Vivimos un mundo que para muchos es ininteligible. La fusión de todo con todo que se está produciendo a partir del cambio de paradigma de la ciencia nos tiene confundidos. Mientras algunos estamos tratando de coger las hebras de esta realidad caótica y contradictoria, nuestras aulas siguen llenas de profesores y estudiantes anclados en un modelo de educación mecánico y lineal.
Este blog lo he iniciado con Einstein porque desde allí, a mi juicio, se quiebra la ciencia. Mientras tanto, en muchos lugares se está intentando refundar la interpretación de la naturaleza y la realidad.
El gran problema de la educación hoy, también a mi juicio, es que hay varias generaciones que se formaron bajo otro paradigma y no hemos sido capaces de reaprender la nueva lógica.
Dejándome llevar por mis intuiciones más que por un planificado y ordenado itinerario de aprendizaje - lo reconozco - estoy tratando de conectar experiencias fragmentadas que circulan por la Red, con el fin de intentar despejar la confusión y promover la fusión con una interpretación coherente.
Vamos por partes. Encontré una convocatoria al IV Congreso Internacional Nuevo Paradigma de la Ciencia de la Educación que se realizará en México el próximo mes de diciembre. Me parece muy interesante y en su presentación afirma que:
"Los conceptos “absolutos” del siglo antepasado sobre conocimiento, ciencia, verdad y método siguen viviendo en la mente de muchos investigadores y profesores como si la revolución de la física y, por derivación, de muchas otras ciencias, nunca se hubiera dado. Por ello, nuestra propia transformación como educadores es imprescindible.
¿Cuál es la urgencia?
Hoy padecemos una hiperespecialización donde la gran mayoría sólo posee una parcela muy reducida del saber. Uno de los desafíos más difíciles será el de modificar nuestro pensamiento de manera que haga frente a la creciente complejidad, la rapidez de los cambios y la incertidumbre que caracteriza a nuestro mundo".
Coincidentemente (esta palabra me persigue) el lema del congreso que les comento es una cita de...Albert Einstein, que dice:
"La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado. La imaginación circunda el mundo."
Percibo que por ahí se puede abrir el camino para replantear la educación. Estaré atentó para ver como se desarrolla el congreso.
Lo segundo que quiero comentar en esta línea, es la manera cómo esta nueva realidad está afectando a la Historia como ciencia. Ya lo sé, para muchos el estudio de la Historia sigue siendo una clase insufrible y aburrida centrada en memorizar nombres, fechas, lugares y personajes. Lamentablemente en parte es así.
Sin embargo, creo que en un futuro cercano la Historia que estudiamos en el colegio no será la misma. Para eso hay mucha gente trabajando.
Un ejemplo de esta nueva visión, lo transcribo mediante el siguiente artículo del académico Carlos Barros de la Universidad de Santiago de Compostela, España.

La Historia que Viene
La manera de escribir la historia implantada entre los historiadores profesionales a partir de la II Guerra Mundial, la historia entendida como ciencia, de cuya puesta en práctica resultó una historia económico-social, estructural y objetivista, que propugnó la ambición ideal de una historia total y la necesidad de estudiar el pasado para comprender el presente y construir un futuro mejor, ha sido fuertemente cuestionada a lo largo de la pasada década, al tiempo que entró en crisis el proyecto filosófico común que la sustentaba, la idea ilustrada del progreso.
Hasta aquí la evidencia. Resulta menos claro para todos, y la razón de ser de este trabajo es intentar explicitarlo, el hecho de que la comunidad de historiadores ha ido formulando, a la vez que la crítica, nuevos consensos sobre cómo ejercer la profesión, con frecuencia sin saberlo, porque el proceso de las nuevas convergencias se produce más en la práctica que como consecuencia de un debate explícito. Por algo se dice, y con mucha razón, que la crisis finisecular de la historia -pensemos sobre todo en el papel decreciente de los historiadores y de la historia en la sociedad- está acompañada de un formidable incremento de la producción historiográfica, que ha renovando enormemente temas y métodos, pero de una manera desigual, sin demasiada reflexión, sin orden ni concierto, lo que limita gravemente y aun puede dar al traste con los posibles resultados. Nuestras primeras propuestas quieren ser, justamente, sobre la forma en que las comunidades científicas, en general, reconstruyen, a través de procesos críticos, su acervo común.
Nos interesa más, en esta ocasión, saber qué historia se hace y, sobre todo, qué historia se debe hacer -con lo cual sobrepasamos, consciente y críticamente, la función notarial-, que las reprobaciones, en algunos frentes muy generalizadas, a las "nuevas historias" que han caracterizado las historiografías del siglo XX, y cuya vigencia en gran medida no dejamos de reivindicar, siempre y cuando aceptemos -desechando por tanto cualquier espíritu numantino- todo aquello que está superado por la práctica científica en general, y por la práctica de los historiadores en particular, así como las nuevas necesidades sociales, culturales y generacionales, a las que la historia y las ciencias sociales deben responder en este acelerado fin de siglo, iniciado en 1989, que en un principio impulsó tremendamente las críticas posmodernistas -y más aún las premodernistas- para en un breve plazo animar una racionalidad renovada, una nueva ilustración, una reformulación de la idea de progreso que tome en consideración errores y fracasos, esfuerzo intelectual con el que nos sentimos identificados.
Enunciaremos brevemente, mediante 16 tesis o proposiciones argumentadas, los criterios que nos parecen fundamentales para alcanzar el nuevo consenso historiográfico en proceso de gestación, con el fin de alentar el debate contribuyendo a centrarlo y promoviendo la disidencia, conscientes de que todavía estamos en el camino: no ha terminado la transición al paradigma historiográfico común del siglo XXI, ni siquiera es inevitable.
1
La historiografía avanza a saltos, y no por simple acumulación, según las decisiones consensuadas en cada momento por la comunidad de historiadores.
En cualquier libro de historiografía que se precie, se explica el progreso del conocimiento histórico jalonado por rupturas en la forma de escribir la historia2. Han sido particularmente importantes: el cambio traumático de la historia metafísica, sagrada o literaria, a la historia positivista en el siglo XIX, y la revolución historiográfica del siglo XX, protagonizada por la escuela de Annales y el materialismo histórico, contra el concepto positivista de la historia. Precisamente este modo de concebir la historia de la historia, a través de revoluciones disciplinares, es deudor de la concepción materialista de la historia.
Pues bien, Thomas S. Kuhn, un físico reconvertido en historiador de la ciencia, aplicando a su manera el método de la historia al devenir del conocimiento científico, singularmente referido a las ciencias de la naturaleza, ha revolucionado la filosofía de la ciencia a partir de los años 603, poniendo en muy graves aprietos a las, en aquel momento, dominantes concepciones neopositivistas (encabezadas por Popper) que han coartado, mucho más de lo que se piensa, el desarrollo del programa historiográfico inicial del materialismo histórico y de Annales.
A diferencia de los positivistas, viejos y nuevos, Kuhn sitúa el origen de las certidumbres científicas más en las decisiones sucesivamente consensuadas, tras períodos de crisis y de rivalidad de teorías, por la comunidad científica de cada disciplina, que en la verificación (o falsación) empírica, por lo demás indispensable. La aplicación a las ciencias sociales y humanas de los descubrimientos de Khun se infiere de sus propias deudas explicitadas con la historia -y también con la sociología, la psicología social y la epistemología4-, al estudiar la historia de las ciencias físicas, y más aún de la propia experiencia de la historiografía, que no por casualidad suscita hoy la atención creciente de los historiadores, que así y todo nunca ha llegado tan lejos, como Kuhn, a la hora de sistematizar teóricamente la evolución histórica de la ciencia, en nuestro caso, la ciencia de la historia.
En las pasadas décadas, el interés de Kuhn y de otros científicos por la historia no se ha correspondido con un interés recíproco de los historiadores por la historia de la ciencia y la filosofía de la ciencia. La razón reside en la separación vigente, a menudo teñida de animadversión, entre ciencias y letras5, entre ciencias "duras" y ciencias sociales y humanas, debido a la cual pasó desapercibido el ulterior "ablandamiento" de las ciencias físicas. Cuando, excepcionalmente, ha existido una relación entre historia y ciencia estricta, se ha establecido con la ciencia neopositivista -por ejemplo, para importar métodos cuantitativos-, pese a la hostilidad manifiesta de Karl Popper hacia todo historicismo. Por lo demás, el espontáneo desinterés del historiador de oficio hacia la teoría, viene a remachar este décalage entre investigación histórica e historiográfica y filosofía de la ciencia, últimamente la rama más productiva de la filosofía.
La salida a la actual crisis de identidad y de crecimiento de la disciplina histórica, pasa, en nuestra opinión, por la aplicación de la teoría de Kuhn sobre el desarrollo histórico de las ciencias.
2
Existe un paradigma común de los historiadores, hoy en plena crisis, cuya resolución plena no será posible más que con la sustitución por un paradigma nuevo.
Entendemos por paradigma común el conjunto de compromisos compartidos por una comunidad científica dada: aquellos elementos teóricos, metodológicos y normativos, creencias y valores, que gozan en un momento determinado del consenso de los especialistas. Un paradigma global está, a su vez, formado por paradigmas parciales. El funcionamiento de un paradigma común es consustancial con la existencia de una disciplina unificada, se justifican mutuamente, y no excluyen la pluralidad de enfoques, incluso de escuelas, más bien lo contrario: nunca encontraremos plena homogeneidad teórica y metodológica entre los miembros de una comunidad establecida, ni tampoco es aconsejable en aras de la buena marcha de una disciplina científica. El concepto historiográfico de paradigma ha sido precisamente creado por Kuhn para explicar los mecanismos reales de aprendizaje y consenso, en el interior de cualquier comunidad madura de científicos, necesariamente más flexibles y abiertos que los propios de una escuela con su teoría, sus líderes y su jerarquía. La historia científica, más allá de las escuelas historiográficas y de las historiografías nacionales, no habría podido establecerse sin un paradigma común.
El reconocimiento subjetivo del paradigma común de los historiadores del siglo XX, tropieza de entrada con dos problemas. La relativa rivalidad de las dos grandes escuelas historiográficas, Annales e historiografía marxista6, que han articulado -por vez primera- el paradigma común historiográfico a mediados del siglo XX, combatiendo exitosamente la historia tradicional: acontecimental, política, narrativa, biográfica. Y la persistencia de un tercer componente positivista, raramente admitido por los nuevos historiadores, que se refleja en el carácter manifiestamente empírico que ha seguido impregnando el oficio de historiador, con lo que tiene de positivo (crítica y uso de fuentes) y de negativo (desprecio por la reflexión y la teoría).
Con independencia del grado de conciencia que tenga tal o cual historiador, o del grado de aceptación de dicho consenso por parte de ésta o aquella escuela o historiografía nacional, el paradigma común de los historiadores existe y funciona. Entre los compartidos paradigmas parciales que constituyen el ahora ya viejo paradigma general del siglo XX, que conocemos como la historia científica, hay que contar con los siguientes: historia total, pasado/presente/futuro, historia-ciencias sociales, historia explicativa, historia económico-social, fuentes no narrativas, cuantitativismo, monografías regionales, multiplicidad de tiempos.
La puesta en práctica del paradigma Annales-marxismo, a partir de la segunda mitad del siglo XX, ha sufrido, no obstante, severas limitaciones y desviaciones a causa de sus propios defectos, y de la pervivencia del positivismo en el método y la teoría, portador de un objetivismo muy pronto eficazmente reforzado por el economicismo marxista y por el estructuralismo (el paradigma estructuralista dominó ampliamente a las ciencias sociales, por lo menos hasta 1968).
Tres fracasos sucesivos e interrelacionados del paradigma común del siglo XX, han abierto y alimentado la crisis actual, y las reacciones puntuales de los historiadores a ella:
1) De la historia objetivista, economicista, cuantitativista, estructuralista, que da lugar en los años 70 a un progresivo retorno del sujeto, primero social (historiografía marxista angloamericana), después mental (historia francesa de las mentalidades) y por último tradicional (biografía, historia política).
2) De la historia total, abandonada como enfoque de la investigación, proclamada como algo imposible de alcanzar pero que es necesario mantener como "horizonte utópico" de los historiadores, renunciándose después a ella en el plano de la teoría, al tiempo que -ya en los años 80- la historia se desarrolla exactamente en sentido contrario: fragmentándose hasta el infinito en temas, géneros y métodos.
3) De la relación pasado/presente/futuro donde falló, por ejemplo, la sensibilidad del historiador hacia el feminismo, y hacia la relación hombre-medio ambiente, que para la nueva historia, geográfica y económica, se reducía al estudio del dominio de la naturaleza por medio del trabajo, o de los condicionamientos geográficos de la sociedad. La hoy vigorosa historia de las mujeres (y lo mismo podemos decir de la historia ecológica) se desarrolló, por tanto, al margen de Annales y del materialismo histórico, sobre todo en sus comienzos, y contra los hábitos pre-teóricos de la persistente influencia positivista. Aunque donde la derrota de la historia, como parte de las ciencias sociales, ha sido más notoria es en la incapacidad para comprender, y tanto más para prever, las revoluciones de 1989-1991 y la transición del socialismo al capitalismo en el Este europeo, que han trastocado el sentido progresivo de la historia del siglo XX. La historia científica supo asimilar el marxismo historiográfico, pero resultó incompetente para analizar y explicar las realizaciones históricas del marxismo político.
Éstas y otras anomalías impugnan el paradigma común de la historia como ciencia social, y provocan reacciones diversas, internas y externas, que están contribuyendo, directa e indirectamente, desde los años 70, a perfilar un nuevo consenso historiográfico. Proceso de gestación, y también de dispersión e incertidumbre, cuyo buen final no está para nada garantizado. Existe también la alternativa de la marginalidad: una historia cada vez más alejada de las ciencias sociales -y naturales- y más próxima a la ficción o al interés erudito de una excelsa minoría, una historia con dificultades crecientes para hacer ver su utilidad social y su papel capital en la educación de los ciudadanos y en la investigación.
En el capítulo de las reacciones internas a la crisis del paradigma común, reseñaríamos como más llamativas: a) los retornos de los géneros tradicionales (historia política, biografía histórica, historia-relato), que desde el período de entreguerras creíamos ajenos a la historia científica, o sea, la "historia historizante" que parecían haber derrotado Bloch, Febvre y Braudel; b) el conservadurismo academicista de varia orientación, que quiere mantener el paradigma historiográfico del siglo XX, simulando que nada pasa o argumentando, defensivamente, que es mejor repetir indefinidamente el saber acumulado que la fragmentación y la nada; c) el revisionismo historiográfico, que, aprovechando la coyuntura ideológica de los años 80, pretende para dar la vuelta a la historiografía de las revoluciones sociales de la modernidad (francesa e inglesa, mayormente), y de las dictaduras implantadas en el período de entreguerras en Alemania, Italia y España.
Externamente, anotemos cómo la ideología posmoderna influye sobremanera en la historiografía actual. La crítica despiadada de la idea del progreso -base filosófica común del paradigma de los historiadores contemporáneos- y el "todo vale" metodológico animan a bastantes historiadores a instalarse cómodamente en la fragmentación actual de la historia, considerando incompatible la presente libertad de temas, géneros, métodos y teorías con la vigencia de cualquier "paradigma unificador". El carácter más destructivo que constructivo del posmodernismo frena sus efectos, y lo inutiliza como alternativa historiográfica.
Los acontecimientos de 1989-1991 parecieron, en un primer momento, darle la razón a los predicadores del fin de los intentos modernos de transformar el mundo, para, en cierto sentido, quitársela de inmediato con la paradójica vuelta al poder de los ex-comunistas en casi todos los países del Este mediante elecciones. Este rápido y contradictorio proceso se reprodujo con la proclamación del "final de la historia" que hizo en 1989, antes de la caída del muro de Berlín, Francis Fukuyama, asegurando que la modernidad había llegado a su destino con la generalización, como única alternativa, de la democracia liberal. La respuesta justamente airada de los historiadores de profesión a una propuesta que choca con nuestro conocimiento de la historia -y cuestiona asimismo la continuidad de nuestra profesión-, no ha de ocultarnos la mayor enseñanza del debate sobre el "final de la historia" (y que también es deducible de la crítica posmoderna): el agotamiento de la teoría progresiva de la historia, concepto fatalista de una historia que avanza hacia un final feliz previamente fijado.
3
Es una falsa alternativa decir que la historia, como no puede ser una ciencia "objetiva" y "exacta", no es una ciencia.
El lento redescubrimiento, a lo largo de los últimos veinte años, del rol del sujeto en la historia y del libre albedrío del historiador en su trabajo, entre la cenizas de la vieja historia objetivista, economicista y estructuralista, sembró, una vez más, de dudas a la profesión acerca de la cientificidad de la historia como disciplina capaz de reproducir el pasado "tal como fue". La pervivencia de este concepto eminentemente positivista de la ciencia y de la historia según Ranke, entre los historiadores de formación annaliste y/o marxista, está por ende facilitando extraordinariamente el retroceso de la historia: bien hacia la literatura, exacerbando la subjetividad del historiador, bien hacia un nuevo presentismo sin pretensiones de cientificidad, que opone el compromiso social del historiador a su tarea como investigador.
La dudas prácticas del historiador sobre la vieja objetividad, sus certezas sobre el relativismo del conocimiento histórico, que en realidad lo aproximan a la última filosofía de la ciencia, son paradójicamente percibidas por la comunidad de historiadores -impregnada de positivismo- como un alejamiento de las ciencias naturales, como una vuelta a las humanidades clásicas, con lo que se hace tabla rasa de avances fundamentales de la historiografía del siglo XX. La contradicción se resuelve fácilmente -en teoría, porque es muy difícil trabajar guiados por conceptos relativos- reformulando la ciencia histórica de acuerdo con los últimos avances epistemológicos de las ciencias sociales y, singularmente, de las ciencias naturales.
4
La redefinición de la historia como ciencia y la nueva física.
¿El concepto de historia debe cambiar al mudar el concepto científico de la realidad? Pensamos que sí. El siglo XX ha supuesto el fin de la mecánica newtoniana a manos de la física cuántica y de la teoría de la relatividad, sin embargo el objetivismo y el absolutismo de la vieja mecánica ha seguido condicionando largamente la joven ciencia histórica. El principio de indeterminación (Heisenberg), el principio de complementaridad (Born), la complejidad y el caos, reintroducen el sujeto en el proceso, y el resultado, de la investigación y relativizan de tal manera la verdad científica, que dejan en evidencia todas las prevenciones de los historiadores, y de otros científicos sociales, hacia el peso de la subjetividad en sus obras. El acercamiento real entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias sociales (y entre las ciencias físicas y las humanidades), ahora mucho más compatibles que a principios de siglo, ha sido por el momento más reconocido por los científicos "duros" (el éxito del objetivismo relativo de Kuhn se explica también por ello) que por los humanistas que desde los tiempos del positivismo (Comte) buscaron, y encontraron, en las ciencias de la naturaleza, una referencia epistemológica y metodólogica científica segura.
A finales de siglo se impone un concepto de ciencia que pone término a la separación positivista objeto/sujeto8, ¿puede la historia permanecer ajena a esta revolución científica, cuando su propia práctica la llevado a concluir que no existe una verdad absoluta al margen del observador actual y del sujeto histórico? La historia es, o puede ser, tan objetiva como la nueva física. La nueva ciencia con sujeto no es menos sino más científica que la vieja ciencia (objetivista) del positivismo. Roto, hace ya tiempo, el consenso historiográfico sobre una definición y una práctica objetivista de nuestra disciplina, sólo se podrá recomponer asimilando los historiadores la nueva racionalidad científica, de signo relativista y transdisciplinar, que va a caracterizar el siglo XXI. La reconstrucción del paradigma común de los historiadores, sin el cual la historia será incapaz de superar el desmigajamiento actual y recobrar su papel en la sociedad, requiere tomar nota de los cambios paradigmáticos en el conjunto de las ciencias sociales, y en la concepción general de la ciencia, dictada ayer como hoy por las ciencias de la naturaleza (prueba de que la ciencia no ha abandonado sus bases de partida materiales, realistas). Conforme la epistemología y la metodología de las ciencias "duras" y "blandas" se aproximan, los consensos paradigmáticos devienen más inclusivos.
5
La historia de la humanidad no avanza hacia una meta fijada de antemano, pero tampoco tiene vuelta atrás.
El estudio del pasado, a partir de los problemas del presente, es un criterio compartido por los historiadores, que justifica la utilidad social de la historia en la lucha de la humanidad por un futuro mejor. Esta idea ilustrada, ingenua y optimista, del progreso indefinido, según la cual el desarrollo científico-técnico engendra una sucesión de formas sociales cada vez más avanzadas, ha chocado primero con las guerras mundiales y los horrores políticos (Auschwitz, Gulag), y más recientemente con una conciencia generalizada del deterioro irreversible del medio ambiente, y de la evidencia de que el bienestar económico sólo favorece a una minoría de países industrializados y condena al resto de la humanidad a la miseria. La religión laica del progreso indefinido ha sufrido su último golpe con la caída de los países del llamado socialismo real, que decían estar construyendo una sociedad final comunista y que ahora buscan en el régimen social pre-revolucionario, en el capitalismo, la solución a sus problemas económicos y sociales, sin demasiado éxito por lo demás.
No existe una meta preestablecida de la historia de la humanidad como se creyó durante siglos (el juicio final de la historia providencialista, la democracia liberal de Hegel-Fukuyama, la sociedad sin clases de Marx), igual que no existe una verdad científica fija y permanente. Tampoco está garantizado que la evolución social vaya de peor a mejor al desarrollarse la economía, la ciencia y la técnica. El sujeto de la historia es más libre, y el futuro está más abierto, de lo que podíamos sospechar. Lo cual no quiere decir que el progreso se haya acabado, que la humanidad no deba plantearse ambiciosos objetivos -móviles-, que el proyecto de la modernidad haya llegado a su fin, sea porque ya se ha realizado plenamente (Fukuyama), sea porque nunca se va a llevar a cabo (posmodernismo), sea porque nos encaminamos hacia una sombría "Nueva Edad Media".
La historia nos ha enseñado que los sentimientos de confusión e incertidumbre acompañan a los períodos de transición, y que éstos rematan tarde o temprano con la implantación de nuevas realidades (y de nuevos paradigmas). Por otro lado, el único progreso histórico que ha habido es el progreso relativo: ni absoluto ni lineal ni inexorable; medido desde el presente y no desde el futuro (salvo para viajeros del tiempo). Un futuro, pues, abierto a diversas alternativas. Y un pasado que nunca vuelve. Una nueva idea racional -no teleológica- del progreso que seguirá incluyendo rupturas y revoluciones -políticas y sociales, culturales y científicas-, que coloca al sujeto en el centro de la historia, que reconoce el papel movilizador de las utopías pero no las confunde con las ciencias.
6
Sin el sujeto, del pasado y del presente, no es posible una historia objetiva.
La redefinición de la verdad científica que, incluyendo al sujeto observador, realza la función del historiador en el proceso de la investigación histórica, viene a darle la razón a determinados paradigmas historiográficos del siglo XX, como la historia-problema de Annales o la función clave de la teoría en el materialismo histórico, cuya aplicación ha resultado obstaculizada por la pervivencia de la creencia positivista entre los historiadores. El nuevo concepto de objetividad relativa va incluso epistemológicamente más allá de la vieja historia explicativa, al restaurar el sujeto fuerte como fuente de objetividad (la comunidad científica de Kuhn como factor definitorio de lo que es o no es objetivo), al fundir objeto y sujeto, postulando que no tienen vidas separadas. Corresponde científicamente al historiador, individual y colectivo, trabajar con los datos para explicar e interpretar, para buscar la causa y el sentido de los hechos históricos, para construir teóricamente su objeto e investigar empíricamente, como vienen haciendo los científicos "duros" y muchos científicos sociales. La continuidad de los malos hábitos del positivismo (que hace desaparecer ilusoriamente al sujeto-observador) contradice las aportaciones más audaces e inéditas de los fundadores del paradigma historiográfico del siglo XX, la práctica historiográfica vigente, la recuperación plena de la cientificidad de la historia.
La derivación de la escritura de la historia, desde los años 70, hacia una historia del sujeto mental, antropológico, cultural, y más recientemente hacia una historia del sujeto individual, ha hecho olvidar el sujeto colectivo, social, de la historiografía social angloamericana, relegado en la investigación histórica10, a causa de la depresión ideológica pos-1968, primero, y de la "ola conservadora" de los años 80 después, hasta que fue rescatado para el debate historiográfico por los revisionistas, desde un punto de vista contrario, y también por la historia inmediata. 1989, es, de nuevo, la fecha clave, el año del Bicentenario de la Revolución Francesa y de las revoluciones democráticas en el Este.
El retorno de la revolución y del protagonismo político de las masas en Europa oriental, entre 1989 y 1991, vivido en directo a través de la televisión en todo el mundo, es el retorno del sujeto fuerte de la historia que la historiografía del viejo paradigma, sea annaliste sea marxista, había finalmente dejado de lado, al compás de la coyuntura intelectual, fiel a una historia económico-social estructural o a una historia de las mentalidades (y sucesores) ajena a la historia social11.
Esta emergencia conjunta del sujeto fuerte de la nueva epistemología científica y del sujeto fuerte de la historia reciente, no es casual, avisa de que estamos entrando en la era del pos-posmodernismo, anuncia las pre-condiciones para una nueva ilustración. ¿Qué vincula la revalorización colectiva del investigador, de una parte, y del agente histórico, por la otra? La respuesta está en otro punto incumplido del programa annaliste-marxista, la "historia humana" de Bloch y de Gramsci, los hombres haciendo y decidiendo su propia historia, tanto la historia de la ciencia como la historia de los hechos.
Contemplar el sujeto y el objeto de la historia como una misma realidad, es un principio fácil de enunciar pero difícil de aplicar, según los esquemas metodológicos y ontológicos heredados. Todo un reto para los historiadores del futuro.
7
De la determinación económica simple a la determinación global y compleja, concreta y revisable, de los hechos históricos.
El paradigma objetivista y estructural en activo -según Kuhn, ningún paradigma deja de estar vigente hasta que es plenamente sustituido- ha primado el determinismo de la economía, incluso de la geografía, cuando se trata de explicar los hechos históricos, en detrimento de la causalidad subjetiva de la lucha social, orillando otras dimensiones que condicionan asimismo la realidad pasada como la mentalidad y la cultura, la política y el poder, los individuos y las instituciones; determinaciones con las cuales el historiador se encuentra todos los días en sus investigaciones.
La reacción subjetivista contra la prioridad de la historia económica, infraestructural, ha llevado -aunque no siempre-, siguiendo la ley del péndulo, a subrayar la indeterminación de los acontecimientos históricos. Al punto que la historia sería el reino de la contingencia absoluta: un sujeto sin objeto. Así, en un primer momento, la historiografía se desinteresó por la investigación de las causas y de las explicaciones, para negar, más adelante, la posibilidad de conocerlas, al tiempo que volvían los enfoques más tradicionales de la historia y se renovaba otra idea de origen neopositivista: la imposibilidad de aprehender la realidad más allá del discurso (el linguistic turn en su versión más radical).
Nuestra propuesta es superar la polémica determinación/indeterminación llevando a cabo "un análisis concreto de cada situación histórica concreta" con el fin de averiguar, sin rígidas posiciones previas, el grado posible de determinación de un hecho histórico que, como sabemos, depende de las fuentes conservadas, los métodos de investigación, los conocimientos no basados en fuentes, las hipótesis y teorías que utilice el historiador. El resultado es, obviamente ,revisable en la medida en que los factores subjetivos de la investigación varíen.
La búsqueda prioritaria de las causas de la historia en su base material, se ha revelado como un enfoque claramente insuficiente, y en ocasiones erróneo. Toda metodología no reduccionista ha de perseguir, pues, la determinación global de los hechos históricos, más allá de los esquemas simplificadores y separadores (objeto/sujeto, base/superestructura, economía/política/cultura) propios del impugnado paradigma objetivista, economicista y estructuralista. La investigación específica nos dirá, en cada caso, el grado de complejidad de la combinación de las determinaciones.
La realidad histórica suele ser más compleja que nuestras metáforas mecánicas, la imposición de éstas nos aleja, en consecuencia, del objeto de estudio; cierto, pero no siempre es así, los esquemas simples pueden hacer plausible en algunos casos una descripción, incluso una explicación, toda vez que la complejidad incluye la simplicidad13. Así es como mantiene cierta vigencia la determinación económica de la realidad social, política y cultural, no pocas veces demostrada por la historia y otras ciencias sociales en investigaciones concretas. El problema por resolver, en cada caso, es cómo articular globalmente la economía con las restantes dimensiones, que, además de estar en interacción con ella, viven en su interior: la política y la mentalidad también forman parte de la vida económica y material, y viceversa, de ahí la invariable incapacidad de la metáfora rígida del edificio de tres plantas(economía/política/cultura) para comprender cabalmente, y aun para describir correctamente, la mayor parte de las veces, el mundo pasado. La determinación económica es también, habitualmente, una determinación global y compleja.
8
Lo que decide que un tema de investigación o un género historiográfico sea válido o no, es la aportación del historiador: los problemas planteados, los métodos aplicados, los resultados obtenidos.
El paradigma objetivista atribuyó al objeto, al tema de investigación, una función excesiva, incluso "mágica", en la legitimación de la cientificidad o de la utilidad social de una obra de historia. Las grandes innovaciones historiográficas del siglo XX fueron, en primer lugar, innovaciones temáticas. En cada época historiográfica se privilegió una forma de historia. A la historia política siguió la historia económica-social, y a ésta la historia desde el sujeto (mentalidades, antropología histórica, nueva historia cultural), cerrándose el círculo, y el siglo, con la vuelta de la historia política (en bastantes casos con nuevos enfoques). En general, se han obtenido buenos resultados en cada uno de estos géneros temáticos de la historia, bajo la influencia de las correspondientes ciencias sociales: ciencia política, psicología, antropología, sociología, economía, etc. Ya no vale primar o descalificar a priori, sin antes analizar los problemas planteados, los métodos aplicados y los resultados obtenidos, un tema o un género historiográfico15. La mayor parte de los campos historiográficos que en este fin de siglo, a modo de recapitulación y resumen, están encima de la mesa del historiador, han obtenido ya su carta de naturaleza en el mundo de la historia profesional.
Esta amplitud de objetos sin precedentes es una conquista irreversible de la historiografía contemporánea. El ensanchamiento del tipo de fuentes utilizadas (de la documentación escrita a "todos los documentos", según la expresión de Febvre), fue seguido de tal alargamiento del territorio temático del historiador, que se hace, ahora, dificultoso descubrir nuevas parcelas historiográficas, y, si bien el presente -y el futuro- van a continuar sugiriendo nuevas materias de estudio, debemos de concluir que el centro de gravedad de la renovación historiográfica se desplaza hacia enfoques más metodológicos y teóricos.
El primer problema teórico por resolver con espíritu innovador es, justamente, el de la fragmentación de la historia en múltiples objetos16 desconectados entre sí. La incompetencia de la historiografía del siglo XX para ofrecer una explicación de conjunto, unitaria, del pasado de los hombres, ha quedado patente donde sus avances son más manifiestos: la diversificación temática. La paradoja está en que bajo la variedad en aumento de especialidades y subespecialidades, subyace de alguna forma la búsqueda de una historia total (entendida como horizonte utópico), la idea de que hay que estudiarlo "todo"; el precio pagado fue quedarnos sin lo fundamental: una investigación global de la historia de los hechos, períodos temporales o civilizaciones del pasado.
9
De la necesaria pluralidad de la innovación metodológica.
El paradigma historiográfico del siglo XXI está obligado a ser más global y transnacional que el paradigma historiográfico del siglo XX. Una mayor interrelación entre cultivadores de distintos tipos de historia, y entre historiografías nacionales, acabaría con ese prejuicio académico de descalificar las vías de renovación historiográfica ajenas a la propia. No se trata solamente de predicar la tolerancia -virtud intelectual cuya ausencia tendría que encender todas las señales de alarma-, la cuestión es que la pluralidad innovadora en el método es, en este momento, imprescindible para la recomposición del paradigma común de los historiadores, y para avanzar de nuevo, desde las múltiples variedades historiográficas, hacia un terreno común, única forma de conseguir que la disciplina reconstruya finalmente sus señas unitarias de identidad.
En tiempos de la hegemonía objetivista, la metodología cuantitativista venía siendo el paradigma de la exactitud17 y de la cientificidad; ahora mismo, el retorno de los métodos cualitativos, corre el peligro de llevarnos al otro extremo; lo más avanzado sería, desde luego, una combinación de métodos cualitativos y cuantitativos si el tema, las preguntas y las fuentes, lo exigen y/o lo facilitan.
El método cualitativo por excelencia de los historiadores, es la narración. Denostada como paradigma de una historia tradicional tachada -no sin razones- de superficial, descriptiva y acontecimental, por la nueva historia annaliste-marxista, la historia narrativa vuelve, a mediados de los años 70, como índice de la crisis de la historia científica (Stone), siendo posteriormente asimilada por ésta a marchas forzadas. Autores representativos como Georges Lefebvre y Jerzy Topolsky han defendido, hace ya tiempo, una historia-relato explicativa18, más allá de la infrahistoria vulgarizadora, y filósofos como Paul Ricoeur han argumentado, en la misma dirección, que toda historia es relato, incluido la Méditerranée de Fernand Braudel, obra paradigmática de la macrohistoria estructural de larga duración.
La verdad es que, prejuicios aparte, todos los historiadores empleamos de algún modo el relato, la conexión narrativa, para dar forma a nuestras investigaciones, ¿cuántas veces las conclusiones no adoptan su forma final hasta el momento de la redacción? La buena o la mala historia, tanto si nos referimos a la calidad como a la orientación, depende más del fondo que de la forma: es posible una historia narrativa no positivista, global y socialmente útil. No necesariamente una forma narrativa ha de conllevar un trasfondo de historia conservadora.
Una de las últimas vías de renovación historiográfica del paradigma objetivista, economicista y estructural, que no renuncia a la historia explicativa ni al relato histórico, está en la reducción de la escala de observación: la microhistoria (algo muy distinto de la vieja historia local). Pero, paralelamente, mediante la historia comparada -antiguo proyecto crítico alentado por Bloch, que no llegó a formar parte del paradigma común de la posguerra-, se nos propone otra manera de hacer macrohistoria. La conexión entre la microhistoria y una macrohistoria renovada, está por realizarse, así como, en general, las investigaciones históricas verdaderamente globales (más allá de la caricatura mecanicista de los tres niveles). El cambio de escala, micro/macro, la articulación de los espacios (y de los tiempos), pueden ser excelentes caminos para la globalización metodológica y teórica de la historia, para la rectificación de uno de los aspectos más negativos de la rica -por complementaria- evolución de la historiografía finisecular: la fragmentación de los objetos y de los métodos.




Melissa Contreras
3 oct 2005 | 09:37 PM
Respecto a que es más importante la imaginación que el conocimiento, creo que si solo imaginaramos en base a la forma de ver el mundo y sin tener el conocimiento suficiente no se desarrollaría el aprendizaje que se espera lograr durante nuestra vida.
Respecto a la Historia debería enseñarse de forma más entretenida porque creo que es mucha teoría y poca práctica, como por ejemplo realizando obras de teatro donde se represente a los personajes del pasado. Porque cuando las clases son sobre memorizar para una prueba no hay aprendizaje solo conocimiento a corto plazo.
Melissa Contreras
3 oct 2005 | 09:37 PM
Respecto a que es más importante la imaginación que el conocimiento, creo que si solo imaginaramos en base a la forma de ver el mundo y sin tener el conocimiento suficiente no se desarrollaría el aprendizaje que se espera lograr durante nuestra vida.
Respecto a la Historia debería enseñarse de forma más entretenida porque creo que es mucha teoría y poca práctica, como por ejemplo realizando obras de teatro donde se represente a los personajes del pasado. Porque cuando las clases son sobre memorizar para una prueba no hay aprendizaje solo conocimiento a corto plazo.
Laura
3 oct 2005 | 09:38 PM
No estoy en total acuerdo con Albert Einstein en lo que dice..
La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado. La imaginación circunda el mundo."
por que sin conocimiento alguno no podria haber imaginacion, pienso que desde el momento que una persona conoce que existe, que ve por primera vez un objeto (o lo que sea) recien existe para esa persona, entonces sin conocerla jamas podria imaginarla.
pero si estoy de acuerdo en que el conocimiento es limitado y la imaginacion no.
Evelyn Rojas
3 oct 2005 | 09:47 PM
Respecto a la introducción del texto estoy en absoluto acuerdo. El mundo poco a poco ha ido canbiando y cada vez con pasos mas agigantados; la educación por ser parte del mundo también cambia, y a diferencia de los antiguos cambios, las modificaciones actuales en la educación esta motivada por un factor fundamental que es la facilidad de comunicación que hay hoy en día gracias a internet. El uso de internet ha dado enfasis a la teoria organica y aunque la teoria mecanica no ha abandonado en absoluto a la educación las clases de historia en las institucíones han ido progresando con la ayuda de los docentes motivados por integrar las nuevas tecnologias y avances que ha inventado el hombre. Es así como los nuevos pensamientos continuaran desarrollando a la educación y las clases de historias no volveran a ser las mismas que hace una generación atras.
jacqueline muñoz
3 oct 2005 | 09:53 PM
si pienso que la imaginacion es mejor ya que, la persona lo puede primero imaginar y luego llevarlo a la accion.
claro que va a depender de cada persona realizar o imaginar dicho acto.
lo teorico siempre es un poco mas complejo y de vez en cuando mas aburrido, pero pienso que eso va a depender del educador como lo enseñe y lo lleve a la practica con sus alumnos.
lo que si esta claro que para las generaciones venideras las enseñanzas ya no seran las mismas ya que con todos los avances y tecnologias de hoy ya las clases pueden ser mas interactivas
paola
3 oct 2005 | 09:57 PM
creo que la Imaginación no implica necesariamente invencioon;desarrollar la imaginacion es pensar en imágenes.
y el conocimiento Acción de conocer. Facultad de sentir, perder el conocimiento. y es un Entendimiento de inteligencia, razón natural Sistema que explica las relaciones entre el pensamiento y los objetos.
y mi otro comentario es que la historia no creo que sea tan aburrida como se dice en algunos casos.
yo pienso que es depende del educador de que manera esta enseñando.
carmen
3 oct 2005 | 09:57 PM
Creo que la imaginación es más rapida que el conocimiento ...pero no por eso el conocimiento deja de ser importante, es un complemento.
si estoy de acuerdo que el desafío de modificar el pensamiento por que si bien es cierto es muy reducida.
por otra parte no creo que la historia sea aburrida depende del educador de las maneras que tenga de enseñar y entregarse alas clases, ,si el educador tiene nuevas ideas, transformaciones, clases mas didacticas mas ludicas, no necesariamnete este ramo si no que todos.
cambiará una gran mayoría las opiniones de que sean unas clases sufribles y aburridas.
Evelyn Rojas
3 oct 2005 | 09:58 PM
el conocimiento y la imaginación trabajan conjuntamente, sin imaginación el conocimiento no engrandece y sin conocimiento la imaginación engrandece pero no a paso firme, el que le proporciona el conocimiento.
Mauricio
7 oct 2005 | 02:05 AM
Para Melissa, Laura, Evelyn, Jacqueline, Paola y Carmen:
- Respecto a conocimiento e imaginación, la idea de Einstein con esta frase va por el camino que más que acumular información lo importante es cómo podemos crear perspectivas nuevas conectando lo existente y no sólo sumar más datos.
- En relación con la Historia, la clase puede ser muy "entretenida" sobre la base de contar anécdotas por ejemplo. Sin embargo, la pregunta es si realmente estamos transmitiendo conocimientos relevantes y significativos para quienes asisten a clases y no sólo haciéndoles pasar un buen rato.
Gracias por la participación.
Mauricio
Eduardo Cerda.
7 oct 2005 | 07:45 PM
con respecto a su introducción a su trabajo, he concorado que el mundo está evolucionando en pasos muy agigantados y no es la excepción la educación, ya que hoy en dia la forma de enseñar éstan complementadas con las herramientas de trabajo como por ejemplo la internet, el apoyo que ha genereado internet ha demostrado la teoria organica, no olvidando la mecanica que existía en educación en sus inicios, hoy en día ha ido cambiando los tipos de enseñanzas donde hay una complicidad entre profesor y alumno que ha sido un aporte al conocimiento y gracias hacia ese complemento, la enseñanza se ha ido engrandeciendo.