La Coctelera

Categoría: Relaciones Humanas

15 Abril 2014

Se sabe que la actividad laboral permite a la persona sentirse independiente. Casi todos trabajan para mantener a su familia económicamente. La gente siempre necesita  el dinero que cobra, por ello la gente siempre trabaja. Pero, ¿qué es el mercado laboral? Pues, es un conjunto de relaciones mercantiles entre empleadores y trabajadores, o sea, es un espacio económico donde convergen una oferta y una demanda. Son dos fuerzas que interactúan en el mercado del trabajo.


Podemos definir la oferta como cantidad negociada de los bienes o servicios que los vendedores (en nuestro caso trabajadores que ofrecen su mano de obra, conocimientos, habilidades etc.) ofrecen al mercado por un precio. La demanda, a su vez, es la solicitud de un producto o servicio. Hoy resulta bastante difícil encontrar empleo ya que las calificaciones que los trabajadores poseen no siempre son las mismas que los empleadores solicitan. Por ello, para localizar oportunidades para buscar trabajo en Valparaíso tienes que seguir unos pasos muy importantes que te ofrecemos en adelante.

1.   Verificar cuáles de las profesiones son importantes hoy. La verdad es que tienes que pensar no solamente en lo que te gustaría hacer en la vida, sino también de la demanda. Si esta profesión será necesaria en la sociedad donde vives. Al elegir la profesión demandada, podrás sostener a tu familia y convertirte en un profesional que siempre puede encontrar y cambiar de trabajo. Así, entre los perfiles profesionales que ganarán terreno laboral hallamos los siguientes: diseñadores de páginas web, administradores de empresas, ingenieros, especialistas en finanzas, traductores o intérpretes, key account manager, analistas de información sobre seguridad informática, organizadores de eventos y conferencias etc.

2.   Escribir un CV perfecto. Tienes que mencionar tu objetivo con relación al cargo al que postulas. Así tienes que cambiarlo si se trata de los cargos y empresas diferentes. Menciona tu educación, habilidades necesarias para este trabajo, experiencia laboral etc. Revisa tu currículum vítae otra vez para evitar errores gramaticales y ortográficos.

3.  Prepárate para una entrevista. Lee la información sobre esta compañía en Internet para hacer preguntas que te interesan durante la entrevista y mostrar tu motivación. Habla centrándote en lo que se te pregunta, no tengas miedo y, sin duda, tendrás éxito.

3 Septiembre 2013

Un científico vivía preocupado con los problemas del mundo. Pero pasaban los años y no encontraba la solución. Cierto día, su hijo de siete años invadió su laboratorio decidido a ayudarle a trabajar. Y ante la imposibilidad de sacarlo de ahí, el científico arrancó una página de una revista en la que aparecía, una imagen del mundo y la recortó a modo de puzzle en decenas de pedazos.

- "Mira. hijo, aquí tienes el mundo todo roto. El juego consiste en que lo recompongas de nuevo".

El científico calculó que por lo menos tardaría un par de días. Sin embargo, solo unas horas después oyó la voz de su hijo entusiasmado:

- "¡Papá, ya está arreglado!"

Completamente estupefacto, comprobó que todos los pedazos estaban en su sitio exacto.

- "¿Cómo es posible que lo hayas terminado tan rápido?".

Y el niño le contestó:

- "Cuando arrancaste el papel de la revista para recortarlo, me fijé que en el otro lado de la hoja aparecía la figura de un hombre. Y cuando me dijiste que arreglara el mundo, lo intenté, pero no supe. Entonces di la vuelta a los pedazos de papel y empecé a arreglar al hombre, que sí sabía cómo era. Y una vez que conseguí arreglar al hombre, le di nuevamente la vuelta a la hoja y encon­tré que había arreglado el mundo".


Fuente: Borja Vilaseca en El País, España.

2 Septiembre 2013

Los seres humanos hemos sido educados para regirnos según nuestra "conciencia moral". Es decir, para tomar decisiones basándonos en lo que está bien y en lo que está mal. Desde niños se nos ha premiado cuando hemos sido buenos y castigado cuando hemos sido malos. Así es como nuestros padres -con su mejor intención- han tratado de orientarnos. Pero esta fragmentación dual es completamente subjetiva. De ahí que cada uno de nosotros tenga su propia moral.


Prueba de ello es el capitalismo. Para unos está bien, pues consideran que este sistema promueve el crecimiento económico y la riqueza material. Para otros está mal, pues aseguran que se sustenta sobre la insatisfacción, la desigualdad y la destrucción de la naturaleza. Lo mismo sucede con las empresas, los partidos políticos, las instituciones religiosas y, en definitiva, con el comportamiento mayoritario de la sociedad. Una misma cosa, persona, conducta, situación o circunstancia puede generar tantas opiniones como seres humanos las observen. Dependiendo de quién lo mire -y desde dónde lo mire-, será bueno o malo; estará bien o mal. De ahí que, a la hora de hacer valoraciones, todo sea relativo.

Anatomía de la moral

'Detrás de cualquier prejuicio y estereotipo se esconden el miedo y la ignorancia" (Ryszard Kapuscinski)

Podríamos definir la moral como nuestro dogma individual. Un punto de vista sobre cómo deben ser las cosas. Este es el motivo por el que muchos intentamos imponer nuestras opiniones sobre los demás. Al identificarnos con nuestro sistema de creencias, creemos que el mundo debería ser como nosotros pensamos. De ahí que mantengamos "batallas dialécticas", juzgando, criticando e incluso tratando de imponer nuestra verdad a aquellos que piensan y actúan de forma diferente. En estos casos, más que compartir, lo que buscamos es demostrar que tenemos la razón. Cabe preguntarse: ¿qué obtenemos cuando conseguimos "tener la razón"?. Por muy sofisticados que sean nuestros argumentos, este tipo de conductas solo ponen de manifiesto nuestra falta de madurez emocional.

Las personas intolerantes y dogmáticas estamos convencidas de que las cosas están bien o mal en función de si están alineadas con la idea que tenemos de ellas en nuestra cabeza. En esta misma línea, los demás son buenos o malos en la medida en la que se comportan como nosotros esperamos. Así, la conciencia moral actúa como un filtro que nos lleva a distorsionar la realidad. Es la responsable de la mayoría de los conflictos que destruyen la convivencía pacífica entre los seres humanos. No es otra cosa que la suma de nuestros prejuicios y estereotipos. Y se sustenta sobre dos pilares: nuestras interpretaciones subjetivas y nuestros pensamientos egocéntricos. De ahí que limite nuestra percepción y obstaculice nuestra comprensión, siendo una constante fuente de lucha, conflicto y sufrimiento.

La realidad es neutra

"La realidad suele ser más amable que las historias que contamos acerca de ella" (Byron Katie)

Al empezar a cuestionar y trascender el condicionamiento a partir del cual hemos construido nuestra moral, nuestro nivel de comprensión y de sabiduría crecen. Y, como consecuencia, empezamos a regir nuestras decisiones y nuestro comportamiento según nuestra "conciencia ética". Ya no etiquetamos las cosas como buenas o malas. Más que nada porque sabemos que las cosas son como son. Y que cualquier etiqueta que le pongamos será una proyección de nuestros pensamientos y creencias. Así es como comprendemos que las cosas no son blancas o negras, empezando a discernir los infinitos matices grises que existen entre uno y otro extremo.

En este sentido, el capitalismo no es bueno ni malo. Más bien es como es. De hecho, podemos concluir que se trata de un sistema que promueve el crecimiento económico y la riqueza material. Y también que se sustenta sobre la insatisfacción y la desigualdad de los individuos y la destrucción de la naturaleza. Sin embargo, esta definición no lo convierte en algo bueno o malo. Estos adjetivos no forman parte del capitalismo, sino de nuestra manera subjetiva de verlo.

En la medida en que trascendemos nuestra percepción moral de la realidad, podemos renunciar a que el mundo sea como nosotros hemos determinado que debe ser. Principalmente porque el mundo y todo lo que en él existe y acontece tiene derecho a ser tal como es, de la misma manera que nosotros tenemos derecho a ser tal como somos. Más allá de que estemos de acuerdo o no con lo que sucede, desde un punto de vista existencial es completamente legítimo que todo suceda tal y como está sucediendo. Y esta postura nada tiene que ver con la resignación, sino con la aceptación. La diferencia entre una y otra es nuestro grado de comprensión acerca de aquello que estamos observando. La realidad es neutra. Verla de este modo requiere ir más allá de las limitaciones de nuestra mente.

La conciencia ética

"Si juzgas a la gente no tienes tiempo para amarla" (Madre Teresa de Calcuta)

Al trascender nuestra subjetividad empezamos a ver, a comprender y a aceptar que las cosas son como son. Así, la conciencia ética se sustenta sobre dos pilares: la objetividad de nuestras interpretaciones y la neutralidad de nuestros pensamientos. A diferencia de la moral, que nos guía hacia la división y el conflicto, la ética nos mueve hacia la unión y el respeto. No se posiciona ni a favor ni en contra de lo que sucede. Adopta una actitud neutral, yendo más allá de cualquier noción dual. No importa cómo sea la persona o la situación. Ni tampoco lo que esté diciendo, haciendo o sucediendo. Al guiarnos por nuestra conciencia ética no perdemos el tiempo juzgando ni criticando porque no interpretamos ni etiquetamos la realidad como buena o mala, y gracias a esta nueva visión más objetiva empezamos a cultivar la humildad, una cualidad que nos permite comprender que las cosas siempre tienen una razón de ser que las mueve a ser como son. De ahí que frente a cualquier circunstancia de nuestra vida, la ética nos motive a elegir de forma voluntaria los pensamientos, las palabras y las conductas más beneficiosas para nosotros, los demás y el entorno.

Al regirnos por nuestra conciencia ética no juzgamos moralmente el capitalismo -por terminar con este ejemplo-, sino que invertimos nuestro tiempo, esfuerzo y energía para interactuar en este sistema de forma objetiva y neutra, orientando nuestra existencia al bien común. En este sentido, la conciencia ética nos inspira, tal como dijo Mahatma Gandhi, a "ser el cambio que queremos ver en el mundo". Curiosamente, la felicidad es la base sobre la que se asienta la ética, y esta, la que permite preservar nuestra felicidad. De ahí que más allá de ser buenos, lo importante es que aprendamos a ser felices.

La verdad no puede imponerse

Por más que hablemos sobre la necesidad de promover un sistema y unas empresas más éticas, lo cierto es que la ética -a diferencia de la moral- no puede imponerse. Sería tan falso y violento como obligar alguien a ser amable. Al contrario, la ética puede servir de inspiración través del ejemplo, del mismo modo que la amabilidad de una persona puede despertar esta cualidad en nuestro interior. Y entonces, ¿qué es la ética? Etimológicamente, procede de un vocablo griego, que significa "modo de ser", "carácter" y "predisposición permanente para hacer el bien". Es decir, que podría definirse como la manera natural de relacionarnos cuando vivimos conectados con nuestra verdadera esencia. Y dado que la ética es el principal fruto de la consciencia y la sabiduría, siempre nos inspira a dar lo mejor de nosotros mismos en cada momento. No en vano, parte de la premisa de que lo que damos a los demás nos lo damos en primer lugar a nosotros mismos.

Fuente: Borja Vilaseca, en El País, España.

29 Abril 2013

Tendemos a encasillar a las personas al primer golpe de vista. Sumar matices y no limitarnos a confirmar nuestras certezas preconcebidas es el mejor antídoto.


Somos así. Una mirada y ¡zas!, ya hemos encasillado al personal. Los experimentos de John Bargh de la Universidad de Yale muestran que nuestro cerebro solo necesita dos décimas de segundo para formarse la primera impresión. Esa sensación no proviene de nuestro córtex. No surge de nuestra parte racional, sino de la amígdala, una estructura cerebral que da cuenta de nuestras emociones. No es una conclusión lógica y razonada, es más bien una sensación inconsciente que decanta nuestro corazón hacia un lado u otro.

Si programáramos a un robot para que clasificara a las personas, seguramente lo diseñaríamos para que reco­­gie­­ra el máximo de datos antes de extraer una conclusión. A nosotros nos programó la evolución, y no lo hizo así precisamente. Cuando nuestros antepasados se encontraban ante un extraño, su cerebro debía decidir lo más rápidamente posible si era peligroso o no, de ello dependía su supervivencia. Si sus neuronas hubieran dedicado mucho tiempo a recabar información, quizá la conclusión habría llegado de­­ma­­siado tarde. Así que estamos cableados para llegar a un juicio rápido basado solo en algunos detalles. Si ante un desconocido, algo de su aspecto nos re­­cuerda inconscientemente a alguien que nos perjudicó en un pasado, probablemente nos sentiremos amenazados. Puede que nuestra sensación sea atinada o puede que no. Quizá sea una simple peca la que nos genera esa impresión. Bromas que gasta la evolución.

Lo peligroso del tema no es solo que nuestra primera impresión puede estar totalmente equivocada, sino que es bastante determinante. Marca sobremanera las percepciones posteriores. Tanto, que apenas tomamos en cuenta si las informaciones siguientes apuntan en otra dirección.

“La intuición es poderosa; a menudo, sabia, y a veces, peligrosa” (David G. Myers)

Robert Lount de la Universidad de Ohio realizó un estudio mediante un videojuego de rol. El participante jugaba con otro que en realidad era el ordenador. El supuesto compañero (el ordenador) traicionaba a los participantes. A algunos, los traicionaba al principio; a otros, a la mitad, y a otros, al final. Los que se sentían engañados al principio no confiaban más en sus supuestos compañeros, cosa que no ocurría si eran traicionados a la mitad. Es más, cuando al final del juego se les preguntó qué impresión les había causado su compañero, si habían sido traicionados al principio, las impresiones eran mucho más negativas que si habían sido traicionados a la mitad o al final. Estos resultados apuntan hacia algo que ya sabíamos: si alguien nos engaña de entrada, difícilmente volveremos a confiar en esa persona; sin embargo, si lo hace cuando ya ha ganado nuestra confianza, quizá no la perderá. El orden es clave, lo primero determina.

“Tengo mucha psicología, cuando veo a alguien ya sé de qué pie calza, y siempre acierto”. Certezas aplastantes como esa se oyen a menudo. Existen dos fenómenos psicológicos que son los culpables de que a veces nos sintamos tan cargados de razón: la atención selectiva y la profecía autocumplida.

El mundo es un caos. Y los humanos nos sentimos muy desorientados en ese embrollo. Necesitamos ordenarlo. Así que tenemos una especie de casillero mental donde lo vamos clasificando todo. Una vez esa idea ya tiene su lugar en nuestro cerebro, nos gusta mucho ir apuntalándola. Nuestros ojos escudriñan la realidad solo buscando los datos que validan nuestras certezas, y pasan totalmente por alto las informaciones que las contradicen. Por eso, en parte, creemos tener tan buen ojo con la gente, sin darnos cuenta de que nuestro ojo tiene una parte ciega.

“Nunca tendrás una segunda oportunidad de causar una buena primera impresión” (Anónimo)

Pablo cree poseer un talento especial para detectar a los clientes que finalmente acabarán comprando algún mueble. Analicemos a Pablo. Entra un hombre trajeado en su tienda y rápidamente lo analiza, “este tiene pinta de que se va a dejar el dinero”. Con este pen­­samiento motivador en mente se dirige con la mejor de sus sonrisas al cliente y lo informa detenidamente sobre el producto. Y efectivamente, al final, el cliente compra. Ese mismo día entra otra señora. Por su aspecto, Pablo cree que no adquirirá nada. La clienta le pregunta por un secreter, y Pablo le contesta con desgana. La señora se marcha. ¿Realmente Pablo tiene una intuición especial o es su conducta la que determina el resultado final?

No podemos evitar seleccionar la información y es muy difícil no crearnos expectativas. Afortunadamente, si conocemos nuestras tendencias podemos ir suavizándolas. Sabemos que nuestras neuronas están programadas para darnos una impresión muy rápida del extraño que tenemos delante. Por suerte, hoy en día no tenemos tanta prisa como nuestros antepasados por emitir un juicio. Si, de entrada, nuestro corazón nos dice que se trata de una buena o mala persona, podemos intentar ser conscientes de esa sensación inconsciente y matizarla con más datos que vayamos recabando sobre la persona. No hay prisa.

La primera impresión, la surgida del inconsciente, no la hemos de desechar. Tenemos que escuchar los murmullos de nuestro inconsciente, pero matizarlos con los datos que nuestra conciencia, con más lentitud, vaya recopilando.

“Con seguridad, cuando trates de causarle buena impresión a alguien cometerás alguna estupidez” (Anónimo)

Nos gusta gustar. Y encima, a todo el mundo. Paradójicamente, ese deseo puede ser culpable a veces de que no caigamos bien. Lo primero sería extirparnos del cerebro esa ridícula idea de agradar a toda costa. Con el deseo de gustar, en una mano, y con la certeza del determinismo de la primera impresión, en la otra, no es fácil mantenerse tranquilo cuando vamos a conocer al alguien y podemos cometer muchos deslices, por ejemplo, en una entrevista de trabajo.

El error por excelencia es “la actuación”. Cuando actuamos puede haber una especie de disociación entre lo que decimos y lo que comunicamos por vía no verbal. Nuestros gestos y nuestras palabras no bailan armoniosamente. Y esa incongruencia es algo que no pasa desapercibido al inconsciente de nuestro interlocutor. Ser nosotros mismos, la autenticidad, es lo mejor para causar una buena primera impresión.

Sin embargo, lo de ser auténticos es un consejo que nos suena fatal si no nos gustamos. La raíz de la primera impresión que causamos a los demás se encuentra en la impresión que tenemos de nosotros mismos. Dejar de preocuparnos tanto por la imagen que proyectamos y ocuparnos más de cómo estamos con nosotros mismos puede ser un sabio camino.

Acertar o no acertar

La cinematografía nos muestra cómo la primera impresión algunas veces es atinada, y otras, no.

– ‘A primera vista’, de Irwin Winkler.

– ‘Los puentes de Madison’, de Clint Eastwood.

– ‘Nueve reinas’, de Fabian Bielinsky.

– ‘Orgullo y prejuicio’, de Joe Wright.

– ‘Adivina quién viene a cenar esta noche’, de Stanley Kramer.

Fuente: Jenny Moix Queraltó en El País, España

28 Abril 2013

La familia está para lo bueno y lo malo, puede ser paraíso o infierno. Cuando se instala en el conflicto y el chantaje emocional llega a ahogar la capacidad de crecer.


Somos, en parte, el resultado de un sinfín de cruces parentales que depositaron en nosotros su legado, no solo patrimonial. La mayoría de las personas que sufren algún tipo de dolor anímico encuentran las causas del mismo remontándose a los años de convivencia familiar o, como ahora sabemos, a códigos inscritos en su árbol genealógico.

Culturalmente hemos elevado a la familia al paradigma del bienestar afectivo, la base del sustento de un país e incluso como un sacrosanto mandamiento divino. ¿Quién es el guapo que se atreve a poner en duda su valor? Y ahí aparece la paradoja: ¿cómo desentrañar sus perversiones cuando es el valor absoluto de una sociedad y la base afectiva de una persona? ¿Cómo formalizar la salida de una familia que puede estar maltratándonos, neurotizándonos o ahogándonos, si el vínculo de sangre es para toda la vida? No podemos ponernos en contra de la familia, pero ¿significa eso justificarla en todo?

El amor no es solo
un sentimiento, también
es un arte”
(Honoré de Balzac)

Nada más llegar a este mundo tenemos la tarea de encontrar la proximidad a un adulto con capacidad de cuidar y proteger. De ahí nace el apego. En el caso de no existir una respuesta satisfactoria, tendemos a desarrollar una estrategia secundaria: o bien se hiperactivará el apego (demanda de atención o lo que popularmente llamamos estar pegados a las faldas de la madre) o bien se desactivará (inhibición emocional). Nace así un estilo afectivo, una manera de amar y ser amados. Simplificándolo mucho, tenderemos a ser promotores de amor o, por lo contrario, mendigos afectivos que nos dejaremos querer, o huiremos asustados por miedo a perdernos en el otro.

La seguridad del vínculo tiene otra función mayor: permite explorar el entorno. Lo vemos a diario, cuando esos pequeñines alardean de sus primeros pinitos. El grado de confianza o desconfianza que tengamos ante la vida y los demás y nuestra autoestima tendrá mucho que ver con la fuerza de ese vínculo y sus dos condiciones: que sea estable y perdurable, basado en el afecto y el amor. Eso sí, nadie entiende lo mismo por afecto y por amor.

Ahora imaginemos a unos padres que, por miedo y exceso de control, mantengan a esa personita metida en una burbuja de protección. En lugar de reforzar su sistema de confianza, están depositando cantidades ingentes de miedos y fobias futuras. Del mismo modo, unos padres descuidados someterán a sus hijos a peligros innecesarios y situaciones estresantes que pueden acabar en traumas. O aquellos otros que, con la mejor de las intenciones, han colmado a sus hijos de todo lo que han querido, cuando lo han querido. Muchos se lamentan después de haber criado pequeños tiranos narcisistas. ¡Qué difícil saber lo que es más adecuado!

Mary Ainsworth, investigadora del apego a partir de la teoría incubada por John Bowlby, dio con la clave: la respuesta sensible. Consiste en la capacidad de los padres o cuidadores para comprender e interpretar adecuadamente las señales de demanda del bebé. Esa sensibilidad no es poca cosa, se convierte en un organizador psíquico en el desarrollo de la criatura, es decir, su arquitectura emocional (creencias y expectativas acerca de sí misma y de los demás). La respuesta sensible obedece a los modelos operativos de los padres, que dependen a su vez de la calidad de su propia historia afectiva. Muchos acaban haciendo a sus hijos lo mismo que les hicieron, anclando así valores morales que ya se expresan en los tres primeros años de vida.

Existe un gran acuerdo en resaltar la importancia de nuestros primeros años de vida: se construyen las paredes maestras de nuestra estructura psíquica. Nos condicionarán, sin duda, pero no nos determinarán. Como le gusta contar a Punset, llegamos al mundo con una colección determinada de interruptores y luego la vida se encarga de activar algunos y dejar en el olvido otros.

Son tus decisiones y
no el azar las que determinan el destino”
(Jean Nidetch)

En una familia puede existir esa respuesta sensible o puede que también esté condicionada por múltiples factores: la existencia de otros hermanos, el lugar que se ocupa entre ellos, o ser hijo único, o el encaje entre el trabajo y la familia, las modas, las relaciones en la escuela, una crisis económica que priorice la supervivencia. No se trata de culpar a nadie, sino de entender la construcción sensible de cada relación.

La arquitectura emocional, desarrollada en la etapa del apego, tendrá otras pruebas: la búsqueda de la propia identidad, el sentido de autoeficacia y el desarrollo de habilidades y talentos innatos. Por ahí nacen múltiples desencuentros, proyecciones de los propios padres y chantajes que ahogan el crecimiento personal. En lugar de apoyar, de ser una red de seguridad afectiva, la familia se convierte entonces en una pesadilla, en la siempre frustrante y airada combinación entre el amor y el odio, entre el rechazo y la sed de pertenencia, entre el abandono y la necesidad afectiva. Quizá por eso, Simone de Beauvoir exclamó que la familia es un nido de perversiones.

“No es la carne y la sangre, sino el
corazón, lo que nos
hace padres e hijos”
(Friedrich Schiller)

Según sean las dinámicas relacionales de sus miembros, la familia podrá crecer o destruirse. Podrá tener paz y equilibrio, guerra, resentimiento, dejadez, alegría, dulzura. Podrá ser paraíso o infierno. Puede existir una vinculación amorosa, o puede que se limite a gestionar intereses. Entre esos extremos andamos todos, proclamando una creencia que ya se ha convertido en universal: la familia es la familia. En su seno ocurre de todo, aunque no por ello deba justificarse todo.

Ahora que mucha gente vuelve a casa, es una buena ocasión para recomponer vínculos rotos, heridos o abandonados si los hay. Si solo sirve para pagar deudas, dar comida y un espacio donde dormir, olvidamos que su función es, sobre todo, crear vínculos afectivos y no ahogarlos. La familia es nuestra primera comunidad de acogida, y nadie obliga a quererla si no ha habido amor. Luego vendrá la familia escogida. Es ahí donde se empieza a forjar la respuesta sensible.

LIBROS

– ‘Ámame para que me pueda ir’, de Jaume Soler y Mercè Conangla. RBA.

– ‘Apego y sexualidad’, de Javier Gómez Zapiain. Alianza Editorial.

– ‘Lo que nos pasa por dentro’, Eduard Punset. Ediciones Destino.

PELÍCULAS

– ‘La tormenta de hielo’, de Ang Lee. Fox Searchlight Pictures, 1997.

– ‘Gente corriente’, de Robert Redford. Paramount Pictures, 1980.

Fuente: Xavier Guix en El País, España.

27 Mayo 2012

Una hermosa analogía entre el transcurrir de la vida y el fluir del agua es la que nos ofrece Chocobuda en su blog  (Choco Buda) y que reproduzco para ustedes, interesados en nuevas miradas (al menos desde Occidente). Morelos Kyonin es el autor de ese blog que leo regularmente, quien escribe desde México bajo la perspectiva del budismo zen y el minimalismo aplicados a la vida urbana. Bajo esta interpretación e inspirado en el Libro del Tao (Tao Te Ching) ha escrito el siguiente texto, para leer con calma. Si meditas sobre esas palabras y lo aplicas a las situaciones que te ha tocado experimentar, quizás encuentres algunas respuestas.

Mirador en valle del Elqui, Chile. Abajo, el fluir del agua y de la vida.


- La vida es una corriente de agua. Lleva su caudal y dirección, y siempre sigue el camino indicado para llegar al océano.

- Nosotros somos parte de este río proverbial. Nacemos, crecemos y morimos; pero nunca dejamos de ser parte del río.

- Por más que nos esforcemos en hacer que nuestra vida sea significativa y que impacte en la corriente, nunca dejamos de ser pequeñas subcorrientes que se manifiestan en la corriente.

- Cada uno de nosotros tenemos una fuerza propia, motivos distintos para fluir o estancarnos. Nacemos y necesitamos de corrientes más fuertes para que nos lleven de la mano y nos hagan crecer fuertes. Después, cuando generamos nuestro propio momentum, hacemos un caudal independiente.

- Nuestros riachuelos personales siguen el curso del río.

Pero a veces encontramos obstáculos. Hay rocas en el camino y sobra decir que algunas son enormes.

- Cuando encontramos estas piedras, nos estancamos por un momento. Si tenemos mucha fuerza podemos juntar más agua y simplemente cubrir la piedra con nuestro caudal. Si la roca es mayor a nosotros, nos quedamos inmóviles. Pero poco a poco fluimos por el hueco más pequeño y, con constancia, este flujo lo hace más grande para poder pasar a través.

- El agua siempre fluye, aunque hay riachuelos que deciden no hacerlo. Se detienen y comienzan a generar moho. Huelen mal y contaminan a las corrientes que pasan junto a ellas.

- Y al final, cuando nuestras corrientes personales pierden fuerza, son absorbidas por el gran río principal. Regresamos a él para dar paso a nuevos torrentes.

- Somos como el agua. Fluimos.

Si ves la vida desde este punto de vista y lo aplicas a tu propia existencia, verás que poner resistencia y tener apegos es inútil. Es mejor simplemente fluir.

¿Qué tipo de corriente eres? ¿Fluyes con la frescura y sin apegos? ¿Te estancas con el moho por años?

13 Mayo 2012

Ha concluido el primer ciclo de la serie "26 personas para salvar al mundo", programa del periodista argentino Jorge Lanata en el Canal Infinito, que ha recorrido el planeta entrevistando personas que aportan positivamente. El 20 de mayo comienza un nuevo ciclo.


Como éste es un canal de cable que no está disponible para todas las personas, he querido publicar estos dos videos que, a mi juicio, son los mejores de este interesante ciclo. Ambos duran alrededor de 47 minutos, que vale la pena invertir para conocer a dos personajes entrañables: Carter Emmart y Matthieu Ricard.

El primer episodio de esta serie que he seleccionado se titula "El Cartógrafo" y está grabado en Nueva York, más específicamente en el Museo de Historia Natural, donde Carter Emmart dibujó el primer mapa digital 3D del Universo y nos explica como "todos estamos conectados con todo". El mapa de Emmart le llevó casi 12 años de trabajo. Comprende casi 1 millón de galaxias y más de 120 mil quásares. Este viaje comienza en el Himalayas y termina a casi 13.700 millones de años luz de distancia. ConeXiones, es la mágica palabra recurrente en toda la entrevista.

El hombre más feliz del mundo

El siguiente episodio de esta serie que he seleccionado lleva por título "El hombre más feliz del mundo". Jorge Lanata viaja a Katmandú, Nepal, para conversar en el monasterio Shechen con Matthieu Ricard, francés, doctor en Genética Celular, quien hace 37 años abandonó todo para vivir como monje budista. De él hemos hablado antes en el blog, tanto en las entrevistas sobre educación de Eduard Punset aquí publicadas, como en los experimentos de la Universidad de Wisconsin con el Institute Mind and Life, gestado por el Dalai Lama y nuestro neurocientífico Francisco Varela. Que lo disfruten..

Agradecimientos a YaEze, por subir el material a YouTube: http://www.youtube.com/user/YaEze?feature=watch

31 Marzo 2012

“En vez de invertir tantos recursos en democratizar, en tratar de aplicar teorías pedagógicas modernas o postmodernas, se debiera centrar el esfuerzo en motivar la constitución y presencia de auténticos maestros en nuestras salas de clase. Es claro que ciertas ideas que gozan del aplauso nos pueden llevar a soluciones peores que la enfermedad”, sentencia el otrora profesor de castellano y hoy celebrado entrevistador de “La belleza de pensar”.


Mejorar las metodologías, hacer clases donde todos participen, bajarle el perfil al profesor expositor, no reducir la educación a información y contenidos, son ideas políticamente correctas que han sido aceptadas por el sentir común y por parte importante del gremio de profesores. Es decir, las ideas-fuerza de la reforma educacional han sido progresivamente aceptadas. Y yo veo ahí un peligro tremendo.

He sido profesor y he sido alumno, y creo que el gran problema no son las medologías ni los currículos ni las clases expositivas contra las clases participativas. Hay una frase muy buena de Ernesto Sabato: “Platón con un pésimo programa haría una clase estupenda, y un mal profesor con un excelente programa haría una pésima clase”.

En esta exposición yo quiero rendir un homenaje al encuentro –quizás una de las cosas maravillosas de nuestra cultura occidental de un alumno y un gran profesor. Nuestra cultura y la vida misma están hechas de estos encuentros. No me acuerdo de ninguna clase participativa, donde nos instalaban en una mesa redonda a hablar de cualquier tema, pero sí me acuerdo de algunas clases increíbles de un profesor que me movió el piso, que me cambió el mundo y me estimuló a buscar nuevos rumbos.

Populismo educacional

Hay un poema muy hermoso de Friedrich Hölderlin a propósito de esta especie de populismo, de esta idea incorrecta de eliminar la figura del “profesor autoritario” y de colocarse al nivel de los alumnos. El poema se llama “Falsa popularidad” y dice así:

Qué bien conoce a los hombres/ Con los niños es un niño, pero el árbol y el niño buscan aquello que los sobrepasa.”

Esta idea me parece muy hermosa, y tiene que ver con la vieja idea desprestigiada del maestro y el discípulo. Gran parte de la historia del pensamiento occidental viene de esa admiración por el profesor extraordinario y la consecuente superación de ese maestro. Platón tuvo un excelente profesor, que fue Sócrates. Si no hubiese habido encuentro, y no hubiese habido ese Sócrates en un banquete, exponiendo sobre el tema del amor y del héroe, no hubiera existido Platón y no hubiera existido la filosofía que se desarrolló después.

Otro ejemplo tiene que ver con Rimbaud. El es el poeta que inicia la vanguardia, que inventa un mundo nuevo. Siempre ha sido identificado como el alumno rebelde; muchas veces los poetas malditos se identifican con su figura sin haber leído jamás un verso suyo; poeta maldito sería aquel que llega borracho, que toma hartas drogas: el desarreglo de los sentidos aceptado como idea literal.

Rimbaud fue el mejor alumno de su clase, el alumno estrella que sabía latín mejor que nadie, que escribía hexámetros prodigiosos y era el orgullo del colegio. Lo más importante en su vida, junto con ese impulso que a lo mejor llevaba en los genes, es el encuentro con un profesor que llegó por casualidad a la ciudad de Charleville. Entre ambos se formó una relación de maestro-discípulo, y gracias a ese profesor Rimbaud se puso en contacto con lecturas que transformarían su vida. Ahí se produce una tensión entre la tradición y la rebeldía. Rimbaud parte de una tradición muy fuerte, que es la tradición de la cultura francesa, y es un rebelde frente a esa tradición. Pero en esa tensión, y en ese encuentro con modelos frente a los cuales rebelarse, es posible después el Rimbaud que camina en las afueras de Paris con las manos en los bolsillos recibiendo la lluvia e inventando una nueva poesía.

Otro caso importante se da en el poema La Odisea, que es en sí un poema pedagógico, donde fue educado todo el mundo helénico. Se aprendían muchas cosas en ese poema. No solamente literarias, sino elementos técnicos de la navegación, cómo se construían los barcos, cómo llegar a ciertos puertos. Y una de las historias centrales de la Odisea es aquella de Telémaco. El perdió a su padre, Ulises, y tiene que iniciar la búsqueda, pero necesita un impulso inicial. Quien se lo proporciona es Pallas Atenea, la diosa que se le aparece bajo la forma de un navegante de nombre Mentor, auténtico maestro que proporciona a Telémaco la pauta de su acción futura.

Ni Rimbaud ni Telémaco se formaron en clases participativas ni en clases abiertas o, entre comillas, democráticas. Fue el encuentro desencadenante y emocionante entre un profesor y un discípulo el que les dio forma.

La moda de las teorías

Gabriela Mistral tenía esto muy claro. Ella, que fue una gran innovadora en su tiempo, pensaba que el profesor tenía que ser un narrador. Es decir, que la clase de matemáticas tenía que contarse y narrarse, que la clase de zoología debiera ser una narración, y que los profesores debían ser grandes narradores, tipos que fueran capaces de contar o transmitir con un poder especial de la palabra, esa cultura tan necesaria. Sin embargo, nunca se le ha hecho caso a Gabriela Mistral.

Nuestras autoridades en el Ministerio de Educación buscan más ciertas teorías que están de moda, que además han demostrado muchas veces su fracaso en otros países, y se gastan millones inútiles, cuando el problema central es la figura del profesor. Lo esencial es invertir una gran energía para tener muy buenos profesores.

Ahora, estimo que el colegio en sí es un lugar insano, psicopatológico. Yo lo pasé muy mal -fui súper hiperkinético-, pero ya que existe ese colegio, hay que bregar para que en esa lenta tortura de la pedagogía se puedan producir los encuentros entre maestro y discípulo que posibiliten los viajes que cada uno tiene que realizar en su vida. Así, en vez de invertir tantos recursos en democratizar, en tratar de aplicar teorías pedagógicas modernas o post- modernas, se debiera centrar el esfuerzo en motivar la constitución y presencia de auténticos maestros en nuestras salas de clase. Es claro que ciertas ideas que gozan del aplauso nos pueden llevar a soluciones peores que la enfermedad. Me temo que estas innovaciones pedagógicas, este “aprender a aprender”, pueden llevar a encubrir la mediocridad de un profesor.

Trabajando en el MECE me tocó recorrer varias ciudades, y recuerdo haberme encontrado con varios profesores que me decían “ahora estamos muy contentos, porque la clase ya no la hacemos nosotros, la hacen los chiquillos”. ¿Y cómo la hacen? “Se sientan los chiquillos y nosotros les proponemos un tema, lo escribimos en el pizarrón y decimos hablemos de este tema, qué piensas tú, de dónde viene esto”. ¿Qué ocurre ahí? Ese profesor, que nunca ha recibido formación, y ya en el sistema tradicional era un mal locutor, se transforma ahora simplemente en un moderador y lo que ocurre en clase es simplemente la nada y el vacío.

Un profesor delirante

Una vez escribí un artículo titulado “Profesor de la Antártida baila en las estepas polares”. Trata de un profesor destinado a Villa las Estrellas por 15 años, horario completo, 58 horas semanales, salario de miedo. Era una autobiografía mía. Yo trabajaba en Osorno, era un profesor taxi, trabajaba todo el día haciendo clases, trataba de hacer leer a Dostoiewski a mis alumnos, y se producía la rebeldía de las autoridades y los apoderados, que transmitían sobre este discurso de la clases participativa. Este profesor es un tipo delirante que obliga a los alumnos a estudiar a Virgilio y a Jorge Teillier. Y en una especie de arrebato de lucidez y de locura, se le hace una entrevista. -¿Qué le parece a usted la municipalización que, según sabemos, ha llegado incluso a la Antártida?

Y él responde: “No hablemos de decretos, yo sólo sé que las estrellas australes rigen todos los destinos”.

-Algunos dicen que usted está loco, profesor.

Mi vida es de una cordura que espanta; quiero morir bailando frente a lo Uno y no gimiendo en las puertas de los ministerios”.

-¿Qué les enseña a los alumnos?

“Ultimamente, sólo latín y griego. Lo demás es paja molida. Hay que prepararlos para un futuro donde se librarán duras batallas decisivas, habrá que dominar algoritmos, raíces de lenguajes complejísimos, para derrotar a los enemigos y caminar en las tinieblas. Latín y griego como base de la memoria colectiva de los chilenitos del 2000”.

No sé qué habrá pasado con ese profesor. Ojalá que no se haya convertido a esta nueva tentación, a estas voces de sirena que invitan seductoramente a cambiar la educación y a tratar de transformar la sala de clases en una especie de asamblea de ideas. Evidentemente tiene que haber una libertad, la educación tiene que invitar a un viaje y a un riesgo, pero tiene que partir de algo. Yo prefiero que haya una tradición frente a la cual rebelarse, una tradición fuerte, prefiero que haya un maestro fuerte como Mentor, que le de la pauta a Telémaco y que no lo deje botado en el océano y le diga, “oye, tenís que buscar tú mismo cómo llegar a encontrar a tu padre”.

Sería pavoroso que producto de esta nueva idea de aprender a aprender, que puede tener una muy buena intención en el fondo, empecemos a olvidar el nombre de las cosas, empecemos a olvidar las pocas informaciones que tenemos y que nos dan una cierta columna vertebral, o que desaparezcan las tradiciones frente a las cuales tenemos el legítimo derecho de rebelarnos para construirnos desde cero.

Hoy en Chile estamos ante tres escenarios posibles. Uno es seguir con lo que tenemos, que es una educación liderada por profesores expositivos que en términos generales hacen pésimas clases. Otro es propiciar la acción de excelentes expositores. Imagínense a un Claudio Teitelboim haciendo una clase de física, o a Francisco Varela haciendo la clase de biología. El tercer escenario es esta mesa redonda mesa redonda donde no hay profesor y donde vagan unas ideas vagas que nos sumergen en una nada pavorosa...

Fuente: Cristián Warnken, Ponencia presentada en jornada "Acerca de la Educación", Universidad de Viña del Mar, Chile, 2001.

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Queremos que otra persona confirme y corrobore lo que pensamos; sin embargo, la pregunta sólo es auténtica cuando uno se la hace a sí mismo. Lo que yo digo tiene muy poco valor; usted lo olvidará una vez cierre este libro, o recordará y repetirá ciertas frases, o comparará con lo que ha leído en otros libros, pero no se enfrentará a su propia vida.

Y esto es lo único que importa: su vida, usted mismo, su pequeñez, su superficialidad, su brutalidad, su violencia, su codicia, su ambición, su sufrimiento diario y su dolor interminable. Esto es lo que tiene que comprender, y nadie en la tierra o en el cielo lo va a hacer por usted, sino usted mismo".

Jiddu Krishnamurti

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    Buscador de conexiones. En la vida real, Master en Comunicación Digital por la UIB, España; Profesor de Estado en Historia y Geografía por la ULS, Chile; Doctorando en Educación mención Mediación Pedagógica. La Serena, Chile. Las opiniones aquí vertidas son personales y no representan necesariamente a las instituciones en las que participo.

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