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El éxito del nuevo paradigma dependerá de su capacidad para generar y aplicar estrategias globales de investigación.
La mayor anomalía con que se ha topado el consenso historiográfico del siglo XX, es la imposibilidad de llevar a la práctica el principio de historia total. Citada ritualmente por los historiadores, se ha ido convirtiendo en el paradigma compartido más abstracto: según se ha alejado de la práctica historiográfica, la historia total ha devenido más absoluta e inalcanzable, en suma, más idealista. Cortar este círculo vicioso es condición sine qua non para salir definitivamente de la actual crisis de crecimiento y desagregación de la historia.
Cada vez sabemos más de menos cosas. Esta tendencia general del conocimiento científico, junto con el fracaso de la historia total, ha encauzado la creatividad de los historiadores hacia una creciente especialización. Aunque, últimamente, emerge con gran fuerza la tendencia contraria, hacia una convergencia disciplinar y global (la investigación por parte de filósofos y físicos de una teoría unificada de las fuerzas físicas, es un notorio ejemplo), que también se hace sentir en la historia profesional. Muchas de las aportaciones recientes más novedosas son, si nos fijamos bien, fruto del mestizaje de géneros y metodologías19. El contexto presente de transición paradigmática nos ofrece, juntamente, el problema y la solución.
Se trata de dar la vuelta a la historia total, poniéndola sobre los pies, transformando su contenido (y tal vez su nombre). Hay que llevar este viejo concepto paradigmático de lo absoluto a lo relativo, de la idea a la práctica, de la teoría a la metodología, de la certeza a la experimentación, del punto de llegada al punto de partida de la investigación; para lo cual es preciso promover síntesis de géneros historiográficos, convergencias de líneas de trabajo, aproximaciones globales, enfoques de conjunto, es decir, estrategias globales de investigación. Todo aquello que el fracasado paradigma compartido de la historia total ni ha impulsado ni ha permitido impulsar, a lo largo del siglo XX, salvo valiosos ejemplos que quedaron aislados, y que nunca fueron más que aproximaciones globales.
En este grandioso archipiélago en que se ha ido convirtiendo la historia del siglo XX, lo que faltan son puentes, vías de comunicación, y otras conexiones interhistóricas, que hagan posible juntar islas para hacer continentes historiográficos, que nos hagan olvidar la espera pasiva del advenimiento de una historia total sacralizada. La puesta en práctica, previo proceso de secularización y relativización, de una nueva noción de historia global, implicará un esfuerzo continuado de renovación historiográfica, que ha de atravesar la superespecialización académica. Sobre la base de una experiencia colectiva de aproximaciones globales al pasado humano, es menester reconstruir teóricamente un concepto de "totalidad" histórica liberado de toda carcasa kantiana, y de las divisorias, positivistas y mecanicistas, del tipo objeto/sujeto o infra/supraestructura, un concepto renovado y adecuado, por tanto, al nuevo paradigma científico general, más relativo, ergo más verdadero.
La historia como disciplina científica no puede permitirse el lujo de renunciar a la comprensión global del pasado. El papel de la historia en la sociedad, en la educación y en la investigación, es inversamente proporcional a su desmigajamiento disciplinar. Una piedra de toque del nuevo paradigma historiográfico será, en conclusión, su aptitud para crear y aplicar estrategias globales de investigación, y de divulgación, de los hechos de la historia.
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Para reforzar la cooperación de la historia con otras ciencias, es preciso avanzar en su unificación interna como ciencia de los hombres en el tiempo.
No se puede prescindir de la interdisciplinaridad para discernir la potencia innovadora del paradigma historiográfico del siglo XX. De la geografía, la economía, la demografía, la sociología, la antropología, la psicología, la ciencia política, han salido muchos de los temas y métodos que han aplicado con éxito los nuevos historiadores de Annales y del marxismo occidental, sin por ello dejar de moverse en un paradigma historiográfico común (la interdisciplinaridad es uno de sus componentes más relevantes). Y algo parecido se podría decir de las mencionadas disciplinas, que han acudido a la historia para aprehender su dimensión temporal, engendrando subdisciplinas mixtas, a menudo con investigadores de doble procedencia: geografía histórica, historia económica, demografía histórica, sociología histórica, antropología histórica, psicología histórica20, nueva historia política. La necesidad que hemos planteado, al inicio de este ensayo historiográfico, de que los historiadores vayan al encuentro de la historia/filosofía de la ciencia, prueba que tampoco en el terreno de la epistemología histórica, y de la relación con las ciencias físicas21, la historia puede prescindir del diálogo inter y transdisciplinar, más bien ha de intensificarlo, como un signo de los tiempos, al igual que las restantes ciencias naturales y sociales.
Mantener y acrecentar la cooperación de la historia con las ciencias sociales (y aun naturales) es, por consiguiente, inexcusable, para luchar contra la marginación de la historia como disciplina académica y social. Los rápidos cambios de denominación, de lo interdisciplinar (cooperar) a lo pluridisciplinar (converger), de lo pluridisciplinar a lo transdisciplinar (atravesar y transcender), ponen en evidencia una actividad científica que busca independizarse de los clásicos compartimentos académicos, sin por ello caer en la vieja ilusión positivista de una "ciencia unificada".
La historia no es insensible al clima transdisciplinar, consecuencia directa del auge finisecular del conocimiento científico, puro y aplicado. Así, la revista Annales elige como eje de su tournant critique (1989), la alianza renovada de la historia con las ciencias sociales, y recompone su comité de dirección, que recupera así el perfil inter y pluridisciplinar que tuvo en sus orígenes, incorporando a un grupo de jóvenes no historiadores. La nueva licenciatura de humanidades en España ilustra, en el terreno de la educación universitaria, esta propensión general al reencuentro de las disciplinas, contrapunto de las tendencias centrífugas de los años 80 (que todavía siguen actuando en el interior de cada disciplina).
En los años 80, la coincidencia de la dispersión, y del decaimiento, del paradigma historiográfico del siglo XX, con un incremento de la colaboración con las disciplinas vecinas, generó en algunos historiadores una reacción contra el peligro de la dilución de la historia en otras ciencias sociales, que condujo a los más radicales a rechazar la interdisciplinaridad, e incluso la definición de la historia como ciencia. El intercambio desigual historia-ciencias sociales no se resuelve, sin embargo, con la involución de la historia, retrocediendo a una historia pre-paradigmática de corte tradicional; se resuelve atacando la raíz del problema. La historia es débil frente a otras disciplinas, porque éstas han estado, y están, mucho más preocupadas por la teoría (la sociología, la antropología o la crítica literaria), y ello les ha permitido actuar de modo "imperialista" en el interior del sistema de las ciencias sociales y humanas, exportando métodos y conceptos, problemas y teorías, con intenciones asimiladoras. Este problema de la historia es tan antiguo como la propia disciplina, y sólo tiene una solución: que los historiadores desarrollemos las consecuencias teóricas y metodológicas de las investigaciones históricas, con los ojos puestos en el conjunto de problemas que tienen las ciencias y las sociedades actuales. Es tan sencillo como dejar de centrar la crítica en los demás (en sus teorías) y ser más autocríticos (desarrollando nuestras propias reflexiones). Hemos llegado a tal extremo que la interdisciplinaridad que venimos practicando ya no podrá progresar más22, si antes la historia profesional no recobra un mínimo de unidad interna y de globalidad en su quehacer.
Nada hace más vulnerable a la historia, en el conjunto de las ciencias, que su fragmentación interna. La interdisciplinaridad bien entendida habría de empezar, pues, por nosotros mismos. Una aportación mayor de la historia a las ciencias sociales y humanas, con las que colabora habitualmente -especialmente, en las investigaciones de vanguardia-, requeriría un reencuentro de las múltiples subdisciplinas históricas (de origen académico, temático y/o metodológico) en un terreno común, dicho con otras palabras, una recomposición del paradigma común de los historiadores que no oponga la imprescindible cooperación y convergencia con las ciencias sociales con la, si cabe más urgente, cooperación y convergencia entre las ramas sucesivamente desgajadas del tronco de la historia. Esta suerte de interhistoria que propugnamos, en el marco de la colaboración interdiciplinar historia-ciencias sociales, entraña una mayor preocupación de los historiadores, de todas los campos, por la metodología histórica, por la historiografía, por la teoría de la historia, en definitiva, por el acervo común de la historia. Las demandas crecientes de interdisciplinaridad solamente pueden ser satisfechas por una disciplina histórica consciente de su unidad y de su irreductible singularidad.
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El futuro de la historia está condicionado por lo que se preocupe la historia por el futuro.
Siguiendo a la Ilustración, que confiaba en la razón para cambiar el mundo, y conseguir de esta manera el bienestar de la humanidad, la historiografía predominante en el siglo XX se autodesignó como objetivo: estudiar el pasado a fin de comprender el presente, y de construir un futuro mejor. El materialismo histórico insistió más en la contribución de la historia a un proyecto de trasformación social, cara a un futuro que se sabía socialista, y la escuela de Annales puso más el acento en la conexión epistemológica pasado-presente (comprender el presente por el pasado, comprender el pasado por el presente, escribió Bloch), participando todos de la creencia general en la utilidad social de la nueva ciencia histórica.
La línea de progreso con que los miembros de la comunidad historiográfica, y en general los científicos sociales, unían el pasado con el presente y el futuro, se ha roto con los hechos de 1989, al iniciarse las transiciones europeo-orientales del socialismo real al capitalismo, al entrar por ello conjuntamente en crisis todas las vías de progreso histórico-social de origen ilustrado, previamente socavadas por los nocivos efectos que éstas causaron, a lo largo del siglo XX, en la supervivencia de la especie y de la naturaleza. Y lo que es peor: la historia científica no lo advirtió.
En la medida en que la evolución progresiva hacia la felicidad humana no está asegurada, la historia pierde interés público. Se empuja de este modo al historiador a los márgenes de la sociedad; pronto se pueden volver actuales las críticas, de hace cincuenta años, de los artífices de la revolución historiográfica del siglo XX a los historiadores-anticuarios, ajenos a la vida y a la actualidad (Bloch). El desencanto hacia el presente conduce a buscar refugio en el pasado de dos maneras: la ficción, desde el punto de vista del público (auge de la novela histórica), y la academia, desde el punto de vista de los investigadores (erudición). Para ambos viajes, se quiere "liberar" a la historia de la carga que supone su definición como ciencia preocupada -al igual que las restantes ciencias de la sociedad y de la naturaleza- por el presente y por el porvenir de los hombres.
Pero, mientras el posmodernismo ambiental lleva a los historiadores a la subalternidad, en los debates intelectuales que tratan de sacar conclusiones de los acontecimientos traumáticos de 1989-199123, se usan profusamente los datos de la historia, y de la filosofía de la historia, para arrojar luz y polémica sobre el confuso futuro de la humanidad. Es el caso de las controversias mundiales principiadas por Francis Fukuyama en The End of History? (verano de 1989), y por Samuel P. Huntington en The clash of civilizations (1993). El segundo ha desmentido brillantemente la finalista "paz capitalista y liberal" del primero, augurando una inminente guerra mundial de los fundamentalismos religiosos. No siempre son ensayistas -filósofos políticos en los dos casos citados- quienes acuden a la historia para intervenir en el futuro inmediato, también lo hicieron historiadores como Paul Kennedy que, en The Rise and Fall of Great Powers (1987), dedicó siete capítulos a analizar, durante cinco siglos, el auge y la caída de las potencias nacionales de cada época, para concluir con un capítulo, titulado "Hacia el siglo XXI", donde sugiere las "perspectivas más probables" de evolución de cada gobierno y del sistema de las grandes potencias en su conjunto.
Nos hallamos ante referencias al pasado y análisis históricos que pretenden incidir en el presente... a través del futuro, que es lo que realmente inquieta a los hombres de hoy. Se tiende, consiguientemente, a sustituir el viejo paradigma pasado/presente/futuro por otra formulación, pasado/futuro/presente, en la que pasa a primer plano aquello que está por venir. Frente al nuevo presentismo que nada quiere saber del futuro y que inmoviliza lo que ahora tenemos, frente a las incertidumbres sobre el mundo que nos aguarda a la vuelta del milenio, el intelectual diligente -el optimismo de la inteligencia- rastrea perspectivas alternativas echando mano del pasado, de los conocimientos que tenemos sobre la evolución -o involución- histórica de las sociedades y de las mentalidades.
Antes decíamos que la historia nos tiene que ayudar a vivir mejor, a transformar la sociedad, a emanciparnos, en una palabra, de un presente ominoso, pero hoy han variado dramáticamente los términos del problema, en especial para la nuevas generaciones: lo más abominable no es ya el presente sino la falta de futuro, de cualquier futuro. Se sabe que el desarrollo científico-técnico seguirá medrando hasta dominar todo el globo, pero también se sabe que de sus ventajas, en Occidente, está excluido el llamado Cuarto Mundo, y masas crecientes de jóvenes -muchos de ellos con formación universitaria, cada vez más- que no tendrán jamás acceso al trabajo; en el Sur, los excluidos son países enteros abocados al hambre y la superpoblación; y, por doquier, la naturaleza se rebela contra el galopante dominio productivista, cuestionando el sentido de un desarrollo científico-técnico que, una y otra vez, entra en contradicción con los intereses humanos.
Es tarea de la historia, hoy en día, demostrar que siempre hubo futuros plurales; que nada es seguro, que todo cambia, a veces sorprendentemente; que la humanidad en varios milenios ha resuelto históricamente problemas tanto o más difíciles -y con menos medios- que los que ahora tenemos encima de la mesa. Hay pues futuro, porque hay historia. Además, son futuros alternativos. Hay esperanza porque hay historia. Claro que para hacerlo comprender a los demás, debemos antes convencernos nosotros mismos, abandonando el objetivismo mecanicista, con su secuela de fatalismo y conformismo, para encaminarnos hacia un sujeto histórico más libre (que no ha de olvidar sus condicionamientos), y por lo tanto más fuerte, en el pasado y en el presente.
Pensar históricamente el futuro, es luego transformar el presente, empezando por impedir que se repitan los grandes errores del siglo XX: el fascismo, que rebrota en Italia, y el racismo, en ascenso par tout; el socialismo sin libertad, que se hundió catastróficamente en 1989; el tribalismo, el nacionalismo agresivo y el fundamentalismo religioso, cuyos mitos e irracionalidades el historiador tiene la obligación de combatir, y que están en el origen de muchas de las guerras que hoy amenazan la paz mundial. Se demanda un nuevo racionalismo, una nueva ilustración, que nos permita seguir progresando, y la historia y los historiadores no podemos permanecer al margen de esa demanda intelectual y social.
Cuando, después de la II Guerra Mundial, se instituyó el paradigma científico de la historia, no era tan necesaria, como lo es ahora, su defensa frente a las disciplinas científico-técnicas, que, en diferente grado y ritmo -según cada país-, desplazan a los saberes históricos y humanísticos de la enseñanza y de la investigación; está en sus inicios un alarmante proceso de desprofesionalización de la historia. De manera que el primer compromiso del historiador preocupado por el futuro, es inquietarse por su propia disciplina: es menester volver a demostrar la utilidad crítica y social de la historia. Para hacer frente al pensamiento tecnocrático, filosóficamente desfasado, pero políticamente activo, hay que distinguir la historia-ciencia de la historia-ficción, y guerrear por la recuperación de la presencia de la historia en el sistema educativo, en los proyectos prioritarios de investigación y en los medios sociales de comunicación. La aldea global que viene, sin la historia y las ciencias humanas, será el futuro de las cosas, jamás el futuro de los hombres.
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El historiador del futuro reflexionará sobre metodología, historiografía y teoría de la historia, o no será.
Estuvo muy generalizado desde la epistemología (Piaget, Habermas), la sociología (Durkheim) o el estructuralismo, considerar a la historia como una disciplina no teórica, simple proveedora de datos empíricos para las ciencias sociales y la filosofía. División del trabajo que, aunque nos duela decirlo, el historiador suele aceptar de buen grado, alentado por una tradición empirista de larga duración, originada en el siglo XIX.
Pese a los esfuerzos del materialismo histórico, y de la escuela de Annales, la historiografía contemporánea siguió siendo positivista en un punto capital: el desprecio sincero por la teoría, y en menor medida por la historiografía y la metodología; actividades científicas tenidas por secundarias, y se puede decir que casi inexistentes en la obra de muchos de los historiadores que consideramos consagrados. La comparación no llegó a practicarse (hasta que la sociología histórica la retomó); la historia-problema se abandonó en favor de la innovación temática y la colaboración interdisciplinar; la elaboración teórica estuvo prácticamente ausente. Sólo algunos filósofos se han venido preocupado por la teoría de la historia, generalmente sin considerar las aportaciones de los historiadores, sin relacionar la teoría de la historia con la práctica de la historia, contribuyendo así al vigente diálogo de sordos entre la filosofía y la historia.
Las consecuencias del inductismo y del pragmatismo de los historiadores, de la falta de reflexión sobre la historia que se hace, de la carencia de debate sobre sus métodos, sus hipótesis e sus interpretaciones, las hemos visto ya: fragmentación de temas, métodos y especialidades; retraso y dependencia respecto de otras ciencias sociales; desconexión de una sociedad a la que deberíamos estar ofreciendo, desde la historia: ideas, propuestas y perspectivas a sus problemas.
Este Congreso Internacional A historia a debate, es, no obstante, un vivo ejemplo de que algo está cambiando. El interés de los historiadores por la metodología, la historiografía y la teoría de la historia, crece en este complicado fin de siglo. Tal vez porque "conforme crece la ciencia, disminuye el poder de la evidencia empírica"24, y aumentan unos interrogantes que ninguna otra disciplina, por muy avanzada que esté, nos puede resolver, porque son específicos de la historia. Una historia profesional que, en todo caso, aborda con más facilidad la reflexión sobre el método, o sobre la historia de la historia, que la fabricación y el empleo de hipótesis y de tesis, y de síntesis y de generalizaciones, en las investigaciones, a causa, sin duda, de la formación recibida y del fracaso parcial del paradigma marxismo-Annales, ambas cuestiones muy entrelazadas. Sólo la introducción de asignaturas de metodología, historiografía y teoría de la historia25, desde los primeros cursos de las licenciaturas de historia, para acostumbrar a los futuros historiadores a la reflexión sobre su materia, permitirá equiparar la historia al resto de las ciencias.
La disyuntiva del historiador del futuro es: o dedicar una parte del tiempo26 de trabajo a conocer y producir obras de metodología, de historiografía y de teoría histórica, en competencia (y colaboración) con las disciplinas vecinas; o sucumbir definitivamente a la marginalidad en el seno de la ciencia y de la sociedad. Que sea difícil para el historiador alternar el trabajo empírico con el trabajo teórico, no quiere decir que sea una cosa del otro mundo: la mayor parte de las ciencias sociales y humanas vienen practicand, desde hace mucho tiempo, esta combinación teoría/práctica. Agotada en buena medida la innovación temática, a la historia le queda la metodología, la historiografía y sobre todo la teoría, continente persistentemente ignorado, para seguir progresando y para cumplir con sus responsabilidades científicas y sociales.
Una mayor reflexión sobre lo que hace el historiador redundará en un alza del nivel de la investigación histórica, en una mayor compresión global del pasado, en una mejor interrelación con las restantes ciencias (intercambio igual), en un incremento de la contribución directa de los historiadores a la teoría de la historia (y por consiguiente de la sociedad) que demandan los acontecimientos del siglo XX y los interrogantes del siglo XXI. Solía decirse que si un historiador hacía teoría dejaba de serlo. Si no se desmiente este lugar común, la historia nunca superará la subalternidad respecto de otras ciencias sociales, no sobrevivirá al siglo XX como disciplina científica tal como la hemos conocido, sobre todo, tal como la hemos querido.
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Por una historia continuamente a debate.
De entrada, el debate no es un uso académico. Los nuevos historiadores, annalistes y también marxistas, han reproducido el sistema vertical de la tradición universitaria que transmite el saber jerárquicamente; las lecturas de las tesis doctorales son un buen ejemplo de lo que queremos decir. Sin embargo, en sus orígenes revolucionarios, Annales predicaba que el debate y la heterodoxia eran consustanciales con la definición científica de la historia: "en el origen de toda adquisición científica existe el no-conformismo. Los progresos de la ciencia son fruto de la discordia. De la misma manera que las religiones se refuerzan con la herejía de que se alimentan". Es preciso recuperar este espíritu inconformista, crítico, resucitar la historia-debate, para superar la crisis finisecular de la historia, y también para, después de ello, alimentar el nuevo paradigma común, aprendiendo de la historiografía pasada.
A la comunidad de historiadores le toca decidir sobre los problemas historiográficos que tenemos y sus posibles soluciones, pero ¿cómo hacerlo si las dificultades y las alternativas no se exponen libre y polémicamente? Sin potenciar el debate, es imposible llegar a nuevos consensos, y las situaciones críticas -enseña la historia- pueden llegar a pudrirse.
Kuhn ha planteado que, en toda ciencia, el cambio de paradigmas -las crisis, las revoluciones científicas- lleva aparejado un debate, pero como no se pueden estar replanteando eternamente los fundamentos de una disciplina, en los períodos que él llama de ciencia normal, cede la rivalidad de teorías, dejan de explicitarse reglas y presupuestos, disminuye el interés por la teoría, y se discuten solamente aquellas cuestiones que no son principales para la práctica de los investigadores. El mismo Kuhn excluye, por descontado, a las ciencias humanas y sociales, de estos períodos "normales" de ciencia sin debate, reconociendo la función creadora de la confrontación y de la crítica permanente, por ejemplo, en filosofía y en historia, en lo cual, por cierto, coincide con su adversario Popper. Aun en las ciencias naturales, treinta años después de las obras principales de Kuhn, tenemos muy serías dudas de que sea aplicable, en lo relativo a la controversia, una separación tan neta entre ciencia normal y ciencia extraordinaria; la crítica interna que toda disciplina viva tendría que institucionalizar, es hoy, además, una obligación, considerando la velocidad con que los descubrimientos científicos se suceden, al menos en algunas ciencias.
En el caso de la ciencia histórica, la perentoriedad de un debate constante, la historia-debate como parte del paradigma por establecer, más allá por tanto de la urgencia de la crisis actual, surge de la expansión de la historia como disciplina, de su peculiaridad como ciencia de un pasado humano, que es interrogado e interpretado desde un presente y desde un futuro que son móviles -y hacen móvil al pasado investigado-, y de la propia experiencia de los historiadores durante los últimos veinte años. La falta de un debate explícito y suficientemente centrado ha prolongado excesivamente una deplorable situación de equilibrio inestable, donde lo nuevo no acaba de imponerse y lo viejo no acaba de desaparecer, donde las posiciones se polarizan o se dispersan, sin que nadie efectúe y divulgue síntesis sucesivas que aseguren la reformulación del consenso. El desfase entre la práctica plural de los historiadores (fragmentada pero fructífera, innovadora pero recuperadora de viejos géneros) y una teoría, que por inercia sigue remitiendo al paradigma marxista-annaliste del siglo XX, es más que evidente. Para corregirlo, hay que debatir a tumba abierta, reconociendo la crisis -sin engañarnos a nosotros mismos con jeremiadas o con dosis extremas de voluntarismo-, y llegar a conclusiones que nos ubiquen en nuevas coordenadas paradigmáticas. Lo cual supone la reimplantación de hábitos de tolerancia hacia las posiciones contrarias, cuyas aportaciones a la recomposición de un paradigma común hay que saber aceptar36. La dinámica de rivalidad y cooperación, entre la escuela de Annales y el materialismo histórico, que ha hecho viable la victoria del paradigma historiográfico del siglo XX, es la mejor prueba de lo que estamos defendiendo: las divergencias fructíferas son una elemental exigencia de una historiografía sana.
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La madurez de un paradigma está en las escuelas que lo animan.
La crisis de crecimiento y, juntamente, paradigmática, por la que atravesó la historiografía mundial en los años 80, desagregó su paradigma común y provocó tendencias centrífugas que disgregaron sus componentes, divorciando las historiografías nacionales y las grandes escuelas del siglo XX.
Junto con el debilitamiento y el cuestionamiento de los paradigmas compartidos que les concedían funcionalidad, relaciones mutuas y autoridad conjunta, la escuela de Annales y la escuela marxista de historia social, siguiendo -y animando- la tónica general, se diversificaron internamente durante la última década, fueron objeto de una acerba crítica externa e interna, y se distanciaron entre sí, de suerte que hoy muy pocos mantienen, o aceptan, que sigan siendo escuelas historiográficas con cabezas de fila, programas unificados de investigación, disciplina y órganos de expresión.
En la dirección colegiada de la revista Annales reina en la actualidad una diversidad -rica- de líneas historiográficas, que tienen su punto de encuentro en la relación con el exterior: la interdisciplinaridad. Esta falta de nexo interno, es más evidente conforme ampliamos el círculo al Centre de Recherches Historiques de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, y, por último, a las universidades francesas. El fraccionamiento de la escuela de Annales, nacida en 1929, no es más que una consecuencia -y una causa- de la dispersión general de la historioa en el último tercio del siglo, que afecta también, sobremanera, a los historiadores próximos al marxismo. El nacimiento en 1976 de History Workshop, las polémicas entre E. P. Thompson y Perry Anderson -y otros- sobre el estructuralismo (1978-1980), y entre Lawrence Stone y Eric J. Hobsbawm sobre el retorno de la narrativa (1979-1980), marcan las tensiones de una diversificación que pronto se convertirá en críticas a la historia social que representa Past and Present38, revista que, a fin de cuentas, nunca tuvo un carácter de escuela tan delimitado como Annales. En ambos casos, el resultado es el mismo, un big bang inicial y una expansión posterior que terminó por fragmentar y enfrentar a las partes.
Se ha generalizado, en total, entre los historiadores, la creencia de que las grandes escuelas del siglo XX son ya cosa del pasado, tradiciones de referencia39 pero ya no escuelas activas40. La mejor referencia que tenemos de una tradición historiográfica no organizada como escuela, es el positivismo. El marxismo y Annales, en este momento, en los años 90, se parecen más a las viejas tradiciones pre-paradigmáticas, suerte de tendencias difusas, que a verdaderas escuelas de pensamiento y acción historiográfica. Es curioso observar como, a medida que la rivalidad se impone a la cooperación entre ambas escuelas, muy pocos se dan cuenta -de ahí la importancia de las dos primeras tesis de nuestra propuesta- de que las crisis sufridas por la historiografía marxista y por Annales, guardan una íntima relación, van paralelas en su fase final y remiten ambas a una crisis general del paradigma común, a su vez influida por los cambios del paradigma científico global, y por las trasformaciones socioculturales y políticas finiseculares.
El decaimiento del paradigma común y de las grandes escuelas que lo sostenían, en un contexto de desarrollo de la historiografía mundial, ha engendrado fenómenos hasta cierto punto contradictorios: 1) El individualismo historiográfico, alentado por la necesidad y/o el gusto por el currículum académico, y por el auge del individualismo como mentalidad colectiva en los años 80. 2) Un mayor peso de las tradiciones historiográficas "naturales", que identifican a los investigadores por encima de cualquier anterior referencia paradigmática o de escuela: a) el área de conocimiento, conforme a los esquemas convencionales de clasificación universitaria (en Europa occidental: historia antigua, medieval, moderna y contemporánea); y b) las historiografías nacionales. 3) La tendencia a la mundialización de la historiografía, sobre la base de una intensificación de los contactos internacionales; proceso de interrelación que afecta a un minoría, pero que tiene a su favor la aceleración del mundo presente hacia la "aldea global", en todos los ámbitos de la vida.
La revitalización de la historia como ciencia social reclama un rol activo de la comunidad de historiadores alrededor de un programa historiográfico, reclama proyectos colectivos más allá de los marcos académicos y también nacionales -por supuesto, ambos ineludibles-, reclama combates por la historia del estilo de las escuelas historiográficas que hemos heredado. Por mucho que la realidad se está encargado de rebasar ampliamente a las viejas escuelas, el "espíritu de escuela" historiográfica, tan específico del siglo XX, es, aquí y ahora, más necesario que nunca.
Hemos escrito "escuelas" en plural y no "escuela" en singular, porque creemos que, ni en el pasado ni en el futuro, "paradigma común" equivale -equivaldrá- a "escuela única" de teoría y práctica historiográficas. El tono crítico y autocrítico, la historia-debate, la vitalidad de un paradigma, están, en una palabra, mejor garantizados con una diversidad de escuelas, grandes y pequeñas, internacionales y nacionales, interdisciplinares y disciplinares... La diversidad académica, nacional, ideológica, generacional, de la comunidad de historiadores -o de otra ciencia social- obliga, pues, a combinar eficazmente pluralidad con consenso.
La primera tarea de la historiografía del siglo XXI es reformular y revitalizar los aspectos válidos -unos ya aplicados, otros todavía inéditos- de las grandes escuelas del siglo XX, lo que implica nuevos focos de intervención historiográfica, dentro y/o fuera de dichas tradiciones, que además de buscar la divergencia procuren la convergencia, aquellas síntesis sucesivas que nos permitan avanzar y salir del pantano de la transición paradigmática. Teniendo muy claro que el paradigma común que viene no será, no está siendo ya, una repetición del paradigma común, de raíz annaliste-marxista, del siglo XX.
Para "asimilarlo a lo nuevo, lo antiguo debe ser revalorado y reordenado"41. Es menester un balance finisecular de la historiografía annaliste y marxista (sin omitir el positivismo), por separado y conjuntamente, que tome nota de los éxitos y de los fracasos, de las limitaciones internas y externas, de los objetivos realizados y de los puntos incumplidos. La mejor aportación de las escuelas del siglo XX al nuevo consenso historiográfico, urgido por nuevas necesidades científicas y sociales, sería una autocrítica que, incidiendo en la renovación y el abandono de sus partes muertas, no se prive de defender sus aspectos más actuales, o más imprescindibles. Seamos radicales en ambos sentidos, en la innovación y en la vigencia. Enfrentémonos al pensamiento simplificador que veda llevar a cabo en paralelo las dos operaciones, y al posmodernismo que proporciona la crítica pero nos niega la síntesis, esa tensión esencial entre tradición y cambio, entre pensamiento divergente y pensamiento convergente42, que es la base, en resumidas cuentas, del progreso científico y social.
La revista Annales ha dado ejemplo lanzando a finales de 1989 un tournant critique que, cuatro años después, ofrece unos frutos restringidos -ilustración de las grandes dificultades existentes para promover el cambio desde el centro de las grandes tradiciones-, esto es, una significativa renovación generacional, pero muy pocas propuestas programáticas. La escasez de debate en las páginas de la revista y la desconexión francesa con la evolución reciente de la historiografía marxista, principalmente anglosajona, han coadyuvado al restringido eco del tournant critique de Annales, que señala, así y todo, una nueva etapa para la corriente fundada por Bloch y Febvre, cuyo perfil final está todavía por decidir.
Desde la historiografía marxista no se ha intentado, hasta ahora, nada parecido. Hay actitudes reinvidicativas y defensivas, y también otras realistas y severamente autocríticas, ambas útiles e irremediables, pero teñidas de pesimismo, faltas de alternativas cara el futuro. El mayor obstáculo es "externo" a los historiadores: la parálisis que atenaza al pensamiento crítico marxista desde 1989. Estamos convencidos de que la reacción no se hará esperar, porque sin la contribución del materialismo histórico es imposible saldar cuentas -no sólo historiográficamente- con el siglo XX y entrar en el siglo XXI, donde nos seguiremos encontraremos con realidades sociales que, en bastantes aspectos, son peores que las que dieron origen al marxismo en el siglo XIX, y contextualizaron las actuales ciencias sociales y humanas. Todo ello sin dejar de lado, claro está, los desmentidos dramáticos que el siglo XX está dando a las previsiones marxistas acerca de la inevitabilidad de la transición histórica del capitalismo al socialismo.
Así como los paradigmas generales, economicista y estructuralista, que han sobredeterminado el paradigma común de los historiadores del siglo XX, matando el sujeto, han sido desechados en general por los historiadores, no ha ocurrido lo mismo con el paradigma neopositivista, de influencia más clandestina pero no menos eficaz. Romper con el positivismo "malo" (antiteórico y antihistoricista) sin abandonar el positivismo "bueno" (rigor crítico documental) es, en nuestra opinión, un paso obligado para entrar en el siglo XXI historiográfico, y poder así desarrollar -en otro contexto- aquellos elementos paradigmáticos de Annales y del materialismo histórico que, teniendo el consenso de la comunidad historiográfica, acabaron sepultados por el objetivismo cientifista de raíz positivista, economicista y estructuralista. Por todo ello, es recomendable remontarse a los orígenes de las dos grandes escuelas historiográficas del siglo XX, para ganar en perspectiva y poder así evaluar mejor lo que sirve y lo que no sirve, lo que hay que reflotar -y reformular- y lo que hay que desechar, con los ojos siempre puestos en el futuro.
Si decimos que no hay metas fatalmente pre-fijadas sino objetivos continuamente revisables, es que no podemos saber con certeza la configuración final del paradigma historiográfico en formación, ni el rol que en él jugarán las tradiciones del siglo XX, o las nuevas escuelas que puedan constituirse en los años próximos. Es la comunidad de historiadores quien decide, en última instancia, el camino a seguir, que nos puede llevar a un nuevo paradigma común con escuelas (como en la segunda mitad del siglo XX), a varios paradigmas contradictorios con escuelas (romanticismo versus positivismo en el siglo XIX), o a otra configuración específica del siglo XXI. Nuestra opción es clara: paradigma común con escuelas -posiblemente más numerosas y de menores dimensiones- que promuevan una ciencia histórica con sujeto: tolerante y con debate; innovadora y tradicional; empírica y teórica; unificada, interdisciplinar y global; beligerante contra el futuro inhumano que dicen que nos espera.
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Los cambios socioculturales de los años 90 favorecen a la historia y a las ciencias del hombre.
Reinvidicamos un nuevo paradigma común que haga salir de las catacumbas a la historia y a las humanidades. La coyuntura mental de los años 90 es, en este sentido, más favorable que la coyuntura de los años 80, caracterizada por el “yupismo”, la adoración del dinero y del poder, la ola conservadora de Thatcher y Reagan, que parecía culminar brillantemente, hacia 1989, devolviendo el Este a un capitalismo que de inmediato se manifestó especulativo, corrupto y mafioso. La reacción de los años 90 contra ese capitalismo salvaje e inhumano en el Este de Europa, y contra la corrupción política y financiera en el Sur de Europa, el movimiento politically correct en USA, las huelgas generales obreras y estudiantiles europeas contra el paro y los recortes sociales del Estado de bienestar, la revuelta de Chiapas, el auge de las Organizaciones No Gubernamentales y de la solidaridad con el Tercer Mundo, la búsqueda de un nuevo compromiso ético en las ciencias físicas, biológicas y de la salud, la contestación al posmodernismo -cuyas críticas es capital considerar- desde una nueva racionalidad, están creando un clima mental, intelectual y moral, muy diferente, menos individualista y más humanista, a medida que nos acercamos al año 2000. O la humanidad devuelve al hombre, y a su medio ambiente, al centro de interés de la actividad política y económica, o el descalabro final -ecológico, demográfico, ético, social-, a manos de la tercera revolución tecnológica y de la prepontencia del Primer Mundo, está asegurado. La historia y las ciencias humanas tienen algo que decir, y van a decirlo, siempre y cuando el paradigma historiográfico culmine satisfactoriamente el cambio en curso, que no tiene meta pre-establecida: depende de nosotros.
Nota: Ya lo sé. Es un artículo demasiado largo para un blog. Mil disculpas (felicitaciones si llegaste a esta línea)






2 comentarios
Gabriela
7 nov 2005 | 02:29 PM
Estoy estudiando historia y una de las materias que curso es Investigación histórica.
Elegí para un trabajo de investigación "críticas a la escuela de Annales", y la verdad que me estoy volviendo loca, no logré todavía establecer claramente un anális propio que me permita entender estas críticas.
Pero me ayudó bastante leer este artículo.
Gracias
Mauricio
1 dic 2005 | 11:59 PM
Gabriela: llegar a tener un análisis propio es algo que todos tardamos en alcanzar. Me alegro que el artículo te haya ayudado en tu camino de construir significado. Si hay algo en que los apasionados por la historia estamos a contrapelo con el mundo de hoy, es la velocidad. Pero no te angusties.. ya pasará.
Saludos cordiales
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