una copa..., antes de empezar cualquier trabajo, tiene que reflexionar sobre ello.» Pues si no programamos ampliamente nuestro comportamiento, gastamos, para cosas triviales, enormes cantidades de energía en el proceso de información.

Por esto creamos hábitos. Observemos a un comité que suspende su sesión para almorzar y vuelve después a la misma sala: casi invariablemente, sus miembros buscan los mismos asientos que ocupaban antes. Algunos antropólogos acuden a la teoría de la «territorialidad» para explicar este comportamiento: la noción de que el hombre trata continuamente de hacerse un «territorio» sagrado.

Pero el hecho de que la programación ahorra energía para el manejo de la información, nos da una explicación más sencilla. La elección del mismo asiento nos ahorra la necesidad de buscar y sopesar otras posibilidades.

En un contexto familiar, podemos resolver muchos de nuestros problemas vitales a un bajo precio de decisiones programadas. El cambio y la novedad elevan el precio psíquico de la toma de decisiones, por ejemplo, cuando nos trasladamos a otro barrio nos vemos obligados a alterar viejas relaciones y a establecer nuevos hábitos o rutinas. Esto no puede hacerse sin prescindir de millares de decisiones anteriormente programadas y sin tomar series enteras de costosas decisiones originales y no programadas. Nos vemos obligados, en efecto, a una reprogramación personal.

Precisamente puede decirse esto mismo del que, sin estar preparado, visita una cultura para él exótica, o del que, sin salir de su propia sociedad, se ve lanzado al futuro sin previo aviso. La llegada del futuro, en forma de novedad y de cambio, hace caer en desuso todas las rutinas de comportamiento trabajosamente elaboradas. El hombre descubre, súbitamente y con espanto, que todas estas viejas rutinas, lejos de resolver sus problemas no hacen más que agudizarlos. Se le exigen decisiones nuevas, imposibles de programar. En una palabra: la novedad perturba la mezcla decisoria, inclinando la balanza hacia la forma más costosa y difícil de toma de decisiones (16).

Es cierto que algunas personas toleran la novedad mejor que otras. La mezcla óptima es diferente para cada uno de nosotros. Sin embargo, el número y el tipo de decisiones que se nos exigen no están bajo nuestro control autónomo. Es la sociedad quien determina, en el fondo, la mezcla de decisiones que hemos de tomar y el ritmo con que hemos de hacerlo. Actualmente, existe un oculto conflicto en nuestras vidas, entre las presiones de aceleración y las de novedad. Las primeras nos obligan a tomar decisiones más rápidas, mientras que las segundas nos impelen hacia tipos de decisiones más difíciles y que exigen más tiempo (17).

La angustia producida por este choque frontal se ve grandemente intensificada por la creciente diversidad. Pruebas irrefutables demuestran que al aumentar el número de opciones para el individuo, aumenta también la cantidad de información que éste necesita manejar para enfrentarse con ellas. Tests de laboratorio, practicados con hombres y animales, demuestran que cuantas más son las opciones, menor es el tiempo de reacción.

La actual crisis de decisión en las sociedades tecnológicas es fruto del choque frontal de estas tres exigencias incompatibles. Estas presiones, consideradas en suconjunto, justifican el término de «estímulo decisorio excesivo», y contribuyen a explicar la causa de que grandes masas de hombres de aquellas sociedades se sientan ya acosados, inútiles, incapaces de construir sus futuros particulares. La convicción de que la carrera es demasiado dura, de que las cosas están fuera de control, es consecuencia inevitable de aquella fuerza en colisión. Puesto que la aceleración incontrolada del cambio científico, tecnológico y social altera la facultad del individuo de tomar decisiones sensatas y adecuadas sobre su propio destino.

LA SOCIEDAD, AFECTADA POR EL «SHOCK» DEL FUTURO

El «shock» del futuro sobre un gran número de individuos tiene que afectar forzosamente a la razón de la sociedad en su conjunto. Actualmente, según Daniel P. Moynihan, principal asesor de la Casa Blanca para asuntos urbanos, los Estados Unidos «presentan las condiciones de un individuo víctima de un desquiciamiento nervioso». Pues el impacto acumulado de los excesivos estímulos sensoriales, cognoscitivos y decisorios, por no hablar de los defectos físicos de la sobrecarga nerviosa o endocrina, crea una enfermedad en nuestro medio.

Esta dolencia se refleja cada vez más en nuestra cultura, nuestra filosofía, nuestra actitud frente a la realidad. No es casual que tantas personas corrientes digan que el mundo es «un manicomio», y que el tema de la locura se haya convertido recientemente en elemento principal de la literatura, el arte, el teatro y el cine.

Peter Weis, en su obra Marat-Sade, retrata un mundo turbulento visto a través de los ojos de los reclusos en el asilo de Charenton. En películas como Morgan, la vida en el interior de un instituto mental es descrita como superior a la del mundo circundante. En Blow-Up, el momento culminante se produce cuando el protagonista toma parte en una partida de tenis en que los jugadores impulsan una pelota inexistente a un lado y otro de la red. Es su simbólica aceptación de lo irreal e irracional, su confesión de que ya no puede distinguir entre la ilusión y la realidad. En este momento, millones de espectadores se identifican con el protagonista.

La afirmación de que el mundo «se ha vuelto loco», el eslogan pintado en las paredes de que «la realidad es una muleta», el interés por las drogas alucinógenas, el entusiasmo por la astrología y el ocultismo, la busca de la verdad en la sensación, el éxtasis y la «experiencia cumbre», la desviación hacia un subjetivismo extremado, los ataques contra la ciencia, la progresiva creencia de que al hombre le ha fallado la razón, reflejan la experiencia cotidiana de masas de personas corrientes que descubren que no pueden enfrentarse racionalmente con el cambio.

Millones de personas sienten el ambiente patológico imperante, pero no logran comprender su origen. Este origen no reside en tal o cual doctrina política, y menos aún en algún núcleo místico de desesperación o aislamiento que se presume inherente a la «condición humana». Ni está en la ciencia, la tecnología o las legítimas exigencias de cambio social. En cambio, podemos buscarlo en la naturaleza incontrolada y no selectiva de nuestro lanzamiento hacia el futuro. Está en nuestro fracaso en dirigir, consciente e imaginativamente, la marcha hacia el superindustrialismo.

Así, a pesar de sus extraordinarios logros en el arte, la ciencia y la vida intelectual, moral y política, los Estados Unidos son una nación en que decenas de millares de jóvenes se evaden de la realidad y optan por la lasitud provocada por las drogas; una nación en que millones de padres se recluyen en un estupor provocado por las imágenes televisadas o en las nieblas del alcoholismo; una nación en la que legiones de ancianos vegetan y mueren en la soledad; en la que el abandono de la familia y del lugar de trabajo ha adquirido características de éxodo; en la que las masas calman su furiosa angustia con «Miltown», «Librium», «Equanil» u otros muchos tranquilizantes y sedantes psíquicos. Una nación así, sépalo o no, padece de «shock» del futuro.

«No pienso volver a América —dice Ronald Bierl (23), joven expatriado residente en Turquía—. Si uno puede restablecer su propia cordura, no tiene por qué preocuparse de la cordura de los demás. ¡Y son tantos los americanos que se vuelven locos de remate!» Son multitudes los que comparten esta nada halagadora opinión de la realidad americana. Aunque los europeos, los japoneses y los rusos se jactan de su presunta cordura, convendría preguntarnos si no empiezan ya a manifestarse entre ellos unos síntomas parecidos a los de América. ¿Son los americanos un caso único a este respecto, o sufren únicamente las primeras embestidas de un ataque contra la psique que pronto hará también tambalearse a otras naciones?

La racionalidad social presupone la racionalidad individual, y ésta, a su vez, depende no solamente de ciertas cualidades biológicas, sino también de la continuidad, el orden y la regularidad del medio. Se funda en cierta correlación entre el ritmo y la complejidad del cambio y las facultades de decisión del hombre.

Si aceleramos ciegamente el ritmo del cambio, el nivel de la novedad y la extensión de la opción, es que jugamos irreflexivamente con estas precondiciones de racionalidad del medio. Condenamos a innumerables millones de seres humanos al «shock» del futuro.

14 Junio 2009

Así se titula la última columna de Patricia May, un antropóloga chilena de la que sigo habitualmente sus escritos en la Revista del Sábado de El Mercurio. Como siempre, con gran sensibilidad y asertividad, Patricia recoge la lógica con la que actúan los medios de comunicación para captar la atención de las audiencias (vender), y de paso cargarnos emocionalmente con una alta cuota de negatividad. ¿Cómo quebrar esa "lógica" informativa? He aquí un gran desafío para todos nosotros.

La interconexión mundial transmite no sólo información, eventos, noticias, sino también emociones.
Los estados emocionales viajan en segundos a través de la red informática impregnando a las personas, llevándolas a sumarse a corrientes de vibración que a menudo arrasan con la conciencia personal, con la cordura, con lo que en sano juicio pensaríamos o actuaríamos.

Dentro del campo emocional-mental humano hay niveles; desde los más densos y dañinos como el miedo, la envidia, el rencor, la intolerancia, la ansiedad, el deseo, el egoísmo, el fanatismo dogmático, el placer hedonista, el dramatismo hasta los más livianos y benéficos como la alegría, el amor, la serenidad, la confianza, la armonía, el disfrute, el gozo, la bendición, el agradecimiento. Los primeros son más impactantes, y generan impresiones fuertes y una vibración alterada que es sumamente contagiosa, una sensación de “estar viviendo a concho” de estar “sintiendo la vida”, tienden a generar adicción bioquímica, por ello son las que se hacen notar más y tienden a contagiar a las personas y a poseerlas, ese nivel es el que tratan de explotar los medios cuando convierten el drama en un espectáculo de circo intentando movilizar estos niveles de emoción con asaltos, accidentes, deudos expresando su dolor ante las cámaras o gente furiosa insultando o peleando. Lo que producen en el espectador es impacto, atención, absorción, hipnosis y, con ello, por supuesto, rating y venta.

Es éste el nivel de pensamientos y emociones que se estimulan en la red de información con más fluidez, corren velozmente a través de las cadenas de mails pues su nivel de contagio es enorme; es lo que ha estado ocurriendo en los últimos años con temas como terrorismo mundial, calentamiento global, crisis financiera, enfermedades… evidentemente todas estas cosas están ocurriendo y requieren de acciones eficientes y conscientes, de replanteamientos profundos de nuestro estilo de vida, de transformaciones personales y sociales, pero no podremos hacer esto desde el estímulo del miedo colectivo que sólo genera avalanchas de terror que arrasan con toda consideración humana, que nos llevan a escondernos, protegernos, aislarnos, cuidar el propio pellejo sin importar lo que pase con los demás.

Es natural sentir temor ante la cantidad de cosas que parecen cernirse ante nosotros, pareciera que estamos recibiendo el efecto de nuestras acciones desconsideradas e irresponsables en relación al medio, a la mentalidad economicista, a los abusos de poder y dinero, da la impresión de que muchas cosas estuvieran tocando fondo llegando al límite de su expresión, parece que la tierra quisiera sacudirse de nosotros y que ya no tuviéramos control por los hechos inesperados que afectan las economías mundiales, con esto, las sicosis colectivas están a flor de piel y se transmiten por la red contaminando nuestro estado interior, nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestras acciones.

Es vital en estas situaciones conservar el centro personal, no dejarse agarrar por las oleadas de miedo colectivo, no hacerse parte transmitiendo información catastrófica o destructiva, pues es desde la conciencia y el amor desde donde podremos hacer las transformaciones necesarias para gestar una nueva tierra, con un nuevo sentido para lo humano.

14 Junio 2009

Vivimos en sociedad, y echar las culpas a otros no resuelve problemas. La actitud más efectiva consiste en expresar nuestros sentimientos, derechos y opiniones respetando al mismo tiempo los de las otras personas.

Realizando cursos de comunicación asertiva, suelo preguntar a los participantes cómo resolverían la clásica situación de pedir a una amistad que les devuelva aquel dinero que le prestaron hace un tiempo. Las respuestas suelen dividirse en tres estilos. El primero suele ser el más jocoso y celebrado, basado en todo tipo de amenazas e ingeniosas maneras de someter al deudor.

La segunda pasa de la ironía fina al sarcasmo más cáustico. El tercero consiste en no hacer nada, en no decir nada, en una especie de amnistía financiera, justificada por amor a la amistad. No se les ocurre que pueda existir una manera de reclamar de forma positiva lo que les pertenece. De expresar al otro lo que piensan y sugieren como solución.

Existen múltiples situaciones, que podríamos denominar como “conversaciones difíciles”, que invitan a decir lo que pensamos y sentimos con comodidad y sin agredir al otro: pedir un aumento de sueldo, reclamar un mal servicio, quejarse de una falta de puntualidad, decir que no a una propuesta, hacer un comentario a un compañero de trabajo sobre algún aspecto de su higiene; hacer una crítica, en definitiva.

Hay que reconocer que eso que llamamos asertividad cuesta horrores en un país que aún resuelve sus conflictos y situaciones comprometidas a base de sacar pecho o de culpabilizar al otro. Nos altera el carácter sanguíneo y sólo funciona el “nadie tiene que decirme lo que tengo que hacer”.

Eso no le ocurre al típico flemático inglés, que lleva la esencia de la actitud positiva en su propio lenguaje al iniciar todas las frases con la primera persona: I think (yo pienso), I believe (yo creo), I feel (yo siento). En cambio, por nuestras lides nos han enseñado que eso de empezar con yo suena a engreído. Por eso nos hemos especializado en el como eterno responsable de nuestros males, mientras que el yo sólo sirve para justificarse (Yo no he sido).

Una cuestión de dignidad

Un hombre tiene que tener siempre el nivel de dignidad por encima del nivel del miedo (Eduardo Chillida)

Robert Alberti y Michael Emmons publicaban el año 1978 Your perfect right: a guide to assertive behavior (Sus perfectos derechos: guía de la conducta asertiva). Definen la asertividad como el conjunto de conductas emitidas por una persona en un contexto interpersonal, que expresan los sentimientos, actitudes, deseos, opiniones y derechos de esa persona de un modo directo, firme y honesto, respetando al mismo tiempo los sentimientos y actitudes, deseos, opiniones y derechos de otras personas”. Dicho de una forma clara y rotunda: la capacidad de autoafirmarse.

Existen siete claves que expresan las leyes fundamentales de la asertividad:

1. Puedes hacerte respetar por los demás.

2. Reclama tus derechos.

3. Es imposible que todo el mundo te quiera.

4. Piensa en ti positivamente.

5. No te deprimas, actúa.

6. No te escondas de los demás.

7. Qué importancia tiene que salga mal, mientras te hayas afirmado.

No hay nada que nos ocupe y preocupe tanto como nuestras relaciones con los demás. Aunque presumamos a menudo de pasar olímpicamente de su opinión, lo cierto es que los tenemos presentes continuamente y, por supuesto, lo que puedan decir nos afecta en alguna medida. Pero también cabe observar lo que nosotros les decimos a los demás y cómo lo decimos.

Responder o reaccionar

La cosa más difícil es conocernos a nosotros mismos; la más fácil, hablar mal de los demás (Tales de Mileto)

Mientras unas personas pretenden quedar bien con todo el mundo, tarea que conlleva mucho desgaste personal, otras, en cambio, se creen que disponen de todos los derechos y ninguna obligación, o sea, que no les importa pisotear a los demás con tal de lograr lo que creen que el mundo les debe.

Otra manera de dar rodeos a las cosas sin afrontarlas directamente es el uso de la ironía y el sarcasmo. Son estrategias que, si bien pretenden quitar hierro al asunto, al final confunden e incluso hieren más que una expresión clara de enfado. Aunque una fina ironía tiene un punto de admirativa, no cabe duda de que es una muestra de superioridad, y a veces de soberbia, que no trata la relación de igual a igual.

Hay que tener en cuenta, finalmente, a aquellas personas cuya reacción es el bloqueo, la pasividad, las que prefieren esconderse, no rechistar, dejarlo correr, hacer ver que no pasa nada. Ante tales extremos, la práctica asertiva se muestra como una especie de defensora de la dignidad, una manera elegante de poner cada cosa en su sitio. Porque en realidad nadie puede poner en duda lo que pensamos y sentimos. Pueden no estar de acuerdo, pueden poner límites a nuestras conductas, pero en ningún caso deslegitimar nuestras creencias y sentimientos. Y eso empieza por no deslegitimarse uno a sí mismo.

Somos seres conversacionales

Una buena conversación debe agotar el tema, no a los interlocutores (Winston Churchill)

Ante cualquier conversación, sobre todo si advertimos su dificultad, habrá que tener en cuenta al menos tres conversaciones que se producen a la vez, como si de muñecas rusas se tratara: “qué ha pasado” (contenido) “cómo me siento” (sentimientos) y “cómo me veo” (identidad). Ante el reto de ser nosotros mismos y serlo con los demás, la conducta asertiva puede tener en cuenta algunos principios de mucha utilidad:

– Dejar de pensar que el problema son los otros.

– Discutir sin comprender. No sólo cabe entender las palabras, sino el clima emocional que las acompaña, ser capaces de analizar la situación del otro.

– Cada experiencia es una oportunidad, pero deja de serlo si la tratamos como algo ya conocido. Evitar los pensamientos automáticos.

– Es importante conectar con nuestras intenciones, con los propósitos ¿Qué es lo que realmente quiero hacer?

– No querer tener razón. Nuestras creencias son hipótesis y no verdades.

Vale la pena entrenarse en asertividad, por muy quijotes que nos sintamos a veces. Nuestras vidas transcurren en múltiples situaciones sociales, y no en medio de la selva, con lo cual no tiene sentido alguno el uso de la agresividad. Por eso, la próxima vez que tenga que reclamar el dinero prestado a un amigo le puede decir: “Por favor, me gustaría que me devolvieras aquel dinero que te presté. No me gustaría que mi relación contigo tuviera problemas por culpa del dinero. De este modo, cuando nos veamos nos sentiremos a gusto. Lo contrario es un mal rollo para todos”.

Fuente: XAVIER GUIX, El País.

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"Necesitamos una tremenda cantidad de energía para comprender la confusión en que vivimos, y el estar convencido de que “tengo que comprender”, produce la vitalidad para investigar.......

Pero no preguntamos. Deseamos información. Una de las cosas más curiosas de la estructura de nuestra psique es que todos queremos que se nos dé información porque somos el resultado de diez mil años de propaganda.

Queremos que otra persona confirme y corrobore lo que pensamos; sin embargo, la pregunta sólo es auténtica cuando uno se la hace a sí mismo.

Lo que yo digo tiene muy poco valor; usted lo olvidará una vez cierre este libro, o recordará y repetirá ciertas frases, o comparará con lo que ha leído en otros libros, pero no se enfrentará a su propia vida.

Y esto es lo único que importa: su vida, usted mismo, su pequeñez, su superficialidad, su brutalidad, su violencia, su codicia, su ambición, su sufrimiento diario y su dolor interminable. Esto es lo que tiene que comprender, y nadie en la tierra o en el cielo lo va a hacer por usted, sino usted mismo".

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