Hace diez años, uno de los neurólogos más célebres del mundo, Antonio Damasio, publicó "El Error de Descartes", un asombroso viaje de 270 páginas por el cerebro humano, un estudio donde se demuestra lo inesperado: que la emoción es parte esencial de la razón y no su más popular enemiga.
El viaje comienza con el horrible accidente sufrido por Phineas Gage, un trabajador de los ferrocarriles a quien una barra de hierro de un metro de largo le penetró el cráneo en 1848. Le entró por la mejilla izquierda y le salió por encima de la cabeza. Gage ni siquiera perdió el conocimiento. Pero nunca más fue él. Aquel amable y tranquilo trabajador fue poseído por un soez espíritu que animaba al mismo cuerpo del buen Phineas.
A partir de casos semejantes y de su experiencia clínica con pacientes afectados de daño cerebral, Damasio nos lleva a concluir que mente y cuerpo no están relacionados, sino que son lo mismo. La actividad mental, desde sus más simples aspectos hasta los más sublimes, requiere tanto del cerebro como del cuerpo.
René Descartes, el filósofo y matemático francés del siglo XVII, a quien tanto debe la ciencia, nos tiene todavía convencidos de un gran error, según Damasio: "El enunciado quizá más famoso en la historia de la filosofía, aparece primero en la cuarta sección de El discurso del método (1637), en francés (Je pense donc je suis: pienso, luego existo); y luego en la primera parte de los Principios de filosofía (1644), en latín (Cogito ergo sum). Tomado literalmente, el enunciado ilustra precisamente lo contrario de lo que creo que es verdad acerca del origen de la mente y acerca de la relación entre mente y cuerpo. Sugiere que pensar, y la conciencia de pensar, son los verdaderos sustratos del ser".
Descartes plantea que el cuerpo y la materia, la cosa extensa (res extensa), son de sustancia diversa a la cosa pensante (res cogitans). Esa convicción ha perdido a la medicina y, sobre todo, a la psiquiatría, en inútiles y dañinas distinciones entre problemas "neurológicos" y "psicológicos" o "psiquiátricos". Esta es una "infortunada herencia cultural que permea la sociedad y la medicina.
Refleja una ignorancia básica de la relación entre cerebro y mente. Las enfermedades del cerebro se ven como tragedias caídas sobre personas que no pueden ser culpadas por su enfermedad, mientras que las enfermedades de la mente, especialmente las que afectan la emoción y la conducta, se ven como inconveniencias sociales de las que los pacientes tienen mucho de qué responder".
Del mismo error se deriva nuestra concepción de las emociones y la razón. Unas pertenecen a los niveles primitivos, animales, del cerebro. La razón es producto de la más reciente evolución. Falso, dice Damasio. Y con datos precisos de vías neurales explica la compleja trama de sensaciones corporales, emociones, memorias, razonamiento y sus múltiples rebotes entre estaciones de relevo que hace que la razón no sea nunca "pura".
Más aún, resulta todavía más sorprendente que "la ausencia de emoción y sentimiento no sea menos dañina, no menos capaz de comprometer la racionalidad que nos hace distintivamente humanos".
Damasio propone que la razón humana depende tanto de "niveles bajos" como de "niveles altos". Para producir razón cooperan tanto el tallo cerebral y el hipotálamo, "inferiores", como la "alta" corteza prefrontal. "Emociones y sentimientos no son para nada intrusos en el bastión de la razón... Las estrategias de la razón humana probablemente no se habrían desarrollado, ni en la evolución ni en cada individuo particular, sin la fuerza guiadora de los mecanismos de regulación biológica, de los cuales emoción y sentimiento son expresiones notables".
La mente, sostiene Damasio, deriva no sólo del cerebro, sino del cuerpo entero como un conjunto. No dice que el cuerpo contribuya como apoyo vital del cerebro y por lo tanto de la mente. "No digo que la mente está en el cuerpo", recalca, sino que el cuerpo contribuye con un contenido que es parte de la mente normal. "El yo es un estado biológico reconstruido repetidamente". Un cerebro sin cuerpo, como puede imaginarse en ciencia ficción o en experimentos mentales, "no tendría una mente normal".
El lenguaje de Damasio se adapta al de un relato, el más insondable de cuantos podamos imaginar en ficción literaria porque va al asunto primordial: "Quizá la complejidad de la mente humana sea tal que la solución del problema jamás pueda ser conocida a causa de nuestras inherentes limitaciones. Quizá ni siquiera deberíamos hablar de un problema, sino de un misterio, marcando una distinción entre preguntas que pueden ser satisfactoriamente abordables por la ciencia y preguntas que es posible que eludan a la ciencia por siempre".
La conciencia
Luego del enorme éxito de este libro, convertido pronto en bestseller, en 1999 ya tenía Damasio otro ensayo formidable, esta vez sobre un tema todavía más apasionante: la conciencia. Era el tema natural para quien se pregunta si la mente humana es abordable desde la mente humana.
The feeling of what happens. Body and emotion in the making of consciousness avisa desde el subtítulo que el cuerpo y la emoción están imbricados en esa mirada, donde nos vemos viendo y nos sentimos sintiendo, que llamamos conciencia. El de Damasio se une a los estudios que Dennett, Chalmers, Crick, Edelman, Koch y mis favoritos, Penrose y Searle, han dedicado al tema que la psicología se prohibió torpemente a sí misma por casi un siglo. Penrose, un físico y matemático, ha aportado más al estudio de lo que nos hace humanos que varias legiones de psicólogos.
En noviembre pasado, la reseña semanal que Science dedica a libros, anunciaba una joya: Mind. A brief introduction, de John R. Searle, publicado por Oxford University Press. La brevedad del título y la modestia en la aclaración dicen poco sobre esta refutación "del marco cartesiano completo", como la llama Koch en su comentario. "Searle argumenta que
1) la conciencia es causalmente reducible a las microvariables relevantes (esto es, a su sustrato neurobiológico), aunque
2) la conciencia no es ontológicamente reducible a los procesos cerebrales".
Un párrafo que da para muchos libros al respecto.
Fuente: El error de Descartes
Reseña de Luis González de Alba
Publicada en la revista «nexos» 327, marzo de 2005.
¿No encontró lo suficiente? Búsquelo en Google desde aquí:






5 comentarios
José Miguel Pueyo, psicoanalista
14 oct 2010 | 08:51 PM
José Miguel Pueyo, psicoanalista
Quizá Damasio haya olvidado que lo que dice, algo al menos y no trivial, no es suyo sino de Freud. Así se lee en La Contra de La Vanguardia, Sábado, 9 de octubre de 2010, “Hemos inventado la otra vida como paliativo para el dolor causado por esa destrucción del vínculo entre humanos…” Freudiano, demasiado freudiano, como diría aquel filósofo bávaro que no quiso serlo, Friedrich Nietzsche, pues la idea procede de El malestar en la cultura, 1929 (1930) del primer psicoanalista. Damasio, a imitación de Michel Onfray, y quizá también en la línea de hacerse un nombre, se atreve con una obviedad de bulto y un no menor error epistemológico, “Freud fue pionero en la investigación del inconsciente, aunque el psicoanálisis no sirva para curar una enfermedad mental grave”, dice. Mal, mas no por la neurociencia en sí misma, ya que se trata de sus agentes. Bien es cierto que incluso la muy diplomática de este prestigioso neurólogo portugués, se ve superada por la verdad del Otro que habita al sujeto descubierto por Freud, verdad que el narcisismo pretende encubrir sin fracasar en su patético intento a favor de cualquier cosa, ya sea la materialidad biológica, que nadie, dicho sea de paso, pone en cuestión, creo, o de los discursos que no queriéndose religiosos no hacen sino apostar, quiero pensar inconscientemente en mayor grado, por los saberes imaginarios que conforman lo que se ha dado en llamar cultura.
Mauricio Bertero
17 oct 2010 | 03:13 AM
Gracias José Miguel por ilustrarnos con tu opinión, desde la profundidad que da la especialización en el tema. En lo particular, en los asuntos humanos me parecen válidas todas las interpretaciones si se tiene conciencia que el juicio que emitimos está teñido (o sustentado) por las creencias que genera esa misma interpretación desde la cual formulamos el juicio.
Saludos cordiales.
José Miguel Pueyo, psicoanalista
17 oct 2010 | 12:27 PM
Buenos días Mauricio. En primer lugar, muchas gracias por tu comentario. Acerca del mismo permíteme señalar que estoy de acuerdo en lo básico, salvo, eso sí, con la idea de que, “todas las interpretaciones son igualmente válidas”.
Si así fuese, si tal cosa fuera cierta ¿cómo me ganaría yo la vida, cómo podría curar a alguien, y qué sería entonces del psicoanálisis, es decir, qué sería de la ciencia de la subjetividad y, por lo mismo, de la defensa del ser hablante frente a los discursos que pretenden reducirlo a los genes, a los neurotransmisores o al Yo-conciencia? Las personas acuden a la consulta porque sus interpretaciones de la realidad no han funcionado (del enamoramiento a algo, p. ej., –cruz gamada– han pasado a la identificación con ese algo –se convierten en nazis–, y así esa misma persona conforma su ser en algo incluso más patológico que lo que era en su estado anterior, como puede leerse en Psicología de las masas y análisis del yo, 1921, de Freud. Se conoce, también porque son ejemplos más cercarnos a nosotros, que algunas personas abrazan una secta, las drogas, el alcohol, o cualquier otro objeto que ofrece el mercado –que se conoce como cultura– en el intento de resolver la angustia, la inseguridad, la depresión...), y que otras personas acuden al diván porque la realidad les demuestra que sus interpretaciones chocan frontalmente con ella (psicosis paranoica, violencia de género, anorexia, bulimia… son casos igualmente conocidos en la clínica).
Añades a lo apuntado, amigo Mauricio, esto es, a la idea de que me parecen válidas todas las interpretaciones “si se tiene conciencia que el juicio que emitimos está teñido (o sustentado) por las creencias que genera esa misma interpretación desde la cual formulamos el juicio”. La bondad te honra. Pero sin duda conoces que el psicoanálisis tuvo que defenderse, ya desde sus orígenes, de los que quisieron hacer de él una nueva concepción del mundo, una nueva filosofía, un nuevo saber que vendría a imponer a las personas lo que sería bueno para ellas (Bien Supremo aristotélico, o sea, la imposición de un saber al otro. Esos saberes, teñidos en no pocas ocasiones de un falso humanismo, eluden la verdad histórica de ese misma persona, o sea, su singularidad y, por otra parte, reprimen su deseo, la opción, pero ya desde la salud, de que pueda abrazar esto o aquello). Efectivamente, el psicoanálisis no es el discurso del Amo sino su envés (véase Lacan en Radiofonía y Televisión, 1969); por eso, precisamente por eso, es psicoanálisis, de lo contrario estaríamos hablando de filosofía ética, de psicología, p. ej., de las TCC, de la religión y de cuantos discursos y técnicas proceden con lo que Freud abandonó, o sea, todos los métodos basados en la hipnosis-sugestión para crear el dispositivo clínico psicoanalítico ajeno a la impostura y el engaño.
En segundo lugar, la formación psicoanalítica, a diferencia de lo que se conoce en la historia de las ciencias y del pensamiento, tiene una condición sine qua non: el psicoanálisis del futuro psicoanalista con un psicoanalista experimentado, única posibilidad de solventar el no pocas veces funesto Destino que nos legaron nuestros mayores, solventar ese Destino a favor, he aquí lo subrayable, de un nuevo destino, nuestro particular y singular destino, gracias al cual tenemos plena y propia responsabilidad de nuestros actos. ¿Para qué, en suma, el análisis del futuro psicoanalista? Para obviar también la injerencia en la interpretación de lo que conocemos como ‘deseo de un analista’, deseo que podría ser cualquier deseo, anhelo o aspiración pra el otro, deseo ideológico casi siempre y teñido por nuestro pasado familiar, lo que iría, obviamente, en contra el ‘deseo del psicoanalista’ (regla de la abstinencia en Freud, eticidad en Lacan) como garantía de la singular verdad del Otro que nos habita y que habita, claro está, al que nos confía su malestar en la cultura.
Afectuosos saludos. JMP
Mauricio Bertero
19 oct 2010 | 04:55 AM
Estimado José Miguel, creo entender que tu inquietud va por la postura de Damasio en torno al exagerado rol de la bioquímica, o bien los procesos biológicos, en la explicación de las enfermedades mentales. Como así también que con sus juicios invada un terreno propio de la psicología y el psicoanálisis. Si es así, ambos compartimos aquella aprehensión, aunque yo no tengo la autoridad que tu posees para pronunciarme técnicamente en ese ámbito.
Digo que todas las interpretaciones son válidas porque provienen de un marco interpretativo común, que es el científico. No intento generalizar hacia otros dominios. Digo que son todas válidas, lo que no es lo mismo que iguales. Sin duda, dependerá de los estándares y criterios que se fijen, lo que fundará el juicio de que haremos de ellas (utilidad, resultados, coherencia, etc.).
Un abrazo
José Miguel Pueyo, psicoanalista
19 oct 2010 | 09:09 AM
Estimado Mauricio, es perfectamente como dices. Damasio, aunque coincide en criterio con la corriente que responde al nombe de Neuropsicoanálisis, es un autor serio y hoy por hoy merece mi consideración. Grave es, como acertadamente apuntas, la reducción que hoy se hace de lo humano por parte de algunas disciplinas. tal es el caso, por ejemplo, de las terapias cognitivo conductuales (TCC). Trátase del retorno sin más al superado principio cartesiano (Sujeto = Yo-consciente), con lo que ello tiene de inhumano y de segregativo, ya que a la imposición del discurso estrictamente religioso le sigue ahora, y curiosamente desde lo que se conoce como ciencia, una igual imposión, la del deseo del terapeuta, pues no hacen sino reeducar al que se pone en sus manos según criterios ideológicos, suyos o de sus mayores, y, por lo mismo, hacen oídos sordos a la verdad particular e intransferible de las personas que se ponen en sus manos. En fin, ¡Dónde están los poetas en estos tiempos de incertidubre! cabe repetir con Höldrelin.
Feliz día y muy cordiales saludos.
JMP
Escribe un comentario