Siempre me he preguntado ¿de dónde viene esa bronca de los chilenos contra los árboles? No tengo la respuesta, pero intuyo que es una mezcla de falta de conciencia heredada con ignorancia. Todos hemos sido testigos desde tiempos pretéritos que los árboles nuevos en nuestras ciudades poco duran. Basta que se planten en nuestras calles para que luego aquellos anónimos los quiebren y destruyan, y muchos vecinos los dejen morir por falta de cuidado. La Serena, la ciudad donde vivo podría ser un ejemplo de arbolado urbano, casi como Mendoza u otras ciudades argentinas (en la foto), pero es triste mirar sus calles cementadas y el estado de sus parques.  Por eso hay dos acciones que quiero destacar. La primera, es el blog Arboricultura Urbana de Santiago del Pozo, quien impulsa una iniciativa personal que merece ser apoyada: lograr una Ley del Árbol Urbano. La segunda, es esta columna de Cristián Warnken que les presento a continuación y que con mayor estilo que yo aborda esa conducta casi visceral de los chilenos frente a nuestro entorno natural.


En Chile existe un odio atávico, incomprensible, al árbol. La tala indiscriminada, la quema, el abandono, la indiferencia de sus habitantes por los árboles no tienen parangón en la Tierra. Qué paradójico: Chile es pródigo en bosques milenarios únicos, de árboles de hoja perenne, y, sin embargo, ni los habitantes ni las autoridades tienen conciencia del valor sagrado de sus quillayes, ñirres, peumos y araucarias. Cerca de mi casa, en la esquina de Américo Vespucio con Francisco de Aguirre, hay una araucaria abandonada entre torres que se alzan sobre las ruinas de las casas. Siempre al pasar junto a ella me detengo, la venero en silencio y al ver su perfil recortándose sobre el cerro Manquehue, pienso que ella fue seguramente la "majestad" de estos parajes.

En nuestros campos es frecuente que se les ordene a los peones arrancar árboles que "molestan", como si fueran maleza o mala hierba. Y abundan los pirómanos que disfrutan provocando todos los veranos incendios con distintos móviles, pero al final alimentados por el odio atávico al árbol. Es más frecuente ver a funcionarios municipales "disfrutando" de la tala de árboles que a funcionarios municipales plantando árboles. Siempre hay una excusa para arrancarlos, nunca una razón para plantarlos. "Los árboles son santuarios. Quienquiera que sepa escucharlos experimenta la verdad", dijo Herman Hesse. En su reflexión, Hesse apunta a una dimensión hoy olvidada: la de lo sagrado, lo numinoso, lo que no puede ser cuantificado ni medido. El árbol se resiste con todo su ser a ser convertido en mera cifra, en chip , y se yergue, orgulloso de tener las raíces en la tierra profunda y de alzar su copa al cielo. Nosotros debiéramos aprender de ellos la relación con la tierra, con las raíces, con el humus de donde venimos y también con el cielo. Cada árbol que talas es una escalera al cielo que derribas.

El hombre ha venerado al árbol desde siempre, convirtiéndolo en todas las culturas en símbolo axial. Ahí están el Árbol de la Vida, el Árbol del Conocimiento, el Árbol Universal, el Árbol de la Iluminación del budismo. En cualquier villorrio o aldea en los orígenes de la civilización existía una arboleda sagrada, intocable, lugar de peregrinación, de retiro y de sanación. Ni siquiera las tropas invasoras las destruían: podían arrasar las ciudades enemigas, pero jamás sus bosques sagrados.

En Chile hacemos lo contrario: lo primero que sacrificamos son nuestros árboles, víctimas propiciatorias y sacrificiales en el altar de nuestra pasmosa ignorancia e insensibilidad. ¿De dónde nos vendrá nuestro desprecio, nuestro "ninguneo" del árbol? Elicura Chihuailaf, poeta mapuche, al referirse al bosque, habla de "la taberna sagrada". Pero, ¿fue la cultura mapuche una cultura embriagada por la numinosidad de los bosques, o sólo coexistió con ellos? ¿Viene ese desprecio tal vez de los españoles? No sé.

Leo "El legado de los árboles" de Fred Hagener, un estudio de los árboles en relación con las religiones comparadas, mitología y arqueología. Ahí se muestra a pueblos como los celtas y germánicos, cuya religiosidad se basaba en las fuerzas de la naturaleza. Lo mismo sucedía con los egipcios y persas.

En Chile, país donde la naturaleza, por sus dimensiones y radicalidad, debiera haber generado un arraigado "temor sagrado" y venerante de volcanes, bosques, lagos y mar, más bien ha producido una suerte de "fuga", un estado de aturdimiento e inconciencia. ¿Quizás como venganza a una naturaleza que muchas veces nos ha lanzado al abismo?

Querida Araucaria vecina, majestad venida a menos de este Reino de Chile depredado: sueño con el día en que los niños del futuro vengan otra vez a abrazarte, a buscar tu sombra, a recoger los frutos. Si estás todavía aquí, ¡recíbelos con los brazos abiertos, como una madre a sus hijos pródigos!

Fuente: Cristián Warnken en El Mercurio, 2012. La fotografía es una de las avenidas de Mendoza, Argentina, tomada de Flickr