Una hermosa analogía entre el transcurrir de la vida y el fluir del agua es la que nos ofrece Chocobuda en su blog  (Choco Buda) y que reproduzco para ustedes, interesados en nuevas miradas (al menos desde Occidente). Morelos Kyonin es el autor de ese blog que leo regularmente, quien escribe desde México bajo la perspectiva del budismo zen y el minimalismo aplicados a la vida urbana. Bajo esta interpretación e inspirado en el Libro del Tao (Tao Te Ching) ha escrito el siguiente texto, para leer con calma. Si meditas sobre esas palabras y lo aplicas a las situaciones que te ha tocado experimentar, quizás encuentres algunas respuestas.

Mirador en valle del Elqui, Chile. Abajo, el fluir del agua y de la vida.


- La vida es una corriente de agua. Lleva su caudal y dirección, y siempre sigue el camino indicado para llegar al océano.

- Nosotros somos parte de este río proverbial. Nacemos, crecemos y morimos; pero nunca dejamos de ser parte del río.

- Por más que nos esforcemos en hacer que nuestra vida sea significativa y que impacte en la corriente, nunca dejamos de ser pequeñas subcorrientes que se manifiestan en la corriente.

- Cada uno de nosotros tenemos una fuerza propia, motivos distintos para fluir o estancarnos. Nacemos y necesitamos de corrientes más fuertes para que nos lleven de la mano y nos hagan crecer fuertes. Después, cuando generamos nuestro propio momentum, hacemos un caudal independiente.

- Nuestros riachuelos personales siguen el curso del río.

Pero a veces encontramos obstáculos. Hay rocas en el camino y sobra decir que algunas son enormes.

- Cuando encontramos estas piedras, nos estancamos por un momento. Si tenemos mucha fuerza podemos juntar más agua y simplemente cubrir la piedra con nuestro caudal. Si la roca es mayor a nosotros, nos quedamos inmóviles. Pero poco a poco fluimos por el hueco más pequeño y, con constancia, este flujo lo hace más grande para poder pasar a través.

- El agua siempre fluye, aunque hay riachuelos que deciden no hacerlo. Se detienen y comienzan a generar moho. Huelen mal y contaminan a las corrientes que pasan junto a ellas.

- Y al final, cuando nuestras corrientes personales pierden fuerza, son absorbidas por el gran río principal. Regresamos a él para dar paso a nuevos torrentes.

- Somos como el agua. Fluimos.

Si ves la vida desde este punto de vista y lo aplicas a tu propia existencia, verás que poner resistencia y tener apegos es inútil. Es mejor simplemente fluir.

¿Qué tipo de corriente eres? ¿Fluyes con la frescura y sin apegos? ¿Te estancas con el moho por años?