La Coctelera

Categoría: fusiones

1 Noviembre 2009

La Red, tan vasta en recursos, nos permite ponernos en contacto con tantas realidades y personas como posibilidades existen. En lo personal practico lo que llamo "navegación serendípica": hallazgo casual mientras buscamos otra cosa. En esas navegaciones serendípicas me he encontrado con Eckhart Tolle.

Tolle nació en Alemania, vivió corto tiempo en España, estudió en Inglaterra y actualmente vive en Canadá. A los 29 años tuvo un despertar espiritual, después de un larga depresión. Estudió Filosofía y Letras en Londres y Cambridge. Hoy es conocido en variados círculos por sus libros "El Poder del Ahora" (que reseñamos en un post anterior), "El silencio habla", "Practicando el poder del ahora" y recientemente "Una nueva Tierra" .

Sus planteamientos están muy cerca de Jiddu Krishnamurti y encuentro en él elementos del budismo y de la filosofía del lenguaje que lo hacen muy indicado para estar aquí, por la línea de este blog.

Buscando, encuentro esta conferencia que dio en Barcelona en el año 2007, que está en español, y que muy recientemente fue publicada en You Tube.  Un video para ver con calma, de casi dos horas de duración. Se titula "La nueva conciencia". publico aquí sólo un fragmento de 10 minutos. El video completo se puede ver AQUI

Algunos fragmentos de su visión:

- La mente humana tiene un elemento muy grande de disfunción, casi de locura, basta ver la historia del siglo XX. Pero creo que estamos ante un cambio de conciencia. 

¿Por qué?
- Recibo a diario cientos de cartas y correos de gente de todo el mundo que está experimentando esa transformación. Cuando se alcance un número crítico, veremos un cambio global. 

¿Y en qué consiste ese cambio individual que será global?
- En tomar conciencia de que dentro de la mente hay una voz que constantemente habla: es el diálogo interior. 

Ruido...
- Dicen los psicólogos que el 98% de los pensamientos cotidianos son repeticiones de pensamientos antiguos. La mayoría de la gente se ha identificado con esa voz, cree que ella es la voz. 

¿Y qué somos?
- El sentido de lo que soy, del yo, deriva de los pensamientos, de esa voz que me cuenta mi historia personal y las cosas con las que me identifico. Pero más allá de este yo superficial hay un yo más profundo con el que hemos perdido el contacto. 

¿No somos un conjunto de vivencias y sentimientos?
- Nos identificamos con el pasado y nos proyectamos en el futuro. Nuestra mente busca la realización en el momento próximo: dentro de una hora, un mes o cinco años. Vivimos tratando de llegar al momento siguiente, y eso se ha convertido en un patrón mental que nos hace vivir en un estado perpetuo de insatisfacción, porque no realizamos lo más importante que hay en la vida, que es el momento presente. 

¿Cómo cambiar ese patrón mental?
- El primer paso es tomar conciencia de que hay una voz en mi mente que es en realidad un antiguo pensamiento que se repite. El segundo paso es hacerse más consciente de nuestra relación con el momento presente; es decir, preguntarse muchas veces al día cuál es mi relación con el momento presente: ¿trato ese momento como si fuera mi amigo o mi enemigo?  O estamos en una situación de oposición al momento presente (no me gusta donde estoy, esto no debería pasar, no me gusta lo que haces...), o simplemente lo utilizamos para llegar al momento próximo en el que me gustaría estar. Así la vida se pierde. 

¿Qué hacemos?
- Siendo consciente, tengo el poder de elegir transformar el presente en un amigo. La vida y el momento presente son lo mismo, no aceptarlo es estar contra la vida. 

Pero hay trabajos que terminar, proyectos...
- No estoy hablando de tiempo de reloj sino de- tiempo psicológico. La mente es una herramienta útil: tengo ese proyecto y le dedico un tiempo de reloj con presencia. La disfunción es proyectarse mentalmente en el futuro, pensar que quieres acabar mientras estás en ello, eso es el estrés. Le daré algunos consejos: empiece por sentir la vida dentro de su cuerpo. 

¿Cómo?
- Cierre los ojos y pregúntese cómo puede saber si su mano todavía está ahí; entonces la atención va de la cabeza - donde normalmente reside- a la mano: sentirá una cierta vitalidad en ella. Esa energía, ese calor, puede sentirlo en el resto del cuerpo. Sentir el cuerpo puede ser un ancla para el momento presente. Basta un minuto, pero hay que hacerlo varias veces al día. 

¿Sentir la vida más allá de los pensamientos?
- Exacto, cada vez que lo haces estás presente. Otro consejo es tomar conciencia de las percepciones sensoriales. Si quiere entrar en el momento presente, ancle parte de la atención en el cuerpo y el resto en percibir lo que le rodea. La compulsión de nombrar lo que vemos y enjuiciar desaparece. 

En el hacer nos perdemos. 
- Porque el ruido mental nos controla. Otra práctica es hacer las cosas cotidianas con consciencia, cosas que hasta ahora eran un medio para llegar a un fin. Sienta el agua fría cuando se lava las manos. 

No pensar, percibir.
- Así es, introducir poco a poco presencia en la vida, darle calidad. El momento presente no es lo que sucede sino tu consciencia. Debemos introducir esa dimensión en nuestra vida y durante un tiempo la vieja consciencia vendrá y nos perderemos en ella, pero volveremos a despertarnos. 

¿Y las emociones?
- Son una reacción del cuerpo a los pensamientos. Si la mente me dice que una situación es mala o desagradable, el cuerpo lo acepta como realidad y tengo emociones negativas. Transformamos casi toda nuestra vida en algo problemático. 

El sufrimiento se acumula...
- Los pensamientos crean emociones, emociones que a su vez refuerzan viejos dolores emocionales. Pero si estás presente, el cuerpo dolor, como yo lo llamo, no puede utilizar tus pensamientos. Sabes que sientes frustración o rabia, pero no te identificas con ello. 

¿Cómo romper la distancia con los otros?
- Por medio de los pensamientos yo me interpreto a mí mismo, me nombro mi vida como buena o mala, defino mi existencia por medio de palabras. Yo me lo hago a mí mismo y lo hago con las otras personas, ésa es la separación que cada persona siente: la pantalla mental que surge cuando lo único que tienes son tus pensamientos.

Fuente entrevista: Web Islam.

13 Octubre 2009

Manuel Castells recibió en Madrid el Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política. El Servicio de Información y Noticias Científicas ha publicado esta actualizada entrevista.

- Como catedrático de Sociología y de Urbanismo, ¿puede dar una explicación a la actual crisis?

Es una crisis financiera, resultante de la volatilidad estructural de los mercados financieros globales como consecuencia de su carácter global, interdependiente y desregulado.

La tecnología de modelos financieros basados en la creación de capital virtual, tales como derivados, opciones y futuros, así como la titularización de cualquier bien y servicios y la colateralización de activos financieros e inmobiliarios, han llevado a la destrucción de más de la mitad del valor financiero creado en el mundo desde 2003 y a la insolvencia actual o potencial de algunas de las principales entidades financieras. Por tanto el crédito se secó y la economía se detuvieron porque 2/3 del crecimiento en Europa y 3/4 en Estados Unidos es inducido por la demanda de los consumidores y dicha demanda se ha hecho esencialmente mediante la expansión del crédito sin garantías de solvencia de los endeudados. La crisis es estructural y líquida, en la práctica, el modelo de capitalismo global desregulado que había triunfado en las dos ultimas décadas.

- ¿Podría describir los mecanismos estructurales que está utilizando la sociedad occidental hoy para salir de esa crisis?

El más importante es la intervención sistemática del Estado sobre los mercados financieros, procediendo a un nuevo ciclo de regulación y control de la economía. Excepto entre algunos fundamentalistas del mercado, en la conciencia publica se ha terminado la confianza en la capacidad del mercado de auto-regularse y corregir excesos y desequilibrios. Al mismo tiempo, para sustituir al flujo de crédito, se ha inyectado, tanto en Europa como en Estados Unidos o China, una enorme masa de capital público (la mayor parte obtenido mediante préstamos o emisión de títulos de deuda hacia el futuro), más de dos billones de euros en Estados Unidos, un billón en Europa y otro tanto en China. Esa inyección ha servido para frenar la caída libre de la producción y el empleo (crecimiento negativo durante los últimos 12 meses en Europa y EEUU). Pero como es insostenible mantener ese nivel de estímulo fiscal las causas de la crisis no se han resuelto y lo que se plantea es la reforma del modelo de crecimiento de la economía de mercado, algo que nadie realmente sabe cómo hacer. Y como la crisis es global y no hay regulador global, los desequilibrios seguirán acentuándose.

- Usted sugiere que la futura estructura social estará fragmentada por la gran flexibilización e individualización del trabajo…

No digo que estará, digo que está, yo nunca hablo en futuro. La mayoría de los trabajadores tienen empleos y realizan actividades definidas por proyectos empresariales concretos, que son temporales o intermitentes, sobre todo si se incluyen los trabajadores autónomos y de servicios especializados. La plantilla fija en la gran fábrica es ahora la excepción, no la regla, entre otras cosas porque las grandes fábricas en Europa o Estados Unidos están desapareciendo. Las trayectorias profesionales no son previsibles, dependen de proyectos de las personas y de acuerdos puntuales con sus empleadores. En esas condiciones lo esencial es contar con una buena formación de base que permita reprogramar la propia actividad en función de los intereses propios y de la demanda del mercado.

- Hoy la fuente de la productividad se basa en la tecnología que genera conocimiento, en el procesamiento de la información y en la comunicación de símbolos, pero Occidente sigue orientado al crecimiento y aceleración económica (propio de la sociedad industrial), ¿cómo está evolucionando el modelo capitalista?

La información y la comunicación de símbolos son actividades económicas fundamentales en nuestra sociedad. La industria de la comunicación y el ocio son el doble, en el mundo, en términos de valor y empleo que las industrias del automóvil y de la electrónica juntas. El modelo capitalista se transforma mediante la globalización de la producción y mercados y la flexibilización del trabajo y la gestión basándose en tecnologías de comunicación en red. Ahora bien, el modelo capitalista desregulado y liberalizado de hace dos décadas está cambiando rápidamente hacia una mayor regulación e intervención del Estado en todos los ámbitos, porque hemos visto que los mercados no se regulan a si mismos, más aun cuando los ejecutivos se ocupan de sus ganancias sin pensar ni en la empresa, ni en sus trabajadores ni en la economía. Parece que la era de las gratificaciones de escándalo llega a su fin.

- Ha afirmado que “en un mundo de flujos globales de salud, poder, e imágenes, la búsqueda de la identidad colectiva o individual, asignada o construida, se vuelve la fuente fundamental de sentido social”. ¿Puede explicarse un poco más?

No es tan difícil. Si las personas pierden el control de sus vidas que depende de flujos financieros globales, cuyo origen y destino ignoran, y de sistemas de comunicación de símbolos que priorizan la cultura global sobre la local, entonces se refugian en aquello que conocen y en que se reconocen: su casa, su familia, su lugar, su religión, su lengua, o sea, todo lo que los sociólogos llamamos identidades primarias históricamente construidas.

- En medio de los cambios que están viviendo los medios de comunicación (precarización, cambios de formas de producción informativa, de formatos, nuevas “virtualidades reales”…) ¿Qué límites y potencialidades ve en los llamados medios 2.0?

No tienen límites: crecen exponencialmente y se han convertido en los canales fundamentales de sociabilidad y comunicación entre la gente, al menos en las generaciones jóvenes que son las que (eso sí es seguro) serán el futuro de la sociedad. La potencialidad está en que cada persona puede construir su red de redes de comunicación y en que cada colectivo puede escapar en gran medida el control ejercido por las empresas y los gobiernos sobre la comunicación procesada a través de los medios de comunicación. Se crea un blog cada segundo y se visionan 100 millones de vídeos al mes en YouTube. Ningún medio de comunicación es comparable.

8 Julio 2009

La East Side Gallery del Muro de Berlín muestra la obra del artista ruso Dmitry Vrubel que pinta al que fuera jefe de Estado de la Unión Soviética ,Leonidas Breznev, besando al ex líder de la extinta República Democrática Alemana (RDA), Erich Honecker.

Vía BBC (07/072009)

17 Junio 2009

"La afirmación de que el mundo «se ha vuelto loco», el eslogan pintado en las paredes de que «la realidad es una muleta», el interés por las drogas alucinógenas, el entusiasmo por la astrología y el ocultismo, la busca de la verdad en la sensación, el éxtasis y la «experiencia cumbre», la desviación hacia un subjetivismo extremado, los ataques contra la ciencia, la progresiva creencia de que al hombre le ha fallado la razón, reflejan la experiencia cotidiana de masas de personas corrientes que descubren que no pueden enfrentarse racionalmente con el cambio". Fragmentos de "El Shock del Futuro", obra clásica de Alvin Toffler que hace casi 4 décadas planteó que el cambio acelerado tiene una influencia tal en las personas que puede provocar aberraciones, alteraciones, percepciones, conductas y creencias como las que somos testigos en estos años. Dentro de las muchas interpretaciones para entender el trastornado mundo social de hoy es ésta, a mi juicio, una perspectiva que no puede ser ignorada. Un mundo real que tiene su correlato en Internet con una cantidad tal de información contradictoria que nos lleva a la parálisis a la hora de elegir la opción que deseamos tomar.

LA DIMENSION PSICOLÓGICA

Si el «shock» del futuro no fuese más que una dolencia física, sería fácil prevenirlo y curarlo. Pero el «shock» del futuro ataca también a la psique. Así como el cuerpo cruje bajo la tensión de un estímulo excesivo del medio, así la «mente» y sus procesos de decisión se comportan de un modo errático cuando están sobrecargados. Al acelerar desaforadamente los motores del cambio, nos exponemos a lesionar no sólo la salud de los menos dotados para el cambio, sino también su capacidad para actuar racionalmente en su propio beneficio, Las impresionantes señales de desquiciamiento que vemos a nuestro alrededor — creciente uso de drogas, auge del misticismo, repetidas explosiones de vandalismo y de caprichosa violencia, políticas de nihilismo y de nostalgia, apatía morbosa de millones de personas— podrán ser mejor comprendidas si observamos su relación con el «shock» del futuro. Estas formas de irracionalidad social pueden ser reflejo, en condiciones de un exceso de estímulos en el medio, del deterioro de la capacidad individual de tomar decisiones.

Los psicofisiólogos, al estudiar el impacto del cambio en diferentes organismos, demostraron que una buena adaptación sólo puede producirse cuando el nivel del estímulo —cantidad de cambio y novedad del medio— no es demasiado alto ni demasiado bajo. «El sistema nervioso central (1) del animal superior —dice el profesor D. E. Berlyne, de la Universidad de Toronto— está concebido para enfrentarse con el medio que produce cierto grado de... estímulo... Es natural que no actúe de la mejor manera en un medio que le produzca una tensión o una carga excesiva.» Lo propio dice acerca de los medios poco estimulantes. En efecto: los experimentos realizados con venados, perros, ratones y hombres señalan todos ellos, de modo inequívoco, la existencia de lo que podríamos llamar un «nivel de adaptación», por debajo y por encima del cual falla, simplemente, la capacidad de adaptación del individuo.

El «shock» del futuro es la respuesta a un estímulo excesivo. Se produce cuando el individuo se ve obligado a actuar por encima de su nivel de adaptación. Se ha dedicado considerable esfuerzo al estudio del impacto del cambio y de la novedad inadecuados sobre la actuación humana. Exámenes de hombres aislados en puestos de la Antártida, experimentos sobre privación sensorial, investigaciones sobre actuaciones laborales en las fábricas, ponen de manifiesto una disminución de las facultades mentales y físicas como respuesta a un estímulo deficiente. Poseemos menos datos directos sobre el impacto del superestímulo, pero las pruebas que tenemos de él son dramáticas e inquietantes.

EL INDIVIDUO SUPERESTIMULADO

Los soldados en guerra se encuentran, a menudo, atrapados en medios rápidamente cambiantes, desconocidos e imprevisibles. El soldado se ve zarandeado de un lado a otro. Las granadas estallan en todas partes. Las balas silban en todas direcciones. Mil destellos iluminan el cielo. Gritos, gemidos y explosiones llenan sus oídos. Las circunstancias cambian de un momento a otro.

Para sobrevivir en este medio superestimulante, el soldado se ve obligado a operar en los más altos niveles de su campo de adaptación. A veces, es empujado más allá de sus límites. Durante la Segunda Guerra Mundial, un barbudo soldado chindit (2), que luchaba, en Birmania, con las fuerzas del general Wingate detrás de las líneas japonesas, se quedó dormido bajo un diluvio de balas de ametralladora. Una investigación ulterior reveló que aquel soldado no había reaccionado simplemente a la fatiga y la falta de sueño, sino que había cedido a una tremenda apatía.

El deterioro mental solía empezar con una sensación de fatiga, seguida de confusión e irritabilidad nerviosa. El hombre se volvía hipersensible al menor estímulo del medio. Se arrojaba al suelo a la menor provocación. Daba señales de pasmo. Parecía incapaz de distinguir el ruido del fuego enemigo de otros ruidos menos amenazadores. Se volvía tenso, ansioso y terriblemente irascible. Sus camaradas nunca sabían si se pondría furioso, o incluso violento, como reacción a la menor contrariedad.

Después, entraba en la última fase: la de agotamiento emocional. El soldado parecía perder todo deseo de vivir. Renunciaba a luchar para salvarse, a conducirse de un modo racional en el combate. Se volvía, según dijo R. L. Swank (4), que dirigió la investigación inglesa, «torpe y descuidado..., mental y físicamente retrasado, preocupado». Incluso su rostro se tornaba inexpresivo y apático. La lucha por adaptarse había terminado en derrota. Había llegado a la fase de retirada total.

El hecho de que, cuando se halla en condiciones de novedad y grandes cambios, el hombre se comporta irracionalmente, actuando contra su propio y evidente interés ha sido también confirmado por los estudios sobre el comportamiento humano en los incendios, inundaciones, terremotos y otras crisis semejantes. Incluso las personas más estables y «normales», físicamente ilesas, pueden verse sumidas en estados de antiadaptación. Reducidas muchas veces a una confusión y a una inconsciencia totales, parecen incapaces de tomar las decisiones más elementales.

Así, en un estudio sobre las reacciones a los tornados en Texas, H. E. Moore escribe que «la primera reacción... puede ser de pasmado asombro; a veces, de incredulidad, o, al menos, de negativa a aceptar el hecho. Ésta nos parece ser la principal explicación del comportamiento de ciertas personas y grupos en Waco (5), cuando fue devastada en 1953... A nivel personal, explica por qué una muchacha entró en una tienda de música, a través de un escaparete roto, compró un disco y volvió a salir, aunque el cristal de la fachada del edificio había saltado hecho añicos y los artículos volaban por el aire en el interior del establecimiento».

Un estudio sobre un tornado que azotó Udall (6), Kansas, reproduce las palabras de un ama de casa: «Cuando todo hubo terminado, mi marido y yo nos levantamos, saltamos por la ventana y echamos a correr. No sé adonde nos dirigíamos... Me daba igual. Sólo quería correr.» Una clásica fotografía de catástrofe muestra a una madre, inexpresivo e impasible el rostro, como incapaz de comprender la realidad, sosteniendo en brazos al hijo herido o muerto. Otras veces, la madre aparece sentada en la puerta de su casa, meciendo cariñosamente una muñeca, en vez del hijo.

En las catástrofes, lo mismo que en ciertas situaciones de guerra, los individuos pueden verse psicológicamente abrumados. Y, una vez más, hay que buscar la causa en el alto nivel de los estímulos del medio circundante. La víctima de la catástrofe se encuentra atrapada de pronto en una situación en la que se transforman los objetos y las relaciones conocidas. Donde antes estaba la casa, puede no haber más que un montón humeante de escombros. Acaso vea una choza flotando en las aguas desbordadas, o un bote de remos volando por los aires. El medio está lleno de cambios y de novedades. Y, una vez más, la respuesta se caracteriza por la confusión, la ansiedad, la irritabilidad y una retirada hacia la apatía.

El «shock» cultural (7), la profunda desorientación sufrida por el viajero que, sin la debida preparación, se ha sumergido en una cultura extraña, nos ofrece un tercer ejemplo de fracaso en la adaptación. Aquí, no encontramos ninguno de los ostensibles elementos de la guerra o de la catástrofe. El escenario puede ser absolutamente tranquilo y carente de riesgos. Sin embargo, la situación requiere una adaptación continua a las nuevas condiciones. El «shock» cultural, según el psicólogo Sven Lundstedt, es una «forma de desquiciamiento de la personalidad, como reacción al temporalmente fracasado intento de ajustarse a los nuevos medios y personas».

La persona que sufre el «shock» cultural se ve obligada, como el soldado y como la víctima de la catástrofe, a luchar con sucesos, relaciones y objetos desconocidos e imprevisibles. Su manera habitual de hacer las cosas —incluso cosas tan sencillas como llamar por teléfono— no es ya la adecuada. Tal vez la sociedad extraña esté cambiando con gran lentitud; pero, para él, todo resulta nuevo. Signos, ruidos y otras claves psicológicas pasan corriendo por delante de él sin darle tiempo a captar su significado. Toda la experiencia adquiere un aire surrealista. Cada palabra, cada acción, están llenas de incertidumbre.

En estas condiciones, la fatiga se produce más rápidamente que de costumbre. Además de ésta, el viajero que sufre el «shock» cultural experimenta la que Lundstedt describe como «un sentimiento subjetivo de pérdida, y una sensación de aislamiento y de soledad».

Lo imprevisible de los hechos, fruto de la novedad, socava su sentido de la realidad. Por esto añora, según dice el profesor Lundstedt, «un medio en que la satisfacción de importantes necesidades psicológicas y físicas es previsible y menos incierta». Se vuelve «ansioso, confuso, y, con frecuencia, parece apático». En realidad, concluye Lundstedt, «el "shock" cultural puede ser considerado como una respuesta a la tensión en forma de retirada emocional e intelectual».

Es imposible leer estos informes (y otros muchos) sobre colapsos del comportamiento bajo diversas tensiones sin advertir inmediatamente sus similitudes. Aunque, naturalmente, existen grandes diferencias entre un soldado en combate, una víctima de una catástrofe y un viajero culturalmente dislocado, los tres se enfrentan con un rápido cambio, con una gran novedad, o con ambas cosas a la vez. Los tres tendrían que adaptarse rápida y repetidamente a unos estímulos imprevistos. Y existe un chocante paralelismo en la manera en que cada uno de los tres responde al estímulo excesivo.

Primero: encontramos las mismas pruebas de confusión, desorientación o distorsión de la realidad. Segundo: existen los mismos síntomas de fatiga, angustia, tensión o irritabilidad extremada. Tercero: en todos los casos parece haber un punto del que no se puede volver, un punto en el que triunfan la apatía y la retirada emocional.

En suma: las pruebas de que disponemos sugieren que el estímulo excesivo puede conducir a comportamientos extraños y contrarios a la adaptación.

EL BOMBARDEO DE LOS SENTIDOS

Todavía ignoramos demasiadas cosas sobre este fenómeno para explicar, con fundamento de causa, por qué el estímulo excesivo parece provocar un comportamiento contrario a la adaptación. Sin embargo, podemos recoger importantes claves si comprendemos que aquel estímulo excesivo puede producirse, al menos, en tres niveles diferentes: el sensorial, el cognoscitivo y el  decisorio (7 bis).

El nivel sensorial (8) es el más fácil de comprender. Ciertos experimentos sobre privación sensorial, durante los cuales alguien se presta voluntariamente a la interrupción de los estímulos normales de sus sentidos, han demostrado que la falta de nuevos estímulos sensoriales puede conducir a un estado de pasmo y de defectuoso funcionamiento mental. De la misma manera, el flujo de demasiados estímulos sensoriales desorganizados, caprichosos y caóticos, puede producir efectos similares. Por esta razón, los que practican el lavado de cerebro político o religioso se valen no sólo de la privación sensorial (por ejemplo, reclusión en la soledad), sino también del bombardeo de los sentidos a base de destellos de luz, dibujos de colores rápidamente cambiantes y caóticos efectos de sonido: todo el arsenal, en fin, del calidoscopio psicodélico.

El fervor religioso y el extraño comportamiento de ciertos adeptos hippies puede ser debido no sólo al abuso de las drogas, sino también a experimentos de grupo, a base tanto de privación como de bombardeo sensorial. Los monótonos canturreos, los intentos de centrar la atención del individuo en sensaciones corporales internas, con exclusión de estímulos exteriores, son otros tantos esfuerzos por provocar los fantásticos y a veces alucinantes efectos de la falta de estímulo.

En el otro extremo de la escala, advertimos las miradas turbias y pasmadas, las caras inexpresivas de los jóvenes danzantes en las grandes salas de música «rock», donde los cambios de luz, las proyecciones en varias pantallas, los agudos chillidos, los gritos y gemidos, los grotescos trajes y los cuerpos ondulantes y pintados, crean un medio sensorial que se caracteriza por la abundancia de estímulos y por unas extraordinarias sorpresa y novedad.

La capacidad del organismo para hacer frente a los estímulos sensoriales depende de su estructura fisiológica. La naturaleza de sus órganos sensoriales y la rapidez con que los impulsos fluyen por su sistema nervioso levantan barreras biológicas a la cantidad de datos sensoriales que puede admitir. Si examinamos la velocidad con que se transmiten las señales en diversos organismos, veremos que cuanto más bajo es el nivel de evolución más lento es el movimiento. Así, por ejemplo, en un erizo de mar, que carece de sistema nervioso como tal, una señal corre a lo largo de una membrana a una velocidad aproximada de un centímetro por hora.

Es natural que a esta velocidad el organismo puede responder solamente a una parte muy limitada de su medio. Si subimos unos peldaños hasta la medusa, que tiene ya un sistema nervioso rudimentario, las señales viajan 36.000 veces más de prisa: a diez centímetros por segundo. En un gusano, la velocidad aumenta hasta 100 centímetros por segundo. En los insectos y crustáceos, las vibraciones nerviosas se propagan a 1.000 centímetros por segundo; y, entre los antropoides, esta velocidad sube hasta 10.000 centímetros por segundo. Aunque estas cifras son muy aproximadas, contribuyen a explicar por qué el hombre figura, indiscutiblemente, entre las criaturas más adaptables.

Sin embargo, incluso en el hombre, con su velocidad de transmisión nerviosa de unos 30.000 centímetros por segundo (9), las limitaciones del sistema son imponentes. (En una computadora, las señales eléctricas viajan cientos de miles de veces más de prisa.) Las limitaciones de los órganos de los sentidos y del sistema nervioso significan que muchos sucesos del medio se producen a demasiada velocidad para que podamos seguirlos, por lo que, en el mejor de los casos, nuestra experiencia es parcial. Cuando las señales que llegan hasta nosotros son regulares y retiradas, podemos conseguir una representación mental de la realidad bastante buena. Pero cuando están desorganizadas, cuando son nuevas e imprevistas, la exactitud de la imagen mengua necesariamente. Nuestra imagen de la realidad está deformada. Esto puede explicar por qué, cuando experimentamos un estímulo sensorial excesivo, nos sentimos confusos, se borra la línea divisoria entre la ilusión y la realidad (10).

SOBRECARGA DE INFORMACIÓN

Si el exceso de estímulo a nivel sensorial aumenta la deformación con que percibimos la realidad, el exceso de estímulo cognoscitivo perturba nuestra facultad de «pensar». Así como algunas reacciones humanas a la novedad son involuntarias, otras van precedidas de un pensamiento consciente, lo cual depende de nuestra capacidad de absorber, manipular, valorar y retener información (11)

El comportamiento racional, en particular, depende de un incesante suministro de datos procedentes del medio. Depende de la facultad que tenga el individuo de predecir, al menos con algún acierto, el resultado de sus propias acciones. Para ello, debe ser capaz de prever cómo responderá el medio a sus actos. Y así, la sensatez gira en torno a la capacidad del hombre para, partiendo de la información que le suministra el medio, predecir su inmediato futuro personal.

Pero cuando el individuo se halla en una situación que cambia rápida e irregularmente, o en un contexto cargado de novedad, falla la exactitud de sus predicciones. Ya no puede sentar los criterios razonablemente correctos de los que depende su comportamiento racional.

Para compensar esto, para elevar su exactitud al nivel normal, ha de buscar una mayor cantidad de información. Y tiene que hacerlo rápidamente. En resumen: cuanto más cambiante y nuevo sea el medio, mayor información necesita el individuo para tomar decisiones efectivas y racionales.

Sin embargo, así como existen límites en la cantidad de impresiones sensoriales que podemos aceptar, también es limitada nuestra capacidad de manejar la información. Según dice el psicólogo George A. Miller, de la Universidad Rockefeller, existen «severas limitaciones en la cantidad de información que somos capaces de recibir, elaborar y recordar». Clasificando la información, abstrayéndola y «codificándola» de diversas maneras, conseguimos ampliar aquellos límites; sin embargo, numerosas pruebas demuestran que nuestra capacidad es finita.

Para descubrir estos límites exteriores, los psicólogos y los teóricos de la comunicación han empezado a hacer pruebas sobre lo que llaman «capacidad de canal» del organismo humano. A los fines de estos experimentos, consideran al hombre como un «canal». La información entra desde el exterior. Es elaborada.

Existe en forma de acciones fundadas en decisiones. La velocidad y la exactitud del proceso humano de elaboración de la información puede medirse comparando la velocidad de entrada de la información con la velocidad y precisión de su salida.

La información ha sido definida técnicamente y medida a base de unas unidades llamadas «bits» (11 bis). Hasta ahora, los experimentos han establecido grados para el proceso requerido por tareas muy diversas, desde leer, escribir a máquina y tocar el piano, hasta manipular discos graduados o hacer cálculos mentales. Y, aunque los investigadores discrepan sobre las cifras exactas, están plenamente de acuerdo en dos principios básicos: primero, que el hombre tiene una capacidad limitada; segundo, que la sobrecarga del sistema perjudica gravemente la eficacia.

Imaginemos, por ejemplo, un obrero que trabaja en cadena en una fábrica de libretas para niños. Su tarea consiste en apretar un botón cada vez que una libreta, arrastrada por la cinta sin fin, pasa por delante de él. Mientras la correa se mueva a velocidad razonable, el hombre tendrá pocas dificultades. Su eficacia se aproximará al 100 por ciento. Pero sabemos que, si el ritmo es demasiado lento, se distraerá, y su eficacia será menor. Y sabemos también que, si la correa va demasiado aprisa, el hombre se equivocará, se confundirá y actuará desordenadamente. Es probable que se vuelva inquieto e irritable. Tal vez, a impulsos de un movimiento de frustración, le dará una patada a la máquina. En definitiva, renunciará al trabajo para recobrar la paz.

En este caso, las exigencias de información son simples; pero imaginemos una tarea más compleja. Las libretas transportadas por la cinta son de colores diferentes. El hombre tiene que apretar el botón sólo cuando se produzca cierta secuencia de colores: por ejemplo, una libreta amarilla, seguida de dos rojas y una verde. En esta labor tendrá que absorber y elaborar mucha más información, antes de decidir si tiene que apretar o no el botón. Como todo lo demás permanece igual, si la cinta se acelera le será más difícil mantener el ritmo.

En otras tareas aún más complejas no sólo ordenamos al obrero manejar una serie de datos antes de decidir si tiene que apretar el botón, sino que le obligamos a decidir cuál de varios botones tiene que apretar. Y también podemos variar el número de veces que tiene que oprimir cada botón. Sus instrucciones podrían ser las siguientes: Para la serie de colores amarillo-rojo-rojo-verde, pulse una vez el botón número dos; para la serie verde-azul-amarillo-verde, apriete tres veces el botón número seis, y así sucesivamente. Estas tareas exigen que el obrero maneje una gran cantidad de datos para realizar su cometido. En este caso, la aceleración de la cinta perjudicaría su eficacia aún con mayor rapidez.

Se han realizado experimentos de este tipo hasta un grado vertiginoso de complejidad. Los tests comprendían destellos de luces, sonsonetes musicales, letras, símbolos, palabras habladas y una larga serie de otros estímulos. Y los sujetos, obligados a tamborilear con las puntas de los dedos, a pronunciar frases, a resolver acertijos y a realizar muchas más cosas diversas, quedaban reducidos a una absoluta inepcia.

Los resultados muestran, sin lugar a dudas, que, sea cual fuere la tarea, existe una velocidad por encima de la cual aquélla no puede realizarse, y no simplemente por falta de destreza muscular (12). La velocidad tope es muchas veces impuesta por limitaciones mentales, más que musculares. Estos experimentos revelan también que cuanto mayor es el número de alternativas de opción presentadas al sujeto, más tarda éste en tomar una decisión y llevarla a la práctica.

Estos descubrimientos pueden, sin duda, ayudarnos a comprender ciertas formas de trastornos psicológicos. Los managers acosados por la necesidad de tomar decisiones rápidas, incesantes y complejas; los alumnos abrumados por un alud de datos y sometidos a repetidas pruebas; las amas de casa que tienen que aguantar el llanto de los pequeños, el timbre del teléfono, la lavadora que se estropea, el estruendo del rock and roll en el cuarto de los hijos mayores y el parloteo de la televisión en el cuarto de estar; todos ellos pueden darse cuenta de que su capacidad de actuar y pensar con claridad se ve superada por las olas de información que baten sus sentidos. Es más que posible que algunos de los síntomas observados en los soldados con psicosis de guerra, en las víctimas de las catástrofes y en los viajeros atacados por el «shock» cultural, tengan algo que ver con esta sobrecarga de información.

Uno de los pioneros en el estudio de la información, el doctor James G. Miller, director del «Mental Health Research Institute», de la Universidad de Michigan, declara, lisa y llanamente, que «saturar a una persona con más información de la que es capaz de digerir, puede... originar trastornos». En realidad, opina que la sobrecarga de información puede estar relacionada con varias formas de enfermedad mental (13).

Por ejemplo, una de las facetas más curiosas de la esquizofrenia es «una respuesta asociativa incorrecta». Ideas y palabras que deberían estar enlazadas en la mente del sujeto, no lo están, y viceversa. El esquizofrénico tiende a pensar estableciendo categorías arbitrarias o sumamente personalizadas. Si se presenta una serie de figuras diferentes —triángulos, cubos, conos, etc.— a una persona normal, lo más probable es que ésta las clasifique según sus formas geométricas. Si se pide al esquizofrénico que las clasifique, probablemente dirá: «Todos son soldados», o bien, «Me hacen sentirme triste».

En el libro Disorders of Communication, Miller describe experimentos en los que se utilizaron las asociaciones de palabras para comparar a los normales y los esquizofrénicos. Los sujetos normales eran divididos en dos grupos, y se les pedía que asociasen diversas palabras con otras palabras o ideas. Uno de los grupos trabajaba a ritmo corriente. El otro lo hacía con mayor rapidez, es decir, en condiciones de rápida entrada de información. Los sujetos apremiados por el tiempo emitían respuestas más parecidas a las de los esquizofrénicos que a las de los normales que trabajaban a ritmo más pausado.

Otros experimentos parecidos, realizados por los psicólogos G. Usdansky y L. J. Chapman, permitieron un análisis más completo de los tipos de errores cometidos por sujetos que trabajaban a un ritmo forzado, bajo un mayor caudal de información. También se llegó a la conclusión de que el aumento de velocidad en las respuestas provocaban, en los normales, una serie de errores característicos de los esquizofrénicos (14).

«Podríamos deducir —declara Miller— ... que la esquizofrenia (por algún proceso aún desconocido, tal vez un defecto metabólico que aumenta el "ruido" nervioso) reduce la capacidad de los canales que intervienen en el proceso de la información cognoscitiva. Por consiguiente, al recibir información a ritmo normal, los esquizofrénicos experimentan las mismas dificultades con que tropiezan las personas normales que la reciben a ritmo acelerado. Como consecuencia de ello, los esquizofrénicos cometen, a un ritmo corriente, los mismos errores que los normales sometidos a un ritmo rápido y forzado de información.»

En suma, Miller sostiene que la defectuosa actuación del hombre bajo una carga excesiva de información puede mantener una relación con la psicopatología, que todavía no hemos empezado a estudiar. Sin embargo, aun desconociendo su impacto potencial, aceleramos el ritmo general de cambio en la sociedad. Obligamos a las personas a adaptarse a un nuevo ritmo vital, a enfrentarse con nuevas situaciones y dominarlas en intervalos de tiempo cada vez más breves. Las obligamos a escoger entre opciones que se multiplican rápidamente. Dicho de otro modo las obligamos a manejar la información a un ritmo mucho más veloz que el que se necesitaba en las sociedades de lenta evolución. Es indudable que sometemos al menos a algunas de ellas a un excesivo estímulo cognoscitivo. Las consecuencias que esto puede tener en la salud mental de las sociedades tecnológicas es algo que está aún por determinar.

TENSIÓN DE DECISIÓN

Tanto si sometemos a grandes masas de hombres a una sobrecarga de información, como si no lo hacemos, lo cierto es que influimos negativamente en su comportamiento al imponerles una tercera forma de estímulo excesivo: la tensión decisoria. Muchos individuos, atrapados en un medio monótono o que cambia lentamente, ansian desempeñar nuevos papeles o funciones que les obliguen a tomar decisiones más rápidas y complejas. Pero entre los hombres del futuro el problema se invierte. «Decisiones, decisiones...», murmuran, mientras pasan vertiginosamente de una tarea a otra. La razón de que se sientan acosados y trastornados es que la transitoriedad, la novedad y la diversidad plantean exigencias contradictorias, y por esto los colocan ante penosísimos dilemas.

El impulso acelerador y su acompañante psicológico, la transitoriedad, obligan a acelerar el tempo de la toma de decisiones públicas y privadas. Nuevas necesidades, nuevas urgencias y crisis exigen rápidas respuestas. Pero la propia novedad de las circunstancias provoca un cambio revolucionario en la naturaleza de las decisiones que el hombre debe tomar. La rápida introducción de novedad en el medio trastorna el delicado equilibrio de las decisiones «programadas» y «no programadas» en nuestras organizaciones y en nuestras vidas privadas.

La decisión programada es rutinaria, reiterativa y fácil de tomar. El viajero abonado espera en el andén la llegada del tren de las 8'05. Sube al vagón, como lo viene haciendo diariamente desde hace meses o años. Como, hace mucho tiempo, resolvió que el tren de las 8'05 era el que más le convenía, su decisión actual de tomar este tren está ya programada. Más que una decisión parece un reflejo. Los criterios inmediatos en que se funda la decisión son relativamente sencillos y claros, y como todas las circunstancias le son conocidas apenas si tiene que realizar el menor esfuerzo mental. No tiene que manejar gran información. En este sentido, las decisiones programadas cuestan un precio psíquico muy bajo.

Esto contrasta con la clase de decisiones que el propio viajero abonado revuelve en su cabeza durante el trayecto a la ciudad. ¿Le conviene aceptar el nuevo empleo que acaba de ofrecerle la empresa X? ¿Debe comprar una nueva casa? ¿Debe correr una aventura con su secretaria? ¿Cómo conseguir que el Consejo de Dirección acepte su propuesta sobre la nueva campaña de publicidad? Estas preguntas exigen respuestas no rutinarias. Le obligan a tomar decisiones únicas u originales, que establecerán nuevos hábitos y normas de conducta. Tiene que sopesar y estudiar muchos factores. Tiene que manipular un gran caudal de información. Estas decisiones no están programadas. Exigen un elevado precio psíquico.

Para cada uno de nosotros la vida es una mezcla de ambas clases de decisiones. Si la proporción de decisiones programadas es excesiva, nada nos apremia; encontramos la vida aburrida y monótona. Incluso inconscientemente, buscamos la manera de introducir novedad en nuestras vidas, alterando de este modo la «mezcla» decisoria. Pero si en esta mezcla predominan excesivamente las decisiones no programadas, si nos enfrentamos con tantas situaciones nuevas que la programación resulta imposible, entonces la vida se vuelve dolorosamente desorganizada, agotadora y llena de angustia. Esta situación, llevada a su extremo límite, termina en la psicosis.

«El comportamiento racional —escribe el teórico de organización Bertram M. Gross (15)— ...incluye siempre una intrincada combinación de rutina y creatividad. La rutina es esencial porque libera energías creadoras para luchar con la entorpecedora serie de nuevos problemas para los que la rutina sería una solución irracional.»

Cuando somos incapaces de programar una gran parte de nuestras vidas, sufrimos por ello. «No hay persona más desgraciada —escribió William James— que aquella que... antes de encender cada cigarro, antes de beber una copa..., antes de empezar cualquier trabajo, tiene que reflexionar sobre ello.» Pues si no programamos ampliamente nuestro comportamiento, gastamos, para cosas triviales, enormes cantidades de energía en el proceso de información.

Por esto creamos hábitos. Observemos a un comité que suspende su sesión para almorzar y vuelve después a la misma sala: casi invariablemente, sus miembros buscan los mismos asientos que ocupaban antes. Algunos antropólogos acuden a la teoría de la «territorialidad» para explicar este comportamiento: la noción de que el hombre trata continuamente de hacerse un «territorio» sagrado.

Pero el hecho de que la programación ahorra energía para el manejo de la información, nos da una explicación más sencilla. La elección del mismo asiento nos ahorra la necesidad de buscar y sopesar otras posibilidades.

En un contexto familiar, podemos resolver muchos de nuestros problemas vitales a un bajo precio de decisiones programadas. El cambio y la novedad elevan el precio psíquico de la toma de decisiones, por ejemplo, cuando nos trasladamos a otro barrio nos vemos obligados a alterar viejas relaciones y a establecer nuevos hábitos o rutinas. Esto no puede hacerse sin prescindir de millares de decisiones anteriormente programadas y sin tomar series enteras de costosas decisiones originales y no programadas. Nos vemos obligados, en efecto, a una reprogramación personal.

Precisamente puede decirse esto mismo del que, sin estar preparado, visita una cultura para él exótica, o del que, sin salir de su propia sociedad, se ve lanzado al futuro sin previo aviso. La llegada del futuro, en forma de novedad y de cambio, hace caer en desuso todas las rutinas de comportamiento trabajosamente elaboradas. El hombre descubre, súbitamente y con espanto, que todas estas viejas rutinas, lejos de resolver sus problemas no hacen más que agudizarlos. Se le exigen decisiones nuevas, imposibles de programar. En una palabra: la novedad perturba la mezcla decisoria, inclinando la balanza hacia la forma más costosa y difícil de toma de decisiones (16).

Es cierto que algunas personas toleran la novedad mejor que otras. La mezcla óptima es diferente para cada uno de nosotros. Sin embargo, el número y el tipo de decisiones que se nos exigen no están bajo nuestro control autónomo. Es la sociedad quien determina, en el fondo, la mezcla de decisiones que hemos de tomar y el ritmo con que hemos de hacerlo. Actualmente, existe un oculto conflicto en nuestras vidas, entre las presiones de aceleración y las de novedad. Las primeras nos obligan a tomar decisiones más rápidas, mientras que las segundas nos impelen hacia tipos de decisiones más difíciles y que exigen más tiempo (17).

La angustia producida por este choque frontal se ve grandemente intensificada por la creciente diversidad. Pruebas irrefutables demuestran que al aumentar el número de opciones para el individuo, aumenta también la cantidad de información que éste necesita manejar para enfrentarse con ellas. Tests de laboratorio, practicados con hombres y animales, demuestran que cuantas más son las opciones, menor es el tiempo de reacción.

La actual crisis de decisión en las sociedades tecnológicas es fruto del choque frontal de estas tres exigencias incompatibles. Estas presiones, consideradas en suconjunto, justifican el término de «estímulo decisorio excesivo», y contribuyen a explicar la causa de que grandes masas de hombres de aquellas sociedades se sientan ya acosados, inútiles, incapaces de construir sus futuros particulares. La convicción de que la carrera es demasiado dura, de que las cosas están fuera de control, es consecuencia inevitable de aquella fuerza en colisión. Puesto que la aceleración incontrolada del cambio científico, tecnológico y social altera la facultad del individuo de tomar decisiones sensatas y adecuadas sobre su propio destino.

LA SOCIEDAD, AFECTADA POR EL «SHOCK» DEL FUTURO

El «shock» del futuro sobre un gran número de individuos tiene que afectar forzosamente a la razón de la sociedad en su conjunto. Actualmente, según Daniel P. Moynihan, principal asesor de la Casa Blanca para asuntos urbanos, los Estados Unidos «presentan las condiciones de un individuo víctima de un desquiciamiento nervioso». Pues el impacto acumulado de los excesivos estímulos sensoriales, cognoscitivos y decisorios, por no hablar de los defectos físicos de la sobrecarga nerviosa o endocrina, crea una enfermedad en nuestro medio.

Esta dolencia se refleja cada vez más en nuestra cultura, nuestra filosofía, nuestra actitud frente a la realidad. No es casual que tantas personas corrientes digan que el mundo es «un manicomio», y que el tema de la locura se haya convertido recientemente en elemento principal de la literatura, el arte, el teatro y el cine.

Peter Weis, en su obra Marat-Sade, retrata un mundo turbulento visto a través de los ojos de los reclusos en el asilo de Charenton. En películas como Morgan, la vida en el interior de un instituto mental es descrita como superior a la del mundo circundante. En Blow-Up, el momento culminante se produce cuando el protagonista toma parte en una partida de tenis en que los jugadores impulsan una pelota inexistente a un lado y otro de la red. Es su simbólica aceptación de lo irreal e irracional, su confesión de que ya no puede distinguir entre la ilusión y la realidad. En este momento, millones de espectadores se identifican con el protagonista.

La afirmación de que el mundo «se ha vuelto loco», el eslogan pintado en las paredes de que «la realidad es una muleta», el interés por las drogas alucinógenas, el entusiasmo por la astrología y el ocultismo, la busca de la verdad en la sensación, el éxtasis y la «experiencia cumbre», la desviación hacia un subjetivismo extremado, los ataques contra la ciencia, la progresiva creencia de que al hombre le ha fallado la razón, reflejan la experiencia cotidiana de masas de personas corrientes que descubren que no pueden enfrentarse racionalmente con el cambio.

Millones de personas sienten el ambiente patológico imperante, pero no logran comprender su origen. Este origen no reside en tal o cual doctrina política, y menos aún en algún núcleo místico de desesperación o aislamiento que se presume inherente a la «condición humana». Ni está en la ciencia, la tecnología o las legítimas exigencias de cambio social. En cambio, podemos buscarlo en la naturaleza incontrolada y no selectiva de nuestro lanzamiento hacia el futuro. Está en nuestro fracaso en dirigir, consciente e imaginativamente, la marcha hacia el superindustrialismo.

Así, a pesar de sus extraordinarios logros en el arte, la ciencia y la vida intelectual, moral y política, los Estados Unidos son una nación en que decenas de millares de jóvenes se evaden de la realidad y optan por la lasitud provocada por las drogas; una nación en que millones de padres se recluyen en un estupor provocado por las imágenes televisadas o en las nieblas del alcoholismo; una nación en la que legiones de ancianos vegetan y mueren en la soledad; en la que el abandono de la familia y del lugar de trabajo ha adquirido características de éxodo; en la que las masas calman su furiosa angustia con «Miltown», «Librium», «Equanil» u otros muchos tranquilizantes y sedantes psíquicos. Una nación así, sépalo o no, padece de «shock» del futuro.

«No pienso volver a América —dice Ronald Bierl (23), joven expatriado residente en Turquía—. Si uno puede restablecer su propia cordura, no tiene por qué preocuparse de la cordura de los demás. ¡Y son tantos los americanos que se vuelven locos de remate!» Son multitudes los que comparten esta nada halagadora opinión de la realidad americana. Aunque los europeos, los japoneses y los rusos se jactan de su presunta cordura, convendría preguntarnos si no empiezan ya a manifestarse entre ellos unos síntomas parecidos a los de América. ¿Son los americanos un caso único a este respecto, o sufren únicamente las primeras embestidas de un ataque contra la psique que pronto hará también tambalearse a otras naciones?

La racionalidad social presupone la racionalidad individual, y ésta, a su vez, depende no solamente de ciertas cualidades biológicas, sino también de la continuidad, el orden y la regularidad del medio. Se funda en cierta correlación entre el ritmo y la complejidad del cambio y las facultades de decisión del hombre.

Si aceleramos ciegamente el ritmo del cambio, el nivel de la novedad y la extensión de la opción, es que jugamos irreflexivamente con estas precondiciones de racionalidad del medio. Condenamos a innumerables millones de seres humanos al «shock» del futuro.

17 Junio 2009

La actual crisis económica está colocando a la humanidad ante una terrible bifurcación: o sigue al G-20 que insiste en revitalizar a un moribundo —el modelo vigente del capitalismo globalizado— que ha provocado la actual crisis mundial y que, si continúa, podrá llevarnos a una tragedia ecológica y humanitaria, o intenta un nuevo paradigma que coloque a la Tierra, la vida y la Humanidad en el centro y la economía a su servicio, y entonces hará nacer un nuevo estadio de civilización que garantizará más equidad y humanidad en todas las relaciones, comenzando por las productivas.

La sensación que tenemos es la de estar siguiendo un vuelo ciego y todo puede suceder.

Desde un punto de vista reflexivo, se presentan dos interpretaciones básicas de la crisis: se trata de los estertores de un moribundo o de los dolores de parto de un nuevo ser.

Me alineo con la segunda alternativa, la del parto. Me niego a aceptar que después de algunos millones de años de evolución sobre este planeta, seamos expulsados de él en las próximas generaciones. Si miramos hacia atrás, al proceso antropogénico, constamos indudablemente que hemos caminado hacia formas más altas de complejidad y órdenes cada vez más interdependientes. El escenario no sería de muerte sino de crisis, que nos hará sufrir mucho, pero que nos purificará para un nuevo ensayo civilizatorio.

No se puede negar que la globalización, incluso en su actual edad de hierro, ha creado las condiciones materiales para todo tipo de relaciones entre los pueblos. De hecho ha surgido una conciencia planetaria. Es como si el cerebro comenzase a crecer fuera de la caja craneal por causa de las nuevas tecnologías y penetrase más profundamente en los misterios de la naturaleza.

El ser humano está hominizando toda la realidad planetaria. Si la Amazonia permanece en pie o es derribada, si las especies continúan o se extinguen, si los suelos y el aire se mantienen puros o contaminados, depende de decisiones humanas. Tierra y Humanidad están formando una única entidad global. El sistema nervioso central está constituido por los cerebros humanos cada vez más en sinapsis y llenos de un sentimiento de pertenencia y de responsabilidad colectiva. Buscamos centros multidimensionales de observación, de análisis, de pensamiento y de gobierno.

En otro tiempo, a partir de la geosfera surgió la litosfera (rocas), después la hidrosfera (agua), luego la atmósfera (aire), posteriormente la biosfera (vida) y por último la antroposfera (ser humano). Ahora la historia ha madurado hacia una etapa más avanzada del proceso evolutivo, la de la noosfera. Noosfera, como dice la propia palabra (nous en griego significa mente e inteligencia), expresa la convergencia de mentes y corazones, originando una unidad más alta y más compleja. Es el comienzo de una nueva historia, la historia de la Tierra unida con la Humanidad (expresión consciente e inteligente de la Tierra).

La historia avanza a través de tentativas, aciertos y errores. En los días actuales estamos asistiendo a la fase naciente de la noosfera, que no consigue todavía alcanzar la hegemonía debido a la fuerza de un tipo de globalización excluyente y poco cooperativa, ampliamente fragilizada ahora por causa de la crisis sistémica.

Pero estamos convencidos de que para esta nueva etapa —la de la noosfera— conspiran las fuerzas del universo que están siempre produciendo nuevos acontecimientos. Nuestra galaxia, y quién sabe si el propio universo, está moviéndose en función de esta convergencia en la diversidad emergencias. En el planeta Tierra, minúsculo punto azul-blanco perdido en una galaxia irrisoria, en un sistema solar marginal (a 27 mil años luz del centro de la galaxia), se ha cristalizado para nosotros la noosfera. Todavía es frágil, pero trae con ella el nuevo sentido de la evolución. Y no se excluye la posibilidad de otros mundos paralelos.

La crisis actual hace necesaria una salida salvadora y ésta es la noosfera. Entonces prevalecerá la comunión de mentes y corazones de los seres humanos entre sí, con la Tierra, con todo el universo y con el Atractor de todas las cosas.

Fuente: Leonardo Boff en Koikonia (12 de Junio 2009)

Ver tambien: Teilhard de Chardin: espiritualizacion de la Tierra.

14 Junio 2009

Un equipo de investigadores del University College London del Reino Unido, ha desarrollado un modelo de investigación que, combinando simulaciones informáticas y estudios genéticos, ha conseguido establecer la razón de la aparición de la conducta humana moderna. Características como la capacidad de crear objetos artísticos o tecnología avanzada, que nos hacen una especie única en el planeta, podrían tener su origen no la inteligencia o en el elevado desarrollo de nuestro cerebro, sino en la densidad de la población. Al parecer, las interacciones humanas intensas fueron las que propiciaron el intercambio de ideas y de habilidades, y las que propiciaron que no se perdieran las innovaciones. Este hecho supone una nueva perspectiva para la comprensión de uno de los saltos cruciales de nuestra evolución.

El aumento de la densidad de población, más que el desarrollo de la capacidad cerebral humana, parece haber propiciado la emergencia de la conducta de los humanos modernos, señala un estudio realizado por científicos del University College London (UCL) y cuyos resultados han aparecido publicados en la revista Science.

La razón, según los científicos: una gran densidad de población propició un mayor intercambio de ideas y de habilidades, y evitó que se perdieran las innovaciones. 

El mantenimiento de las capacidades novedosas, combinado con una mayor probabilidad de que se produzcan innovaciones útiles (como consecuencia del intercambio de ideas), fue lo que propició la conducta humana que conocemos hoy. 

La densidad de población permitió que todas estas condiciones se mantuvieran en diversas partes del mundo y en distintos momentos de la historia, tal y como ha constatado el presente estudio. 

Nivel alto de interacción

Según publica la UCL en un comunicado, las habilidades complejas que se transmiten de generación a generación sólo pueden mantenerse cuando existe un nivel alto de interacción entre la gente. 

Utilizando simulaciones informáticas referidas al aprendizaje social, los científicos de dicha universidad demostraron que en grupos humanos con grandes o pequeñas capacidades – y coexistiendo durante largos periodos de tiempo- el grado de habilidades mantenidas dependía de la densidad local de población o del nivel de migraciones. 

Por otro lado, haciendo uso de estimaciones genéticas del tamaño de la población en el pasado, el equipo de investigadores demostró que la densidad fue similar en el África sub-sahariana, en Europa y en el medio Este cuando la conducta de los humanos modernos apareció por vez primera en cada una de estas regiones. 

El estudio apunta, por último, a la evidencia de que la densidad de población podría haber disminuido por razones climáticas en el momento en que el comportamiento humano moderno desapareció temporalmente en el África sub-sahariana. 

Comprender la aparición de la cultura humana

Uno de los autores de la investigación, Adam Powell, del AHRC Centre for the Evolution of Cultural Diversityde la UCL, señala que este estudio propone un nuevo modelo de explicación del origen de la conducta humana moderna en diversos tiempos y regiones del mundo. Asimismo, también serviría para explicar por qué desapareció dicha conducta en algunos lugares, antes de reaparecer. 

Comprender qué favoreció el surgimiento de la conducta humana moderna es fundamental porque, según Powell, gracias a ella nuestra especie es única en el mundo por su complejidad tecnológica y cultural. 

Esta complejidad incluyó la capacidad de recreación simbólica, tanto en el arte abstracto como en el arte realista; la decoración del cuerpo usando joyas o tatuajes; la posibilidad de utilizar instrumentos musicales; de fabricar artefactos de hueso, cuerno o marfil; o de desarrollar la tecnología de caza más sofisticada (arcos o redes, por ejemplo), etc. 

El profesor Stephen Cenan, del Instituto de Arqueología de la UCL y co-autor de la investigación- señala que “los humanos modernos han existido desde hace al menos entre 160.000 y 200.000 años, pero no existen evidencias arqueológicas de que haya habido ninguna tecnología -más allá de básicas herramientas de piedra- hasta hace 90.000 años”. 

En Europa y Asia occidental, esta tecnología y conducta avanzadas surgieron hace alrededor de unos 45.000 años, cuando los humanos llegaron allí, pero no aparecieron en el este o el sur de Asia o en Australia hasta mucho después, a pesar de que allí también había presencia humana. 

En el África subsahariana la situación fue aún más compleja. Muchas de las características de la conducta humana moderna (incluyendo el arte abstracto) han sido detectadas en muestras de hace hasta 90.000 años, pero después los rastros de dichas características desaparecieron (hace unos 65.000 años), antes de volver a emerger hace 40.000 años. 

Explicaciones incompletas

“Los científicos han ofrecido diversas explicaciones sobre por qué se han producido estas explosiones culturales y sobre dónde y cuándo se dieron: mutaciones que han mejorado el cerebro, avances en el lenguaje o expansiones hacia nuevos entornos que requirieron nuevas tecnologías para sobrevivir. El problema es que ninguna de estas explicaciones puede dar cuenta por completo de la aparición del comportamiento humano moderno en diferentes momentos y lugares, o de su desaparición temporal en el África sub-sahariana”, señala Cenan. 

Otro de los autores del estudio, el doctor Mark Thomas, del Departamento de Genética, Evolución y Entorno de la UCL, afirma que cuando se piensa en cómo hemos llegado a ser las sofisticadas criaturas que somos, a menudo imaginamos algún cambio crítico repentino. 

Pero, en realidad, no existe evidencia alguna de un gran cambio en nuestra constitución biológica cuando empezamos a comportarnos de manera inteligente, asegura el investigador. 

El modelo creado por los científicos apunta a que las innovaciones exitosas de nuestra especie dependieron, en definitiva, menos de la inteligencia de los seres humanos que de las interacciones que éstos mantuvieron entre sí. Y este hecho resultó tan relevante hace 90.000 años como pueda serlo ahora. Según escriben los investigadores en Science, “hemos demostrado que la demografía es un factor determinante principal en el mantenimiento de la complejidad cultural”.

Fuente: Yaiza Martínez, en Tendencias 21.

1 Junio 2009

En este excelente reportaje de El País publicado hoy, una visión de lo que sucede con el desmantelamiento que sufre el Estado de Bienestar en Europa y sus efectos en la clase media, proceso que Chile vivió en la época de los '80, aunque con características más particulares.

Ridiculizada por poetas y libertinos; idolatrada por moralistas; destinataria de los discursos de políticos, papas, popes y cuantos se suben alguna vez a un púlpito en busca de votantes o de adeptos; adulada por anunciantes; recelosa de heterodoxias y huidiza de revoluciones; pilar de familias y comunidades; principal sustento de las Haciendas públicas y garante del Estado de bienestar. La clase media es el verdadero rostro de la sociedad occidental. En un mundo globalizado, en el que hasta en el más mísero país siempre se puede encontrar a alguien con suficientes medios para darse un paseo espacial, sólo la preeminencia de la clase media distingue los Estados llamados desarrollados del resto. Los países dejan de ser pobres no por el puesto que ocupan sus millonarios en el ranking de los más ricos -de ser así, México o la India estarían a la cabeza del mundo dada la fortuna de sus potentados-, sino por la extensión de su clase media.

Pero parece que la clase media está en peligro o, al menos, en franca decadencia. Eso piensan muchos sociólogos, economistas, periodistas y, lo que es más grave, cada vez más estadísticos. Como los dinosaurios, esta "clase social de tenderos" -como la calificaban despectivamente los aristócratas de principios de siglo XX- aún domina la sociedad, pero la actual recesión puede ser el meteorito que la borre de la faz de la Tierra. Siguiendo con la metáfora, el proceso no será instantáneo sino prolongado en el tiempo, pero inevitable. La nueva clase dominante que la sustituya bien pudieran ser los pujantes mileuristas, los que ganan mil euros al mes. Tal y como sucedió cuando los mamíferos sustituyeron a sus gigantes antecesores, los mileuristas tienen una mayor capacidad de adaptación a circunstancias difíciles. También se adaptan los pobres, pero no dejan de ser excluidos, mientras que los mileuristas son integradores de la masa social. Por eso se están extendiendo por todas las sociedades desarrolladas.

Mileuristas

El mileurismo -un término inventando por la estudiante Carolina Alguacil, que escribió una carta al director de EL PAÍS en agosto de 2005 para quejarse de su situación laboral- ha dejado de ser un terreno exclusivo para jóvenes universitarios recién licenciados que tienen que aceptar bajos salarios para hacerse con un currículo laboral. En los últimos años ha incorporado a obreros cualificados, parados de larga duración, inmigrantes, empleados, cuarentones expulsados del mercado laboral y hasta prejubilados. Se estima que en España pueden alcanzar en torno a los doce millones de personas.

Su popularidad es tan creciente que ya hay varios libros dedicados exclusivamente a los mileuristas, tienen web propia y hasta película. Se llama Generazione 1.000 euro, una producción italiana que se acaba de estrenar. Cuenta la historia de un joven licenciado en matemáticas que malvive en una empresa de mercadotecnia y se enamora de otra mileurista. Basa su argumento en el libro con el mismo título que triunfó gracias a las descargas gratuitas de Internet (la gratuidad de la Red es una de las pocas válvulas de escape de los mileuristas).

Hasta los políticos comienzan a mirar hacia ellos. Las medidas anunciadas por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en el debate del estado de la nación, aunque luego descafeinadas, parecen ser las primeras especialmente diseñadas para mileuristas: equiparar las ayudas al alquiler, eliminar para las rentas medias la desgravación de la vivienda (¡el pisito, icono de la clase media española!), bonos de transportes desgravables y, sobre todo, máster gratis sin límite para graduados en paro. Másteres, estudios de posgrado, doctorados, idiomas..., el signo de identidad de esta generación Peter Pan, dicen que la mejor preparada de la historia pero cuya edad media de emancipación del hogar familiar está a punto de alcanzar los 30 años.

La estadística da cuenta cada vez de forma más fehaciente de la pujanza del mileurismo frente a la bendita clase media. Uno de los datos más reveladores se encuentra en la Encuesta de Estructura Salarial del Instituto Nacional de Estadística (INE), un informe cuatrienal pero que desnuda la realidad sociolaboral como ninguna otra. Según la misma, el sueldo medio en España en 2006 (última vez que se realizó) era de 19.680 euros al año. Cuatro años antes, en 2002, era de 19.802 euros. Es decir, que en el periodo de mayor bonanza de la economía española, los sueldos no sólo no crecieron, sino que cayeron, más aún si se tiene en cuenta la inflación.

Si nos remontamos a 1995, la primera vez que se llevó a cabo la encuesta, la comparación es aún más desoladora. El salario medio en 1995 era de 16.762 euros, por lo que para adecuarse a la subida de precios experimentada en la última década, ahora tendría que situarse en torno a los 24.000 euros. Se trata del sueldo medio, que incluye el de los que más ganan. Por eso convendría tener en cuenta otro dato más esclarecedor: la mitad de los españoles gana menos de 15.760 euros al año, es decir, son mileuristas.

Los sueldos se han desplomado pese a la prosperidad económica e independientemente del signo político del partido en el poder en los últimos años (desde 1995 han gobernado sucesivamente PSOE, PP y nuevamente PSOE). La riqueza creada en todos esos años ha ido a incrementar principalmente las llamadas rentas del capital.

Algunos dan definitivamente por muerta la clase media. Es el caso del periodista Massimo Gaggi y del economista Eduardo Narduzzi, que en su libro El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste (Lengua de Trapo) vaticinaban la aparición de un nuevo sistema social polarizado, con una clase tecnócrata reducida y crecientemente más rica en un extremo, y en el otro un "magma social" desclasado en que se confunden las antiguas clases media y baja, definidas por una capacidad de consumo muy limitado, a imagen y semejanza de los productos y servicios que les ofrecen las compañías low cost (bajo coste) como Ikea, Ryanair, Mc Donald's, Zara o Skype.

"Nosotros hablábamos de la aparición de una clase de la masa, es decir, de una dimensión social sin clasificación que de hecho contiene todas las categorías, con excepción de los pobres, que están excluidos, y de los nuevos aristócratas. La clase media era la accionista de financiación del Estado de bienestar, y su desaparición implica la crisis del welfare state, porque la clase de la masa ya no tiene interés en permitir impuestos elevados como contrapartida política que hay que conceder a la clase obrera, que también se ha visto en buena parte absorbida por la clase de la masa. La sociedad que surge es menos estable y, como denunciábamos, potencialmente más atraída por las alarmas políticas reaccionarias capaces de intercambiar mayor bienestar por menos democracia. También es una sociedad sin una clara identidad de valores compartidos, por lo tanto, es oportunista, consumista y sin proyectos a largo plazo", señalan los autores a EL PAÍS.

El declive de la clase media se extiende por todo el mundo desarrollado. En Alemania, por ejemplo, un informe de McKinsey publicado en mayo del año pasado, cuando lo peor de la crisis estaba aún por llegar, revelaba que la clase media -definida por todos aquellos que ganan entre el 70% y el 150% de la media de ingresos del país- había pasado de representar el 62% de la población en 2000 al 54%, y estimaba que para 2020 estaría muy por debajo del 50%.

Babylosers

En Francia, donde los mileuristas se denominan babylosers (bebés perdedores), el paro entre los licenciados universitarios ha pasado del 6% en 1973 al 30% actual. Y les separa un abismo salarial respecto a la generación de Mayo del 68, la que hizo la revolución: los jóvenes trabajadores que tiraban adoquines y contaban entonces con 30 años o menos sólo ganaban un 14% menos que sus compañeros de 50 años; ahora, la diferencia es del 40%. En Grecia, los mileuristas están aún peor, ya que su poder adquisitivo sólo alcanza para que les llamen "la generación de los 700 euros".

En Estados Unidos, el fenómeno se asocia metafóricamente a Wal-Mart, la mayor cadena de distribución comercial del mundo, que da empleo a 1,3 millones de personas, aplicando una política de bajos precios a costa de salarios ínfimos -la hora se paga un 65% por debajo de la media del país-, sin apenas beneficios sociales y con importaciones masivas de productos extranjeros baratos procedentes de mercados emergentes, que están hundiendo la industria nacional. La walmartización de Estados Unidos ha sido denunciada en la anterior campaña presidencial tanto por los demócratas como por los republicanos. El presidente Barak Obama creó por decreto la Middle Class Task Force, el grupo de trabajo de la clase media, que integra a varias agencias federales con el objeto de aliviar la situación de un grupo social al que dicen pertenecer el 78% de los estadounidenses. El grupo tiene su propia página web y su lema: "Una clase media fuerte es una América fuerte".

Hacen falta más que lemas para salir de la espiral que ha creado la recesión y que arrastra en su vórtice a una clase media debilitada hacia el mileurismo o tal vez más abajo. En Nueva York, 1,3 millones de personas se apuntaron a la sopa boba de los comedores sociales en 2007. Apenas un año después, tres millones de neoyorquinos eran oficialmente pobres. Los pobres limpios, como se denomina a los que han descendido desde la clase media, también comienzan a saturar los servicios sociales en España. Las peticiones de ayuda en Cáritas han aumentado un 40%, y el perfil social del demandante empieza a cambiar: padre de familia, varón, en paro, 40 años, con hipoteca, que vive al día y que ha agotado las prestaciones familiares.

Con el propósito de tranquilizar a la población, los dirigentes han comenzado a hablar de "brotes verdes" para designar los primeros signos de recuperación. Pero ésta no es una crisis cualquiera. Howard Davidowitz, economista y presidente de una exitosa consultora, se ha convertido en una estrella mediática en Estados Unidos al fustigar sin piedad el optimismo de la Administración de Obama. "Estamos hechos un lío y el consumidor es lo suficientemente listo para saberlo. Con este panorama económico, el consumidor que no se haya petrificado es que es un maldito idiota. Esta crisis hará retroceder al país al menos diez años y la calidad de la vida nunca volverá a ser la misma".

La marcada frontera que separaba la clase media de la exclusión y de los pobres se está derrumbando a golpes de pica como lo hizo el muro de Berlín, y algunos se preguntan si tal vez la caída del telón de acero no haya marcado el inicio del fin de conquistas sociales y laborales que costaron siglos (y tanta sangre), una vez que el capitalismo se encontró de repente sin enemigo.

Al margen de especulaciones históricas, lo cierto es que la desigualdad crece. En España, la Encuesta de Condiciones de Vida, realizada en 2007 por el INE, señalaba que casi 20 de cada 100 personas estaban por debajo del umbral de la pobreza. El último informe FOESSA sobre exclusión y desarrollo social en España, de Cáritas, resaltaba que hay un 12,2% de hogares "pobres integrados", esto es, sectores integrados socialmente pero con ingresos insuficientes y con alto riesgo de engrosar las listas de la exclusión. Su futuro es más incierto que nunca, y muchos hablan de un lento proceso de desintegración del actual Estado de bienestar.

Otros expertos son mucho más optimistas y descartan que se pueda hablar del fin de clase media. "Es una afirmación excesivamente simplista que obvia algunos de los grandes avances que ha registrado la sociedad española en el largo plazo. Las crisis comienzan perjudicando a los hogares con menores ingresos y menor nivel formativo, para extender posteriormente sus efectos al resto de grupos. Y aunque mantenemos niveles de desigualdad considerablemente elevados en el contexto europeo estamos todavía lejos de ser una sociedad dual", señala Luis Ayala, profesor de Economía Aplicada de la Universidad Rey Juan Carlos y uno de los autores del informe FOESSA.

Visión de Niño Becerra

El catedrático de Estructura Económica Santiago Niño Becerra ha saltado a la fama editorial por su libro El crash de 2010 (Los Libros del Lince), en el que afirma que la crisis no ha hecho más que empezar y que será larga y dura. A la pregunta de cómo va a afectar esta debacle a la clase media, contesta: "El modelo de protección social que hemos conocido tiende a menos-menos porque ya ha dejado de ser necesario, al igual que lo ha dejado de ser la clase media: ambos han cumplido su función. La clase media actual fue inventada tras la II Guerra Mundial en un entorno posbélico, con la memoria aún muy fresca de la miseria vivida durante la Gran Depresión y con una Europa deshecha y con 50 millones de desplazados, y lo más importante: con un modelo prometiendo el paraíso desde la otra orilla del Elba. La respuesta del capitalismo fue muy inteligente (en realidad fue la única posible, como suele suceder): el Estado se metió en la economía, se propició el pleno empleo de los factores productivos, la población se puso a consumir, a ahorrar y, ¡tachín!, apareció la clase media, que empezó a votar lo correcto: una socialdemocracia light y una democracia cristiana conveniente; para acabar de completar la jugada, esa gente tenía que sentirse segura, de modo que no desease más de lo que se le diese pero de forma que eso fuese mucho en comparación con lo que había tenido: sanidad, pensiones, enseñanza, gasto social... que financiaban con sus impuestos y con la pequeña parte que pagaban los ricos (para ellos se inventaron los paraísos fiscales). Todo eso ya no es necesario: ni nadie promete nada desde la otra orilla del Elba, ni hay que convencer a nadie de nada, ni hay que proteger a la población de nada: hay lo que hay y habrá lo que habrá, y punto. Por eso tampoco son ya necesarios los paraísos fiscales: ¿qué impuestos directos van a tener que dejar de pagar los ricos si muchos de ellos van a desaparecer y si la mayoría de los impuestos de los que quieren escapar van a ser sustituidos por gravámenes indirectos?".

Y es que frente a la extendida idea de que la mejor forma de favorecer el bienestar es conseguir altas tasas de crecimiento y de creación de empleo, en los momentos de máxima creación de empleo la desigualdad no disminuyó. Al contrario, desde el primer tercio de los años noventa la pobreza no ha decrecido. Los salarios crecen menos que el PIB per cápita. El último informe mundial de salarios de la Organización Internacional de Trabajo (OIT) destaca que entre 2001 y 2007 crecieron menos del 1,9% en la mitad de los países. En España, el aumento real fue casi cero, como en Japón y Estados Unidos. Para 2009, la OIT pronostica que los salarios crecerán sólo un 0,5%.

Modelo distributivo

En España hay un dato aún más revelador del vértigo que siente la clase media cuando se asoma al abismo de inseguridad que le ofrece esta nueva etapa del capitalismo. El número de familias que tiene a todos sus miembros en paro ha sobrepasado el millón. Y peor aún, la tasa de paro de la persona de referencia del hogar -la que aporta más fondos y tiene el trabajo más estable- está ya en el 14,5%, muy similar a la del cónyuge o pareja (14,4%), cuyo sueldo se toma como un ingreso extra, mientras que la de los hijos se ha disparado cinco puntos en el primer trimestre y está en el 26,8%.

Luis Ayala constata que, por primera vez desde mediados de los años noventa, al inicio de esta crisis hemos asistido a tres cambios claramente diferenciales respecto al modelo distributivo en vigor en las tres décadas anteriores: la desigualdad y la pobreza dejaron de reducirse (aunque no aumentaron) por primera vez desde los años sesenta; por primera vez en muchos años la desigualdad no disminuyó en un contexto de crecimiento económico, y a diferencia de lo que sucedió con la mayoría de los indicadores macroeconómicos (PIB per cápita, déficit público, desempleo, etcétera), durante este periodo se amplió el diferencial con la UE desde el punto de vista de desigualad.

"Si en un tiempo de mareas altas no disminuyó la desigualdad, cabe contemplar con certeza su posible aumento en un periodo de mareas bajas. La evidencia que muestran varios estudios de cierta conexión entre determinadas manifestaciones del desempleo y la desigualdad y la pobreza obligan, inevitablemente, a pensar en un rápido aumento de la desigualdad y de las necesidades sociales. Así, tanto el número de hogares en los que todos los activos están en paro como la tasa de paro de la persona principal del hogar son variables más relacionadas con la desigualdad que los cambios en las cifras agregadas de empleo. La información más reciente que ofrece la EPA deja pocas dudas: en ninguno de los episodios recesivos anteriores crecieron tan rápido ambos indicadores, por lo que cabe pensar en aumentos de la desigualdad y de la pobreza monetaria muy superiores a los de cualquier otro momento del periodo democrático", afirma Ayala.

En efecto, estos datos demolen en parte el viejo bastión español frente a la crisis: el colchón familiar. ¿Cómo van a ayudar los padres a los hijos si comienzan a ser los grandes protagonistas del drama del desempleo? El profesor Josep Pijoan-Mas, del Centro de Estudios Monetarios y Financieros (CEMFI), en el artículo Recesión y crisis (EL PAÍS, 15 de marzo), observaba una preocupante similitud entre esta recesión y la de 1991-1994, cuando el paro trepó hasta el 24%. "Los datos muestran que el aumento de la desigualdad en el ámbito individual se amplifica cuando agrupamos los datos por hogares. Esto sugiere que, contrariamente a la creencia popular, la familia no es un buen mecanismo de seguro en España: cuando un miembro del hogar experimenta descensos de renta, lo mismo sucede al resto de miembros del hogar", indica.

Viejos estudiantes

Afirmar a simple vista que, por primera vez desde la II Guerra Mundial (la Guerra Civil en España), las nuevas generaciones vivirán peor que la de sus padres puede parecer osado. Nunca tantos jóvenes estudiaron en el extranjero (gracias a las becas Erasmus), viajaron tanto (gracias a las aerolíneas low cost) o prolongaron tanto su formación. Pero se trata de una sensación de riqueza ilusoria, apegada al parasitismo familiar. El número de jóvenes españoles que dispone de una independencia económica plena disminuyó desde el 24% en 2004 al 21% en 2008, según el último informe del Instituto de la Juventud (Injuve). El proceso es general en toda Europa. El número de "viejos estudiantes" ha crecido a un ritmo vertiginoso en los últimos años. Así, el 15% del total de estudiantes de la Unión Europea (entendiendo por tales los que dedican todo su tiempo a la formación) tiene ya más de 30 años, según el Informe de la Juventud de la Comisión Europea de abril pasado.

Cuando esos maduros estudiantes se incorporan al mercado laboral les esperan contratos temporales, tal vez para siempre. Y es que según el informe de la UE, el porcentaje de personas que tenía un contrato temporal y no podía encontrar uno fijo se incrementa con la edad. Del 37%, entre los 15 a los 24 años, hasta el 65%, entre los 25 los 29. Atrapados en la temporalidad de por vida, van desengañándose de encontrar algo mejor a medida que envejecen. Muchos cuando rondan la treintena ya están resignados a su suerte.

"Desde luego es la generación que menos periodos de adultez va a tener. Pueden entrar en el mercado laboral a los 33 años y encontrarse con un ERE a los 50 o directamente con la prejubilación. El problema es que ofertamos puestos de trabajo que puede hacer cualquiera. Por eso, curiosamente, los jóvenes van a responder a la crisis dependiendo de las posibilidades que tengan de esperar y formarse adecuadamente. Y en eso es decisivo el poder adquisitivo de los padres y su nivel educativo", señala el sociólogo Andreu López, uno de los autores del último informe de Injuve.

El drama laboral no sólo lo sufren los jóvenes. Puede que los miles de trabajadores que están perdiendo su empleo vuelvan al mercado laboral cuando la crisis escampe, pero no con las mismas condiciones. Por ejemplo, la ingente masa laboral de la construcción que ha sostenido la economía española deberá ocuparse en otros sectores. "Todo lo que aprendieron a hacer trabajando en los últimos años les valdrá de poco o nada. Por tanto, no es de esperar que sus salarios sean muy altos cuando encuentren nuevos empleos. De hecho, la evidencia empírica disponible para Estados Unidos muestra que los desempleados ganan menos cuando salen de un periodo de desempleo y que dicha pérdida salarial es mayor cuanto más largo ha sido el periodo de desempleo", indicaba el profesor Pijoan-Mas.

Los gobernantes han encontrado un bálsamo de Fierabrás contra el paro y la precariedad laboral: innovación y ecología. Los empleos que nos sacarán de la crisis estarán basados en el I+D+i. Es lo que Zapatero ha llamado el nuevo modelo productivo. Sin contar con que los sectores tecnológicos no son muy intensivos en mano de obra, la premisa parte en cierta forma de una falacia: la de pensar que los países emergentes se quedaran parados mientras convertimos los cortijos andaluces en factorías de chips ultraconductores y laboratorios genéticos.

Insiders y outsiders

La globalización también ha llegado al I+D+i. La India, por ejemplo, produce 350.000 ingenieros al año (los mejores en software de todo el mundo), anglófonos y con un salario medio de 15.000 dólares al año, frente a los 90.000 que ganan en Estados Unidos. Por su parte, China está a punto de convertirse en el segundo inversor mundial en I+D. "Cuando despertemos de la crisis en Europa, descubriremos que en la India y en China producen muchas más cosas que antes", avisa Michele Boldrin, catedrático de la Washington University.

Ante este clima de inseguridad y falta de perspectivas, no es de extrañar que el 45,8% de los parados esté considerando opositar y el 14,6% ya esté preparando los exámenes, según una encuesta de Adecco. Ser funcionario se ha convertido en el sueño laboral de cualquier español, y puede ser el último reducto de la clase media. El único peligro es que su factura es crecientemente alta para un país en el que se desploman los ingresos por cotizaciones sociales y por impuestos ligados a la actividad y a la renta. La última EPA refleja que los asalariados públicos han crecido en un año en 116.200 personas, sobrepasando por primera vez la cifra de tres millones.

El coste total de sus salarios alcanzará este año los 103.285 millones de euros, según datos del Ministerio de Política Territorial. Cada funcionario le cuesta a cada habitante 2.400 euros, el doble si consideramos sólo a los asalariados. ¿Puede permitirse una economía tan maltrecha una nómina pública que consume el equivalente al 10% de la riqueza nacional en un año?

Un panorama tan sombrío para amplias capas de la población puede sugerir que pronto se vivirán enormes convulsiones sociales. Algunos advierten de un resurgimiento de movimientos radicales, como el neofascismo. Por el momento, nada de eso se ha producido. Las huelgas generales convocadas por los sindicatos tradicionales en países como Francia o Italia no han tenido consecuencia alguna, porque los más damnificados -parados y mileuristas- no se sienten representados por ellos.

En España, ni siquiera se han convocado paros. Y los llamados sindicatos de clase van de la mano del Gobierno al Primero de Mayo e invitan al líder de la oposición a sus congresos. Un marco demasiado amigable con el poder político teniendo detrás cuatro millones de parados y casi un tercio de los asalariados con contrato temporal.

Puede que no sea muy romántico advertir de que, tampoco esta vez, seremos testigos de una revolución, pero es muy probable que la caída del bienestar se acepte con resignación, sin grandes algaradas, ante la indiferencia del poder político, que llevará sus pasos hacia la política-espectáculo, muy en la línea de algunas apariciones de Silvio Berlusconi o Nicolas Sarkozy, cuya vida social tiene más protagonismo en los medios de comunicación que las medidas que adoptan como responsables de Gobierno.

En esa línea, Santiago Niño Becerra considera que hoy por hoy "la ideología prácticamente ha muerto", y gradualmente, evolucionaremos hacia un sistema político en el que un grupo de técnicos tomará las decisiones y "la gente, la población, cada vez tendrá menos protagonismo.

"Conceptos como funcionarios, jubilados, desempleados, subempleados, mileuristas, undermileuristas irán perdiendo significado. Con bastante aceleración se irá formando un grupo de personas necesarias que contribuirán a la generación de un PIB cuyo volumen total decrecerá en relación al momento actual, personas con una muy alta productividad y una elevada remuneración (razón por la cual su PIB per cápita será mucho más elevado que el actual), y el resto, un resto bastante homogéneo, con empleos temporales cuando sean necesarios, dotados de un subsidio de subsistencia (el nombre poco importa) que cubra sus necesidades mínimas a fin de complementar sus ingresos laborales. La recuperación vendrá por el lado de la productividad, de la eficiencia, de la tecnología necesaria; pero en ese trinomio muy poco factor trabajo es preciso. Pienso que la sociedad post crash será una sociedad de insiders y outsiders: de quienes son necesarios para generar PIB y de quienes son complementarios o innecesarios".

Una impresión bastante similar a la de los italianos Gaggi y Narduzzi que, en su último libro, El pleno desempleo (Lengua de Trapo, 2009), dibujan un marco sociolaboral sin beneficios contractuales, baby boomers (la generación que ahora tiene entre 40 y 60 años) resistiéndose a jubilarse, contratos temporales de servicios y autónomos sin seguridad. Y pese a todo, una masa social amorfa y resignada.

"La masa del siglo XXI es una forma social figurada no material en el sentido de que no es fácil ver las concretas manifestaciones políticas o sociales en la calle, mientras que es normal identificar conductas o comportamientos masificados como la utilización de Google o la pasión por el iPhone. Esto significa que cuatro millones de desempleados son hoy menos peligrosos de lo que lo eran en 1929, porque no hay una ideología política que contextualmente cohesione y aglutine el malestar y la disensión. Y también los sindicatos se han debilitado. La crisis actual rechaza amablemente lo que decíamos en nuestro ensayo del año pasado: el mercado de trabajo se desestructura y se flexibiliza hasta el punto de que aparecen como desocupados de hecho la mayoría de los trabajadores. Es el triunfo del factor de la producción capital, que aparentemente está en crisis, pero que en realidad se aprovecha de la crisis para dar el empujón final a las últimas, y pocas, certezas de los trabajadores", señalan.

Hace cuatro años, Carolina Alguacil hizo una definición precisa y certera cuando acuñó el término de mileurista. "Es aquel joven licenciado, con idiomas, posgrados, másteres y cursillos (...) que no gana más de mil euros. Gasta más de un tercio de su sueldo en alquiler, porque le gusta la ciudad. No ahorra, no tiene casa, no tiene coche, no tiene hijos, vive al día... A veces es divertido, pero ya cansa". Si hubiera que reescribir ahora esa definición sólo habría que añadir: "El mileurista ha dejado de tener edad. Gana mil euros, no ahorra, vive al día de trabajos esporádicos o de subsidios y, pese a todo, no se rebela".

Objetivo: la 'generación tapón'

Internacionalmente se les conoce como baby boomers. En España, le llaman generación tapón y abarca a los nacidos en las décadas de los cincuenta y sesenta, coincidiendo con un boom de la natalidad. Acaparan casi todos los puestos de responsabilidad en la política, los negocios e, incluso, la vida cultural, taponando el acceso a las nuevas generaciones, se supone que mejor formadas.

En el plano laboral, ocupan los trabajos fijos, mejor pagados, protegidos por derechos laborales y sindicatos poderosos, mientras los mileuristas sufren la precariedad y la temporalidad. Los trabajadores con un contrato temporal tuvieron un salario medio anual inferior en un 32,6% al de los indefinidos (Encuesta Estructura Salarial 2006).

Pero no todos los cuarentones son triunfadores o acomodados padres de familia. También ellos sufren su propia dualidad. Los salarios entre ejecutivos y empleados se han agrandado en los últimos años. El salario anual de los directores de empresas de más de diez trabajadores fue superior en un 206,6% al salario medio en 2006.

En tiempos de recesión, los ojos se vuelven hacia ellos. Además de ser el objetivo de los ERE, bajadas de salarios o el recorte de prestaciones, los baby boomers serán los principales paganos con sus impuestos del creciente endeudamiento que están acometiendo los Estados para sortear la crisis. Y eso sin contar la amenaza de la inviabilidad de sus pensiones cuando lleguen a la edad de jubilación, de la que no paran de advertir los malos augures como el FMI. Pero además de una carga laboral son también el principal sostén del consumo. Así que cuidado con quitar el tapón, no vaya a ser que se vaya el gas.

1 Junio 2009

Hoy día es impensable aspirar a mantenerse de por vida en una sola área laboral y por esa razón es necesario estar en constante proceso de formación y actualización. La inestabilidad de muchos sectores de la economía nos obligan a tratar de anticiparnos a cualquier cambio que pudiese suceder. ¿Cómo se logra? Una alternativa es aprovechar las ventajas que ofrecen las nuevas tecnologías para acceder a variadas ofertas de formación de tipo técnico. Un ejemplo de ellas es este título de Instalador Electricista que se imparte desde España.

Aprender un nuevo oficio puede potenciar tu oferta al mercado laboral. Hay un sinnúmero de alternativas para aprender a través de Internet, con lo cual puedes invertir tiempo en tu formación, de acuerdo a tu disponibilidad horaria. En España existe, por ejemplo, este curso de Instalador Eléctrico, tras el cual quedas habilitado para rendir con éxito el examen que se requiere y desempeñarte eficientemente en esta área.

El Instituto Americano de Madrid se encuentra impartiendo un curso eminentemente práctico de Instalador Electricista estructurado en 18 unidades didácticas, en las que aprenderás sobre Electricidad y Electromagnetismo, Cálculo de Circuitos Eléctricos, Fuentes de Luz  y Alumbrado, Instalaciones Eléctricas, Herramientas y Normas de Seguridad.

Reglamento de Baja Tensión

Las unidades están centradas en que puedas adquirir los conocimientos necesarios y las normas que forman parte del Reglamento Electrotécnico de Baja Tensión, RBT, con el propósito de que quedes muy bien preparado para rendir el examen conducente a la obtención del carnet que te habilita como instalador. El examen que puede rendir al final del curso está basado justamente en este reglamento. Por ese motivo, el título técnico lo expide el Ministerio de Industria y Energía de España. Sólo los instaladores eléctricos que cuentan con su carnét pueden efectuar trabajos autónomos en redes de baja tensión, que son las que se usan en el hogar, las oficinas y la mayoría de los establecimientos comerciales. De todas formas, quienes posean los conocimientos técnicos y no estén en poder del carnet respectivo pueden trabajar bajo la dependencia de un instalador autorizado que supervise su desempeño.

En tiempos de crisis, el tiempo no ocupado laboralmente puede ser invertido para la autoformación, pues cuando se pone en movimiento nuevamente la economía, por lo general no se dispone del tiempo suficiente para realizar estas capacitaciones. En el fondo, se trata de una nueva actitud para enfrentar las crisis y entender que pasamos por ciclos de altos y bajas.

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"Necesitamos una tremenda cantidad de energía para comprender la confusión en que vivimos, y el estar convencido de que “tengo que comprender”, produce la vitalidad para investigar.......

Pero no preguntamos. Deseamos información. Una de las cosas más curiosas de la estructura de nuestra psique es que todos queremos que se nos dé información porque somos el resultado de diez mil años de propaganda.

Queremos que otra persona confirme y corrobore lo que pensamos; sin embargo, la pregunta sólo es auténtica cuando uno se la hace a sí mismo.

Lo que yo digo tiene muy poco valor; usted lo olvidará una vez cierre este libro, o recordará y repetirá ciertas frases, o comparará con lo que ha leído en otros libros, pero no se enfrentará a su propia vida.

Y esto es lo único que importa: su vida, usted mismo, su pequeñez, su superficialidad, su brutalidad, su violencia, su codicia, su ambición, su sufrimiento diario y su dolor interminable. Esto es lo que tiene que comprender, y nadie en la tierra o en el cielo lo va a hacer por usted, sino usted mismo".

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    Buscador de conexiones. En la vida real, Master en Comunicación Digital por la UIB, España; Profesor de Estado en Historia y Geografía por la ULS, Chile; Doctorando en Educación mención Mediación Pedagógica. La Serena, Chile. Las opiniones aquí vertidas son personales y no representan necesariamente a las instituciones en las que participo.

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