La Coctelera

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Categoría: Ontologia del Lenguaje

José Pablo Feinmann es un filósofo argentino que tiene un programa excepcional llamado "Filosofía Aquí y Ahora", en el cual de una manera simple y entretenida nos introduce a complicados conceptos. Les presento aquí un capítulo en 3 videos acerca del pensamiento de Martin Heidegger y su concepto del Dasein. Imperdible, como dirían los argentinos.


Las posibilidades del Dasein. ¿Cuál es la posibilidad de todas mis posibilidades? En todas mis posibilidades está la posibilidad de morir. El Dasein y la finitud. El ser-para-la-muerte. La existencia auténtica y la existencia inauténtica. “Todo misterio pierde su fuerza”. El señorío de los Otros. El “Otro” puede ser cualquiera. Lo “Uno”. El Das Man. El “se dice”. “Se piensa”. “Se cree”. “Se opina como opinan todos”. La “publicidad”. Todos son el Otro y ninguno es él mismo. El “estado de interpretado”. La “avidez de novedades”. Las “habladurías”. Todo está “aplanado” en la unidad. Lo inauténtico niega la realidad del ser-para-la-muerte.

El video número tres es el que más me gusta, donde se desarrollan las ideas de Heidegger acerca de la inauntenticidad, la errancia y la avidez de novedades.

¿Existen las varitas mágicas para dar un giro a nuestra vida? ¿Hay técnicas para lograr remedios o son una tomadura de pelo? Porque, al final, solo nosotros podemos aportar nuestras soluciones.


"Aunque la mayoría de las personas no van hacia ninguna parte, es un milagro encontrarse con una que reconozca estar perdida". Estas palabras del filósofo José Ortega y Gasset (1883-1955) siguen vigentes en la actualidad. La gran mayoría de nosotros nos limitamos a sobrevivir. Trabajamos. Consumimos. Y tratamos de divertirnos todo lo que podemos. Pero en general no sabemos para qué vivimos. De ahí que muchos vaguemos por la vida como "boyas a la deriva".

Y no es para menos. Desde que nacemos, la sociedad nos condiciona para convertirnos en empleados y consumidores, de manera que perpetuemos el funcionamiento económico del sistema. Tanto es así, que hemos sido adoctrinados para buscar nuestro bienestar fuera de nosotros mismos. Prueba de ello es que confundimos la verdadera felicidad con sucedáneos como el placer, la satisfacción o la euforia temporal que nos proporcionan el consumo de bienes materiales, los triunfos profesionales o el entretenimiento. Y debido a nuestra falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos, a menudo construimos un estilo de vida de segunda mano, prefabricado.

Frente a este escenario socioeconómico, la crisis existencial es casi inevitable. En esencia, consiste en reconocer que nuestra forma de pensar y de comprender la vida es limitada y errónea. Y en consecuencia, iniciar un proceso de cambio y evolución personal, buscando una nueva manera de relacionarnos con nosotros mismos y con nuestras circunstancias. Así es como aprendemos a seguir los dictados de nuestra conciencia y de nuestra intuición, desarrollando nuevas competencias emocionales que nos permitan obtener resultados de mayor satisfacción.

El negocio de la autoayuda

"No hay mayor negocio que vender a gente desesperada un producto que asegura eliminar la desesperación" (Aldous Huxley)

A lo largo de la última década se ha multiplicado exponencialmente el número de personas interesadas en conocerse mejor y potenciar su inteligencia emocional. Y como consecuencia directa ha emergido con fuerza un nuevo sector profesional: el de la autoayuda. Debido al malestar generalizado, no solo se ha puesto de moda, sino que se ha consolidado como un negocio muy lucrativo. Cada vez hay más espacios en los medios de comunicación -como este que está leyendo- orientados a dar cobertura a estas nuevas necesidades y motivaciones emergentes. Y en las librerías comerciales, esta sección ya ocupa una parte significativa. De hecho, están aflorando "expertos" en el tema por todas partes. Hoy en día, todo el mundo conoce lo que es el coaching, aunque muy pocos saben exactamente para qué sirve.

Pero, ¿qué es la autoayuda? ¿Por qué suele tener una connotación tan negativa? En primer lugar, cabe señalar que la autoayuda es el concepto que se utiliza para etiquetar cualquier iniciativa psicológica, espiritual o esotérica alternativa a la terapia convencional y a la religión tradicional. Y eso, en sí mismo, ya es motivo para ganarse unos cuantos enemigos. Sobre todo porque puede robar parte de la clientela. Popularmente se suele ridiculizar por considerarse una "pseudociencia" llena de "charlatanes" y "vendedores de humo", sin títulos oficiales que acrediten su competencia y profesionalidad.

Más allá de la opinión que tengamos al respecto, la autoayuda es un movimiento psicológico cargado de buenas intenciones. Sin embargo, alberga una contradicción en sí misma. 'Autoayuda' quiere decir 'ayudarse a uno mismo'. Si bien los demás pueden escucharnos, apoyarnos y compartir con nosotros lo que han aprendido de sí mismos, nadie más puede resolver nuestros problemas y conflictos existenciales. Cada uno de nosotros está llamado a recorrer su propio camino.

Ni dogmas ni gurús

"Ten mucho cuidado de aquellos que te vendan sus propias creencias, pues están obstaculizando tu propio descubrimiento de la vida" (Anthony de Mello)

Cuentan que un sabio explicaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre la entendían. "Maestro", le dijo uno de ellos una tarde. "Tú nos cuentas los cuentos, pero no nos explicas su significado". "Pido perdón por eso", se disculpó el maestro. "Permíteme que para enmendar mi error te invite a comer un rico melocotón". "Gracias maestro", respondió el alumno. "Quisiera, para agasajarte, pelarte el melocotón yo mismo. ¿Me permites?" "Sí. ¡Muchas gracias!". "¿Te gustaría que, ya que tengo en mi mano el cuchillo, te lo corte en trozos para que te sea más cómodo?", le preguntó seguidamente el sabio. "Me encantaría, pero no quisiera abusar de tu hospitalidad, maestro". "No es un abuso si yo te lo ofrezco. Solo deseo complacerte. Permíteme también que te lo mastique antes de dártelo". Y el alumno, con cara de asco, gritó nervioso: "¡No, maestro! ¡No me gustaría que hicieras eso!". El sabio hizo una pausa y concluyó: "Si yo os explicara el sentido de cada cuento, sería como daros de comer una fruta masticada".

Desde un punto de vista emocional, nadie puede ayudarnos. Como mucho, los demás pueden acompañarnos en nuestro proceso. Pensar lo contrario es un acto de soberbia y de superioridad. Las personas que creen que ayudan suelen posicionarse por encima de los que reciben dicha ayuda. En cambio, las personas que ejercen temporalmente el rol de acompañantes procuran mantenerse al mismo nivel, posibilitando que el aprendizaje sea recíproco. En vez de dar consejos y recetas sobre la manera en la que otros deberían vivir sus vidas, es mucho más útil y eficiente hacer preguntas y compartir reflexiones que nos permitan crecer en comprensión.

Victimismo y paternalismo

"La mayoría de personas que ansían la libertad no quieren renunciar a sus cadenas" (Khalil Gibran)

El triunfo de la autoayuda tiene mucho que ver con la pérdida progresiva de credibilidad que están padeciendo las instituciones religiosas. De hecho, algunos sociólogos afirman que la autoayuda está en camino de convertirse en la gran religión del siglo XXI. Lo cierto es que ambas comparten una serie de paralelismos, entre los que destaca el paternalismo. Esta similitud pone de manifiesto el victimismo imperante en nuestra sociedad. En general, queremos que alguien o algo resuelvan nuestros problemas y conflictos. Por eso solemos aferrarnos a personas o instituciones que nos ofrezcan consuelo y nos garanticen seguridad.

De entre las personas que buscan asesoramiento para mejorar cualquier ámbito de su vida -ya sea a través de libros, cursos o consultas privadas-, muchos buscan un parche con el que aliviar su malestar a corto plazo. Fruto de la desesperación, anhelan dar con una fórmula mágica que erradique definitivamente su sufrimiento. Muy pocos estamos dispuestos a cuestionarnos a nosotros mismos, asumiendo que somos cocreadores y corresponsables no solo de nuestro estado de ánimo, sino también de nuestras circunstancias actuales. Tanto es así, que en la jerga del crecimiento personal empieza a hablarse acerca de los "cursillistas". Es decir, individuos que empalman un curso tras otro, del mismo modo que devoran decenas de libros de autoayuda sin apenas dedicar tiempo para digerir, procesar y -lo más importante- poner en práctica dicha información.

Si verdaderamente estamos motivados para cultivar el arte de la felicidad, la acumulación de conocimiento puede llegar a ser un obstáculo. Más que eruditos, lo esencial es que aprendamos a ser sabios. Y la sabiduría podría definirse como la capacidad de obtener resultados de satisfacción de forma voluntaria, lo cual es una cuestión de compromiso y entrenamiento. Y es que sabe más acerca del perdón quien ha perdonado una vez a alguien, que quien ha leído libros y hecho cursos sobre "aprender a perdonar" y todavía no ha perdonado. Dado que hay tantas herramientas y tantos profesionales en el mercado, es necesario que desarrollemos nuestro propio criterio. A la hora de escoger un referente, es más importante la energía que nos transmite su presencia que los títulos que cuelgan de la pared de su despacho.

Aunque se suelan meter en el saco de la autoayuda, existen muchas corrientes de pensamiento que promueven una verdadera curación a medio plazo. El denominador común de todas ellas es el autoconocimiento, un proceso que nos permite descubrir cómo funcionamos y qué necesitamos para ser felices. De hecho, la comprensión y sabiduría ya se encuentran en nuestro interior. Tan solo hemos de eliminar las capas de condicionamiento que nos separan de ellas. Eso sí, el primer paso suele ser el más difícil, pues consiste en vencer el miedo a conocernos.

Cuestión de humildad

"No puedo enseñaros nada, solamente puedo ayudaros a buscar el conocimiento dentro de vosotros mismos, lo cual es mucho mejor que traspasaros mi poca sabiduría" (Sócrates)

Lo mejor que podemos hacer quienes nos dedicamos profesionalmente al crecimiento personal es actuar como espejos donde los demás puedan verse reflejados. Lo importante es el mensaje, no el mensajero. De ahí que parte de nuestro aprendizaje consista en preservar la humildad. Para lograrlo hemos de estar comprometidos con nuestro propio autoconocimiento, trascendiendo la necesidad emocional de "ser alguien" (relacionada con el ego) y la necesidad económica de "conseguir algo", vinculada con la ambición y la codicia. Así es como podemos disfrutar de nuestra profesión con una auténtica vocación de servicio.

La autocrítica no solo es signo de madurez, sino que es la base sobre la cual construir una sana y honesta ética profesional. Y esta es especialmente necesaria en un ámbito tan delicado como es el de la autoayuda. Lo que está en juego es nuestra capacidad para inspirarnos los unos a los otros para aprender a disfrutar más plenamente de este milagro que llamamos "vida".

No te creas nada, experiméntalo

Hablar acerca de la felicidad y del sentido de la vida suele encender nuestras alarmas y ponernos a la defensiva. Y no es para menos. Hay tantos caminos para encontrar lo que estamos buscando como seres humanos existen en el planeta. Pero, dado que todos compartimos una misma naturaleza humana, existen ciertas claves que pueden facilitarnos dicha senda. Eso sí, en relación con este proceso de aprendizaje es imprescindible que no nos creamos nada de los que nos digan, incluyendo, por supuesto, la información contenida en este artículo. Ya nos han vendido demasiadas creencias acerca de quiénes somos y de cómo hemos de vivir nuestra vida. De ahí que sea fundamental que recibamos con escepticismo y pensamiento crítico cualquier reflexión de este tipo. De lo que se trata es de verificar la información a través de nuestra propia experiencia.


Aprender a cuestionarnos

1. LIBRO

-'La libertad primera y última', de Jiddu Krishnamurti (Kairós). Este ensayo sostiene que los cambios que se producen en la realidad externa son siempre una consecuencia de nuestra transformación interna. De ahí que no tenga sentido luchar y entrar en conflicto contra el mundo, pues este no es más que una proyección de cómo pensamos y nos comportamos la mayoría de nosotros.

2. PELÍCULA

-'El club de los poetas muertos', de Peter Weir. Protagonizada por Robin Williams, esta película muestra lo obsoleta e ineficiente que se ha vuelto la educación convencional, a la vez que nos inspira a pensar por nosotros mismos y atrevernos a seguir nuestro propio camino en la vida.

3. CANCIÓN

-'Free little birds', de Bob Marley. Esta canción está basada en el proverbio chino: "Si tiene solución, para qué preocuparse; y si no la tiene, para qué preocuparse". Eso sí, por más que nos reconforte escucharlo, el reto consiste en ponerlo en práctica.

Fuente: Borja Vilaseca en El País, España.

Ser conscientes no es una meta a la cual se pueda llegar mediante alguna técnica sino una lucha diaria y a cada momento por intentar "darnos cuenta". Al menos yo lo creo así.


Vivimos en obligado contacto con otros - cercanos, lejanos, esporádicos, permanentes o virtuales - que nos obligan a encontrar una forma de convivencia más satisfactoria, y lo más complejo mediados por creencias, costumbres, ritos ideologías, hábitos, tecnologías, medios, patologías, en un gran trasfondo que es el lenguaje. La palabra es como el agua al mar, invisible en nuestro actuar cotidiano.

Si queremos un mundo mejor, que en el fondo significa un ambiente cálido, acogedor, donde nos sintamos a gusto, no tenemos otra alternativa que mejorar la convivencia. Por eso, desconfío ya de las revoluciones, los cambios de estructura, las promesas ideológicas, aunque éstas nunca acabarán.

Pero mejorar la convivencia no es fácil, es quizás el desafío más grande de la especie humana hoy por hoy. Lo vemos a cada segundo en nuestras familias, nuestro trabajo, en la calle, en las redes virtuales, en la comunidad real, las ciudades, los barrios, las escuelas, los países. Y en esa habilidad, la mayoría somos prácticamente analfabetos. Aunque las experiencias de otros se empaqueten y se vendan, el proceso es personal e intransferible.

Es una lucha diaria porque nadie todavía en nuestra especie ha alcanzado la perfección. Muchos lo intentamos en un momento para en el segundo siguiente caer en una contradicción respecto a lo que predicamos. Sin embargo, eso no significa que haya que renunciar y optar por la inconsciencia, la competencia, el desamor, la arrogancia. El camino está claro y no hay alternativas, a no ser que prefieras gastar tu vida en la(s) evasión(es).

La empatía, definida como aquella capacidad de ponerse en el lugar del otro, es un hábito difícil de lograr más aún si vivimos en una sociedad agresiva e inhumana, desgastada en pelear por supuestas verdades, pero ciega a los verdaderos desafíos como especie.

"Get Service" (Recibe servicio) es un video estadounidense original en inglés, que te interesará si has llegado hasta esta línea. He encontrado una versión subtitulada en español, que aunque muy literal describe el sentido del audiovisual. Te lo recomiendo encarecidamente pues allí descubrirás por qué este post lo he titulado "Los anteojos de la empatía". Ojalá te haga click tanto como a mi:

Cuantificar cada cosa, convertir la vida en una carrera de cifras y porcentajes, puede acabar en obsesión. A los números los cargamos de más significado del que poseen.


Alicia brincaba de alegría. Su libro estaba en librerías. Muchos amigos le recomendaron crear una página en Facebook para darlo a conocer. Y lo hizo. Debía conseguir algunos seguidores para que se fuera expandiendo por la Red de ordenador en ordenador. De entrada, se lo pidió a familiares e íntimos. Después le divertía entrar en Facebook y comprobar cómo crecían los seguidores: 24, 56, 245, 406... Hasta que en un momento de lucidez advirtió que algo no marchaba bien: hacía altos en el trabajo solo para entrar y mirar cuántos. ¡Se había enganchado! Si lo racionalizaba, era ridículo: su felicidad no dependía de tal número. Alicia es nombre ficticio, la protagonista soy yo misma. Por fortuna, las ratas de laboratorio con las que trabajé hace años, o mejor su recuerdo, me ayudaron a afrontar mi adicción. Comprobar que mi conducta era semejante fue muy disuasorio. Ellas apretaban la palanca para conseguir una descarga en una zona de su cerebro que les provocaba placer. Y no paraban de accionarla casi desesperadas.


Su componente adictivo

"Algo de lo que puedes estar seguro acerca de tu plan de 'marketing', de tus productos o incluso de tu propia vida es que las cosas no saldrán como las habías planeado" (Seth Godin)

Uno de los principios que rigen la conducta animal (incluida la humana) es el condicionamiento instrumental. Es muy sencillo: las acciones seguidas de un estímulo positivo tienden a repetirse, y si es negativo, a disminuir. Es importante que ese estímulo esté cerca en el tiempo de la conducta; si no, nuestro cerebro no asocia comportamiento con estímulo.

A los vendedores se les prima si consiguen más ventas. El lapso de tiempo que pasa desde la venta hasta que toca el dinero (o no) suele ser demasiado dilatado. Para que funcione el condicionamiento se debe encontrar un reforzador positivo o negativo inmediato. Y de hecho, la mayoría de empresas ya saben cuál es: los números. Así cada vez más los vendedores están rodeados de ellos y de forma más inmediata: cuántos posibles clientes se han informado hoy, cuántos han entrado, cuántos han comprado... Una empresaria de una franquicia italiana me comentaba que sus vendedores se pasan el día hablando de esas cifras. Ella intenta mimar el buen ambiente para evitar la obsesión numérica. Cada profesión tiene algún número ofuscador. A los profesores universitarios se nos "premia" por el número de artículos científicos publicados. Lo triste es que lo común, en lugar de charlar sobre lo investigado, es hacerlo sobre la cantidad de artículos que se han logrado publicar.

El prestigioso economista Emilio Duró confesó en una conferencia que vivía obcecado con el número de ventas. Obsesión que se acabó el día que sufrió un amago de ataque al corazón. Mientras iba en la ambulancia, una voz sabia de su interior le susurró: "Emili, como te mueras porque bajaron las ventas del yogur desnatado Yoplait, eres tonto...". Casi todos tenemos un yogur desnatado en nuestra vida. Un día, una amiga me contaba inquieta que el número de visitantes de su blog no subía como quería. Le conté la anécdota de Duró. Me encantó cuando pude ver un post-it en la pantalla de su ordenador en el que había escrito en rojo: "Yogur desnatado Yoplait". El recordatorio de que no debía preocuparse por un simple número. Si queremos que algo nos obsesione, solo tenemos que cuantificarlo constantemente.


Su pesada carga

"La edad es solo un número, algo para poner en los registros" (Bernard M. Baruch)

Meses atrás asistí a un congreso de psicólogos. Aprendí mucho por la calidad de las ponencias y por las interesantes tertulias durante las comidas. Todos compartíamos esa sensación. El contraste era la cara triste del director de la sociedad organizadora. Cuando le pregunté el motivo de su ánimo, me contestó que el número de asistentes era más bajo del esperado. ¿Significaba eso pérdidas monetarias? No. Intenté transmitirle que el número no importaba. Debía valorar la extraordinaria calidad, algo conseguido gracias a él. No sé si fui capaz de contagiarle la idea. Creo que no. Quizá si me hubiera sacado de la manga un contabilizador del gran aprendizaje de los asistentes y le hubiera enseñado en pantalla una cifra, lo habría tranquilizado. Parece que lo que no se puede cuantificar no existe. Esto lo saben bien las personas aquejadas de fibromialgia, lumbalgia inespecífica y otros dolores. Como no existe un termómetro del dolor, en ocasiones no consiguen la baja laboral. Sufren una terrible incomprensión por no disponer de un número indicativo de su padecimiento.

La mayoría de los padres tenemos un espacio en el cerebro para pensar en las notas de nuestros hijos. Nos enseñan un examen de matemáticas con un cuatro y automáticamente lo visualizamos de mayor vagabundeando sin trabajo. Cada nota la cargamos con demasiado peso. Casi las convertimos en un indicador de su futuro. Un cuatro en matemáticas significa un cuatro en ese examen, ni más ni menos. Imaginemos que en el colegio cuantificaran las interacciones sociales que efectúa en el recreo. Seguro que ese número también nos importaría. A la que se cuantifica algo, pasa a ser importante; si no, parece que no existe.

A los números los cargamos de más significado del que poseen. A veces tanto que acabamos por sufrir una especie de pudor numérico. Nos sentimos realmente incómodos si nos preguntan algunos. Una intromisión. Nuestra nómina. Esa cifra. Pronunciarla en voz alta es como confesión íntima, como revelar algo esencial de nuestro ser. ¿Lo que valemos? ¿Lo que hemos conseguido? La trascendencia que le damos a ese número esconde mucho de nosotros. ¿Y la edad? Otro que da que pensar. A algunas personas les cuesta confesarlo. Otras sufren depresiones al cumplir uno redondo: 30, 40, 50, 60... Nuestro sistema decimal marca los ciclos de angustia por cumplirlos. Si nos basáramos en el sistema duodecimal, nos deprimiríamos al cumplir 36 o 48. Es divertido comprobar lo relativos que somos los humanos.


¿Nos orientan o desorientan?

"La estadística es una ciencia que demuestra que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, los dos tenemos uno" (George Bernard Shaw)

Sin duda es la pregunta más típica para los psicólogos: "¿Es normal o no?". Dentro de la psicología, ¿cómo se define un comportamiento normal? A través de varios criterios. Y el estadístico es uno. Según él, lo normal es lo que hace la mayoría. Un criterio que sin matices puede resultar inconveniente. Pero los números son exactos y claros, y a veces los pedimos a gritos para orientarnos. ¿Cuántas relaciones sexuales a la semana son las normales? ¿Cuántas horas debemos dormir? ¿Cuál es la diferencia de edad óptima en la pareja? Resulta de lo más peligroso dar una respuesta fija porque entonces mucha gente se siente anormal cuando no lo es. Una chica me decía que no sabía si seguir adelante con su nueva pareja. Estaban en fase de enamoramiento total. Flotando. Su inquietud amorosa la expresó así: "¡Tiene siete años menos que yo! No sé, si fueran cuatro, aún, pero ¡siete!". Necesitamos cuantificar.

Un novelista lo tiene difícil para medir su rendimiento a corto plazo. Muchos cuentan horas de trabajo al día o número de páginas escritas. Necesitamos orden, ver la progresión. El peligro es olvidar que las cifras son solo un indicador aproximado y nos desasosegamos, por ejemplo, si hoy hemos trabajado menos que ayer cuando quizá hoy ha sido más fructífero. Nuestro comportamiento puede pasar de inteligente, cuando empleamos los números como indicadores aproximados, a irracional, cuando los consideramos exactos. Resbalar hacia lo absurdo es fácil.

Sin números aún estaríamos en las cavernas. Son indispensables. Pero evitemos que nos ofusquen y no nos dejen ver lo esencial, que muchas veces no es medible. ¿Cómo cuantificar lo gustoso que resulta besar la mano mullida de un bebé? Evitemos vivir bajo su tiranía. Bueno, ya llevo 7.880 caracteres escritos, debo acabar. P


Las cifras en la ficción

PELÍCULAS

- 'El indomable Will Hunting', de Gus van Sant.

- 'El número 23', de Joel Schumacher.

- 'Pi', de Darren Aronofsky.

- 'Cube', de Vincenzo Natali.

Fuente: Jenny Moix, en El País, España.

Considerado uno de los más grandes científicos chilenos, el neurobiólogo, filósofo y Premio Nacional de Ciencias aboga por la colaboración, la inclusión y la acogida.


Acoger e incluir son palabras inamovibles para el neurobiólogo, filósofo y Premio Nacional de Ciencias 1994, Humberto Maturana, considerado uno de los más grandes científicos chilenos y reconocido a nivel mundial por su destacado aporte a la biología del conocimiento.

Esta vez también se desplegaron en sus reflexiones durante la clase magistral "La naturaleza del quehacer universitario para estudiantes y maestros", que dictó en la inauguración del año académico de la Universidad de Playa Ancha, donde el rector Patricio Sanhueza le entregó la distinción de Profesor Emérito en nombre de esa casa de estudios.

Tan importantes son esos conceptos para el pensador y doctor en Biología en la Universidad de Harvard, que ubica su debilidad o ausencia en el centro de los grandes problemas de la educación y la sociedad chilena de hoy.

El científico que desarrolló la teoría de la autopoiesis, rápidamente adoptada por las ciencias sociales y que es definida como la capacidad de los sistemas vivos de producirse a sí mismos, observa con atención los acontecimientos, tendencias y cambios del mundo de hoy, y es ácido y crítico frente a algunos de ellos.


Educación y violencia

¿Cuál piensa que es el problema central de la educación chilena?

- "Creo que el problema fundamental está en la relación profesor-alumno, en que los alumnos se sientan acogidos por sus maestros y viceversa, que los maestros se sientan bien con sus alumnos. Eso exige una actitud especial, exige reconocer que la educación no es simplemente enseñar materias, es un modo de convivir, o más bien es el convivir mismo".

Usted considera la educación como un proceso de formación de personas responsables, éticas y capaces de colaborar en la convivencia democrática. ¿Qué le parece la creciente tendencia al matonaje escolar físico y virtual que existe en Chile?

- "El matonaje, en el fondo, es expresión del modo de relacionarse de los adultos, porque vivimos una cultura en la cual pensamos que la discrepancia o los temas de la convivencia se resuelven en la competencia, en juegos de poder. Y los jóvenes aprenden lo que viven los adultos, que se cultiva y se transforma en un hábito, de modo que los niños crecen en el matonaje. ¿Qué pasa que se vive minimizando a otros? Tenemos que preguntarnos eso".

¿Tendrá el sistema las herramientas para resolver o remontar este problema?

- "¿Es este un problema de los niños o de la comunidad? ¿En qué momento aparece la actitud que lleva al matonaje? ¿Dónde está el interés por los quehaceres en el colegio, la escuela o la universidad que lleva al matonaje, o a veces a las fiestas mechonas tan llenas de agresión? Tenemos que reflexionar sobre cómo vivimos los adultos, cómo tratamos nuestros conflictos, cómo abrimos -o negamos- espacios para la colaboración, de manera que los jóvenes se sientan incluidos?"


Lenguaje y competencia


En su obra destaca el lenguaje como el gran instrumento para acceder al pensamiento, el conocimiento, la creación. ¿Qué le parece que cerca de la mitad de los escolares chilenos no entiendan lo que leen?

- "Quiere decir que no ha habido junto a ellos adultos que los hayan guiado en la reflexión y el interés por leer. Que no han escuchado sus dificultades. Si cualquiera de nosotros entra a un trabajo donde tiene que aprender cómo se hace lo que se hace, y en la partida no se lo explican o la persona que tiene que explicarlo no tiene paciencia, queda atrasado y al final no entiende nada. Eso ocurre si sus dificultades son tratadas como insuficiencias o fallas y no como el proceso natural de estar aprendiendo algo que no se sabe. Todos los seres humanos somos esencialmente inteligentes. Las dificultades del aprendizaje, en general, no son temas de inteligencia, son temas de emoción".

También plantea que el desarrollo del lenguaje ha sido posible gracias a la colaboración, no a la competencia, que es un elemento central del sistema económico a nivel nacional y mundial. ¿Cómo se resuelve esta dicotomía?

- "Dándose cuenta de que eso es un error. Fíjese que si yo compito con otro, el otro y no yo es el referente de lo que hago. Entonces la competencia es un acto de desvalorización de uno mismo. Es completamente distinto a la colaboración. No es cierto que la competencia lleve al progreso o al bienestar, eso no es verdad. La competencia lleva al sufrimiento, al desencanto, al dolor en último término. Fíjese que en una competencia deportiva lo importante no es ganar, sino que el otro pierda, pues yo no gano si el otro no pierde. Terrible, porque eso justifica cualquier cosa que yo haga para que el otro sea dañado, esté mal y pierda. Entonces no depende de la calidad de lo que yo hago, sino de la negación del otro".


Reencuentro con el dolor

Cuando ha pasado más de un año del terremoto y tsunami, ¿qué cree que ha significado para la comunidad nacional ese reencuentro con el dolor?

- "Cuando hay una situación de dolor tan grande, la única salida es siempre la colaboración; el amar, el verse recíprocamente, el estar dispuesto a hacer cosas con otros. Pero si se inmiscuyen la competencia, la ambición, la vanidad, las ansias de poder o de lo que sea que fuese, entonces eso se distorsiona y no se crea ese espacio. Si usted mira la historia, las situaciones difíciles nunca se resuelven en la lucha y la competencia, sino en la colaboración".

Respecto del poder, hemos asistido a una especie de política de trinchera a propósito de la renuncia o destitución de la intendenta del Biobío, mientras en las encuestas crece el rechazo a las principales coaliciones políticas. ¿Será una especie de voto de castigo?

- "El voto de castigo no está en quien hace el gesto de castigar, sino en lo que le pasa al otro. Si yo digo que algo no está bien y el otro no piensa eso y no lo reconoce, no sirve de nada que yo diga que no está bien. El tema está en cómo vivimos. ¿Queremos o no queremos vivir en la colaboración; usar las diferencias no como discrepancias, sino como oportunidades reflexivas que nos permitan resolver temas que de otra manera no se resuelven porque quedan atrapados en la confrontación?".

¿Habrá avanzado algo la comunidad nacional en la meta de reconocer al otro como legítimo en la convivencia que usted plantea?

- "No puedo decirlo, pero desde el momento que hay preocupación por cómo hacemos lo que estamos haciendo, quiere decir que nos estamos viendo. Y que por lo tanto está abierta la posibilidad de iniciar un modo distinto de hacer las cosas, que no sea la competencia en la mutua negación, sino que en la conspiración; en la unión para hacer algo generador de bienestar para la comunidad".

Una de las conclusiones de sus estudios de biología del conocimiento indica que es la emoción y no la razón lo que determina la acción humana, pero en Chile lo que se llama actitud emocional tiene pésima fama y mala reputación.

- "Yo creo que no es una reputación de la emoción sino de lo que la gente piensa con respecto a la emoción. Todo sistema racional tiene fundamentos no racionales, escogidos desde la emoción, desde la preferencia, los gustos, lo que se desea hacer. Si a alguien que ha hecho una argumentación racional usted le pregunta desde dónde viene esa argumentación, al final se percatará de que viene de un gusto, de una preferencia. Si yo cambio el gusto o la preferencia, cambio la argumentación racional".


Contaminación

En la refinería de Codelco Ventanas se produjo un grave caso de emanaciones tóxicas que afectó a más de 40 personas, en su mayoría niños, y hoy asistimos a una confrontación entre el derecho a vivir en un medio no contaminado y las necesidades de recursos y energía del país.

- "Pienso que cada vez que hay contaminación, cada vez que hay un daño que se produce por alguna actividad humana, es expresión de negligencia o de un deseo distinto de aquel que supuestamente debe guiar su quehacer productivo. Si una refinería contamina, quiere decir que le importa mucho más la ganancia que lo que pasa con la contaminación. Siempre hay una responsabilidad del que hace el daño; negligencia, engaño, lo que quiera que fuere, porque si yo no quiero contaminar, dispongo las cosas de modo de no hacerlo".

Lo que aumenta los costos...

- "¿Sale más caro? Sí, claro, porque tengo que cuidarme de las cosas que hago, tengo que modificar mi procedimiento de modo de no generar el daño. Entonces la negligencia es en realidad un saber lo que había que hacer y no hacerse cargo de ello. Si una refinería contamina quiere decir que no está haciendo bien las cosas. Y si no se puede evitar la contaminación, entonces quiere decir que no debe estar ¿Queremos exponer a nuestros niños a la contaminación atmosférica, ambiental, de una clase u otra, sí o no? Si no queremos, entonces hay ciertas cosas que no vamos a hacer o no vamos a dejar que se hagan. Pero si queremos riqueza, c0mo se argumenta respecto de la necesidad de producción, y eso es lo que nos guía, quiere decir que no nos importa lo que les pase a los niños. La lección es muy clara. Ahora, para hacer las cosas bien yo tengo que dedicarles atención y energía, sin duda."

LENGUAJE, ORIGEN DE LO HUMANO

"Sabemos por registros fósiles, que tres y medio millones de años atrás había primates bípedos que, como nosotros, tenían un caminar erecto, y poseían hombros, pero que tenían un cerebro mucho más pequeño, aproximadamente un tercio del cerebro humano actual", señala el científico en su libro "Emociones y lenguaje en educación y política". El cerebro crece desde aproximadamente 430 cc. a 1.450 ó 1.500 cc., lo que se ha relacionado frecuentemente con el uso de instrumentos, con la manipulación. Maturana no comparte esa opinión -"la mano ya estaba desarrollada en estos antecesores nuestros"- y sostiene en cambio "que la historia del cerebro humano está relacionada principalmente con el lenguaje", un sistema "que tiene que ver con coordinaciones de acción, pero no con cualquiera, sino con coordinaciones de acciones consensuales". En definitiva, "los seres humanos somos lo que conversamos" y "nuestra única posibilidad de vivir el mundo que queremos vivir es sumergirnos en las conversaciones que lo constituyen".

MAMÍFEROS CURIOSOS

En una ocasión, tenía que dar una conferencia en una universidad extranjera que lo había invitado y no funcionó la amplificación. Entonces propuso a los asistentes que llenaban el auditorio que conversaran sin micrófonos y eso se transformó en una de sus experiencias más gratificantes. A propósito del episodio escribió:

"Los mamíferos somos animales particularmente curiosos, continuamente procuramos mirarlo, olerlo, tocarlo todo, como resultado de tener la corteza cerebral mamífera. Los seres humanos como mamíferos somos curiosos y como ellos procuramos mirarlo, olerlo, tocarlo todo. Y además como seres en el lenguaje queremos reflexionarlo todo en un ámbito cultural actual de vanidad en el que queremos controlarlo todo, y al dejar que ese querer nos guíe perdemos plasticidad, se nos estrecha la inteligencia y nos apegamos a planificaciones y olvidamos el no-planificar en el planificar. ¿Será necesario controlarlo todo, o podemos confiar en la colaboración y la co-inspiración que amplía la inteligencia desde el amar?"

Fuente: Rosa Zamora, El Mercurio, Valparaíso, Chile.

Las escuelas de negocios están consternadas. Lo dijo Michael Porter en su reciente visita a Chile. El modelo económico no convence a la población y una sensación de molestia se acumula hacia las empresas. ¿Qué responsabilidad tienen los ejecutivos? ¿Hay que replantear la enseñanza ejecutiva? Fernando Flores tiene una opinión al respecto.


Datos básicos: sobre el 60% de la demanda de ejecutivos en Chile está dirigido a ingenieros, comerciales o civiles. Cerca del 65% de los ejecutivos medios posee diplomados en escuelas de negocios. Y como dice un headhunter, “no necesariamente un gerente debe tener MBA, pero el gerente 2.0 lo tiene integrado en su ADN”.

Resultado de esto es que las empresas –y, poco a poco, la sociedad en su conjunto– empiezan a demandar mayor diversidad: que la formación es muy básica, que la oferta es estándar, que a los nuevos profesionales les falta práctica. Surgen otras críticas: escasa innovación, bajo emprendimiento, sobra plata pero faltan proyectos, empresas que equivocan su relación con la comunidad, cuestionamientos éticos.

¿Debe venir una reforma al conocimiento ejecutivo? Algo por el estilo le preguntaron a Fernando Flores, el presidente del Consejo Nacional de Innovación, en un reciente congreso de la asociación latinoamericana de escuelas de negocios realizado en la Universidad Adolfo Ibáñez. ¿Qué respondió? “Hoy hablamos demasiado de conocimiento, como si éste significara lo que va a ocurrir. El conocimiento no genera propuestas, no tiene imaginación, no genera confianzas. El conocimiento no produce el estado de ánimo ni la resiliencia que necesitamos”.

En definitiva, una clásica preocupación (como es la formación empresarial), pero abordada a partir de una perspectiva distinta, rescatando conceptos erróneamente desterrados o menospreciados por el mundo ejecutivo: emocionalidad, seducción, sensibilidad, compromiso. Un conjunto de habilidades “nada de blandas”, como deja en claro Flores, para que la conversación no derive ni por un segundo a esa dimensión tan light de la asesoría laboral que propugna profesionales simpáticos y amistosos, como si se tratara de la elección del mejor compañero.

¿Pero esas habilidades las puede enseñar una universidad? “Estoy seguro de que sí, pero tiene que salirse del paradigma del conocimiento”, responde Flores a Capital. Y a partir de ahí, más la inquietud de las empresas, la insatisfacción de los profesionales y el reclamo de los consumidores, desarrollamos este diálogo sobre formación para el emprendimiento y la innovación.

Partamos por el lenguaje

“Yo soy ingeniero industrial de la Universidad Católica. Eso es lo que estudié y, de alguna manera, sigo siéndolo. Pero lo acompañé con un doctorado en filosofía en Estados Unidos, durante el cual puse mi corazón en el lenguaje. Pero el lenguaje, tal como se entiende en filosofía, no son las palabras ni los sonidos. El lenguaje es lo que caracteriza al ser humano por ser, precisamente, humano. Por eso la sordera es una limitación tan compleja, porque aísla a la persona afectada. Todo eso me ayudó a entender más al ser humano”.

Por cierto, se trata de una primera declaración del ex senador y actual presidente del Consejo de Innovación que apenas esboza el fondo de su argumento, pero en Capital nos permitimos adelantar la conversación en casi una hora, sólo para mostrar una de las derivaciones: “yo les diría a los futuros estudiantes que si tienen intereses científicos, estudien física teórica o biología básica, porque eso les hará pensar, entrar en un mundo y abrir oportunidades. Si sus intereses están en los negocios, estudien humanidades, aprendan a contar cuentos, estudien filosofía, y después hacen un máster en negocios”.

Eso. Ahora retrocedemos al origen de la conversación, a la necesidad de entender al ser humano (“el único animal que no está definido”, advierte Flores), para que tengamos más tipos como Steve Jobs, porque “él no es un producto del conocimiento académico; es un producto del involucramiento, del compromiso, de la imaginación y de la sensibilidad. Y la pregunta es ¿cómo fomentamos ese espíritu?”

Pero no sólo se trata de entender al hombre como un producto sin acabar, sino como un ser “que anda por el mundo haciendo cosas con gente”. Lo decía Flores en su charla en la UAI: “hacemos nuestra vida con los demás, estamos involucrados en esta vida y hacemos cosas típicas. Por eso tenemos que estar conscientes que el innovador siempre va a alterar la forma tradicional de ser y eso supone que el verdadero innovador o emprendedor es un innovador cultural”.

Entonces, “la primera clave es que la innovación no consiste en crear nuevos artefactos, sino en inventar nuevas prácticas culturales y venderlas. Todo empresario innovador tiene que ser un innovador cultural. Y ser capaz de poner la idea en práctica. Conozco a grandes innovadores, pero que no han sido capaces de ser empresarios. El más famoso es el inventor del mouse”, añade Flores.

Paréntesis: el inventor del mouse

Otoño de 1968. En una conferencia sobre informática, Doug Engelbart –investigador de la Universidad de Stanford– se luce con dos inéditas demostraciones: el ahora tradicional mouse, presentado con la poco sexy denominación de “Indicador de posición X-Y para un sistema con pantalla”, más una conexión con su laboratorio por video conferencia.

Cuenta Wikipedia que, además de diseñar el primer sistema en línea, junto con su equipo desarrolló varios elementos básicos de la interfaz humana de las computadoras actuales, como pantallas con imágenes en bits y ventanas múltiples. Pero de su gran creación, el mouse, nunca recibió regalías. Incluso, sus ideas fueron perdiendo presupuesto y el laboratorio cerró en 1978 por falta de fondos.

La idea del ratón la tomó Xerox y todos sabemos lo bien que anduvo su desarrollo; por lo menos, hasta la aparición del touch, la interfaz de voz y lo que venga más adelante en materia de conexión neurológica. Conclusión: con innovar no basta.

Inventar mundos

Volvemos con Flores y tres claves de su planteamiento:

•“Deberíamos enseñar la administración de empresas de una manera distinta. Los negocios, la administración y el emprendimiento tienen que ver un poco con el conocimiento, pero mucho más con la intencionalidad: con inventar mundos, producir mundos y hacer que las cosas sucedan. La herramienta para aprender esto es el lenguaje, y en particular el lenguaje de los actos de habla”.

•“El emprendimiento es distinto de la innovación. La innovación tiene que ver con producir nuevas capacidades, nuevas distinciones, nuevos dispositivos. Pero si no produces una revolución cultural para introducir en el mercado ese dispositivo, la innovación será sólo una curiosidad. Es por esto que innovación y emprendimiento deben ir de la mano”.

• “¿Y qué cosa debemos destruir? Básicamente, la ilusión de que el mundo está conformado por objetos. ¡No! El mundo está conformado de distinciones culturales que se producen en la práctica. El mundo no está poblado de objetos, sino de seres humanos que coordinan prácticas entre sí y utilizan el lenguaje para hacerlo. Cada vez que alguien realiza una innovación, eso se altera”.

Así las cosas, todo indica que bastaría con entender o captar los problemas que afectan a esos seres humanos para tener éxito en esto del emprendimiento innovador. Pero no, la concepción de Flores eleva el desafío unos cuantos metros más y pone el hincapié en las concerns (en inglés, porque la traducción a preocupación o inquietud no alcanza a cubrir el concepto global de la palabra). “Los seres humanos tenemos concerns porque somos seres culturales siempre abiertos a nuevas posibilidades. No se trata de preocupaciones en un sentido negativo”, explica.

Las preocupaciones básicas son las cotidianas, asociadas al lenguaje de las necesidades, a las cuales el management responde con su capacidad de satisfacer, reparar o sustituir. Un segundo nivel de preocupaciones la constituyen los problemas, que suponen que alguien haya formulado una nueva intención de propósitos y medios para satisfacer esos propósitos (como Boeing o Airbus, satisfaciendo necesidad de aviones con menor gasto de combustible y mayor autonomía de vuelo). Alguien define el problema y otros producen.

Pero el terreno propicio para el gran emprendedor se encuentra en la tercera dimensión de preocupaciones humanas, las que Flores denomina anomalías: “es algo que falta, que podría ser exitoso si apareciera, pero nadie sabe aún lo que es. La anomalía existe como consecuencia de un estado de ánimo, es una molestia, una perturbación. No tenemos la respuesta, pero cuando la persona se enfoca en una anomalía empieza a buscar medios y tienes probabilidades de encontrar un problema a resolver. Así, el gran emprendedor es aquel que toma una anomalía y la transforma en producto; con la ayuda de innovadores, naturalmente”.

¿Ahí hay que estar: en el mundo de las anomalías?

-No, lo que hay que tener claro es que la tercera es difícil y ocurre muy de vez en cuando. Depende de alguien obseso, pero depende también del contexto histórico. O sea, no pueden las cosas salir cuando no están los tiempos para que las cosas salgan. Esa afirmación va en contra de toda esta noción de que se trata de puras ideas geniales. Son ideas geniales, pero normalmente marginales y alteran el discurso de los que dominan en la industria.

¿La cuestión es para cuál de estos escenarios se enseña?

-Antes de llegar a eso tenemos que abordar las habilidades. Y hablemos de habilidades y no de conocimiento, porque las habilidades se asocian con el cuerpo. Por cierto, hay que saber, pero por sobre todo hay que practicar. Entonces, la habilidad es un tipo de conocimiento en el que el cuerpo no puede faltar.

¿Cuáles son las habilidades (skills) necesarias para el mundo de los negocios? (N. de la R.: esta pregunta es del mismo Flores).

-La primera es saber escuchar concerns, no saber escuchar necesidades. Ahí los MBA ya se caen. Porque concern lo pondrían en las habilidades blandas y no, es lo más difícil. Escuchar se asume como oír, pero es distinto, porque implica tener sensibilidad de espacio para las preocupaciones del otro. No es un procedimiento, pero se puede enseñar y hay culturas más sensibles a ello.

Luego, lo mínimo que da sentido a la comunicación es el compromiso mutuo. Uno puede olvidar las palabras que usó, pero el compromiso queda claro. Si los compromisos se cumplen, ambas partes están ampliando sus horizontes. Lo peor es cuando hay compromiso a medias. Diferencia entre compromiso y deber: el compromiso nace de las promesas que uno hace a través del lenguaje, mientras que los deberes nacen de nuestras interpretaciones sobre lo que se debe hacer.

Entonces, es fundamental educar a la gente en el lenguaje de escuchar compromisos y buscar oportunidades. Y eso no tiene nada de blando. Pero las escuelas de negocios no lo advierten. Dicen que debes sonreír, mandar tarjetas de navidad. Eso equivale a instalar una orquesta con instrumentos, pero sin sinfonía mínima. La sinfonía mínima en cualquier empresa es la lógica del compromiso.

¿Y eso se enseña?

-Claro que se enseña. Se pueden enseñar dos cosas: la teoría filosófica general de negocios, como la que estoy exponiendo, y se puede enseñar a la gente a distinguir más, a escuchar al cliente, a ser más sensible a las anomalías, al compromiso, a jugar, a experimentar. Enseñar, primero, a destruir ciertas creencias que la gente acepta. Por ejemplo, pensar que vivimos en un mundo de objetos. Nosotros no vivimos en un mundo de objetos. Vivimos en un mundo de distinciones. Las distinciones son cambiables. Segundo, suponer que la gente compra cosas. La gente compra experiencias de satisfacción. Tercero, entender que toda empresa es parte de una red. Por lo tanto, no sólo tengo que vender sino también mantener, preparar, servir.

¿Puede la universidad concentrarse en uno de los aspectos; por ejemplo, en formar emprendedores?

-Lo esencial son los emprendedores- innovadores, no los innovadores. Los primeros son tipos que innovan o saben usar innovaciones o coordinar a innovadores. Lo fundamental de un emprendedor es seducir a un mercado y navegar la ola dinámica de ese mercado. Sensibilidad a los clientes, pero no sólo a lo que los clientes dicen, sino a las preocupaciones que tienen y no saben decir.

¿Pero puede focalizarse como universidad?

-Se puede, pero requiere una forma de enseñar distinta: dejar de entregar el conocimiento como transmisión. Dejar de creer que la vida es una conexión de problemas que hay que resolver y asumir; más bien, que la vida es una conexión de problemas que hay que inventar al hacerme sensible a las preocupaciones de las personas. Tengo que refinar el escuchar emocional. Tengo que crear fortaleza emocional. Una de las cosas más importantes para un emprendedor es saber pararse en los malos tiempos. Hacer un tipo de preparación emocional que me saque la tendencia a las respuestas rápida; saber seducir.

¿Sirve el modelo americano de minor y major?

-Las universidades están todas encerradas en el paradigma del conocimiento. La idea de que existe una cosa llamada conocimiento, que se transmite de profesores a alumnos y después los alumnos lo aplican. Ese paradigma está equivocado: los seres humanos son fundamentalmente seres emocionales intencionales, que tienen una cultura, por lo que hay que abrirles nuevos espacios culturales y transformar habilidades. Y eso se puede hacer. Las universidades les crean la ilusión de que van a ir a aplicar conocimientos y la vida no es aplicar conocimientos, sino luchar, seducir, reflexionar, cometer errores, sacar lecciones de esos errores, mirar tendencias, etc.

Muchos reclaman que en Chile faltan técnicos, pero eso pareciera ser justo lo contrario del profesional que se necesita.

-Lo que nos sobra son ingenieros de escritorio. Sentido común con formación matemática. Por cierto que el ser humano también demanda conocimiento, no estoy en contra de eso, pero fundamentalmente es una aventura histórica de intencionalidad, lo que significa que su invención de propósito, su invención de sentido, es lo más importante que hace. Hoy las universidades no los preparan para eso, los preparan para ser empleados.

Pero las empresas se quejan de que el profesional llega de la universidad con muy poco conocimiento que aportar.

-Hagámonos cargo de la inquietud que está detrás de ese rechazo. Más que si tiene o no la razón, apunta a que ese profesional no tiene ninguna sensibilidad a los tiempos, ninguna sensibilidad al cambio… La pregunta es ¿por qué tanto MBA deja tanta escoba en el plano económico y ético? Aunque aparezca oportunista decirlo, la crisis de La Polar nos muestra ejecutivos que carecen de sensibilidades éticas. Demasiada preocupación por sus números y ausencia de preocupación por sus clientes. Y eso, por otro lado, los lleva al plano del desastre.

Lo que más requiere el ejecutivo es ser un humanista: una persona que entienda seres humanos, porque entiende que tiene que producir para seres humanos, tiene que convencer a seres humanos de que lo apoyen e inviertan en él. Respetar seres humanos, saber crear confianzas, saber seducir las oportunidades, mirar el contexto político de las cosas.

¿Es un error llamar ingeniería a las escuelas de negocios?

-Quedan sesgada, a las matemáticas y a una cierta manera de entender; a la información y no a la comprensión. La comprensión es siempre una habilidad humanista.

Una mirada al mundo

“Los MBA forman a la gente equivocada con métodos equivocados y traen consecuencias equivocadas”. Henry Mintzberg

• La Carey Business School, perteneciente a la Universidad Johns Hopkins, decidió reinventar la enseñanza del MBA y optar por formar profesionales líderes empresariales bajo la óptica ética y humanista. Como dice Yash Gupta, su decano, “con los años llegué a la conclusión de que nos habíamos apoyado demasiado en las ciencias de los negocios. Producíamos maestros en ingeniería financiera, personas sin corazón ni alma”.

• “Como administrador, mi propósito es servir al bien común uniendo personas y recursos para crear valor, que no puede ser creado por una persona individualmente”. Juramento MBA de la MBA Oath, formada por ex alumnos de Harvard. • H ace casi una década, los profesores Jeffrey Pfeffer, de Stanford, y Christina Fong, de la Universidad de Washington, analizaron más de 40 años de datos de escuelas de negocio para evaluar su aporte al éxito ejecutivo. ¿Conclusión? “Si eres suficientemente bueno para ser aceptado, llegarás lejos de todas maneras”, dijo Pfeffer.

“Yo enseño los puntos básicos de la psicología humana, skills importantes que no suelen recibir suficiente atención de las escuelas de negocios”. Josh Kaufman, autor de The Personal MBA.

Fuente: Guillermo Turner en Revista Capital, 1 de julio 2011.

“No se puede pensar sin palabras y por lo tanto, esa dramática pérdida de vocablos y en particular de sustantivos que estamos observando, sobre todo en nuestra juventud, va a conducir necesariamente a una atrofia de la capacidad de pensar”.


Así lo sostiene el siquiatra Otto Dörr, entrevistado esta semana en el programa "Una nueva belleza" de Cristián Warken, uno de los pocos espacios de calidad cultural (que quedan) en la televisión abierta chilena.

El médico chileno plantea posturas similares a las insinuadas en este blog: que somos seres lingüísticos y que la degradación del lenguaje que vivimos hoy en Chile tendrá negativos efectos futuros en buena parte de nuestra población. Ello se agrava por la moda imperante en las elites chilenas, especialmente las nuevas generaciones, por copiar el habla y las costumbres propias de las jergas carcelarias. De esta tendencia no se escapan autoridades, dirigentes, profesores, periodistas, mujeres, empresarios.

Extracto de "Educación y Lenguaje".

"... Hace casi veinte años publiqué en estas mismas páginas un artículo titulado “El lenguaje degradado”, en el que manifestaba mi preocupación por la forma en que se venía deteriorando el uso del español en Chile: modulación defectuosa, falta de vocabulario, uso excesivo de muletillas y, lo que es peor, la invasión del habla cotidiana por groserías. Entonces este fenómeno afectaba fundamentalmente a los varones de todas las clases sociales, exceptuando el campesinado provinciano, algunos grupos académicos aislados y personas de edad muy avanzada. Se observaba también una incipiente extensión a las mujeres jóvenes.

Hoy el fenómeno ha experimentado un proceso de generalización. Ya los niños de seis o siete años están hablando así, las jóvenes universitarias usan las mismas groserías que los hombres y cada día son más las personas mayores que hacen lo mismo. Sólo falta que las madres se dirijan en esa forma a sus bebés o que los sacerdotes empleen estas palabras en sus sermones. Esta forma de hablar consiste en lo esencial en que una palabreja, en un comienzo empleada como insulto, se ha transformado no sólo en sustantivo, verbo y adjetivo de uso indiscriminado, sino también en final obligado de cualquier frase. Ahora bien, como esta palabreja se acompaña regularmente de otras groserías basadas en contenidos anales y genitales, tenemos que el habla cotidiana del chileno se está aproximando a un tipo de lenguaje muy patológico, que en psiquiatría y neurología se denomina “coprolalia”, palabra que significa “lenguaje excrementicio”, propio de ciertas demencias secundarias a la destrucción de los lóbulos frontales del cerebro, los que constituyen justamente el sustrato biológico de la experiencia ética.

Por eso, no es tan inocente o divertida esta forma de hablar que impera en nuestro país, como parece pensar la mayoría, incluidas las autoridades, al no preocuparse al respecto. Debemos recordar que el lenguaje no es una función más del organismo humano, sino lo que nos define como especie. Fue ese salto evolutivo milagroso del acceso a la palabra, ocurrido hace alrededor de noventa mil años, el que ha permitido el desarrollo de la civilización y de la cultura, pero también la apertura del hombre a la dimensión espiritual y trascendente. Esa misma palabra que estamos ensuciando día a día ha sido cantada y reflexionada por poetas y filósofos desde antiguo. El Evangelio de San Juan empieza con esa tremenda afirmación: “En el principio era el Verbo”. Pablo Neruda nos dice: “… Todo está en la palabra…”; mientras el gran poeta alemán Stefan George proclama: “…No hay cosa alguna allí donde falta la palabra”. Heidegger, por su parte, ha transformado al lenguaje en un tema central de su meditación filosófica. Para él, la palabra es “la morada del ser” y también “la fuerza que une los cuatro elementos: la tierra y el cielo, los mortales y los dioses y como tal es el nexo de todos los nexos…”.

Estas reflexiones nos llevan inevitablemente a establecer una relación entre la descomposición del lenguaje hablado en Chile y el descenso sistemático del nivel de la educación. Porque ocurre que las ciencias cognitivas nos están diciendo ya hace tiempo que no se puede pensar sin palabras y por lo tanto, esa dramática pérdida de vocablos y en particular de sustantivos que estamos observando, sobre todo en nuestra juventud, va a conducir necesariamente a una atrofia de la capacidad de pensar. Y sin pensar no hay conocimiento ni creatividad. Y entonces cualquier aspiración que tengamos de llegar a ser un país desarrollado será en vano".

Otto Dörr. Publicado en El Mercurio, Sábado 19 de junio de 2010

No seamos rígidos, ni con los demás ni con nosotros mismos. Dejemos fluir las cosas. No lo veamos todo blanco o negro, sino con matices. Es el camino para sentirnos más a gusto.


Cada día tres veces. No podía dejar de hacerlo. Tenía que nadar en el mar, fuera verano o invierno. Cecilia me explicaba su esclavitud a este ritual con la cara rígida. Tan rígida como su creencia de que si no lo hacía no estaba pura. En su pueblo costero era conocida por este severo protocolo marino, e incluso la tele local la había entrevistado por ello. El nombre es inventado, pero el caso es real. Se puede etiquetar de trastorno obsesivo-compulsivo.

La gran mayoría de personas que sufren trastornos psicológicos comparten una característica: la rigidez de sus ideas. Y los que no tenemos la etiqueta de alguna psicopatología colgando no solemos ser tan exageradamente rígidos, pero sí mucho más de lo que nos pensamos.

Unos años atrás me invitaron a pronunciar una conferencia sobre felicidad. Quería estructurar la conferencia alrededor de un concepto clave, de lo que era esencial para ser feliz. ¿Salud?, ¿dinero?, ¿amor?, ¿optimismo?... un aluvión de letras escritas sobre estos conceptos que no me acababan de convencer, hasta que llegué a una idea que era la que buscaba: "la flexibilidad". Imposible ser feliz si no eres flexible. Y esa idea fue el germen que me llevó a escribir mi libro Felicidad flexible (Aguilar).


Nuestros esquemas mentales

"Tienes toda la razón... desde tu punto de vista" (Paul Watzlawick)

Todo nuestro cuerpo experimenta siempre la intensa sensación de que tenemos razón, y así suele ser... desde nuestro punto de vista. Y por eso intentamos imponer a los demás nuestras ideas, a veces con una furia desbordante. Muchos libros llevan por título frases del tipo "cómo convencer a los demás", pero no existe ninguno que se titule "cómo ser convencido". Lo encontraríamos ridículo... ¿Para qué nos vamos a dejar convencer si son los otros los que están equivocados?

En realidad, lo absurdo es defender a capa y espada nuestras convicciones. Tenemos que ser muy conscientes de cinco características que poseen nuestras certezas y veremos lo patético que a veces suele ser nuestro férreo convencimiento. Nuestros esquemas mentales son:

1. Relativos. Lo que pensamos depende, por ejemplo, de nuestro lugar de nacimiento. Las religiones son un claro ejemplo. Así, al defender nuestra fe, a veces incluso con bombas, en el fondo es como si estuviéramos defendiendo que nuestro lugar de nacimiento es el correcto. ¡Cuánta sangre se ha derramado dentro de este saco ilógico!

2. Rígidos. Pensamos en blanco y negro. En los cuentos infantiles encontramos los malos y los buenos. Y crecemos y en el fondo seguimos pensado así. Una señora de unos 80 años me comentaba respecto a la guerra entre palestinos e israelíes: "Yo ya me he perdido, ¿quiénes son los buenos?". Claro que tenemos la capacidad de matizar, pero a nuestro cerebro le encantan las cosas claras y ordenadas. Los matices nos impiden encasillar, y con todo desordenado nuestras neuronas no se encuentran tan cómodas. La duda es lo que menos soportan, porque es el principal obstáculo para poner orden. Así que siempre elegimos las certezas. ¿Salir de dudas? Lo sabio es ¡salir de certezas!

3. Limitados. La especie humana suele ser bastante prepotente porque no somos capaces de ver la limitación de nuestro propio cerebro. Nuestras neuronas no pueden entender algo que no hayan visto antes. ¿Acaso alguien puede lograr imaginarse que antes del Big Bang no existía ni el espacio ni el tiempo? ¿Alguien puede entender, como afirma la física cuántica, que las partículas pequeñas no están ni aquí ni allí, sino que solo se concretan en un espacio cuando las miramos? Como muy irónica y acertadamente declaraba el premio Nobel Niels Bohr, "si alguien no se queda confundido con la física cuántica es porque no la entiende".

4. Invisibles. Un cuadrado blanco no se puede ver encima de un fondo blanco. Muchos de nuestros valores y creencias, como son compartidos con el resto de individuos de la sociedad, tampoco son visibles. Solemos tener como un huequecito dentro; siempre notamos que nos falta algo, y eso que nos falta creemos que está en el futuro y por eso corremos tanto para llegar a él. Esta creencia es compartida por la mayoría. Imaginemos una sociedad donde se viviera más que el presente y no estuviéramos tan encarados al futuro, donde la gente anduviera tranquilamente por las calles. Si entre esta calma apareciera uno de nosotros con el motorcillo que llevamos dentro, esa persona destacaría. Probablemente al ser su comportamiento diferente al resto se plantearía si está actuando bien. No revisamos nuestras creencias por la sencilla razón de que a veces son invisibles.

5. Blindadas. El caso de los Reyes Magos es una creencia hermosamente blindada. Cuando los adultos metemos la pata mil veces ante los niños, cuando se nos escapa, por ejemplo, que hemos ido a comprar los regalos, ¡no suele pasar nada! Les encaja tan poco lo que decimos con sus creencias que ni lo procesan. Cuando una persona confía en su pareja y esta le es infiel, suele ser la última en enterarse; como todas las posibles pistas no encajan en sus creencias, caen en saco roto. Cuando esas creencias se rompen, es cuando decimos que se nos ha caído la venda de los ojos.

Los tozudos siempre suelen ser los demás. Los vemos siempre más rígidos e inflexibles que nosotros. Claro que no es así. Para comprobar nuestras propias rigideces basta con pensar de cuántas formas podríamos acabar esta frase: "A mí no me podrían convencer de...". Por ejemplo: de que Dios existe, de que mi partido político no es el mejor, de que mi objetivo no es el que me conviene... Juguemos con esta frase un rato y nos sorprenderemos de con cuántas inquebrantables certezas vivimos.

Comprensivo con uno mismo

"La batalla más difícil la tengo todos los días conmigo mismo" (Napoleón)

Supongamos que existiera un ser "organizador de vidas" y nos propusiera el siguiente trato: "Te puedo dar un solo tipo de flexibilidad: o bien puedo otorgarte la oportunidad de que las circunstancias que te rodean sean más cómodas, pero tú seguirás siendo igual de exigente contigo mismo, o bien te regalaré flexibilidad en tus autoexigencias, te sabrás tratar mejor a ti mismo, aunque tu situación exterior seguirá igual". ¿Qué elegiríamos? Pensémoslo bien.

Si aprendiéramos a ver las situaciones de diferentes formas, si supiéramos reforzarnos a nosotros mismos, perdonarnos, rebajar nuestras autoexigencias, no culpabilizarnos, las situaciones externas de rebote nos parecerían muy diferentes, no nos afectarían tanto. Incluso de agobiantes pasarían a ser cómodas. En cambio, si nos modificaran lo externo, pero continuáramos igual de rígidos, ¿notaríamos mucho avance en nuestras vidas?

Nuestro jefe son esas creencias: rígidas, relativas, invisibles, limitadas y blindadas. No son muy buenas características para un jefe. Es urgente que consigamos un director más flexible.


Tolerantes con los demás

"Si de veras llegásemos a poder comprender, ya no podríamos juzgar" (André Malraux)

Qué complicado resulta entendernos los unos con los otros. Y es que somos como armaduras de certezas chocando entre nosotros. Cada uno tenemos nuestra verdad, que nunca acaba de encajar con la de los demás. ¿Por qué creemos siempre que nuestro pensamiento es más certero que el del otro? ¡Es ridículo! Y el primer paso para que funcione este complejo engranaje en el que estamos metidos es el respeto.

Las palabras de Rafael Navarrete, un sabio filósofo, no lo podrían expresar con mayor claridad: "Cada uno ve el mundo y la vida desde un repliegue de la gran verdad que nadie puede pronunciar. A partir de ese descubrimiento, el hombre sabio emprende su camino. Sabe muy bien que solo podrá sentirse feliz si es fiel a la luz que él ha descubierto... A veces encuentra a otros hombres sabios que recorren otros caminos; al cruzarse se saludan y se respetan porque todos saben que son muchos los senderos".

Ser flexible con los demás no significa ser sumisos ni doblegarnos. Significa, de entrada, respetarnos. Y a partir de aquí, a veces, llegar a entendernos.

Flexibilidad con la vida

"Esto no es un ensayo general, señores. Esto es la vida" (Oscar Wilde)

El ideal, lo que se espera de nosotros, suele ser: que encontremos un trabajo estable (que nos guste mucho o no, no es tan importante), que nos entreguemos a él totalmente (si somos hombres, esa exigencia es más fuerte; si somos mujeres, no queda tan mal que el trabajo esté en un segundo lugar porque primero hemos de cuidar a nuestra prole), que encontremos una pareja y nos casemos, que tengamos hijos (y que nos volquemos en cuerpo y alma con ellos, sobre todo si somos mujeres, olvidándonos de nuestras propias necesidades e ilusiones), y además de todo esto está claro que hemos de estar delgados, hemos de hacer ejercicio a diario, hemos de tomar fruta y verdura tres veces al día, nos hemos de limpiar los dientes después de comer un cacahuete, y hemos de practicar meditación cada mañana después de despertarnos.

¡Qué agobio!

A esto se le llama presión social. ¿Pero realmente es la sociedad la que nos oprime? ¡No! Lo que nos lleva a sentirnos obligados a actuar de una determinada manera son nuestras propias creencias y valores. Sí es cierto que estas creencias y valores los tenemos porque la sociedad nos ha ido programando así. ¡Pero podemos desprogramarnos! Cuando una persona reconoce que lo hace no por una exigencia externa, sino por una propia autoexigencia, ya ha dado un paso de gigante. Ya ha abierto los ojos.

Lo más liberador que existe en esta vida es romper con los propios esquemas. De repente, el mundo se vuelve más ancho. Es la experiencia más lúcida posible.

El roble y la caña

Había un roble en la orilla de un río. A los pies del roble crecía una caña. Todos los días, el roble reprendía a la caña por doblarse a un lado y a otro según soplara el viento. "Mírame a mí, cañita", decía el roble. "Observa cómo no me doblego ante nadie, porque soy un roble y soy fuerte". La caña no decía nada; no valía la pena. Una noche hubo una tormenta terrible y el viento sopló ferozmente, con mucha más fuerza que de costumbre. Al amanecer, el roble estaba partido en dos, pero la cañita seguía en pie, meciéndose bajo la luz del sol.

Fuente Jenny Moix en El País.

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Pero no preguntamos. Deseamos información. Una de las cosas más curiosas de la estructura de nuestra psique es que todos queremos que se nos dé información porque somos el resultado de diez mil años de propaganda.

Queremos que otra persona confirme y corrobore lo que pensamos; sin embargo, la pregunta sólo es auténtica cuando uno se la hace a sí mismo.

Lo que yo digo tiene muy poco valor; usted lo olvidará una vez cierre este libro, o recordará y repetirá ciertas frases, o comparará con lo que ha leído en otros libros, pero no se enfrentará a su propia vida.

Y esto es lo único que importa: su vida, usted mismo, su pequeñez, su superficialidad, su brutalidad, su violencia, su codicia, su ambición, su sufrimiento diario y su dolor interminable. Esto es lo que tiene que comprender, y nadie en la tierra o en el cielo lo va a hacer por usted, sino usted mismo".

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