“En vez de invertir tantos recursos en democratizar, en tratar de aplicar teorías pedagógicas modernas o postmodernas, se debiera centrar el esfuerzo en motivar la constitución y presencia de auténticos maestros en nuestras salas de clase. Es claro que ciertas ideas que gozan del aplauso nos pueden llevar a soluciones peores que la enfermedad”, sentencia el otrora profesor de castellano y hoy celebrado entrevistador de “La belleza de pensar”.


Mejorar las metodologías, hacer clases donde todos participen, bajarle el perfil al profesor expositor, no reducir la educación a información y contenidos, son ideas políticamente correctas que han sido aceptadas por el sentir común y por parte importante del gremio de profesores. Es decir, las ideas-fuerza de la reforma educacional han sido progresivamente aceptadas. Y yo veo ahí un peligro tremendo.

He sido profesor y he sido alumno, y creo que el gran problema no son las medologías ni los currículos ni las clases expositivas contra las clases participativas. Hay una frase muy buena de Ernesto Sabato: “Platón con un pésimo programa haría una clase estupenda, y un mal profesor con un excelente programa haría una pésima clase”.

En esta exposición yo quiero rendir un homenaje al encuentro –quizás una de las cosas maravillosas de nuestra cultura occidental de un alumno y un gran profesor. Nuestra cultura y la vida misma están hechas de estos encuentros. No me acuerdo de ninguna clase participativa, donde nos instalaban en una mesa redonda a hablar de cualquier tema, pero sí me acuerdo de algunas clases increíbles de un profesor que me movió el piso, que me cambió el mundo y me estimuló a buscar nuevos rumbos.

Populismo educacional

Hay un poema muy hermoso de Friedrich Hölderlin a propósito de esta especie de populismo, de esta idea incorrecta de eliminar la figura del “profesor autoritario” y de colocarse al nivel de los alumnos. El poema se llama “Falsa popularidad” y dice así:

Qué bien conoce a los hombres/ Con los niños es un niño, pero el árbol y el niño buscan aquello que los sobrepasa.”

Esta idea me parece muy hermosa, y tiene que ver con la vieja idea desprestigiada del maestro y el discípulo. Gran parte de la historia del pensamiento occidental viene de esa admiración por el profesor extraordinario y la consecuente superación de ese maestro. Platón tuvo un excelente profesor, que fue Sócrates. Si no hubiese habido encuentro, y no hubiese habido ese Sócrates en un banquete, exponiendo sobre el tema del amor y del héroe, no hubiera existido Platón y no hubiera existido la filosofía que se desarrolló después.

Otro ejemplo tiene que ver con Rimbaud. El es el poeta que inicia la vanguardia, que inventa un mundo nuevo. Siempre ha sido identificado como el alumno rebelde; muchas veces los poetas malditos se identifican con su figura sin haber leído jamás un verso suyo; poeta maldito sería aquel que llega borracho, que toma hartas drogas: el desarreglo de los sentidos aceptado como idea literal.

Rimbaud fue el mejor alumno de su clase, el alumno estrella que sabía latín mejor que nadie, que escribía hexámetros prodigiosos y era el orgullo del colegio. Lo más importante en su vida, junto con ese impulso que a lo mejor llevaba en los genes, es el encuentro con un profesor que llegó por casualidad a la ciudad de Charleville. Entre ambos se formó una relación de maestro-discípulo, y gracias a ese profesor Rimbaud se puso en contacto con lecturas que transformarían su vida. Ahí se produce una tensión entre la tradición y la rebeldía. Rimbaud parte de una tradición muy fuerte, que es la tradición de la cultura francesa, y es un rebelde frente a esa tradición. Pero en esa tensión, y en ese encuentro con modelos frente a los cuales rebelarse, es posible después el Rimbaud que camina en las afueras de Paris con las manos en los bolsillos recibiendo la lluvia e inventando una nueva poesía.

Otro caso importante se da en el poema La Odisea, que es en sí un poema pedagógico, donde fue educado todo el mundo helénico. Se aprendían muchas cosas en ese poema. No solamente literarias, sino elementos técnicos de la navegación, cómo se construían los barcos, cómo llegar a ciertos puertos. Y una de las historias centrales de la Odisea es aquella de Telémaco. El perdió a su padre, Ulises, y tiene que iniciar la búsqueda, pero necesita un impulso inicial. Quien se lo proporciona es Pallas Atenea, la diosa que se le aparece bajo la forma de un navegante de nombre Mentor, auténtico maestro que proporciona a Telémaco la pauta de su acción futura.

Ni Rimbaud ni Telémaco se formaron en clases participativas ni en clases abiertas o, entre comillas, democráticas. Fue el encuentro desencadenante y emocionante entre un profesor y un discípulo el que les dio forma.

La moda de las teorías

Gabriela Mistral tenía esto muy claro. Ella, que fue una gran innovadora en su tiempo, pensaba que el profesor tenía que ser un narrador. Es decir, que la clase de matemáticas tenía que contarse y narrarse, que la clase de zoología debiera ser una narración, y que los profesores debían ser grandes narradores, tipos que fueran capaces de contar o transmitir con un poder especial de la palabra, esa cultura tan necesaria. Sin embargo, nunca se le ha hecho caso a Gabriela Mistral.

Nuestras autoridades en el Ministerio de Educación buscan más ciertas teorías que están de moda, que además han demostrado muchas veces su fracaso en otros países, y se gastan millones inútiles, cuando el problema central es la figura del profesor. Lo esencial es invertir una gran energía para tener muy buenos profesores.

Ahora, estimo que el colegio en sí es un lugar insano, psicopatológico. Yo lo pasé muy mal -fui súper hiperkinético-, pero ya que existe ese colegio, hay que bregar para que en esa lenta tortura de la pedagogía se puedan producir los encuentros entre maestro y discípulo que posibiliten los viajes que cada uno tiene que realizar en su vida. Así, en vez de invertir tantos recursos en democratizar, en tratar de aplicar teorías pedagógicas modernas o post- modernas, se debiera centrar el esfuerzo en motivar la constitución y presencia de auténticos maestros en nuestras salas de clase. Es claro que ciertas ideas que gozan del aplauso nos pueden llevar a soluciones peores que la enfermedad. Me temo que estas innovaciones pedagógicas, este “aprender a aprender”, pueden llevar a encubrir la mediocridad de un profesor.

Trabajando en el MECE me tocó recorrer varias ciudades, y recuerdo haberme encontrado con varios profesores que me decían “ahora estamos muy contentos, porque la clase ya no la hacemos nosotros, la hacen los chiquillos”. ¿Y cómo la hacen? “Se sientan los chiquillos y nosotros les proponemos un tema, lo escribimos en el pizarrón y decimos hablemos de este tema, qué piensas tú, de dónde viene esto”. ¿Qué ocurre ahí? Ese profesor, que nunca ha recibido formación, y ya en el sistema tradicional era un mal locutor, se transforma ahora simplemente en un moderador y lo que ocurre en clase es simplemente la nada y el vacío.

Un profesor delirante

Una vez escribí un artículo titulado “Profesor de la Antártida baila en las estepas polares”. Trata de un profesor destinado a Villa las Estrellas por 15 años, horario completo, 58 horas semanales, salario de miedo. Era una autobiografía mía. Yo trabajaba en Osorno, era un profesor taxi, trabajaba todo el día haciendo clases, trataba de hacer leer a Dostoiewski a mis alumnos, y se producía la rebeldía de las autoridades y los apoderados, que transmitían sobre este discurso de la clases participativa. Este profesor es un tipo delirante que obliga a los alumnos a estudiar a Virgilio y a Jorge Teillier. Y en una especie de arrebato de lucidez y de locura, se le hace una entrevista. -¿Qué le parece a usted la municipalización que, según sabemos, ha llegado incluso a la Antártida?

Y él responde: “No hablemos de decretos, yo sólo sé que las estrellas australes rigen todos los destinos”.

-Algunos dicen que usted está loco, profesor.

Mi vida es de una cordura que espanta; quiero morir bailando frente a lo Uno y no gimiendo en las puertas de los ministerios”.

-¿Qué les enseña a los alumnos?

“Ultimamente, sólo latín y griego. Lo demás es paja molida. Hay que prepararlos para un futuro donde se librarán duras batallas decisivas, habrá que dominar algoritmos, raíces de lenguajes complejísimos, para derrotar a los enemigos y caminar en las tinieblas. Latín y griego como base de la memoria colectiva de los chilenitos del 2000”.

No sé qué habrá pasado con ese profesor. Ojalá que no se haya convertido a esta nueva tentación, a estas voces de sirena que invitan seductoramente a cambiar la educación y a tratar de transformar la sala de clases en una especie de asamblea de ideas. Evidentemente tiene que haber una libertad, la educación tiene que invitar a un viaje y a un riesgo, pero tiene que partir de algo. Yo prefiero que haya una tradición frente a la cual rebelarse, una tradición fuerte, prefiero que haya un maestro fuerte como Mentor, que le de la pauta a Telémaco y que no lo deje botado en el océano y le diga, “oye, tenís que buscar tú mismo cómo llegar a encontrar a tu padre”.

Sería pavoroso que producto de esta nueva idea de aprender a aprender, que puede tener una muy buena intención en el fondo, empecemos a olvidar el nombre de las cosas, empecemos a olvidar las pocas informaciones que tenemos y que nos dan una cierta columna vertebral, o que desaparezcan las tradiciones frente a las cuales tenemos el legítimo derecho de rebelarnos para construirnos desde cero.

Hoy en Chile estamos ante tres escenarios posibles. Uno es seguir con lo que tenemos, que es una educación liderada por profesores expositivos que en términos generales hacen pésimas clases. Otro es propiciar la acción de excelentes expositores. Imagínense a un Claudio Teitelboim haciendo una clase de física, o a Francisco Varela haciendo la clase de biología. El tercer escenario es esta mesa redonda mesa redonda donde no hay profesor y donde vagan unas ideas vagas que nos sumergen en una nada pavorosa...

Fuente: Cristián Warnken, Ponencia presentada en jornada "Acerca de la Educación", Universidad de Viña del Mar, Chile, 2001.