“No cambies la salud por la riqueza, ni la libertad por el control”, Benjamin Franklin.


El control es un general ambicioso y despiadado. Hijo de la desconfianza y del miedo al cambio, rige con mano de hierro la vida de miles de personas. Y cada día más voluntarios engrosan las filas de su numeroso ejército. A cambio de lealtad incondicional nos ofrece protección y previsión. Sin embargo, con el paso del tiempo va empequeñeciendo y empobreciendo nuestro mundo, pues elimina –en la medida que puede– cualquier atisbo de espontaneidad e improvisación.

La necesidad de control se despierta en nosotros durante la infancia, cuando forjamos nuestro concepto de identidad. Y según los expertos, tiene una valiosa función biológica: es la responsable de la evaluación de las situaciones a las que nos enfrentamos en nuestro día a día, y contribuye a detectar potenciales amenazas que pudieran atentar contra nuestra supervivencia, tanto física como emocional. Nos proporciona la información que nos permite ubicarnos y evitar los posibles contratiempos que puedan surgir. Y en el caso de que resulten inevitables, nos ayuda a prepararnos para responder ante ellos de la mejor manera posible.

Resulta un mecanismo de adaptación al medio tan necesario como útil. Pero el control, ambicioso, quiere abarcarlo todo. Y quienes delegan en sus férreas manos su bienestar, su tranquilidad y su seguridad, pagan un alto precio por sus servicios. No en vano, al ir dejando bajo su tutela las distintas parcelas de nuestra vida, vamos consolidando la creencia de que estaremos bien en la medida que lo tengamos todo bajo control. Llegados a este punto, en vez de ayudarnos a adaptarnos a nuestro entorno, este mecanismo de supervivencia intenta que nuestro entorno se adapte constantemente a nuestras necesidades, deseos y expectativas.

Límites que asfixian

“Todos quieren ser amos de los demás y ninguno el dueño de sí mismo”, Ugo Foscolo

Existen cientos de maneras diferentes de “controlar” una situación, pero todas ellas persiguen ejercer la mayor influencia posible sobre los demás y sobre nuestras circunstancias. Cuando lo logramos, nos sentimos cómodos y seguros, cerca del bienestar que ansiamos. Pero en el momento en que algo se sale del minucioso esquema que hemos diseñado, el malestar y la insatisfacción se adueñan de nuestras conductas y actitudes. E inevitablemente, éstas se convierten en fuente de conflicto, repercutiendo en nuestras relaciones. Especialmente, en las que mantenemos con nuestro círculo más cercano. De ahí la importancia de plantearnos si el control es la conducta más eficiente para lograr los resultados que queremos.

Uno de los aliados más fieles a la necesidad de control es la preocupación. Una palabra que consume horas y horas de miles de vidas. A través de la pregunta “¿Y si…?” a menudo infecta nuestros pensamientos, atrapándonos en imaginativas elucubraciones que suelen ser fuente de ansiedad y malestar. Nuestra falta de confianza alimenta nuestra resistencia al cambio, y nos convierte en esclavos del control. Bajo su mando, nos convencemos de que es ‘necesario’ asumir competencias que no nos conciernen. No en vano, creemos que es el único modo de garantizar que las cosas salgan como nosotros esperamos.

Pero en el proceso, el ambicioso control nos limita. Nos previene contra la incertidumbre y nos advierte del peligro del cambio. Impide que nos ‘relajemos’ y que disfrutemos del momento que estamos viviendo. Y exige que en su nombre sacrifiquemos la fluidez y la espontaneidad. Además, sin coste extra, nos proporciona dosis regulares de tensión, ansiedad y preocupación. Pero, ¿cómo podemos romper este círculo vicioso? En primer lugar, tenemos que estar dispuestos a desenmascarar nuestras carencias y motivaciones. Y este proceso pasa por aventurarnos a bucear en lo más hondo de nosotros mismos. En esencia, se trata de ir más allá de las creencias limitadoras que nos impiden gozar de una perspectiva más amplia, aprendiendo a relacionarnos con nuestras circunstancias desde un punto de vista más objetivo y constructivo.

Inspirar a través del ejemplo

“Si no tienes la libertad de elegir tu propia actitud, ¿qué otra libertad esperas poder tener?”, Arturo Graf

Si nos permitimos conectar con nuestra vulnerabilidad, que tanto tiempo invertimos en proteger, podremos comenzar a desarrollar el músculo de la confianza. Y eso nos permitirá aprender a regular nuestra desatada necesidad de control. De este modo, podremos comenzar a reconstruir la relación que mantenemos con nosotros mismos y con las personas de nuestro entorno.

Paradójicamente, en la medida que encontramos nuestro propio equilibrio interno y soltamos el control, nuestro poder de influencia aumenta. En vez de dar consejos a los demás, les inspiramos a través de nuestro propio ejemplo. Y como consecuencia, quienes están a nuestro alrededor ya no siguen nuestro criterio por obligación, sino porque nos valoran y nos respetan por quiénes somos.

Llegados a este punto, vale la pena observar a nuestro alrededor y verificar a través de nuestra propia experiencia que todo está en un continuo proceso de transformación. El cambio es inherente a la vida. Podemos ignorar este hecho, y seguir centrándonos en controlar nuestras circunstancias, o podemos dedicar nuestra atención y energía a lo único que verdaderamente podemos controlar: la actitud y la conducta que tomamos ante ellas. Como ya advertía Sócrates, “La verdadera batalla se libra en nuestro interior”.

En clave de coaching:

-¿Qué te aporta la necesidad de control? -¿Qué resultados obtienes cuando la pones en práctica? -¿Qué ganarías si te liberases de su influencia?

Libro recomendado: “Fluir (flow)”, de Mihaly Cskiszentmihalyi (Kairós)

Fuente: Irene Orce, La Vanguardia, España.