La Coctelera

C o n e X i o n e s
Nodo de Comunicación para conectar ideas, fragmentos y amistades ©

Categoría: Relaciones Humanas

Tendemos a encasillar a las personas al primer golpe de vista. Sumar matices y no limitarnos a confirmar nuestras certezas preconcebidas es el mejor antídoto.


Somos así. Una mirada y ¡zas!, ya hemos encasillado al personal. Los experimentos de John Bargh de la Universidad de Yale muestran que nuestro cerebro solo necesita dos décimas de segundo para formarse la primera impresión. Esa sensación no proviene de nuestro córtex. No surge de nuestra parte racional, sino de la amígdala, una estructura cerebral que da cuenta de nuestras emociones. No es una conclusión lógica y razonada, es más bien una sensación inconsciente que decanta nuestro corazón hacia un lado u otro.

Si programáramos a un robot para que clasificara a las personas, seguramente lo diseñaríamos para que reco­­gie­­ra el máximo de datos antes de extraer una conclusión. A nosotros nos programó la evolución, y no lo hizo así precisamente. Cuando nuestros antepasados se encontraban ante un extraño, su cerebro debía decidir lo más rápidamente posible si era peligroso o no, de ello dependía su supervivencia. Si sus neuronas hubieran dedicado mucho tiempo a recabar información, quizá la conclusión habría llegado de­­ma­­siado tarde. Así que estamos cableados para llegar a un juicio rápido basado solo en algunos detalles. Si ante un desconocido, algo de su aspecto nos re­­cuerda inconscientemente a alguien que nos perjudicó en un pasado, probablemente nos sentiremos amenazados. Puede que nuestra sensación sea atinada o puede que no. Quizá sea una simple peca la que nos genera esa impresión. Bromas que gasta la evolución.

Lo peligroso del tema no es solo que nuestra primera impresión puede estar totalmente equivocada, sino que es bastante determinante. Marca sobremanera las percepciones posteriores. Tanto, que apenas tomamos en cuenta si las informaciones siguientes apuntan en otra dirección.

“La intuición es poderosa; a menudo, sabia, y a veces, peligrosa” (David G. Myers)

Robert Lount de la Universidad de Ohio realizó un estudio mediante un videojuego de rol. El participante jugaba con otro que en realidad era el ordenador. El supuesto compañero (el ordenador) traicionaba a los participantes. A algunos, los traicionaba al principio; a otros, a la mitad, y a otros, al final. Los que se sentían engañados al principio no confiaban más en sus supuestos compañeros, cosa que no ocurría si eran traicionados a la mitad. Es más, cuando al final del juego se les preguntó qué impresión les había causado su compañero, si habían sido traicionados al principio, las impresiones eran mucho más negativas que si habían sido traicionados a la mitad o al final. Estos resultados apuntan hacia algo que ya sabíamos: si alguien nos engaña de entrada, difícilmente volveremos a confiar en esa persona; sin embargo, si lo hace cuando ya ha ganado nuestra confianza, quizá no la perderá. El orden es clave, lo primero determina.

“Tengo mucha psicología, cuando veo a alguien ya sé de qué pie calza, y siempre acierto”. Certezas aplastantes como esa se oyen a menudo. Existen dos fenómenos psicológicos que son los culpables de que a veces nos sintamos tan cargados de razón: la atención selectiva y la profecía autocumplida.

El mundo es un caos. Y los humanos nos sentimos muy desorientados en ese embrollo. Necesitamos ordenarlo. Así que tenemos una especie de casillero mental donde lo vamos clasificando todo. Una vez esa idea ya tiene su lugar en nuestro cerebro, nos gusta mucho ir apuntalándola. Nuestros ojos escudriñan la realidad solo buscando los datos que validan nuestras certezas, y pasan totalmente por alto las informaciones que las contradicen. Por eso, en parte, creemos tener tan buen ojo con la gente, sin darnos cuenta de que nuestro ojo tiene una parte ciega.

“Nunca tendrás una segunda oportunidad de causar una buena primera impresión” (Anónimo)

Pablo cree poseer un talento especial para detectar a los clientes que finalmente acabarán comprando algún mueble. Analicemos a Pablo. Entra un hombre trajeado en su tienda y rápidamente lo analiza, “este tiene pinta de que se va a dejar el dinero”. Con este pen­­samiento motivador en mente se dirige con la mejor de sus sonrisas al cliente y lo informa detenidamente sobre el producto. Y efectivamente, al final, el cliente compra. Ese mismo día entra otra señora. Por su aspecto, Pablo cree que no adquirirá nada. La clienta le pregunta por un secreter, y Pablo le contesta con desgana. La señora se marcha. ¿Realmente Pablo tiene una intuición especial o es su conducta la que determina el resultado final?

No podemos evitar seleccionar la información y es muy difícil no crearnos expectativas. Afortunadamente, si conocemos nuestras tendencias podemos ir suavizándolas. Sabemos que nuestras neuronas están programadas para darnos una impresión muy rápida del extraño que tenemos delante. Por suerte, hoy en día no tenemos tanta prisa como nuestros antepasados por emitir un juicio. Si, de entrada, nuestro corazón nos dice que se trata de una buena o mala persona, podemos intentar ser conscientes de esa sensación inconsciente y matizarla con más datos que vayamos recabando sobre la persona. No hay prisa.

La primera impresión, la surgida del inconsciente, no la hemos de desechar. Tenemos que escuchar los murmullos de nuestro inconsciente, pero matizarlos con los datos que nuestra conciencia, con más lentitud, vaya recopilando.

“Con seguridad, cuando trates de causarle buena impresión a alguien cometerás alguna estupidez” (Anónimo)

Nos gusta gustar. Y encima, a todo el mundo. Paradójicamente, ese deseo puede ser culpable a veces de que no caigamos bien. Lo primero sería extirparnos del cerebro esa ridícula idea de agradar a toda costa. Con el deseo de gustar, en una mano, y con la certeza del determinismo de la primera impresión, en la otra, no es fácil mantenerse tranquilo cuando vamos a conocer al alguien y podemos cometer muchos deslices, por ejemplo, en una entrevista de trabajo.

El error por excelencia es “la actuación”. Cuando actuamos puede haber una especie de disociación entre lo que decimos y lo que comunicamos por vía no verbal. Nuestros gestos y nuestras palabras no bailan armoniosamente. Y esa incongruencia es algo que no pasa desapercibido al inconsciente de nuestro interlocutor. Ser nosotros mismos, la autenticidad, es lo mejor para causar una buena primera impresión.

Sin embargo, lo de ser auténticos es un consejo que nos suena fatal si no nos gustamos. La raíz de la primera impresión que causamos a los demás se encuentra en la impresión que tenemos de nosotros mismos. Dejar de preocuparnos tanto por la imagen que proyectamos y ocuparnos más de cómo estamos con nosotros mismos puede ser un sabio camino.

Acertar o no acertar

La cinematografía nos muestra cómo la primera impresión algunas veces es atinada, y otras, no.

– ‘A primera vista’, de Irwin Winkler.

– ‘Los puentes de Madison’, de Clint Eastwood.

– ‘Nueve reinas’, de Fabian Bielinsky.

– ‘Orgullo y prejuicio’, de Joe Wright.

– ‘Adivina quién viene a cenar esta noche’, de Stanley Kramer.

Fuente: Jenny Moix Queraltó en El País, España

La familia está para lo bueno y lo malo, puede ser paraíso o infierno. Cuando se instala en el conflicto y el chantaje emocional llega a ahogar la capacidad de crecer.


Somos, en parte, el resultado de un sinfín de cruces parentales que depositaron en nosotros su legado, no solo patrimonial. La mayoría de las personas que sufren algún tipo de dolor anímico encuentran las causas del mismo remontándose a los años de convivencia familiar o, como ahora sabemos, a códigos inscritos en su árbol genealógico.

Culturalmente hemos elevado a la familia al paradigma del bienestar afectivo, la base del sustento de un país e incluso como un sacrosanto mandamiento divino. ¿Quién es el guapo que se atreve a poner en duda su valor? Y ahí aparece la paradoja: ¿cómo desentrañar sus perversiones cuando es el valor absoluto de una sociedad y la base afectiva de una persona? ¿Cómo formalizar la salida de una familia que puede estar maltratándonos, neurotizándonos o ahogándonos, si el vínculo de sangre es para toda la vida? No podemos ponernos en contra de la familia, pero ¿significa eso justificarla en todo?

El amor no es solo
un sentimiento, también
es un arte”
(Honoré de Balzac)

Nada más llegar a este mundo tenemos la tarea de encontrar la proximidad a un adulto con capacidad de cuidar y proteger. De ahí nace el apego. En el caso de no existir una respuesta satisfactoria, tendemos a desarrollar una estrategia secundaria: o bien se hiperactivará el apego (demanda de atención o lo que popularmente llamamos estar pegados a las faldas de la madre) o bien se desactivará (inhibición emocional). Nace así un estilo afectivo, una manera de amar y ser amados. Simplificándolo mucho, tenderemos a ser promotores de amor o, por lo contrario, mendigos afectivos que nos dejaremos querer, o huiremos asustados por miedo a perdernos en el otro.

La seguridad del vínculo tiene otra función mayor: permite explorar el entorno. Lo vemos a diario, cuando esos pequeñines alardean de sus primeros pinitos. El grado de confianza o desconfianza que tengamos ante la vida y los demás y nuestra autoestima tendrá mucho que ver con la fuerza de ese vínculo y sus dos condiciones: que sea estable y perdurable, basado en el afecto y el amor. Eso sí, nadie entiende lo mismo por afecto y por amor.

Ahora imaginemos a unos padres que, por miedo y exceso de control, mantengan a esa personita metida en una burbuja de protección. En lugar de reforzar su sistema de confianza, están depositando cantidades ingentes de miedos y fobias futuras. Del mismo modo, unos padres descuidados someterán a sus hijos a peligros innecesarios y situaciones estresantes que pueden acabar en traumas. O aquellos otros que, con la mejor de las intenciones, han colmado a sus hijos de todo lo que han querido, cuando lo han querido. Muchos se lamentan después de haber criado pequeños tiranos narcisistas. ¡Qué difícil saber lo que es más adecuado!

Mary Ainsworth, investigadora del apego a partir de la teoría incubada por John Bowlby, dio con la clave: la respuesta sensible. Consiste en la capacidad de los padres o cuidadores para comprender e interpretar adecuadamente las señales de demanda del bebé. Esa sensibilidad no es poca cosa, se convierte en un organizador psíquico en el desarrollo de la criatura, es decir, su arquitectura emocional (creencias y expectativas acerca de sí misma y de los demás). La respuesta sensible obedece a los modelos operativos de los padres, que dependen a su vez de la calidad de su propia historia afectiva. Muchos acaban haciendo a sus hijos lo mismo que les hicieron, anclando así valores morales que ya se expresan en los tres primeros años de vida.

Existe un gran acuerdo en resaltar la importancia de nuestros primeros años de vida: se construyen las paredes maestras de nuestra estructura psíquica. Nos condicionarán, sin duda, pero no nos determinarán. Como le gusta contar a Punset, llegamos al mundo con una colección determinada de interruptores y luego la vida se encarga de activar algunos y dejar en el olvido otros.

Son tus decisiones y
no el azar las que determinan el destino”
(Jean Nidetch)

En una familia puede existir esa respuesta sensible o puede que también esté condicionada por múltiples factores: la existencia de otros hermanos, el lugar que se ocupa entre ellos, o ser hijo único, o el encaje entre el trabajo y la familia, las modas, las relaciones en la escuela, una crisis económica que priorice la supervivencia. No se trata de culpar a nadie, sino de entender la construcción sensible de cada relación.

La arquitectura emocional, desarrollada en la etapa del apego, tendrá otras pruebas: la búsqueda de la propia identidad, el sentido de autoeficacia y el desarrollo de habilidades y talentos innatos. Por ahí nacen múltiples desencuentros, proyecciones de los propios padres y chantajes que ahogan el crecimiento personal. En lugar de apoyar, de ser una red de seguridad afectiva, la familia se convierte entonces en una pesadilla, en la siempre frustrante y airada combinación entre el amor y el odio, entre el rechazo y la sed de pertenencia, entre el abandono y la necesidad afectiva. Quizá por eso, Simone de Beauvoir exclamó que la familia es un nido de perversiones.

“No es la carne y la sangre, sino el
corazón, lo que nos
hace padres e hijos”
(Friedrich Schiller)

Según sean las dinámicas relacionales de sus miembros, la familia podrá crecer o destruirse. Podrá tener paz y equilibrio, guerra, resentimiento, dejadez, alegría, dulzura. Podrá ser paraíso o infierno. Puede existir una vinculación amorosa, o puede que se limite a gestionar intereses. Entre esos extremos andamos todos, proclamando una creencia que ya se ha convertido en universal: la familia es la familia. En su seno ocurre de todo, aunque no por ello deba justificarse todo.

Ahora que mucha gente vuelve a casa, es una buena ocasión para recomponer vínculos rotos, heridos o abandonados si los hay. Si solo sirve para pagar deudas, dar comida y un espacio donde dormir, olvidamos que su función es, sobre todo, crear vínculos afectivos y no ahogarlos. La familia es nuestra primera comunidad de acogida, y nadie obliga a quererla si no ha habido amor. Luego vendrá la familia escogida. Es ahí donde se empieza a forjar la respuesta sensible.

LIBROS

– ‘Ámame para que me pueda ir’, de Jaume Soler y Mercè Conangla. RBA.

– ‘Apego y sexualidad’, de Javier Gómez Zapiain. Alianza Editorial.

– ‘Lo que nos pasa por dentro’, Eduard Punset. Ediciones Destino.

PELÍCULAS

– ‘La tormenta de hielo’, de Ang Lee. Fox Searchlight Pictures, 1997.

– ‘Gente corriente’, de Robert Redford. Paramount Pictures, 1980.

Fuente: Xavier Guix en El País, España.

Una hermosa analogía entre el transcurrir de la vida y el fluir del agua es la que nos ofrece Chocobuda en su blog  (Choco Buda) y que reproduzco para ustedes, interesados en nuevas miradas (al menos desde Occidente). Morelos Kyonin es el autor de ese blog que leo regularmente, quien escribe desde México bajo la perspectiva del budismo zen y el minimalismo aplicados a la vida urbana. Bajo esta interpretación e inspirado en el Libro del Tao (Tao Te Ching) ha escrito el siguiente texto, para leer con calma. Si meditas sobre esas palabras y lo aplicas a las situaciones que te ha tocado experimentar, quizás encuentres algunas respuestas.

Mirador en valle del Elqui, Chile. Abajo, el fluir del agua y de la vida.


- La vida es una corriente de agua. Lleva su caudal y dirección, y siempre sigue el camino indicado para llegar al océano.

- Nosotros somos parte de este río proverbial. Nacemos, crecemos y morimos; pero nunca dejamos de ser parte del río.

- Por más que nos esforcemos en hacer que nuestra vida sea significativa y que impacte en la corriente, nunca dejamos de ser pequeñas subcorrientes que se manifiestan en la corriente.

- Cada uno de nosotros tenemos una fuerza propia, motivos distintos para fluir o estancarnos. Nacemos y necesitamos de corrientes más fuertes para que nos lleven de la mano y nos hagan crecer fuertes. Después, cuando generamos nuestro propio momentum, hacemos un caudal independiente.

- Nuestros riachuelos personales siguen el curso del río.

Pero a veces encontramos obstáculos. Hay rocas en el camino y sobra decir que algunas son enormes.

- Cuando encontramos estas piedras, nos estancamos por un momento. Si tenemos mucha fuerza podemos juntar más agua y simplemente cubrir la piedra con nuestro caudal. Si la roca es mayor a nosotros, nos quedamos inmóviles. Pero poco a poco fluimos por el hueco más pequeño y, con constancia, este flujo lo hace más grande para poder pasar a través.

- El agua siempre fluye, aunque hay riachuelos que deciden no hacerlo. Se detienen y comienzan a generar moho. Huelen mal y contaminan a las corrientes que pasan junto a ellas.

- Y al final, cuando nuestras corrientes personales pierden fuerza, son absorbidas por el gran río principal. Regresamos a él para dar paso a nuevos torrentes.

- Somos como el agua. Fluimos.

Si ves la vida desde este punto de vista y lo aplicas a tu propia existencia, verás que poner resistencia y tener apegos es inútil. Es mejor simplemente fluir.

¿Qué tipo de corriente eres? ¿Fluyes con la frescura y sin apegos? ¿Te estancas con el moho por años?

Ha concluido el primer ciclo de la serie "26 personas para salvar al mundo", programa del periodista argentino Jorge Lanata en el Canal Infinito, que ha recorrido el planeta entrevistando personas que aportan positivamente. El 20 de mayo comienza un nuevo ciclo.


Como éste es un canal de cable que no está disponible para todas las personas, he querido publicar estos dos videos que, a mi juicio, son los mejores de este interesante ciclo. Ambos duran alrededor de 47 minutos, que vale la pena invertir para conocer a dos personajes entrañables: Carter Emmart y Matthieu Ricard.

El primer episodio de esta serie que he seleccionado se titula "El Cartógrafo" y está grabado en Nueva York, más específicamente en el Museo de Historia Natural, donde Carter Emmart dibujó el primer mapa digital 3D del Universo y nos explica como "todos estamos conectados con todo". El mapa de Emmart le llevó casi 12 años de trabajo. Comprende casi 1 millón de galaxias y más de 120 mil quásares. Este viaje comienza en el Himalayas y termina a casi 13.700 millones de años luz de distancia. ConeXiones, es la mágica palabra recurrente en toda la entrevista.

El hombre más feliz del mundo

El siguiente episodio de esta serie que he seleccionado lleva por título "El hombre más feliz del mundo". Jorge Lanata viaja a Katmandú, Nepal, para conversar en el monasterio Shechen con Matthieu Ricard, francés, doctor en Genética Celular, quien hace 37 años abandonó todo para vivir como monje budista. De él hemos hablado antes en el blog, tanto en las entrevistas sobre educación de Eduard Punset aquí publicadas, como en los experimentos de la Universidad de Wisconsin con el Institute Mind and Life, gestado por el Dalai Lama y nuestro neurocientífico Francisco Varela. Que lo disfruten..

Agradecimientos a YaEze, por subir el material a YouTube: http://www.youtube.com/user/YaEze?feature=watch

“En vez de invertir tantos recursos en democratizar, en tratar de aplicar teorías pedagógicas modernas o postmodernas, se debiera centrar el esfuerzo en motivar la constitución y presencia de auténticos maestros en nuestras salas de clase. Es claro que ciertas ideas que gozan del aplauso nos pueden llevar a soluciones peores que la enfermedad”, sentencia el otrora profesor de castellano y hoy celebrado entrevistador de “La belleza de pensar”.


Mejorar las metodologías, hacer clases donde todos participen, bajarle el perfil al profesor expositor, no reducir la educación a información y contenidos, son ideas políticamente correctas que han sido aceptadas por el sentir común y por parte importante del gremio de profesores. Es decir, las ideas-fuerza de la reforma educacional han sido progresivamente aceptadas. Y yo veo ahí un peligro tremendo.

He sido profesor y he sido alumno, y creo que el gran problema no son las medologías ni los currículos ni las clases expositivas contra las clases participativas. Hay una frase muy buena de Ernesto Sabato: “Platón con un pésimo programa haría una clase estupenda, y un mal profesor con un excelente programa haría una pésima clase”.

En esta exposición yo quiero rendir un homenaje al encuentro –quizás una de las cosas maravillosas de nuestra cultura occidental de un alumno y un gran profesor. Nuestra cultura y la vida misma están hechas de estos encuentros. No me acuerdo de ninguna clase participativa, donde nos instalaban en una mesa redonda a hablar de cualquier tema, pero sí me acuerdo de algunas clases increíbles de un profesor que me movió el piso, que me cambió el mundo y me estimuló a buscar nuevos rumbos.

Populismo educacional

Hay un poema muy hermoso de Friedrich Hölderlin a propósito de esta especie de populismo, de esta idea incorrecta de eliminar la figura del “profesor autoritario” y de colocarse al nivel de los alumnos. El poema se llama “Falsa popularidad” y dice así:

Qué bien conoce a los hombres/ Con los niños es un niño, pero el árbol y el niño buscan aquello que los sobrepasa.”

Esta idea me parece muy hermosa, y tiene que ver con la vieja idea desprestigiada del maestro y el discípulo. Gran parte de la historia del pensamiento occidental viene de esa admiración por el profesor extraordinario y la consecuente superación de ese maestro. Platón tuvo un excelente profesor, que fue Sócrates. Si no hubiese habido encuentro, y no hubiese habido ese Sócrates en un banquete, exponiendo sobre el tema del amor y del héroe, no hubiera existido Platón y no hubiera existido la filosofía que se desarrolló después.

Otro ejemplo tiene que ver con Rimbaud. El es el poeta que inicia la vanguardia, que inventa un mundo nuevo. Siempre ha sido identificado como el alumno rebelde; muchas veces los poetas malditos se identifican con su figura sin haber leído jamás un verso suyo; poeta maldito sería aquel que llega borracho, que toma hartas drogas: el desarreglo de los sentidos aceptado como idea literal.

Rimbaud fue el mejor alumno de su clase, el alumno estrella que sabía latín mejor que nadie, que escribía hexámetros prodigiosos y era el orgullo del colegio. Lo más importante en su vida, junto con ese impulso que a lo mejor llevaba en los genes, es el encuentro con un profesor que llegó por casualidad a la ciudad de Charleville. Entre ambos se formó una relación de maestro-discípulo, y gracias a ese profesor Rimbaud se puso en contacto con lecturas que transformarían su vida. Ahí se produce una tensión entre la tradición y la rebeldía. Rimbaud parte de una tradición muy fuerte, que es la tradición de la cultura francesa, y es un rebelde frente a esa tradición. Pero en esa tensión, y en ese encuentro con modelos frente a los cuales rebelarse, es posible después el Rimbaud que camina en las afueras de Paris con las manos en los bolsillos recibiendo la lluvia e inventando una nueva poesía.

Otro caso importante se da en el poema La Odisea, que es en sí un poema pedagógico, donde fue educado todo el mundo helénico. Se aprendían muchas cosas en ese poema. No solamente literarias, sino elementos técnicos de la navegación, cómo se construían los barcos, cómo llegar a ciertos puertos. Y una de las historias centrales de la Odisea es aquella de Telémaco. El perdió a su padre, Ulises, y tiene que iniciar la búsqueda, pero necesita un impulso inicial. Quien se lo proporciona es Pallas Atenea, la diosa que se le aparece bajo la forma de un navegante de nombre Mentor, auténtico maestro que proporciona a Telémaco la pauta de su acción futura.

Ni Rimbaud ni Telémaco se formaron en clases participativas ni en clases abiertas o, entre comillas, democráticas. Fue el encuentro desencadenante y emocionante entre un profesor y un discípulo el que les dio forma.

La moda de las teorías

Gabriela Mistral tenía esto muy claro. Ella, que fue una gran innovadora en su tiempo, pensaba que el profesor tenía que ser un narrador. Es decir, que la clase de matemáticas tenía que contarse y narrarse, que la clase de zoología debiera ser una narración, y que los profesores debían ser grandes narradores, tipos que fueran capaces de contar o transmitir con un poder especial de la palabra, esa cultura tan necesaria. Sin embargo, nunca se le ha hecho caso a Gabriela Mistral.

Nuestras autoridades en el Ministerio de Educación buscan más ciertas teorías que están de moda, que además han demostrado muchas veces su fracaso en otros países, y se gastan millones inútiles, cuando el problema central es la figura del profesor. Lo esencial es invertir una gran energía para tener muy buenos profesores.

Ahora, estimo que el colegio en sí es un lugar insano, psicopatológico. Yo lo pasé muy mal -fui súper hiperkinético-, pero ya que existe ese colegio, hay que bregar para que en esa lenta tortura de la pedagogía se puedan producir los encuentros entre maestro y discípulo que posibiliten los viajes que cada uno tiene que realizar en su vida. Así, en vez de invertir tantos recursos en democratizar, en tratar de aplicar teorías pedagógicas modernas o post- modernas, se debiera centrar el esfuerzo en motivar la constitución y presencia de auténticos maestros en nuestras salas de clase. Es claro que ciertas ideas que gozan del aplauso nos pueden llevar a soluciones peores que la enfermedad. Me temo que estas innovaciones pedagógicas, este “aprender a aprender”, pueden llevar a encubrir la mediocridad de un profesor.

Trabajando en el MECE me tocó recorrer varias ciudades, y recuerdo haberme encontrado con varios profesores que me decían “ahora estamos muy contentos, porque la clase ya no la hacemos nosotros, la hacen los chiquillos”. ¿Y cómo la hacen? “Se sientan los chiquillos y nosotros les proponemos un tema, lo escribimos en el pizarrón y decimos hablemos de este tema, qué piensas tú, de dónde viene esto”. ¿Qué ocurre ahí? Ese profesor, que nunca ha recibido formación, y ya en el sistema tradicional era un mal locutor, se transforma ahora simplemente en un moderador y lo que ocurre en clase es simplemente la nada y el vacío.

Un profesor delirante

Una vez escribí un artículo titulado “Profesor de la Antártida baila en las estepas polares”. Trata de un profesor destinado a Villa las Estrellas por 15 años, horario completo, 58 horas semanales, salario de miedo. Era una autobiografía mía. Yo trabajaba en Osorno, era un profesor taxi, trabajaba todo el día haciendo clases, trataba de hacer leer a Dostoiewski a mis alumnos, y se producía la rebeldía de las autoridades y los apoderados, que transmitían sobre este discurso de la clases participativa. Este profesor es un tipo delirante que obliga a los alumnos a estudiar a Virgilio y a Jorge Teillier. Y en una especie de arrebato de lucidez y de locura, se le hace una entrevista. -¿Qué le parece a usted la municipalización que, según sabemos, ha llegado incluso a la Antártida?

Y él responde: “No hablemos de decretos, yo sólo sé que las estrellas australes rigen todos los destinos”.

-Algunos dicen que usted está loco, profesor.

Mi vida es de una cordura que espanta; quiero morir bailando frente a lo Uno y no gimiendo en las puertas de los ministerios”.

-¿Qué les enseña a los alumnos?

“Ultimamente, sólo latín y griego. Lo demás es paja molida. Hay que prepararlos para un futuro donde se librarán duras batallas decisivas, habrá que dominar algoritmos, raíces de lenguajes complejísimos, para derrotar a los enemigos y caminar en las tinieblas. Latín y griego como base de la memoria colectiva de los chilenitos del 2000”.

No sé qué habrá pasado con ese profesor. Ojalá que no se haya convertido a esta nueva tentación, a estas voces de sirena que invitan seductoramente a cambiar la educación y a tratar de transformar la sala de clases en una especie de asamblea de ideas. Evidentemente tiene que haber una libertad, la educación tiene que invitar a un viaje y a un riesgo, pero tiene que partir de algo. Yo prefiero que haya una tradición frente a la cual rebelarse, una tradición fuerte, prefiero que haya un maestro fuerte como Mentor, que le de la pauta a Telémaco y que no lo deje botado en el océano y le diga, “oye, tenís que buscar tú mismo cómo llegar a encontrar a tu padre”.

Sería pavoroso que producto de esta nueva idea de aprender a aprender, que puede tener una muy buena intención en el fondo, empecemos a olvidar el nombre de las cosas, empecemos a olvidar las pocas informaciones que tenemos y que nos dan una cierta columna vertebral, o que desaparezcan las tradiciones frente a las cuales tenemos el legítimo derecho de rebelarnos para construirnos desde cero.

Hoy en Chile estamos ante tres escenarios posibles. Uno es seguir con lo que tenemos, que es una educación liderada por profesores expositivos que en términos generales hacen pésimas clases. Otro es propiciar la acción de excelentes expositores. Imagínense a un Claudio Teitelboim haciendo una clase de física, o a Francisco Varela haciendo la clase de biología. El tercer escenario es esta mesa redonda mesa redonda donde no hay profesor y donde vagan unas ideas vagas que nos sumergen en una nada pavorosa...

Fuente: Cristián Warnken, Ponencia presentada en jornada "Acerca de la Educación", Universidad de Viña del Mar, Chile, 2001.

¿Qué es una consultoría? ¿Cuáles son los ámbitos en los que interviene un consultor y para qué? ¿Debe el consultor dominar completamente el negocio del cliente? Son algunas preguntas usuales que rondan en torno a la contratación de un experto. Carlos Díaz Lastreto, psicólogo organizacional y coach ontológico ha respondido algunas de estas preguntas, a través de este post publicado en su blog, de una manera que me genera mucho sentido. Lo recomiendo.


En general, la consultoría organizacional surge cuando un cliente tiene un problema, una necesidad, una dificultad, una inquietud en algún dominio y requiere que un experto le ayude a mirar o a hacerse cargo de dicho problema. En el ámbito de las organizaciones se acepta cada vez más que un gerente o alto directivo pueda pedir ayuda a expertos de distinta naturaleza para hacerse cargo de temas en los que no tiene manejo o carece de los recursos para resolverlo.

Hay muchos tipos de consultoría dependiendo del ámbito organizacional en el cliente requiera ayuda. Se buscan consultores externos cuando dentro de la misma organización no existe el recurso humano calificado para otorgar la solución requerida. Se dice que la consultoría es interna, cuando dentro de la organización existen personas preparadas en la materia propia de la consultoría y este personal de staff está disponible para sus clientes internos.

Muchas veces el cliente tiene un malestar y no tiene claro que es lo que le inquieta, y parte de la misma consultoría es especificar mejor el problema o los términos del mismo, a fin de proponer alternativas para enfrentarlos.

En algunos casos, el consultor tiene las competencias técnicas para hacerse cargo de la solución o puede proponer a otro experto que asuma esa tarea. Esto sigue el modelo clásico diagnóstico – tratamiento. El consultor puede hacer el diagnostico y el tratamiento o sólo el diagnóstico y otro el tratamiento.

En ocasiones, al igual que la terapia, la consultoría no ofrece una solución, sino que una reinterpretación del problema, lo que algunos llaman “disolver” el problema.

La consultoría también surge cuando un consultor, experto en algo, con una cartera de modelos -  herramientas – soluciones – propuestas,  le ofrece a un cliente sus servicios y el cliente considera que dicha oferta tiene valor para él, en términos que le permitirá resolver un problema, aprovechar una oportunidad, aprender, etc. A menudo, el cliente no sabe lo que necesita y al recibir la oferta de un consultor preparado descubre que es justamente lo que necesita para mejorar un resultado o salir de una dificultad.

Generalmente, el consultor presta sus servicios de manera externa, se integra a la organización por un tiempo, interactúa con el cliente, otras personas designadas por éste, informantes calificados, etc. y luego deja la organización. En su proceso de interacción con la organización no forma parte de la línea sino que es personal de staff, asesor, le reporta al cliente. Hay un autor que titula su libro de consultoría como “Estar de paso”, en alusión precisamente a esta condición.

El cliente debe tener poder. Eso significa que en su ámbito de acción, el cliente da instrucciones – directrices para que las personas con las que va a trabajar el consultor le entreguen información, interactúen con él, le den espacio, le otorguen recursos. Es fundamental que el cliente tenga poder, ya que si no lo tiene cualquier acción de consultoría tiene pocas probabilidades de éxito.

Hay oportunidades en las cuales el consultor no interactúa directamente con el cliente, éste sólo contrata sus servicios y el consultor interactúa con un usuario de la consultoría, alguien que está en otro lugar de la organización, que le reporta al cliente y que, con acuerdo o sin él, tiene que trabajar con el consultor en un proyecto determinado. Esta distinción entre cliente y usuario es fundamental, ya que no siempre se trabaja directamente con el cliente.

Un elemento fundamental de la relación consultor – cliente es la confianza. El cliente confía que el consultor puede ayudarlo en el dominio que el consultor es experto (dominio de la competencia). El cliente confía que el consultor será leal y honesto al darle acceso a recursos, personas e información importante (dominio de la honestidad). El cliente confía en que el consultor cumplirá los compromisos adquiridos en cuanto a realizar una intervención o entregar algún tipo de informe. La confianza se construye en una relación personal consultor – cliente. Si la confianza es baja, tal como dije respecto del poder, la consultoría tiene mal pronóstico.

Es frecuente que el cliente tenga algunas ambivalencias frente al consultor. Duda cuanta información entregarle, duda cuanto control traspasarle, duda declararse vulnerable. A los ejecutivos les pagan por resolver problemas y tener control y pedir ayuda puede ser contradictorio con eso. Por eso, el consultor debe estar preparado para afrontar estos temas en su conversación con el cliente.

Dominios

El consultor tiene dos dominios de habilidades.

- Técnicas, es experto en algún ámbito. (experto significa que tiene distinciones en algún campo que le permite ofrecer alternativas de acción que el cliente no visualiza), (como experto también tiene modelos, paradigmas, interpretaciones explicitas distintas del sentido común con que cualquier persona se enfrenta a lo que podría distinguir como un problema), (agrego también que como experto cuenta con un “arsenal” de técnicas de acción especificables y tiene una teoría respecto de porque esa acción resuelve ese problema).

- interpersonales o habilidades sociales, que le permiten interactuar con mayor facilidad y simpatía con los integrantes de la organización, aunque apoyándose (indirectamente) en el poder del cliente.

El consultor no es especialista en el negocio del cliente, no siempre lo conoce con profundidad ni entiende sus pormenores, es especialista en su dominio de experticia. Esto es lo que tiene valor para el cliente. Puede ocurrir, no obstante, que el consultor necesite aprender mejor y con más profundidad el negocio del cliente para hacer una intervención más valiosa, más duradera, mejor enfocada, más precisa o puede no ser necesario, dependiendo del ámbito de la consultoría.

Lo más usual es que el consultor cierre el proyecto de consultoría efectuando algunas acciones, tales como entregar un informe y esperar recibir la conformidad del cliente para cerrar el círculo, y se desliga de la organización. Puede ocurrir que lo vuelvan a llamar, o bien que lo recomienden con otros clientes.

Javiera Castro Balladares es una niña chilena de 12 años que ha iniciado una campaña en las redes sociales para poder continuar sus estudios de piano en el Conservatorio de la Universidad de Chile. Con este post yo la quiero ayudar ! Súmate ¡


Actualización 23 de febrero: Hay un lindo desenlace para esta nota. Javiera nos ha contado por Twitter que una empresa ha acogido el llamado, pagando su deuda y matrícula y además la ha dado un trabajo, en el cual comienza a laborar mañana viernes. Felicitaciones a Javiera y también a las personas que están detrás de esa empresa. Como para confiar en un mundo mejor.

Actualización 25 de febrero: Me ha gustado también que esa empresa lo haya hecho de manera anónima y que además sean personas ligadas al tema de la Educación, las TICs y la Historia. Javiera hoy me ha contado que se trata de Comba Chile. En Twitter son @combachile y @studiohistoria Es justo reconocerlos y recomendarlos.

Ella estudia en el colegio Alberto Blest Gana de Santiago. Es la menor de tres hermanos y alumna de la profesora  Elisa Alsina en el Conservatorio de la Universidad de Chile. Le gusta todo lo relacionado con el arte como cantar, dibujar, pintar, hacer trabajos manuales, actuar, pero su pasión y talentos los ha enfocado al piano.

La conocí a través de Twitter, donde tiene su perfil en la cuenta @javieracastro y allí me ha llamado la atención su perseverancia y el caso mismo, por lo que me animé aportar mi grano de arena para difundir su historia y, ojalá, lograr que mantenga su sueño.

El año 2010 logró captar la atención del canal Chilevisión, lo que se tradujo en que la Sociedad del Derecho de Autor le regalase un piano y el filántropo chileno Leonardo Farkas y otros anónimos le hiciesen una donación que le permitió pagar su colegiatura de ese año y la deuda del piano que sus padres le arrendaban.

Pero el tiempo ha pasado y pese a tener un promedio de 6.5 de 7.0 en sus estudios de piano, hoy se enfrenta al grave problema de acumular una deuda en el Conservatorio de la Universidad de Chile por la colegiatura del 2011 que asciende a $959.500 más lo que tendrá que desembolsar su familia este año, que alcanza a otro millón de pesos (en total unos 5 mil dólares).

En Chile, la educación de este tipo es pagada y desconozco los motivos por qué no ha sido becada por la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, pese a su talento y situación social. El caso es que su madre padece de glaucoma crónico y con sólo 15% de visión y su padre artrosis en la cadera. Por esos motivos ambos no pueden costearle sus estudios de piano y Javiera está recurriendo a las redes sociales para poder juntar ese dinero.

El plazo es estrecho porque el 5 de marzo debe pagar su inscripción y la deuda que mantiene.

Todos los antecedentes que he entregado están certificados, por lo que no hay lugar a engaño.

¿Cómo ayudar?

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Cuenta RUT BancoEstado

- Nombre: Rodrigo Castro Fuenzalida (su padre)

- RUT: 10.490.373-8

- Informar del depósito al correo mavebali@gmail.com (de su madre, Verónica Balladares, RUT 11.163.709-1)

Les dejo 2 videos:

Nota de Chilevisión año 2010

Actuando en TV año 2011

Las prisas y los continuos ruidos que provienen del exterior distraen nuestra atención y energía. Reservar unos momentos para meditar nos aporta beneficios cognitivos y psicológicos.


La meditación es el camino para aquietar y silenciar las maquinaciones de la mente complicada. Meditar es restaurar el estado de nuestra verdadera naturaleza interior para vivir en armonía. Nos abre a la comprensión intuitiva y a un alto grado de concentración, que no se basa en el pensamiento racional. Es una forma de acallar los ruidos que distraen nuestra atención y energía constantemente.

La meditación ofrece múltiples beneficios comprobados científicamente. Un equipo de psiquiatras, liderado por el hospital General de Massachusetts, realizaron un estudio que documenta cómo la práctica de la meditación afecta positivamente a nuestro cerebro. Según sus conclusiones, publicadas en Psychiatry Research, seguir un programa de meditación durante ocho semanas puede provocar considerables cambios positivos en las regiones cerebrales relacionadas con la memoria, la autoconciencia, la empatía y el estrés. Lo que hasta ahora pertenecía al ámbito espiritual nos transforma físicamente y puede mejorar nuestro bienestar y salud.

"Aunque la práctica de la meditación está asociada a una sensación de tranquilidad y relajación física, los médicos han afirmado que la meditación también proporciona beneficios cognitivos y psicológicos que persisten durante el día", explica la psiquiatra Sara Lazar, autora principal del estudio.

Meditar nos da la experiencia de serenidad y concentración esenciales para la construcción de una auténtica autoestima y para afianzar la confianza en uno mismo y en los demás.

Adicción a la acción

Debido a nuestra adicción a la acción, no vemos el valor de sentarnos un rato en silencio contemplativo. La meditación bien practicada ofrece resultados relativamente pronto. Se puede meditar en grupo y con los ojos abiertos. Alguien nos puede guiar en la meditación, pero no necesitamos un maestro. Es bueno canalizar bien el pensamiento y no necesitamos un mantra para hacerlo.

En definitiva, no hay excusas para no meditar. Nos frenan la adicción a la acción, la pereza y la falta de visión. Estamos acostumbrados a presionarnos, a actuar cada vez más rápido, y así creemos que no tenemos tiempo. La disponibilidad del tiempo y cómo se usa es decisión de cada uno. "Tengo amigos empresarios que meditan brevemente entre reunión y reunión, unos segundos", nos explica Gaspar Hernández. "Esta sencilla práctica les ha cambiado la vida. Dejan de ser esclavos de las circunstancias externas".

Para empezar, cree un lugar de paz. Resérvese un lugar en casa que pueda usar para meditar, aunque solo sea un sillón. Y, a ser posible, hágalo también en su lugar de trabajo. Coloque en ese lugar dos o tres objetos que representen para usted la paz. En ese espacio tendrá la oportunidad de preparar el día cada mañana y, por la noche, descargar su mente de los pensamientos, sentimientos o vivencias que le carguen de malestar.

Dedíquese durante un par de minutos a crear y establecer las reglas mentales para su espacio de meditación. Imagine que el espacio está rodeado de una burbuja invisible. En el momento que entra en la burbuja deja de preocuparse, de recordar el pasado, de juzgar y criticar. Si advierte que vuelve a caer en esos hábitos, regrese con suavidad a un espacio interior libre de esos impulsos mentales.

Mike George, coucher de inteligencia emocional, nos explica de forma resumida los siete hábitos que pueden sabotear su meditación y retrasar la recuperación de la paz interior: 1. Preocuparse. 2. Pensar en el pasado. 3. Juzgar. 4. Criticar. 5. Culparse. 6. Ser catastrofista. 7. Dudar.

Siga el consejo de Anthony de Mello, jesuita famoso por sus libros de espiritualidad: "Medita, contempla los muros; observa tus ideas, tus hábitos, tus apegos y tus miedos, sin emitir juicio ni condena de ningún tipo. Limítate a mirarlos y se derrumbarán". Visualizar le ayudará a superar esos hábitos saboteadores. Consiste en crear imágenes positivas en su mente fortaleciendo su voluntad para alcanzar aquello que afirma con una buena actitud. Con la visualización intensifica las experiencias de afirmaciones positivas y de automotivación. Visualizar le ayuda a concretar y a clarificar sus metas. Por eso, muchos deportistas olímpicos utilizan esta técnica.

Puede crear y escribir afirmaciones acerca de lo que le hace sentir pleno:

- Confío en que cada desafío aparece porque soy capaz de afrontarlo.

- Soy libre para decidir cómo me siento y para ser feliz.

- Respeto mi intuición.

- Soy fuerte y puedo ser. Yo puedo.

- Me atrevo a ser diferente.

- Creo en mí.

Escriba sus afirmaciones, y cada mañana medite sobre ellas para vivirlas durante el día.

Empiece a meditar

Encuentre un lugar tranquilo y acogedor. Una música suave y una luz tenue pueden ayudarle a crear un ambiente adecuado. Siéntese cómodamente, manteniendo la espalda recta y relajada. Respire hondo y relaje los hombros y brazos. Con los ojos abiertos, elija un punto enfrente de usted y descanse ahí la mirada. Así no se dormirá.

Cuando el cerebro pasa de crear ondas beta (de acción) a ondas alfa (de relajación) tiende a dormirse. Meditar con los ojos abiertos le ayuda a entrar en un estado de ondas alfa sin dormirse. Las ondas alfa regeneran el sistema nervioso, inmunitario y hormonal.

Gradualmente aparte su atención de todas las distracciones. Dirija su atención al interior del entrecejo. Observe sus pensamientos, no los juzgue ni se deje llevar por ellos, solo obsérvelos. Decida crear pensamientos de paz. Sienta su presencia. Repita pensamientos e imágenes positivas referidas a su persona formulados como afirmaciones. "Soy un ser de paz", "soy vida". Déjese inundar por la serenidad. Reconozca los buenos sentimientos que surgen. Visualícese siendo así en sus relaciones y circunstancias habituales. El poder de la visualización meditativa radica en ayudarnos a crear la realidad que visualizamos. Observe su respiración y termine su meditación cerrando los ojos durante unos instantes, creando un silencio completo en su mente.

La técnica y sus beneficios

1. Libros
- 'Misión de amor. Viaje espiritual de un médico', de Roger Cole (Kier)
- 'Transformar la ira en calma interior. Claves para recuperar tu equilibrio emocional', de Mike George (Oniro).
- 'A la luz de la meditación. Una guía para meditar y alcanzar el desarrollo espiritual', de Mike George (Kier).
- 'La meditación. Introducción a la técnica, sus tradiciones y sus beneficios', de Erica Smith y Nicholas Wilks (Oniro).

2. Película
- 'El fin es mi principio', de Jo Baier.

3. Música
- 'El mejor álbum de relajación del mundo' I y II, de varios autores (EMI-Odeón). (Link para descargar)

Mantener nuestra vitalidad

Detenerse, observar, reevaluar, controlar pensamientos y sentimientos y cambiar creencias requiere energía. No una energía que obtendrá de fuera, sino la energía de la verdad que lleva dentro. Cuando lo olvidamos, nos contaminamos con el estrés y las preocupaciones innecesarias y aparecen los miedos que nos bloquean. Necesitamos mirar hacia dentro y aprender a nutrir nuestro ser. Para conseguirlo hay que dedicarle un tiempo. Igual que cada día reservamos un rato para comer y cuidar el cuerpo; nos debemos preguntar qué alimento le damos a nuestra mente para que cree pensamientos positivos que produzcan sentimientos de bienestar.

Fuente: Miriam Subirana, El País, España.

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"Necesitamos una tremenda cantidad de energía para comprender la confusión en que vivimos, y el estar convencido de que “tengo que comprender”, produce la vitalidad para investigar.......

Pero no preguntamos. Deseamos información. Una de las cosas más curiosas de la estructura de nuestra psique es que todos queremos que se nos dé información porque somos el resultado de diez mil años de propaganda.

Queremos que otra persona confirme y corrobore lo que pensamos; sin embargo, la pregunta sólo es auténtica cuando uno se la hace a sí mismo.

Lo que yo digo tiene muy poco valor; usted lo olvidará una vez cierre este libro, o recordará y repetirá ciertas frases, o comparará con lo que ha leído en otros libros, pero no se enfrentará a su propia vida.

Y esto es lo único que importa: su vida, usted mismo, su pequeñez, su superficialidad, su brutalidad, su violencia, su codicia, su ambición, su sufrimiento diario y su dolor interminable. Esto es lo que tiene que comprender, y nadie en la tierra o en el cielo lo va a hacer por usted, sino usted mismo".

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    Buscador de conexiones. En la vida real, Master en Comunicación Digital por la UIB, España; Profesor de Estado en Historia y Geografía por la ULS, Chile; Doctorando en Educación mención Mediación Pedagógica. La Serena, Chile. Las opiniones aquí vertidas son personales y no representan necesariamente a las instituciones en las que participo.

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