Al fin me atrevo a proponer un símbolo nacional, uno que no está extinguido, sino que florece y nos describe como quizás ninguna encuesta podría hacerlo. Se trata de la camioneta doble cabina.
En primer lugar, es transversal. Las hay de todo tipo y en todos los sectores sociales. Tienen un largo espeluznante, un ancho que supera la pista y un alto que infunde miedo. Parecen tanques a toda velocidad. Atrás suelen llevar el invento más insolente que se haya concebido: las mismísimas motos de agua. Otras, con mayor sobriedad, cargan motores y fardos, mientras la mayoría es un verdadero bazar lleno de cajones de verduras, colchones y parrillas.
Las doble cabina son una suerte de anfibio, a medio camino entre el camión y el auto. Constituye un espécimen particular, que reúne el trabajo con el tiempo libre, los sueños de poder hacer por sí mismo tareas pesadas y de llevar a la familia a confines no conocidos. Así, en ellas, se puede ejercer el poder con plena autoestima.
El símbolo nacional que propongo representa lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Ellas han democratizado la sociedad chilena; han permitido a un sector muy amplio emprender su propio negocio, tener más autonomía y, al mismo tiempo, pasear en familia como nunca se pudo hacer antes. Sólo la carreta cumplió en la historia esa función maravillosa de reunir el trabajo con el ocio y al proveedor con la prole y los parientes. No lo hizo así ni el coche, ni el caballo. Por ello, son un símbolo de ese Chile siempre amigo del choclón y la abundancia.
También representan esa forma agresiva, arrogante, desconsiderada con que ejercemos el poder, cualquier tipo de poder. En cuanto lo tenemos, lo usamos hasta el límite de su capacidad, lo explotamos, exhibimos y estrujamos hasta la última gota. Nos gobierna lo que se puede y no lo que se debe. Si se trata de andar a toda velocidad, tirar polvo a los peatones en los caminos de tierra, mojarlos en los paraderos de buses, se hará sin miramientos. En los atochamientos de las carreteras avanzarán por la berma de la derecha; entre más carga lleva, más se instala en la pista izquierda, ojala de subida.
La falta de respeto con que manejamos los chilenos -todos- es la cara de nuestra pobre civilidad, o como se dice ahora, nuestra carencia de responsabilidad social. Quizás por eso trabajamos tanto y somos tan improductivos. Se nos escapa la sintonía fina de esos vínculos que no son laborales ni familiares, sino civiles y comunitarios.
Simbólicamente -para no pelearme con los dueños de camionetas de doble cabina, entre los que tengo buenos amigos- representan ese espacio del respeto que nuestra cultura ha abandonado como un territorio baldío, saturando de antipatía aquellos espacios -las calles y las carreteras- en que nos relacionamos sin nombre y apellido.
Raúl Ruiz dijo alguna vez que en el Chile de hoy sólo los pobres eran elegantes. Y tiene razón. La belleza conservadora de su argumento se me figura una necesidad imperiosa de una nueva elegancia común, de rey a paje, donde lo debido sea más fuerte que lo posible.
Fuente: Sol Serrano, Revista del Sábado, diario El Mercurio, 12 de marzo 2011.







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