El reclamo del senador Pablo Longueira sobre la falta de un "relato" en el gobierno de Sebastián Piñera lleva varias semanas circulando en el ambiente político chileno. Habrá que esperar hasta el 21 de Mayo para conocer de boca del tradicional mensaje presidencial si el pedido ha sido escuchado en palacio o si se seguirá ignorando las demandas de muchos de sus partidarios.
La carencia de relato apuntada da para escribir muchas líneas. Por el momento, para quienes interpretamos la realidad -incluida la política- desde una perspectiva de la ontología del lenguaje, el diagnóstico del senador Longueira es muy acertado. Los gobiernos de la Concertación fueron muy eficientes en aplicar muchos de estos principios para gobernar, en aspectos tales como la capacidad de escuchar, la promoción de competencias blandas, el desarrollo de la empatía con la ciudadanía, la construcción de un discurso coherente con su forma de interpretar. En suma, fueron gobiernos muy "resonantes". Y todo, en el lenguaje (y la emoción). Basta recordar los talleres que implementó Julio Olalla para el gobierno de Michelle Bachelet.
Pero, el senador Longueira pese a su evidente capacidad política e intuición, carece de formación "ontológica". Eso queda de manifiesto en sus intervenciones en televisión, por ejemplo, cuando trata -y no logra- persuadir sobre el concepto de falta de relato. Corporalmente eso se nota. Y no es falta de capacidad, sino carencia de distinciones para argumentar su idea. Lamentablemente, es posible -pese a la presencia de Fernando Flores en el gobierno- que haya poco espacio a estas ideas en él porque la mayoría que está hoy en el poder no sabe leer la realidad desde esta perspectiva. Eso se llama "ceguera cognitiva" (ignoro que no sé).
Definitivamente, el sello del gobierno actual es otro: la técnica, los instrumentos, la eficiencia, la "verdad", el despliegue hiperkinético. El drama es que aquéllo no genera adhesión ciudadana.
Y a propósito de relatos, esta semana ha estado en Madrid Raúl Rivera Andueza, quien encabeza en Chile el Foro Innovación. Allí ha presentado el libro Nuestra Hora, los latinoamericanos en el siglo XXI, que justamente es el más claro ejemplo de cómo se construye un relato. El País le ha dedicado la siguiente crónica titulada "Latinoamérica como un privilegio:

"Ha llegado la hora de vernos como somos y de que el mundo nos vea como realmente somos", proclamaba el jueves Rivera ante su público en la Casa América de Madrid. Solo con ir al cine de vez en cuando, cualquiera habrá visto Latinoamérica retratada como la tierra de los dictadores, el narcotráfico y la violencia. "¿Somos así?". Rivera se contestó con un macabro recuento de dictadores del siglo XX que comparaba su legado de víctimas y en el que llamó a los latinoamericanos "amateurs".
Quizá no es novedoso a estas alturas de la crisis económica oír decir que es el momento de América Latina. Es una región con las mayores reservas de agua potable del mundo, las mayores reservas de materias primas, 600 millones de personas en un territorio que es cuatro veces Europa o, más significativo, más grande que Estados Unidos y China juntos. El precio de las materias primas está inundando los países sudamericanos de dinero. La región tiene un PIB per cápita en torno a la media mundial de 10.000 dólares. "¿Pobres? Los pobres están en otros sitios, en África y en Asia". Todo eso está en el libro de Rivera. Lo novedoso del discurso es el empujón para tomar esos datos y empezar a construir un futuro. Su libro no es una propuesta, es una arenga. No opina, da órdenes.
"El libro es cualquier cosa menos optimista, es realista", le gusta matizar a este empresario chileno que preside la fundación Foro Innovación en su país. Rivera asegura que "la potencia del mensaje es que está inspirado en la realidad". "Lo único que estoy diciendo es que miremos la realidad y nos demos cuenta de qué nos dice. Miremos los datos y los interpretemos objetivamente". Es un libro para desmontar mitos y prejuicios sobre América Latina. "Los lugares comunes no admiten análisis".
A pesar del entusiasmo, Rivera trata de poner cautelas a su análisis. "Si nosotros no nos creemos el cuento vamos a tener enormes dificultades", explica. "Cuando tú no sabes quién eres y no te das cuenta de lo que has logrado te va a costar mucho proponerte hacer cosas y mantener tu camino. El libro es un llamado de atención más que una convocatoria al optimismo, a entender quiénes somos y a dejar atrás la idea de que somos distintos y desunidos".
Esa realidad es que, en lo político, Latinoamérica ha encontrado el camino a la democracia después de un desolador siglo XX. Las ideologías que tensionaron el continente han desaparecido. Además, Rivera destaca que la región sobrevivió a la explosión demográfica y la migración del campo a la ciudad. "Somos una de las regiones más urbanizadas del mundo", destaca (casi 400 millones de latinoamericanos vivían en ciudades ya hace 10 años).
En cuanto a la miseria, hoy el 60% de la población es de clase media. "Hemos eliminado cinco millones de pobres al año en la última década". Rivera asegura que es cuestión de tiempo que todos los países reduzcan la pobreza al nivel del suyo, Chile (menos del 20%), que ha marcado la pauta del éxito económico al continente.
La mentalidad no sólo está cambiando en las élites reunidas en Madrid el jueves para escuchar a Rivera. En las calles de Latinoamérica "la gente ha tomado conciencia de que tiene un nivel de vida inimaginable para sus padres". Una mayoría tiene casa, sanidad, educación y un teléfono móvil, detalle más importante de lo que parece. "Es una realidad al partir de la cual puedes empezar a construir".
Más que un libro sobre coyuntura económica Nuestra hora, los Latinoamericanos en el siglo XXI, es una charla motivacional para el continente. Para Rivera, ha llegado el momento de que los latinoamericanos dejen de sentirse como tales "solo cuando vienen a Madrid", que es el único lugar desde donde se los ve a todos igual. "Somos una civilización. Llegó la hora de reconocernos como tal", proclama.






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