Siguiendo con las ideas del alemán Dietrich Schwanitz, ofrecemos su interpretación acerca del psicoanálisis como teoría que compite en el mercado de las ideologías.
El psicoanálisis es a nivel individual lo que el marxismo a nivel social: posee una teoría de la evolución y de la caída (en vez de divisón en clases sociales, disociación neurótica), un programa revolucionario (en vez de liberación del proletariado a través de la revolución, liberación del inconsciente a través de la terapia) y un departamento dedicado a la sospecha extremadamente activo (en vez de desenmascaramiento de las ideologías, desenmascaramiento de las represiones).
La división marxista de la sociedad en burguesía, proletariado y aristocracia se corresponde con la división de la psique en yo, inconsciente y superyó. Así como la burguesía se ocultaba a sí misma su parte de responsabilidad en la miseria del proletariado, el yo (con la ayuda del superyó) reprimía lo sucio, lo doloroso, lo inconsciente. Y así como los comunistas incitaban a la rebelión en las fábricas y conspiraban clandestinamente, el inconsciente metía ruido y desenmascaraba con agudeza los comunicados oficiales del yo o bailaba en las calles en el carnaval del sueño. Contra él, el yo hacía uso de la represión policial y censuraba los llamamientos a la rebelión del inconsciente. Freud describió la psique en los términos en los que los socialistas de su época describieron el Estado policial capitalista.
Esto explica la facilidad con la que pudo producirse la simbiosis entre psicoanálisis y marxismo: así sucedió en la Escuela de Frankfurt o, en diferentes proporciones, en sus distintos teóricos: Wilhem Reich, Erich Fromm, Theodor Adorno, Marx Horkheimer y Herbert Marcuse. Después de Mayo del 68, el "psicomarxismo", mixtura de marxismo y psicoanálisis, dominó casi por completo el mercado, y su alianza multiplicó la efectividad de sus respectivos departamentos antiideológicos: ahora no había teoría ni opinión alguna que no pudiese ser desenmascarada no sólo como ideología capitalista, sino como síntoma oral, como resultado de un complejo de Edipo o como represión del deseo de acostarse con la propia abuela. Este psicodiscurso se dividió en el discurso de la autoexploración y en el discurso centrado en la sospecha de los otros.
El moho de la sospecha recubrió todas las formas de interacción social. Todos veían en los demás las razones ocultas de su comportamiento: represiones, traumas, neurosis, bloqueos, o complejos, lo que explica la imposibilidad de entendimiento producida por este mismo discurso. ¿Quién iba a reconocer que ignoraba las razones ocultas de su propio comportamiento y que le faltaba un tornillo? A nadie le gusta reconocerlo, pues todos quieren que se les tome en serio y que se les trate como personas responsables. Pero esto vuelve a confirmar la sospecha de la represión.
Así pues, la receta del éxito mercantil del psicoanálisis era distinta de la del marxismo: era el propio psicoanálisis el que creaba los problemas frente a los que él se ofrecía como solución. Este hecho despertó la avidez del mercado. Cuanto más crecía el psicoanálisis, más remesas teóricas se demandaban. Era como una bebiba que da sed, una especie de necesidad que se alimenta a sí misma, en una palabra: una droga. Por lo que se refiere a su función social, los psicoanalistas bien pueden compararse con la mafia de la droga, dado que ellos mismos crean la necesidad que después convierten en la fuente de sus ganancias.
Pese a cierta saturación del mercado, el psicoanálisis ha sobrevivido a la bancarrota de su viejo colaborador socialista o incluso se ha beneficiado de ella, pues ha captado nuevos clientes. La prolongada colaboración se debió al hecho de que ambos compartían la misma herencia hegeliana. Hegel había relatado la historia a modo de novela de formación de un individuo. El modelo de desarrollo (en un caso la sociedad, en otro el individuo) era el mismo, y por eso Marx y Freud pudieron fundir sus empresas. Pero de esta fusión nació una filial: el feminismo, que vino a sustituir la lucha de clases por la lucha de sexos; y la misma teoría freudiana de la represión fue desenmascarada como represión del abuso cometido contra la mujer.
Imágenes: Marcelo Pérez y Rafa Bertone.




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